Entre transmilenios, hambre y azar

Jueves, 28 Noviembre 2019 16:13

Una familia venezolana sobrevive trabajando de manera informal en el Transmilenio, como cientos de familias de Venezuela. Dejaron atrás su país con la promesa de una vida digna, se encontraron con una ciudad tan despiadada como llena de humanidad. 

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Ronaiker tiene siete años y pasa las horas saltando las baldosas de cemento helado de la estación de Transmilenio, balanceándose en los tubos de espera, sonriendo y agradeciendo a los que le regalan un chocolate o una galleta, cautivados por su sonrisa mueca. Explora cada estación como si fuera una nueva ciudad, pasa las horas riendo, haciendo sonidos animales, mirando a su hermanita de seis meses que parece una muñeca de peluche, con ojos azabache brillantes y curiosos, entre los brazos de su madre y su padre, todo el día, cada día. “¿Te acuerdas de Venezuela?”: Ronaiker se ríe cuando le pregunto de qué se acuerda de su país, “Me acuerdo de que yo jugaba mucho fútbol allá y jugaba al escondite”. A su padre, Ronald, le pesa en los hombros la vida que ahora tiene su hijo, en una fundación que lo acoge entre semana y acompañándolo en el Transmilenio el resto del tiempo.

Su padre de 25 años carga el peso del hambre, la humillación y el miedo, para mostrarle a su hijo solo una sonrisa y garantizarle diariamente un techo. Pero como todos merece soñar, aunque algunos xenófobos se esmeren en convencerlo de lo contrario. “Sueño con ver a mi hijo crecer libremente, jugando en una cancha, más que en un Transmilenio. No llevando el menosprecio de la gente. “ Me preocupa quitarles mucho tiempo con las preguntas, para ellos cada segundo significa dinero, la posibilidad de conmover a otro trabajador que deambula ojeroso y se pierde entre la música en una realidad menos miserable, significa perder el siguiente Transmilenio porque otra familia, artista o vendedor se subió antes, perder 100 o 300 pesos, 100 pesos más cerca de los 30,000 diarios que necesitan para pagar la habitación; todo lo que logren aparte de eso es lo que les llenará el estómago. “A veces no comemos en todo el día en la calle para no gastar. Si uno no paga lo sacan para la calle con todo y ropa“. Tras días enteros de sumar monedas en ocasiones no les alcanza para más que una arepa de cena.

El cumpleaños de Ronaiker fue hace menos de una semana, contento corrige que ya no tiene seis sino siete años. Le pregunto con tono alegre: “¿qué te hace falta de Venezuela, qué extrañas?”. Él sonríe y puedo ver los huecos de sus dientes de leche, sin dudar me dice: “Los juegos pues”. Su padre lo corrige con cariño: “y la familia hijo”. El niño obedece feliz: “Ah y la familia”. Me duele esa respuesta, profundamente, me recuerda lo incapaces que hemos sido como adultos, obligando a los niños a vivir como viejos, una sociedad fallida.

A Ronaiker, un niño saltarín y dulce no le hace falta su tierra, ni su habitación, ni su escuela; a Ronaiker le hace falta jugar. Y los únicos culpables somos los adultos. Los que hicieron que su hogar ya se volviera inhabitable, los que nos quedamos indiferentes al verlo, como si fuera normal, pasar horas entre Transmilenio, sentir hambre. Le estamos robando a él y tantos otros el derecho a jugar, a ser niños. Les pregunto con desesperanza y rabia con mi propia indiferencia si vivir en Colombia, pasando hambre en ocasiones, sigue siendo mejor que lo que vivían en Yaracuy. Jacqueline, la madre de Ronaiker, me contesta “Sí claro, aquí por lo menos se puede comer. Allá los alimentos eran muy caros, el sueldo no alcanzaba ni para una harina pan. Si se tiene pa’ la arepa no se tiene pal’ queso y si se tiene pal’ queso no se tiene pa’ la arepa.” La falta de medicamentos, servicios de salud para mujeres embarazadas y pañales, entre tantas otras cosas que escaseaban, los llevaron a embarcarse en el viaje de 2 días con el sueño de llegar a Bogotá, el paraíso prometido.

A las seis de la mañana empiezan a saltar entre Transmilenio, hasta las siete u ocho de la noche que vean que tienen suficiente para pagar la habitación y para comer. Es domingo,  son las cuatro de la tarde. Bogotá es hostil, perezosa y sucia los domingos. Algunas familias vuelven de hacer ejercicio, varias sombras buscan sus caminos de vuelta, cuatro o cinco cansados conmovidos buscan las monedas que en los bolsillos huecos. “ Ya es media tarde y llevamos 30,000 pesos nada más.” “Nosotros a veces hemos aguantado hambre para poder pagar la habitación”. Pregunto con poco ingenio: “¿Y cómo es sentir hambre?”. Jacqueline hace un gesto de dolor y su rostro se ensombrece, “Ay nooo sentir hambre es desesperante”. ¿Usted nunca ha sentido hambre?…Yo me quedo sin aire, me sonrojo y me dan unas ganas incontrolables de salir corriendo. Niego, con vergüenza. En el Transmilenio de vuelta a la comodidad de mi apartamento, a la nevera llena y a los planes y sueños de mil futuros posibles, las lágrimas se me escapan sin tomar turnos. Siento vergüenza de mi privilegio y frustración por sentirme incapaz de hacer algo más que escuchar y escribir.

Recuerdo cuando les pregunté por sus días más difíciles, sus momentos más duros. Su respuesta retumba en mi cabeza, me sale por los ojos: “Todos los días son duros, nos sentimos como ahogados, presionados, porque tenemos que salir a juro, todos los días. Así estemos enfermos o nos duela la cabeza”. Viviendo al diario, con un reloj de arena que no da tregua, saltando entre Transmilenio, pidiéndole a una ciudad inclemente y desbordada que no llueva y que sensibilice la mayor cantidad de bolsillos, rogando clemencia de dioses y mortales con un “a ver si diosito te puso en la mano una bendición”.

Hace dos años Jaqueline era una estudiante de último año y Ronald era un mecánico y operador de maquinaria pesada. Vivían en San Felipe, en una ciudad caliente y pequeña. Se conocieron en el barrio y como cuentan, cuatro años atrás: “empezamos con la amistad y bueno, de la amistad salió la niña.” A los pocos meses de llegar a Bogotá “por obra de Dios”, como lo llaman ellos, la Pequeña Richell llegó a su vida. Estar embarazada y subirse al Transmi fue uno de los momentos más críticos. Pero fue entonces que sintieron más que nunca el apoyo de esos mismos transeúntes y usuarios del transporte público que parecían no escuchar. Uno de tantos días impredecibles les regalaron un cochecito para la sonriente bebé que estaba por nacer.

Recuerdan con la voz aguda y sonrisas gigantes que otro de esos primeros días en los que estaban entendiendo que Bogotá no era el paraíso prometido por primos y amigos, conocieron a un hombre extranjero, profesor de inglés, de origen haitiano, y su estancia en Bogotá cambió inesperadamente. Su nombre es Isana, los vio trabajando cuando Jacqueline deambulaba con su panza antecediéndola y los llevó a almorzar, no sin antes darles un dinero extra y tomar su contacto. “desde ese tiempo siempre está pendiente de nosotros. Mensualmente nos manda un mensaje, nos llama, venga por una ayuda, un mensaje o algo”. “La niña nació bien, me atendieron muy bien.” Richell llegó al mundo en un hospital de Bogotá un febrero y desde entonces no ha parado de mirar todo lo que la rodea con curiosidad. Ella hace parte de los más de 24,500 hijos de padres venezolanos, que por haber nacido después del 19 de Agosto del 2015 en Colombia, ahora pueden obtener la nacionalidad. Basta con acercarse con el niño o niña y su pareja a cualquier sede de la Registraduría o Notaría en el país. Presentar el Certificado de Nacido Vivo o la orden del defensor de familia del ICBF.

Sus padres pueden identificarse con la cédula de extranjería vigente, el PEP vigente, pasaporte de Venezuela vigente o vencido, cédula de identidad expedida en Venezuela vigente o vencida. Jaqueline y Ronald se emocionan con la idea de que su pequeña pueda tener algún tipo de ayuda estatal, sin saber qué les depare el día siguiente, al menos esperan que a su hija, a diferencia de a ellos, se le permita un día trabajar, cotizar para salud y tener un verdadero hogar, no uno de paso. Aldeas Infantiles SOS con el apoyo de ACNUR ha habilitado líneas telefónicas a nivel nacional para brindar atención a los migrantes en situación de vulnerabilidad. En Bogotá la línea es 031 744 3005. Fundaciones como Somos Panas Colombia, promueven la integración de la población migrante.

Hay días en los que el cuerpo está más cansado y todo se debe al maltrato que recibe el alma. Son cuidadosos de no generalizar y dicen que como en todo, hay personas que los han ayudado de corazón y así mismo, lastimosamente, hay personas que los maltratan y los humillan. Dentro de las frases hirientes, ya imborrables para ellos, están: “Venecos muertos de hambre, Váyanse para su país”. Cada día es un azar, cuánto ganarán, cuánto comerán, cuán difícil será. Exaltan que muchos policías los han orientado, pero uno de los primeros días se acercaron para quitarles la mercancía y cuando Ronald opuso resistencia lo electrocutaron con un taser. “Yo tenía una chaza, vendía galletas, maní en una cestica pues y me la quitaron, casi 100 productos y también el dinero. Me pasaron corriente porque yo no le quería dar mi mercancía, de ahí saco el dinero para pagar la habitación, para comer con mis hijos. Me llevaron para la UPJ. y esa noche tuve que pedir en la calle para poder pagar la habitación.”

“Nos duele hacer esto con los niños, no nos gusta.” Me dice Ronald mientras Ronaiker sigue saltando y buscando diferencias entre las estaciones, Richell juguetea con el micrófono de mi celular. Finalmente siguen siendo niños y sus padres eran niños hace pocos años. Duele. Nos tiene que doler. Sin importar si somos colombianos, venezolanos o haitianos. Nos tiene que doler hasta los huesos que lo más bonito que le ha pasado en Colombia a este niño de 7 años sea el parque, un parque llamado Mundo Aventura, un parque que al preguntarle si le gustó su padre dijo: “No ha ido, se lo han nombrado”. Nos debe doler, incomodar y hacer reaccionar, que el recuerdo más bonito de Ronaiker en Colombia sea un lugar que nunca ha visitado.

*Tres semanas después de realizar el primer acercamiento a esta familia intenté contactarlos de nuevo y fue imposible dado que la familia se dividió probablemente ante la situación de crisis económica y problemas personales.