La noche de horror que llevó a una trabajadora sexual trans a cambiar el rumbo de su vida

Martes, 13 Septiembre 2022 22:18
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La historia de Yuri da cuenta de los desafíos de ser mujer trans en Colombia.  Entre 2021 y 2022 se han registrado 46 asesinatos contra esta población. Relato de una sobreviviente.

 
||| ||| Fotografía tomada de Adobe Stock|||
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Hay muchas noches que se viven a lo largo de la vida que son para contar. Unas son buenas, otras son malas, otras pasan desapercibidas. Pero hay noches que cambian vidas. Y quizás aquella noche fue la que cambió la vida de Yuri. Cuando se subió al carro de aquel hombre hace 20 años, en esa calle oculta de Medellín, empezó la pesadilla que recuerda hasta el día de hoy.

Estaba acostumbrada a la violencia en su vida. Cuando vio la luz de aquel carro rojo corroído por el tiempo, que iba disminuyendo la velocidad hasta parar a su lado, Yuri se emocionó. La noche iba a terminar bien, o eso pensaba ella. Llevaba desde las 8 p. m. en esa esquina esperando que llegara algún cliente y ya eran las 11 p.m. El hombre bajó la ventana derecha del auto y le lanzó una sonrisa ladeada antes de decir “¿Te subes, linda?”. 

A Yuri siempre le ha gustado que la adulen. Por eso, desde que entró a este trabajo, se maquilla y se alisa el pelo cuando va a trabajar. “Una mujer siempre tiene que estar bien arreglada”, dice sonriente mientras suelta una carcajada y se coloca un mechón de pelo rebelde detrás de su oreja. “Cuando pude, ya hace bastantes años, fui a ponerme las tetas a Ecuador. En ese tiempo allá era más barato. Mi hermana me apoyó, ella me decía que si iba a ser una puta debía ser una pero bien”, afirma soltando una carcajada.  

Mientras se recuesta en la pared de un edificio viejo cercano a la calle 26 con carrera 13 de Bogotá, vuelve a relatar ese recuerdo. “Esa noche pensé que iba a morir”, repetía sin cesar cada vez que podía.  

Cuando Yuri se subió al carro se dio cuenta que en el interior olía a marihuana mezclada con diferentes licores. Era un aroma que estaba acostumbrada a percibir. En ese trabajo, la mayoría de los hombres que acudían a ella, venían con vicios arraigados. Tal vez para evadir un poco lo que hacían en las noches, llevando una doble vida. Tal vez porque necesitaban de un estímulo que les diera valor para hacer algo que siempre han soñado. 

Ella sabía lo que iba a pasar cuando llegaran al destino que él le prometió. Se dirigían a un motel a las afueras de Medellín, o por lo menos eso le dijo él, mientras le ofrecía un bareto que sacó del compartimento detrás de la palanca de cambios. Yuri prendió su encendedor con emoción. Un ´baretico´ gratis siempre le erizaba los pelos de los brazos por el ansia que le proporcionaba encenderlo. Inhaló su primera calada, soltó el humo, sonrió y le preguntó al hombre: “¿Cuánto falta?”. Él no respondió y aceleró más. 

En ese punto del camino Yuri ya no veía ciudad. Poco a poco, se estaban alejando cada vez más de las luces, de las calles transitadas por otros carros, de la gente. Cuando Yuri volteó a mirarlo ya no vio al hombre querido que la recogió en esa esquina de Medellín, ahora solo veía a un monstruo que poco a poco iba develando su máscara oculta.   

Se puede nacer dos veces 

Han pasado 40 años desde que Yuri eligió volver a nacer. Al cumplir 14 años decidió cambiar su rumbo, antes de eso simplemente era un cuerpo más deambulando por ahí. Su vida, que no era suya, la tenía encerrada en un cuerpo que no se sentía propio.  

Durante el transcurso del año 1982, Yuri decidió cambiar su aspecto gradualmente. Se empezó a maquillar, a poner ropa que le llamara la atención, a sentirse como ella misma. Pero a sus padres no les gustó. Nunca lo aceptaron y, después de todo este tiempo, Yuri no sabe si lo llegaron a entender. No los volvió a ver desde que se fue de su casa siendo tan solo una adolescente. 

Así llegó al barrio Santa Fe en Bogotá. En ese tiempo apenas estaba empezando lo que hoy en día es una de las zonas de trabajo sexual más reconocidas de la ciudad. Cuando Yuri llegó no había muchas mujeres trans. “Ella es una de las primeras”, dice Tatiana, una mujer rubia, alta y de porte despampanante, al pasar por aquella esquina mientras se apoya al lado derecho de Yuri. 

“Cuando yo llegué ella estaba ya hace mucho rato. Ahora, ella es una de nuestras madres, entre varias nos cuidan como hijas”, dice sobándole por encima del codo izquierdo a Yuri.  

La cercanía y el cariño se notaba en la interacción. Entre una calle sucia y repleta de lascivia ajena, el amor desborda entre ellas. Son una comunidad, una de verdad, de esas que solo llegan a forjarse gracias al dolor, la pena y las alegrías compartidas. Allí en ese barrio, donde distintas experiencias de vida se conectan e intercalan, muchas vuelven a nacer.   

El peligro respira en el cuello 

Pero volver a nacer de esta manera tiene su costo, y más en un país como Colombia. En lo que data entre el año 2021 y 2022, van más de 46 asesinatos a mujeres trans según datos de la Defensoría del Pueblo. Yuri es una de las tantas mujeres trans y trabajadoras sexuales que se ven reflejadas por un informe de Colombia Diversa (ONG que trabaja en favor de salvaguardar los derechos de la comunidad LGTBI+ en el país) en el que se establece que, en su mayoría, la ocupación laboral de las personas de la comunidad que han sufrido violencia durante el 2019, específicamente un 43%, ha sido por medio de trabajo sexual.  

Yuri, sin saber en su totalidad esos datos, lo reconoce. “Vivir de esto no es fácil, hay mucho peligro, no se sabe cuándo puedes ser tú o tu amiga que muera. No hay seguridad alguna de salir viva de un trabajo. Lo único que tenemos en nuestra protección entre nosotras”, afirma, mientras mira las calles de aquella zona de la ciudad con una mezcla de amor y desdén. Aquel lugar que muchos desparecían, otros frecuentan y otros ignoran, es para quienes viven y trabajan allí, una mezcla entre el paraíso y el infierno.   

El camino oscuro 

Estaba acostumbrada a la violencia porque vivía en ella. Por eso, cuando no vio luces en el camino que transitaban, Yuri se estremeció. La mezcla de trago con marihuana la tenía desorientada, pero ella sabía que solo tenía una oportunidad para salvarse. Yuri le gritó “¿A dónde me lleva?”. Él no respondió. Intentó otra vez. “¡Déjeme bajarme!”, le exigió. Ni un sonido salió de la boca del hombre. No había de otra, Yuri tenía que saltar del carro. Eso hizo. Abrió la puerta y se lanzó. Lo que no sabía es que su odisea apenas empezaba.  

Al caer en la acera, dio vueltas y se raspó ambas rodillas, al fin y al cabo, siempre le gustaba usar vestido corto para trabajar, sin importar que le diera frío en las noches. Se levantó y suspiró, se había salvado. No tuvo tiempo para retractarse del pensamiento cuando vio las luces de carro acercarse a gran velocidad. Era el mismo de aquel hombre que se devolvía en su búsqueda. Se asustó más y miró para dónde correr. No había nada. Si gritaba nadie iba a escuchar.  

“Eso era puro monte. Ese hombre me iba a matar y nadie se hubiese enterado”, dice cautelosamente, como teniéndole miedo al recuerdo, aun ya hayan pasado muchos años de aquella noche. “Y eso no fue todo, esa noche me pasaron cosas de terror”, agrega volviendo al relato.  

Recuerda que corrió hacía los árboles con la esperanza de que ese hombre no se bajara de su auto a buscarla. Y estuvo en lo correcto, él no se bajó de su carro. Ella esperó un rato antes de salir por otra acera para intentar salir de ese lugar. Después de un rato divisó un camión acercándose.  Corrió a pedir ayuda. El camión redujo su velocidad y se le estacionó a su lado. Ella le explicó la situación y el hombre le dijo que la ayudaba, pero con una condición: le tenía que hacer sexo oral gratis. Yuri aceptó. Un abuso más para salvarse no era tanto. Lo que fuera por salir de aquel lugar.  

Al terminar el acto, el hombre se demoró en arrancar el camión. Varios minutos se quedó en silencio sin hacer nada, hasta que la miró y le dijo: “Bájate”. Una vez más la abandonaron. Una vez más iba de cara contra la oscuridad.  

Un nuevo amanecer 

“Eso fue lo más horrible de todas las cosas que me han pasado en mi vida. Esa noche fue la peor”, dice mientras se movía erráticamente, como no queriendo decir nada más de esa historia. Paulatinamente los recuerdos se le comían las palabras. 

Ya no dijo más. Solo repetía que esa noche le ocurrió lo más terrorífico que ha tenido que vivir mientras hacía ese trabajo. Pero no todo fue malo. Admite que vivir de la prostitución tiene matices. Unos son buenos, otros malos.  

Para Yuri, una mujer trans, esos años fueron de muchas cosas buenas. Visitó varias ciudades de Colombia, conoció diferentes personas, bailó y se rio durante más de 25 años. Se enamoró de muchos. Se le rompió el corazón múltiples veces. Derrochó dinero y no tuvo para comer durante días.  

Luego de 15 años de haber dejado aquella vida, en retrospectiva, no se arrepiente de nada. Esa noche es la marca invisible que lleva tatuada en su recuerdo. Esa noche le hizo darse cuenta de los riesgos que tomaba cada vez que tenía un encuentro con un cliente. Esa noche decidió dejar de hacerlo, a pesar de que le tomara años lograrlo. 

La vida se elige cuando se ve otra alternativa 

Demoró ocho años en dejar ese trabajo. Los vicios que tenía eran un anclaje muy fuerte a esa vida. Las drogas y el alcohol eran algo que necesitaba. Su única luz la encontró en el amor. Su pareja actual, de quien nunca dice el nombre, fue el que la ayudó a salir de todo. “Él era ladrón y yo era prostituta, nos entendíamos. Hasta que llegó un punto en el que ni yo ni él soportábamos nuestras formas de ganarnos la platica. Salimos de los vicios juntos”, cuenta mientras se muerde los labios con una sonrisa.  

Yuri y su pareja, actualmente, venden frutas en la calle. Con su carreta pasean por la ciudad ganándose la vida. Ella afirma que le va mejor que como trabajadora sexual. “Así vamos día a día, viendo que sale, viendo como nos va. Hay días buenos y otros malos, pero le damos”, agrega. Todavía le falta mucha vida, o eso espera ella. A los 54 años, Yuri todavía sonríe a pesar de todo lo que ha tenido que vivir.  

Al hacer el amago de irse, levanta una bolsa con envases plásticos para guardar la comida. “Ahora voy a buscar mi almuerzo, que ya me dio hambre”, dice despidiéndose. Así se va caminando. Algo que ha hecho toda su vida. Algo que espera hacer por mucho más tiempo. Caminar y ver qué sucede.