Bogotá no se queda quieta. Todo el tiempo cambia y, en ese movimiento constante, se van perdiendo oficios que durante décadas hicieron parte de la vida cotidiana. Así como desaparecieron las chicherías y las antiguas pulperías, otros trabajos se han ido transformando, reduciendo y readaptando para sobrevivir.
Sin embargo, basta caminar por el centro para encontrar rastros de los oficios tradicionales: realidades que se resisten a desaparecer. Entre el ruido de los buses, los vendedores ambulantes y el paso acelerado de estudiantes y empleados, sobreviven relojeros, remontadores de calzado, artesanos y lustradores que siguen apostándole a la reparación, al trabajo manual y al contacto directo con el cliente.
El panorama económico
Las cifras muestran una metrópoli en recuperación. De acuerdo con datos recientes, el desempleo en Bogotá registró una caída durante 2025, ubicándose en 8,8 % entre enero y septiembre. Además, la capital se consolida como uno de los principales polos de la llamada economía creativa. Pero esas cifras macroeconómicas no siempre reflejan lo que ocurre a ras de suelo.
En un pequeño local del centro trabaja Víctor Forero. Aprendió su oficio por curiosidad: “Yo no fui a ninguna universidad. La calle es la universidad de la vida”, dice mientras sostiene una pieza minúscula con unas pinzas. Desde entonces han pasado más de 17 años dedicados a la relojería y 12 en el local que hoy sostiene a su familia.
La pandemia marcó el momento más difícil. Durante tres meses Víctor tuvo que cerrar y sobrevivir con los ahorros "de debajo del colchón". No obstante, logró resistir: a pesar de que se vio obligado a cerrar su local, no tuvo la necesidad de liquidar el negocio. Tras el desconfinamiento, pudo retomar su labor, a la cual se dedica aún en la actualidad.
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Resistencia y cambio cultural
A varias cuadras de allí, en el sector de Las Nieves, el sonido del martillo acompaña la historia de don Edgar Beltrán, quien lidera la remontadora “Quindianita”. Tras una bancarrota personal, aprendió de manera empírica a reparar zapatos y convirtió ese conocimiento en su sustento durante 45 años.
Sus manos han sentido el cambio de los tiempos. El cambio más fuerte ha sido cultural: cada vez son menos las personas que llegan a reparar lo que se daña. Antes, los clientes buscaban alargar la vida del calzado; hoy, cuando algo se rompe, simplemente lo reemplazan.
Reinventarse para continuar
En la esquina de la Catedral Primada, José Walter Castillo lleva 22 años dedicándose a la artesanía en alambre. Antes era diseñador y fabricante de calzado, pero las circunstancias económicas lo llevaron a reinventarse. Su proceso creativo comienza con una piedra o una idea. Para él, esto es más que un empleo: “No es un trabajo, es un estilo de vida”, explica.
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La calle como lugar de resistencia
A pocos pasos de la Universidad del Rosario, Luis Carlos Cucaita instala cada mañana su puesto de lustrado de zapatos. Llegó hace 25 años. De los quince lustradores que trabajaban allí, hoy solo quedan tres: “La pandemia acabó con todo”, dice.
Para Luis, el cambio en la moda también ha afectado: “Ya casi no usan zapatos de cuero. Ahora todo es tenis”. Sus ingresos dependen del clima: si llueve, el trabajo desaparece. Su visión del futuro es incierta: cree que el oficio podría desaparecer con el paso de los años.
El peso de la informalidad
Según el DANE, la informalidad laboral en Bogotá se ha mantenido en alrededor del 39 %, lo que significa que cerca de cuatro de cada diez personas trabajan sin contratación formal. En ese panorama se ubican estos oficios que dependen directamente del movimiento de la calle.
En medio de vitrinas pequeñas y herramientas desgastadas, estos trabajadores no solo reparan objetos: sostienen historias. Mientras alguien decida reparar en lugar de reemplazar, estos oficios seguirán encontrando un lugar en Bogotá.
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