Edwar Guillén nació en Santa Marta, pero no se presenta como samario. “Uno es de donde están sus muertos”, dice, y por eso se nombra hijo de Gamarra. Sus ojos se iluminan y sus dientes se descubren al pronunciar el nombre de su pueblo, ubicado en el sur del Cesar, a orillas del río Magdalena, donde pasó su infancia, su destino preferido, donde su ombligo está enterrado. “Es un lugar mágico con paisajes preciosos, con una riqueza oral en su gente, inconmensurable”, recuerda.
Un 20 de junio de 2010, llegó a Bogotá con su padre y un par de maletas a la terminal del Salitre. Ese momento lo tiene muy presente en su memoria: recuerda que Antanas Mockus y Juan Manuel Santos se disputaban un lugar en la segunda vuelta presidencial y que caía un aguacero descomunal. “La sensación fue de llegar a un mundo distinto, pero sobre todo lejos de mi madre. Donde todos caminaban rápido, las casas no tenían patios y hacía frío, mucho frío”, dice.
Edwar Guillén. Enero, 2026. Foto por: Camila Vásquez
La migración significó aprender pronto a arreglárselas solo, a prepararse los primeros huevos de su vida, que fueron desastrosos, calentar el almuerzo y organizar el uniforme. Pero nada pesó tanto como la ausencia de su mamá. Aún, a sus 25 años, le sigue pidiendo que lo despierte con una llamada, en especial cuando madruga como la única forma posible de regresar de sus sueños más profundos y empezar el día.
La memoria familiar atraviesa su manera de escribir el mundo
Edwar recuerda, con una voz nostálgica y con la mano en el corazón, escenas muy claras: abrir los ojos todas las mañanas en Gamarra, salir del toldillo de la cama, poner los pies sobre la tierra, escuchar la radio anunciando el amanecer a punta de vallenatos. El olor a arepa con queso costeño y el humo que salía de su taza de tinto caliente.
Ximena Fandillo y su hijo, Centro de Bogotá. Enero, 2026. Foto por: Camila Vásquez
Habla de su tía Mercedes, una mujer que no sabía leer ni escribir, como una de sus mayores influencias. “Tenía una capacidad de llegar a reflexiones metafísicas bastante originales”, dice. De ella aprendió que la poesía no siempre necesita papel: “Hay poetas que nunca han tomado un cuaderno, pero tienen una riqueza de imágenes y de sentimientos que no precisa de la escritura, eso pasa mucho en los pueblos del Caribe”.
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Democratizar la palabra
Durante la pandemia, tras pausar sus estudios universitarios y salir de casa, Edwar empezó a escribir en la calle. Fue una necesidad. “Estaba enfrentando la pandemia con las uñas”, dice. En ese contexto, conoció a otros jóvenes que hacían lo mismo en distintas ciudades. Así nació su gesto de sentarse, escuchar y escribir para desconocidos.
Llamarlo limosna no es casualidad, “es un acto de honestidad que incomoda”, explica. Para él, poner juntas las palabras poesía y limosna es una forma de sacarla de los círculos cerrados y selectos. “No es otra cosa que la democratización de la palabra”, dice. En la calle, cualquiera puede acercarse: el trabajador, la estudiante, la madre, el turista. “Al trabajador le queda muy poco tiempo para la metafísica, le queda muy poco tiempo para reflexionar sobre las cosas del alma: primero tiene que sobrevivir”, expresa.
Centro de Bogotá. Enero, 2026. Foto por: Camila Vásquez @elutltimobarcoatalaima
Del ritual a la palabra
El intercambio comienza con un tema: amor, soledad, dolor y se convierte en una confesión. “Las personas le cuentan a un desconocido cosas que ni siquiera al familiar más cercano le dicen”, explica. Él escucha, pregunta, deja que el otro hable. Luego empieza a pensar... “¿Cómo se siente la soledad? ¿Cómo se siente la lluvia?”, se pregunta mientras teclea con su máquina. Para Edwar, escribir es ver en su cabeza “Si hablo de mariposas, veo mariposas”. A veces escribe desde la ilusión, otras desde el cansancio, otras desde un amor que no es suyo pero que, por unos minutos, habita su cuerpo.
Centro de Bogotá. Enero, 2026. Foto por: Camila Vásquez
Cuando escribe, el mundo se detiene. “Por un momento, quedo solo en esa calle, como si el universo entero se reuniera en mi, me siento como un gigante donde mi cabeza reposa en júpiter y el dedo gordo de mi pie en el patio de mi casa”, dice.
Las palabras llegan como destellos de luz e imágenes que conforman los versos en un diálogo de corazones con los ojos que tiene al frente. En un acto de empatía, sus dedos danzan sobre la teclas negras al ritmo de su vieja máquina entre ese clac y ese tilín del carro que anuncia que hay que empezar un nuevo renglón. Ante ese sonido que trasciende generaciones, los pies de quienes transitan por la calle 11, la misma de la puerta falsa y del florero de Llorente se paran para ser cómplices de las historias y del objeto extraño y rebelde que se resiste a ser olvidado en el tiempo.
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Calle 11. Enero, 2026. Foto por: Camila Vásquez
Poesía entre la vida y la muerte
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Son muchas las historias que lo han marcado, como la de una joven que perdió a su amiga por suicidio y se acerco a pedir un poema. “Usted es el puente entre mi amiga muerta y yo, usted me va a decir lo que ella me quiere decir”, le dijo.
El duelo aparece una y otra vez entre sus letras como el gran peso que se carga entre pecho y espalda. Otro día se acercó una señora que parecía fuera del tiempo, un poco desorientada. Le pidió un poema para su hijo que había muerto. Él le escribió en primera persona, dejando que el hijo hablara.
Entre poemas. Enero, 2026. Foto por: Camila Vásquez
No guarda lo que escribe, no documenta sus poemas ni tampoco los marca. “Los poemas son de la gente”, dice. No tiene cuadernos llenos ni archivos ordenados, ni tampoco quiere empastar un libro de poemas.
Su imprenta es su vieja máquina, un libro vivo que se escribe cada domingo y camina por las calles de la ciudad y el mundo, un libro que no se vende ni se consigue, la carátula es su presencia y el número de páginas son infinitas, es un libro que no se termina, mientras Edwar siga escribiendo los poemas que conmueven el alma y tocan el corazón.
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Calle 11. Enero, 2026. Foto por: Camila Vásquez









