¿Por qué se derriban estatuas contra la antigua colonia española que era Colombia?

Sábado, 15 Mayo 2021 09:27
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En el marco del Paro Nacional manifestantes han tumbado algunos monumentos como una forma de protesta. Dos de ellas, la estatua de Sebastián de Belalcázar, en Cali y la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, en la Plazoleta de la Universidad del Rosario en Bogotá, además de la estatua de Antonio Nariño, en Pasto, la capital de Nariño, han sido derribadas por grupos indígenas y jóvenes colombianos en símbolo de rechazo a estas figuras desde que iniciaron las movilizaciones. Desde esta noticia procuramos dar respuesta en Plaza Capital a por qué se están derribando estatuas en Colombia en estos momentos de Paros Nacionales.

Desde septiembre del 2020, grupos indígenas han tumbado estatuas de conquistadores como símbolo de su manifestación.||| Desde septiembre del 2020, grupos indígenas han tumbado estatuas de conquistadores como símbolo de su manifestación.||| collage elaborado por Paula Rodríguez|||
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En la mañana del 7 de mayo, Bogotá despertó con la noticia de que integrantes del Movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente (AISO) habían derribado la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada en la Plaza del Rosario en el centro de la capital. Aunque el 28 de abril, día en el que inició el Paro Nacional, había ocurrido algo similar en Cali con la emblemática estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar y en septiembre del año pasado con el monumento de este mismo personaje en Popayán, el hecho de la caída de Jiménez de Quesada en la capital generó múltiples reacciones dentro del debate público.

Muchos rotularon estos hechos como un actos vandálicos. No obstante, otros sectores apoyaron a los pueblos indígenas reconociendo legitimidad en la acción. Al respecto, el Movimiento AISO mencionó que este hecho había sido “en memoria de los hijos de Bachue, del pueblo Muisca, de los pueblos indígenas de Colombia y la Memoria histórica de Nuestro Nu Pirø (América)” como un acto que hace justicia simbólica. Para el pueblo Misak “el significado de este acto se relaciona con la justicia histórica y espiritual para que nuestros antepasados puedan descansar en paz. Es una forma para que todos los vejámenes que cometieron estas personas (las de las estatuas) puedan ser sanados”, afirma Didier Chirimuscay, líder del movimiento AISO. Además, manifiesta que estas acciones hacen parte de la misión que tienen algunos miembros de la comunidad de reivindicar su cultura en el marco de las decisiones que se toman cuando legislan al interior de sus comunidades.

Sin embargo, bajo la categoría de patrimonio cultural, cualquier acto contra los monumentos, espacios y prácticas que transgredan lo que se ha concebido dentro de esta etiqueta atenta contra la protección del patrimonio de la nación, como explica Luis Fernando Arenas, profesor de Antropología en la Universidad Javeriana e integrante de la dirección de patrimonio del Ministerio de Cultura.  

Vea también: 'Sebastián de Belalcázar era un símbolo de humillación, de sometimiento y de imposición cultural para nuestros pueblos', Edgar Velasco, indígena Misak

 

Un conflicto sobre el patrimonio

A partir de estos actos simbólicos han surgido un debate en las calles y en la academia sobre qué elementos se deberían considerar patrimonio cultural y a quiénes representan. Para Chirimuscay, estas imágenes solo encarnan una parte de la historia, la de los ganadores. Considera que estos monumentos revictimizan a los pueblos originarios, quienes sufrieron las atrocidades de los conquistadores como las violaciones a mujeres, los asesinatos indiscriminados y el saqueo de tierras.

 

Pero para Luis Arenas “si bien es cierto que hay monumentos conflictivos para algunas comunidades, también es cierto que son identificatorios para otras. Además, en el patrimonio cultural se encarnan múltiples discursos”. Por esto, propone conservar los monumentos, ya sea en un museo o resignificándolos en el espacio público, pues son también documentos que dejan huella sobre la memoria de la nación. Sugiere involucrar a diferentes sectores por medio del diálogo. Sebastián Vargas, doctor en Historia y profesor de la Universidad del Rosario, afirma que este debate hace evidente que el patrimonio es acrítico, hegemónico y occidental. Una muestra de esto es que solo desde la década de los 90 la UNESCO, por petición de algunos estados asiáticos, admitió como patrimonio las prácticas culturales, pues antes solo eran reconocidos los objetos materiales en esta categoría.

“Con este tipo de acciones hay un llamado a desestabilizar la noción tradicional que tenemos de patrimonio, una idea muy poco crítica porque considera que este es bueno por sí mismo. Muchas veces ni siquiera lo conocemos o lo apropiamos, pero aceptamos que hay que protegerlo y glorificarlo”, afirma Sebastián Vargas. Aunque coincide con Arenas en que es importante conservar la memoria, también afirma que el patrimonio debe estar contextualizado y que estas acciones no se pueden ver como una forma de borrar la historia, sino de construirla.

Para Didier Chirimuscay es fundamental que haya un ejercicio de participación sobre lo que se reconoce como patrimonio. Preguntarse: ¿qué se expone en el espacio público?, ¿a quién le favorece?, ¿qué significado hay en los elementos reconocidos como patrimonio? Agrega que es necesario que se incluyan otras narrativas históricas en la educación sobre la conquista, la colonia y lo que eso implica para algunas poblaciones en Colombia que han sido excluidas.

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Un reflejo del presente

Si bien estos actos están relacionados con sucesos históricos, también hacen alusión a lo que sucede actualmente. Aunque es relevante conocer el papel de estos conquistadores frente a las comunidades indígenas: imponer a la fuerza un nuevo orden religioso, intentar exterminarlos, prohibir la lengua propia de las comunidades, los ritos y otros elementos culturales, “estos actos de iconoclasia (destrucción de imágenes) dicen menos del pasado, que lo que dicen sobre lo que sucede hoy en día”, afirma Sebastián Vargas. El desplazamiento forzado en el marco del conflicto armado en Colombia ha afectado principalmente los territorios indígenas, afrodescendientes, palenqueros y raizales del pacífico colombiano, según la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES). De hecho, como lo indica el informe Una nación desplazada, realizado por el Centro nacional de Memoria Histórica, el 17 por ciento de quienes pertenecen a grupos vulnerables y han sido obligados a dejar sus tierras pertenecen a alguna comunidad indígena.

A pesar del proceso de paz, el asedio a los pueblos indígenas persiste, a su territorio y a sus líderes. Nada más el 20 de abril de este año 177 indígenas del Chocó llegaron a Pereira buscando refugio y un lugar seguro. Este mismo día se confirmó el asesinato de la gobernadora indígena Sandra Liliana Peña, quien había defendido la sustitución de cultivos ilícitos en el norte del Cauca. Por tanto, aunque estrictamente es anacrónico decir que los conquistadores fueron genocidas, “lo que hacen los indígenas es conectar esas experiencias traumáticas relacionadas con el extermino y el despojo de tierras durante la conquista con una situación latente hasta el día de hoy.  Son acciones que cobran sentido en el presente a partir de las interpretaciones del pasado”, explica Sebastián Vargas.

Como explica Chirimuscay, indígenas del Sur Occidente (Misak, algunas comunidades Nasa y Pijao) han empezado desde la década de los 80 a buscar la forma de recuperar su territorio. “La consigna es recuperar la tierra para recuperarlo todo. Esto no significa todo el espacio físico, sino todo de forma integral: la salud, la espiritualidad, la educación, el aspecto social…”. Además, buscan ser incluidos como sujetos políticos dentro de la nación.