La justicia que brilla: la resistencia drag como un acto político

Domingo, 26 Abril 2026 09:45
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En la Casa Cultural Memoria de Bogotá, el drag es un tribunal que repara con arte el olvido estatal, transformando el dolor en una sentencia pública de dignidad y resiliencia.

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 La calle 72 en Bogotá no pide permiso para ser ruidosa, aún invadida por obras del metro no son las maquinarias la causa principal de los rugidos, sino las causas sociales que gritan desde la Casa Cultural Memoria.

Aquí, entre paredes que custodian historias de resistencia, el maquillaje no es un disfraz, es una toga rosada brillante, de tipo metalizado, que convierte a Akira en la pieza central de la puesta en escena, pues ella hace de jueza social a través de un show drag de tipo performativo, que pretende devolver de manera simbólica la dignidad a las personas LGBTIQ+.

En este rincón de la ciudad, la justicia no viste de negro ni se oculta tras escritorios de madera caoba. Aquí, la justicia cambia con tacones de quince centímetros, pelucas púrpuras, celestes, rosas y verdes ácidos. Prendas escarchadas, gloss, aromas frutales que desprenden dulzura, elegancia y denotan una voluntad de hierro.

Desde este escenario el drag se ha convertido en una acción política que también debe ser reconocida como puesta artística, cultural y escénica. Con su capacidad de exagerar para revelar la verdad, se convierte en la herramienta perfecta para señalar a los culpables de la violencia estructural y, al mismo tiempo, abrazar a las víctimas.

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La Casa Cultural Memoria: Un sistema de justicia alternativo

La Casa Cultural Memoria funciona como un tribunal simbólico. En las escenas, las historias de los y las trabajadores sexuales de la zona no son "casos" o "expedientes" numerados, son relatos vivos de supervivencia, en donde la premisa se muestra fuerte y clara: “si el sistema judicial tradicional le ha dado la espalda a las personas trans, queer y no binarias, el teatro se encargará de reparar lo que el Estado ha ignorado”.

Mayloh Ramos, quién estudia Artes Escénicas de la Universidad Pedagógica Nacional, es pieza fundamental de esta apuesta teatral. Habita el escenario con la precisión de quien comprende que cada gesto es, en esencia, un acto político. Para Ramos, esta obra trasciende la representación: es un ejercicio sociopolítico de justicia transicional que nace del afecto y de la "digna rabia" transformada.

El proceso de transformación: De Mayloh a Ariadna

Con una brocha y movimientos precisos, Mayloh Ramos aplica capas de maquillaje, dice que el drag nace desde la memoria. En su caso, decidió dar vida a Ariadna por razones políticas, entendiendo el arte como una poderosa herramienta de expresión.

Mientras se maquilla, Mayloh cuenta la historia del drag, enfatizando en que surgió en el siglo XVI debido a la exclusión de las mujeres en el teatro. El Drag surge en Venecia como una herramienta procedente de la misoginia, pues eran los hombres quienes debían vestirse de mujeres. Es una herramienta de resignificación y resistencia de las disidencias del sistema sexo/género, dice Mayloh.

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Resiliencia frente a la impunidad del Estado

Parte de las escenas son historias de cómo las personas trans, queer, homosexuales y trabajadores sexuales han sido lanzadas al olvido. Pero no dramatizan desde la posición de víctima, sino desde la resiliencia y la dignidad.

En medio del juicio, Akira ha dado su sentencia: son culpables la sociedad colombiana y el Estado colombiano. El dato más escalofriante para las personas LGBTIQ+ de Colombia es el silencio judicial: según registros, la impunidad en crímenes contra personas con orientaciones e identidades de género diversas roza el 99.8%.

Sentencias de memoria y reparación simbólica

A diferencia de los juzgados de Paloquemao, en este teatro no hay sentencias de cárcel, sino sentencias de memoria, gracias a las cuales las personas LGBTQ+ sí logran obtener justicia de manera simbólica.

La justicia no es punitiva; en este lugar, la "justicia" se traduce en el reconocimiento público y en la validación de identidades que han sido perseguidas. En esta casa cultural, la sentencia ya está dictada: la memoria es el primer paso para la justicia y el escenario es el lugar donde el colectivo LGBTIQ+ finalmente deja de ser el acusado para convertirse en el veredicto.

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