“¡Botella, papel!”: la historia de doña Blanca, la mujer que convirtió su voz en memoria

Jueves, 07 Mayo 2026 07:42
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Blanca es una botellera que, a sus 68 años, recorre las calles de Bogotá para honrar a su madre, pagar su arriendo, comprar sus medicamentos y ahorrar para su funeral.

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Cuando las calles bogotanas apenas terminan de despertar, irrumpe una voz fuerte y un poco ronca que anuncia a toda la cuadra que ha llegado doña Blanca: “¡Botella, papel!”.

El crujir de las llantas de su carro a rastras y el icónico anuncio atraviesa cuadras y abre puertas y ventanas. Muchos vecinos no necesitan asomarse para saber quién es, la reconocen por la voz: crecieron escuchándola y la recuerdan desde niños, cuando salían con su mamá a entregarle periódicos viejos y botellas.

Algunos le piden grabar la frase para atesorarla y guardarla como un recuerdo sonoro que los devuelve a su infancia.  Un día, una vecina le dijo que su voz retumbaba por Estados Unidos. Doña Blanca, con sorpresa y confusión, se rió y le preguntó que por allá tan lejos, ¿quién la iba a escuchar? La vecina le confesó que había enviado un audio con su voz a sus hermanos y ellos la habían puesto de tono de llamada como un coro atrapador que les recordaba la cotidianidad de su país aún a la distancia.

Blanca es una mujer soñadora que recoge material reciclable para sobrevivir y que guarda en sus más profundas ilusiones comprarse su “casita” para vivir a gusto, sentirse menos sola y tener sus medicamentos a tiempo.

“Yo no soy recicladora, yo soy botellera”

Tiene 68 años y todavía sostiene en la garganta un oficio que casi desaparece. “Antes nos llamaban las botelleras”, dice con orgullo recordando a su madre, María del Carmen Hernández, quien fue su maestra en este oficio.

La única foto que Blanca conserva de su mamá. La guarda en un bolsillo de su billetera. Foto por Camila Vásquez

“Era solo una niña. Recuerdo que mi mamá me amarraba con un cordón a su cintura, mientras ella cargaba en su espalda un costal que, cuadra a cuadra se hacía más grande y pesado”, menciona.

Para Blanca, “Botella, papel” era una frase jocosa, un rezo, dos palabras cantadas que se repetían una y otra vez, cuya recompensa era ver cómo se llenaban aquellos costales porque, cuando lo hacían, sabía que mamá le podía comprar a la media mañana un “mecatico”, el gran premio. “A veces la siento conmigo, ella va arrastrando el carro junto a mí”, dice.

Doña Blanca no estudió y empezó a trabajar desde que tenía 12 años: “no recuerdo juegos, no recuerdo amigos, no aprendí a leer ni tampoco a escribir, lo poco que hoy sé es gracias a la señora Constanza”, una vecina que cada martes la invita a tomar café y le enseña a leer y a escribir.

Lo que más la hace feliz es que ya sabe escribir su nombre.

Su nombre completo.

Blanca Estela Moreno Hernández.

Lo traza despacio, como si al escribirlo se estuviera afirmando en el mundo.

La señora Constanza le compró colores y un libro de dibujo. Le deja tareas y se las revisa cada ocho días. Doña Blanca la trae a la conversación con voz generosa y un particular brillo en sus ojos. Dice que ora mucho por todas esas personas que le ayudan. “Le pido mucho a Dios que las proteja y las llene de bendiciones”.

Los gajes de la vejez

Vive sola y el arriendo le vale 400.000 pesos. Recibe el bono de la tercera edad y paga su propio funeral. Su mayor miedo es morir en su casa y que nadie se de cuenta o que no la puedan enterrar. “Como yo soy solita, entonces siempre estoy pensando en esas cosas”. 

En las noches, la casa de doña Blanca queda en silencio. Hay un vacío que describe con sus ojos verdes cristalinos y la voz medio entrecortada. “Yo llego y es una soledad porque no tengo con quién hablar”. Sus perros, Goofy y Kaiser, murieron hace pocos meses: uno de una enfermedad y el otro de tristeza. 

 

“Yo soy solita”. Foto por Camila Vásquez

“Yo soy solita”, repite y hace énfasis en este sentimiento que habita desde el miedo y la nostalgia.

Las pérdidas familiares han dejado huella en su caminar; las carga como su equipaje pesado en un mundo que le ha exigido mirar hacia adelante a pesar del duelo y la soledad. Ella ha enterrado a sus siete hermanos y a su madre: “Siempre fue uno tras otro. De toda mi familia, yo soy la única viva”.

Las memorias fotográficas de quienes ya no están. Foto por Camila Vásquez

A los diecinueve

En medio del relato, saca su billetera y de un bolsillo plástico transparente un porta fotos, cuatro pedacitos de memoria que han sobrevivido con el tiempo y que Blanca ha sabido guardar muy bien: una foto de su mamá, una de uno de sus hermanos con su familia, una sobrina y ella, un retrato que le hicieron cuando tenía 19 años. 

Esa edad le trae a la mente el fin de una historia escalofriante: “Cuando yo era tan solo una niña, un hombre me robó el día de mi primera comunión, iba con mi vestido blanco y mis zapatos mocasines, mi mamá me había enviado a bajarle un trozo de mantecada a la vecina y justo cuando regresaba a casa, un hombre del barrio me cubrió la boca y me subió a un carro”.

La encerró en una pieza en Tunjuelito por más de cuatro años. “Me mantenía encerrada con candado y me maltrataba. Abusó de mí de todas las formas posibles y perdí todo el contacto con mi familia”. Doña Blanca quedó embarazada tres veces y las tres veces los perdió. “Él me daba mala vida y me pegaba mucho, mis angelitos no resistieron a los golpes”.

El retrato, la foto que carga con ella de sus 19 años, le recuerda el momento en el que logró escaparse de las manos de este señor y reencontrarse con su mamá, quien pensó que, a sus 14 años, se había fugado con un hombre. Solo recuperó un poquito de todo eso de lo que le habían arrebatado. No volvió a tener hijos ni a pensar en una familia, pero con el tiempo recuperó su libertad, su autonomía y las ganas de pararse ante el mundo para salir adelante.

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Una mujer hecha a pulso. Foto por Camila Vásquez

Trabajar, no quitarle nada a nadie y no meterse en problemas

Su madre le enseñó esas tres cosas. La vejez, para ella, ha sido cálculo: cuánto falta para completar el arriendo, cuánto queda para el mercado, cuánto se necesita para la insulina y pagar su funeral. El reciclaje no da para vivir, con eso apenas resiste. El cartón se paga a 400 pesos el kilo, la botella plástica a 200. Después de horas caminando puede vender todo por 7.000 pesos en el día si le va bien.

Solo en transporte gasta un poco más de la mitad. Sube desde San Blas, se monta en un bus del SITP, luego transmilenio y devuelta. Camina manzanas enteras con el carrito en la localidad de Teusaquillo. Antes tenía el propio, un carro esferado de tablas que podía guardar fácilmente, mover en Transmilenio y jalar con su brazo izquierdo, pero, a finales de noviembre, se lo robaron y luego del rescate; terminó atrapado en una montaña de reciclaje en la bodega donde vende su material.

Desde entonces, ha tenido que pedir prestados carros de mercado y costales que le maltratan cada vez más sus hombros, la espalda y, en especial, su brazo derecho que sufrió una ruptura el último año que no ha sanado del todo. Si no consigue suficiente material, complementa vendiendo medias y aretes.

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Anhelos. Foto por Camila Vásquez

A doña Blanca desde que era muy joven todos le decían que cantara, que tenía un vozarrón y que era muy afinada, “pero es que yo no canto ni en el baño” ella respondía con risas y pena, aunque siempre fue consciente de que el vibrato grueso de su voz era de esas cosas que se quedaban curiosamente con la gente.

Quiere estar segura de que el día en el que parta de este mundo la sigan recordando por “Botella, papel” su memorable grito que quedará en los recuerdos sonoros de la mente y del corazón, en el legado de “las botelleras” y el de su madre, en cada esquina de la manzana o en algún pueblito estadounidense… para toda la vida.

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