Un día con una vendedora de tintos

Martes, 12 Septiembre 2017 01:58

Muchas personas en Bogotá recurren a la venta de café, como doña Betty que lleva trabajando 20 años en la venta de este producto.

|||| |||| María Emma Jiménez||||
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El día llegó, era festivo, soleado y había bastante tráfico para ser un día de descanso. Eran ya casi las nueve de la mañana y me disponía a encontrarme con doña Betty, quien vende tintos todos los días en la Avenida de la Esperanza con carrera 68a de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Ella llegó 30 minutos antes. Mi intención era encontrarnos a la hora que llegaba a su puesto de trabajo y poder ver el tipo de cosas que hacía para comenzar su día de ventas.

Lo primero que hizo doña Betty cuando me acerqué a saludarla, fue sonreírme y decirme “¿cómo está mi niña?, ¿vino a insolarse?”. Ella vestía una gorra de color azul, unos guantes negros y guardaba dentro de sus cosas un sombrero amplio para protegerse del sol. “Desde que llevo trabajando en esto me he quemado tanto, casi peor que las costeñas”, me dice, confirmando a qué se debe su tez morena, mientras carga un termo lleno de café que parece demasiado pesado para su particularmente corta estatura.

Como ella había llegado hacía un rato, ya tenía todas sus cosas ordenadas junto a un árbol, lugar en donde suele hacerse desde hace tres años. Entre estas, había un bolso tejido en el cual observé cinco termos de café, otros dos estaban en sus manos. Al lado, se encontraba una bolsa con sándwiches de jamón y queso; dos Coca-Colas casi por acabarse, jugo de borojó en una botella de gaseosa y una nevera térmica con empanadas y papas rellenas de carne, pollo y arroz, que estaban calientes y tenían un olor provocativo; “porque esto es lo que más vende, a los taxistas no les gustan las empanadas de solo pollo o solo carne”.

La rutina antes del café

Doña Betty se levanta todos los días a las tres de la mañana a preparar lo que va a vender. Incluso, tiene clientes frecuentes desde hace 20 años por sus productos. “Me gusta más preparar las cosas, porque yo las empaco y me aseguro de que todo sea muy higiénico. Además, a ellos les gusta cómo preparo la comida”.

En un día normal, para las siete de la mañana, doña Betty ya ha terminado de empacar y preparar todo lo que vende, así que es común que se ponga a desayunar en compañía de su exnovio, quién le ayuda todas las mañanas y además trabaja con ella. Luego de esto, los dos salen del barrio Salazar Gómez en Bogotá y emprenden camino hacia el lugar donde usualmente trabajan.

Pasaron unos minutos desde que me encontré con doña Betty y ya tenía seis taxistas parqueados esperando a que ella se les acercara a saludarlos. Era entonces cuando comenzaba una breve charla “buenas caballero, que se le ofrece” - “vecina, ¿qué tiene de comer y tomar?” - “tinto, jugo de borojó o gaseosa y empanada, papa rellena o sándwich”. Allí los conductores escogían lo que más les apetecía, repetían dependiendo de si tenían tiempo o no y al final cuando ellos le pagaban ella respondía “gracias mi niño que me le vaya bien” con una sonrisa en su rostro.

En cuanto a los clientes, la mayoría de las veces los taxistas se bajaban y entablaban una charla con ella. Incluso a veces duraban media hora o 40 minutos comiendo aquello que le pedían y fumando un cigarrillo. Estos se vendían muy bien, doña Betty se aseguraba de tener varios de distintas marcas. A diferencia de estos conductores, estaban los que no la conocían, pasaban de casualidad por su lugar de trabajo y preferían no bajarse. Generalmente provocaban un poco de trancón sobre la avenida, tanto que los buses y carros detrás de estos les pitaban y el ambiente se tornaba un poco molesto en medio de esas ventas.

Apenas a diez metros delante de doña Betty había tres vendedores más, quienes solo vendían tinto. A pesar de que la competencia era un poco alta, ella tenía más clientela. Incluso, en algún momento atravesó la calle, porque se le habían acabado los tintos y allí entre varios árboles escondía algunos termos que trajo consigo para continuar las ventas.

Entre las ventas, una charla

Fue entonces cuando aparecieron tres taxistas, entre ellos una mujer. Los tres se habían puesto cita allí para conversar un poco, comer y fumarse dos o tres cigarrillos. Cuando doña Betty volvió de atender a un cliente, la taxista en medio de una sonrisa y mientras chocaba su puño con la vendedora, le dijo “qué hubo doña Betty María, ¿cómo me le va?, ¿si ha vendido hoy?” Pensé entonces que los lazos entre los taxistas y ella eran fuertes.

A pesar de que era un lunes festivo y había poco tráfico, “había buena clientela”, decía doña Betty. En promedio había alrededor de ocho taxis esperando por un tinto, pero fue un buen día y llegaron a haber 10 taxistas al mismo tiempo.

En medio de esto, apareció un carro blanco y seguido de este un Hyundai Accent Vision. Estos no se demoraron mucho pidiéndole aquello de lo que estaban antojados. “Tengo clientes que se pasaron a Uber y UberX, por eso ellos vienen en carreras. No se bajan por la policía”. Le pregunte si había conflicto entre los taxistas y los conductores de Uber y decía “los taxistas no se pelean con los de Uber, porque ya se conocen. Nunca he tenido una pelea acá”

Nuevamente doña Betty salió corriendo, pero esta vez no para pasar la avenida, sino a la orilla de un conjunto, en donde ella escondía en una bolsa negra botellas de gaseosa. Ella me miró y sonrió mientras cargaba en sus manos y de manera un poco apresurada la botella de Coca-Cola. Generalmente cuando me miraba sonreía. Fue entonces cuando apareció un taxista a pedirle tinto, quien 40 minutos antes ya había comprado uno.

“¿Cuánto tinto le queda? ¿Qué hora es ya? ¿Qué hora es?”, decía doña Betty un poco molesta a su ex por el teléfono, quien se encontraba dos cuadras hacia el sur y el cual trabaja hasta medio día. “Tráigame más café que ya se me va a acabar”. Para ese momento eran las 11:35 de la mañana y a doña Betty ya solo le quedaba un termo con esta bebida.

Decidí sentarme, ya el sol y el tiempo que llevaba allí me hacían sentir un poco cansada. Pero doña Betty seguía aún parada, en todo el día no se sentó sino únicamente para almorzar y conversar unos minutos con su ex.

Mientras doña Betty atendía un par de taxistas, un motociclista con una Pulzar 200 verde se parqueó, se bajó y me preguntó que si atendía, le dije que no y esperé a que ella volviera. Entretanto él comía le pregunte “¿siempre viene a comer aquí?”, me dijo “sí usualmente paro aquí, la comida es muy rica” Así como este cliente, esta vendedora de tintos no solo tiene clientes taxistas, ni conductores de Uber, sino también personas que pasan por allí de casualidad y se antojan de lo que vende.

Era ya la “hora boba”, medio día, punto del día en donde los clientes dejaron de ser ocho para pasar ser a uno o dos. Por lo tanto, doña Betty recurría a pararse al lado de la orilla con sus dos termos para atraer clientela.

Llegó su ex con un bolso tejido con fibras plásticas, en el que vi varios termos de tinto vacíos, él sacó unos que sí tenían y se los entregó. Me acerque a él y me observó de una manera tosca, tal vez preguntándose '¿quién es ella y qué hace acá?' Lo Saludé, me presenté y le pregunté su nombre, pero se tornó un poco agresivo. No quería responder mi pregunta. Al parecer creía que era alguien de la Secretaria Distrital.

Doña Betty comenzó nuevamente a vender tintos. De repente apareció una moto. En ella iban dos policías. Me asusté. La calma y la tranquilidad se fueron. Inmediatamente ella trató de acercarse al árbol junto al cual se ubica. Parecía asustada. No tanto como yo, claro. “¿Y ahora con todas estas cosas? Toca salir corriendo”, afirmó. Fue entonces cuando descubrí el motivo por el cual procuraba esconder algunos de sus productos. Tenía miedo de que le quitaran lo que tenía, como pasa muy a menudo, más aún desde la aplicación del Nuevo Código.

A partir del 30 de enero de este año, el Nuevo Código de Policía se comenzó a aplicar. En él, el Artículo. 140 habla sobre los comportamientos considerados como indebidos en el espacio público. Aquellos son sancionados con multas. Específicamente el numeral 4 de ese apartado explica que tendrán multa tipo uno, es decir pagaran cuatro salarios mínimos diarios, quienes ocupen el espacio público y violen las normas actuales.

En el caso de doña Betty y de los vendedores ambulantes, serán multados aquellos que no usen las zonas delimitadas Zaert (destinadas para el aprovechamiento económico) y no estén vinculados a los programas del Instituto para la Economía Social (IPES). Lo cual está establecido en el artículo siete del capítulo dos del Decreto 456 del 2013 y que se encuentra ligado con la ley nueve de 1989 sobre el uso del espacio público.

Luego de ese susto comprendí que su trabajo no era tan fácil. Estar todo el día parada. Levantarse todos los días a las tres de la mañana. Aguantarse el sol, la lluvia. Descansar un domingo cada 15 días. Vivir con el miedo de que le quiten su fuente de trabajo, sabiendo que llega casi a los 65 años. Todo esto por 70 u 80 mil pesos en un día.