Colombia pierde especies y pone en riesgo sus ecosistemas

Jueves, 18 Junio 2026 08:06
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En 20 años, el país ha perdido 4,5 millones de hectáreas de bosque. Con ellas, anfibios, mamíferos y plantas únicas se acercan a la extinción.



Hecho en Canva||| Hecho en Canva||| Angela Gabriela Villamizar|||
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En Colombia, uno de los países con mayor biodiversidad del planeta, la extinción dejó de ser una amenaza abstracta para convertirse en una realidad silenciosa. En los últimos veinte años, mientras el país discutía guerras, reformas y crisis económicas, decenas de especies desaparecieron de sus hábitats, otras no volvieron a ser vistas y cientos entraron en la categoría de amenaza crítica. Lo más alarmante no es solo la pérdida de animales o plantas únicas, sino la normalidad con la que ocurre: bosques convertidos en potreros, ríos contaminados, montañas fragmentadas y ecosistemas enteros reducidos a estadísticas.

Hablar de especies extintas en Colombia no siempre significa animales oficialmente declarados como desaparecidos para siempre. En muchos casos, la ciencia utiliza términos como "posiblemente extinta", "extinta localmente" o "en peligro crítico", categorías que describen el momento previo al silencio definitivo. 

 

Para la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), una especie se considera en peligro crítico cuando su población ha disminuido más del 80 % en diez años o tres generaciones, cuando quedan menos de 250 individuos maduros en el territorio o cuando la probabilidad de extinción supera el 50 % en ese mismo período. Una especie extinta, en cambio, es aquella de la que "no queda ninguna duda razonable de que el último individuo existente ha muerto". Entre esos dos extremos hay un umbral que, una vez cruzado, no tiene retorno.

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"Declarar una especie extinta requiere mucho tiempo, a no ser que sepas exactamente dónde están esas especies en un sitio geográfico muy definido", explica Sergio Estrada Villegas, ecólogo especialista en conservación. Es mucho más fácil certificar la desaparición en una isla pequeña,como ocurrió con el dodó en la Isla Mauricio, que rastrear a una especie que pudo haberse movido a otro hábitat en un continente.

En Colombia ya hay casos confirmados de desaparición: un pez endémico del lago de Tota llamado el Pez Graso o Rhizosomichthys totae, el pato pico de oro, también en ese mismo lago, y una foca del Caribe declarada extinta en los años sesenta son ejemplos de lo que se fue para no volver. En los humedales de la Sabana de Bogotá, varias aves acuáticas también han desaparecido. 

Los grupos más vulnerables

Entre los más afectados se encuentran los anfibios. Colombia ocupa el segundo lugar en diversidad de anfibios en el mundo, pero 55 especies,muchas exclusivas del país, están en riesgo de extinción, según datos del Instituto Humboldt."Los anfibios literalmente se mueren por asfixia", explica el biólogo Juan David Barraza, al describir el efecto del hongo quítrido, un patógeno que ha diezmado poblaciones en distintas partes del mundo al afectar la respiración cutánea de ranas y salamandras, su piel permeable, que les permite realizar parte del intercambio gaseoso, es también su mayor vulnerabilidad. 

La transformación del ecosistema y la contaminación son otras de las  amenazas que afectan 9 de cada 10   anfibios colombianos.Pero más allá de su propio declive, la situación de estos animales funciona como señales de alerta: al ser extremadamente sensibles a los cambios en el ambiente, actúan como bioindicadores del estado de los ecosistemas.

Incidencia de los motores de transformación sobre el porcentaje de especies amenazadas por grupo biológico. Foto: Instituto Humboldt.

Los grandes mamíferos también están en riesgo. La nutria neotropical, la nutria amazónica y el jaguar enfrentan presiones crecientes. El tapir, un mamífero amazónico que actúa como dispersor de semillas,el único capaz de ingerir y transportar semillas de gran tamaño,está desapareciendo y con él, las plantas que dependen exclusivamente de esta especie para reproducirse.

En cuanto a las plantas vasculares, el Instituto Humboldt ha evaluado 1.893 especies, de las cuales el 37 % están amenazadas. El 71 % de esas especies solo existen en  Colombia. La mayor concentración de especies en peligro crítico se encuentra en los Andes, en departamentos como Antioquia, Cundinamarca, Santander y Valle del Cauca.

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Las aves no escapan del panorama. El cóndor andino, ave nacional e ícono cultural, tuvo que ser reintroducido mediante cría en cautiverio con polluelos alimentados por marionetas que simulaban a la madre, tras haber sido llevado casi al borde de la desaparición por la caza y la pérdida de hábitat.

 

Las causas que se repiten

Detrás de estas transformaciones aparecen causas que llevan décadas acumulándose. El ecólogo Estrada Villegas las resume bajo el acrónimo HIPPO ,un término acuñado por el biólogo Edward O. Wilson: pérdida de hábitat (habitat loss), especies invasoras (invasive species), crecimiento poblacional (population growth), contaminación (pollution) y sobreexplotación (overkill).

La deforestación encabeza la lista. Según datos del Global Forest Watch, entre 2001 y 2023 Colombia perdió aproximadamente 4,5 millones de hectáreas de bosque. La fragmentación de esos territorios rompe corredores biológicos y altera las condiciones necesarias para la supervivencia de muchas especies. Algunas aves, como los tucanes, dependen de las zonas más profundas del bosque y son especialmente sensibles al "efecto borde": el aumento de luz, temperatura y humedad que ocurre en los márgenes de un bosque fragmentado.

En regiones como la Amazonía, la minería ilegal de oro intensifica el daño. El mercurio utilizado para separar el metal contamina ríos y cuerpos de agua, y a través de procesos de bioacumulación y biomagnificación se acumula en peces y otros organismos. Barraza señala que ya se han documentado afectaciones hepáticas y neurológicas en delfines de río expuestos a estos contaminantes.

Deforestación en la Amazonía colombiana. Foto: Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible

Las especies invasoras representan otra grave amenaza. Los hipopótamos, traídos por Pablo Escobar a sus haciendas en los años ochenta, se han expandido por los ríos colombianos. Su impacto, sin embargo, no es directo, ya que aunque  no matan a las demás especies, sí defecan en el agua y alteran la química de las ciénagas, lo que reduce las poblaciones de nutrias, peces y manatíes. 

El cambio climático actúa  como un acelerador de estas causas. El aumento de temperaturas obliga a las especies que necesitan ambientes frescos a buscar altitudes mayores, compitiendo con otras que antes no compartían su hábitat. En el páramo, el impacto es especialmente dramático: al calentarse, este ecosistema se contrae hacia las cimas, reduciendo el territorio disponible para especies únicas como los frailejones.

Cuando desaparece uno, tiembla todo

El impacto de perder una especie va mucho más allá de esa especie en particular. Los científicos lo llaman "cascada trófica": una reacción en cadena que puede alterar desde poblaciones animales hasta la estructura del paisaje.

El ejemplo más conocido ocurrió en el Parque Yellowstone, en Estados Unidos, cuando la desaparición de los lobos desencadenó una proliferación de ciervos que consumieron la vegetación hasta cambiar el curso de los ríos. No fue hasta la reintroducción del lobo que el ecosistema comenzó a recuperarse. En Colombia, el caso del cóndor andino ilustra una dinámica similar: al ser un carroñero capaz de consumir hasta cinco kilogramos de carroña al día, su ausencia ha permitido que bacterias como el Clostridium botulinum —responsable una de las neurotoxinas más letales que existen— proliferen en los cadáveres sin consumir

El ecólogo Estrada Villegas   menciona el caso de las nutrias marinas en las costas del Pacífico de Canadá y Estados Unidos: cuando sus poblaciones locales se extinguieron por la demanda de su piel, las poblaciones de erizos de mar se dispararon y comenzaron a devorar los bosques de algas. Con ellos, desaparecieron los peces, los crustáceos y los mamíferos que dependían de ese ecosistema.

Colombia enfrenta procesos similares. Los polinizadores, incluidas las cerca de 500 especies de abejas registradas en el país, sostienen entre el 70 % y el 80 % de toda la polinización. Colombia es líder mundial en diversidad de las orquídeas, que dependen de polinizadores específicos como la abeja del género Euglossa. Si esa abeja desaparece, la orquídea también comienza a morir.

El agua que viene de lejos

Uno de los efectos más concretos —y menos visibles— de la pérdida de biodiversidad es la alteración  del ciclo del agua. El 70 % del agua que abastece a Colombia proviene de los páramos, ecosistemas únicos que concentran el 49 % de todos los páramos del mundo. Si estas zonas se degradan por el pastoreo, el cambio climático o la expansión agrícola, las consecuencias son directas para millones de personas.

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Pero la crisis hídrica va más lejos de lo que parece. "La humedad que llega a los páramos colombianos viene cruzando todo el continente desde el océano Atlántico", explica Estrada Villegas. Esa humedad viaja por la atmósfera, llueve, se evapora y vuelve a moverse, en lo que los científicos llaman "ríos aéreos", hasta llegar a Colombia. La deforestación en la Amazonía brasileña está reduciendo el agua disponible en estos ríos aéreos, lo que significa que lo que ocurre en Brasil se siente directamente en los páramos colombianos, a miles de kilómetros de distancia. 

El glaciar del Cocuy, que desapareció a inicios de 2025, es otro síntoma de este deterioro. Los corales caribeños, que sostienen ecosistemas de enorme riqueza, también sufren: el aumento de la temperatura oceánica provoca que los microorganismos que alimentan a los corales los abandonen, dejándolos morir de inanición, lo que se conoce como blanqueamiento coralino.

Glaciar extinto. Foto: Daniel Castillo

Lo que aún no sabemos

Una de las dimensiones más inquietantes de la crisis es la falta de conocimiento. De las cerca de 10 millones de especies que se calcula existen en el mundo, Colombia alberga aproximadamente el 10 %. Pero, de ese porcentaje, solo se ha descrito el 10 %. El resto permanece en el anonimato científico.

"Como no sabemos la taxonomía de esas especies, no podemos conservar algo que no conocemos", señala Barraza. Esta brecha implica que Colombia podría estar perdiendo especies, y con ellas, posibles compuestos útiles para la medicina, la agricultura o la industria, sin siquiera haber tenido la oportunidad de estudiarlas. "Hay plantas que se extinguieron y no sabemos si tenían moléculas que nos ayudaban a curar el cáncer", advierte Estrada Villegas.

¿Qué se puede hacer?

Las estrategias de conservación incluyen tanto la acción dentro de los ecosistemas —conservación in situ— como fuera de ellos. El proceso de reintroducción del cóndor andino, que incluyó la cría en cautiverio, es uno de los casos más exitosos en el país. También se están utilizando herramientas como el ADN ambiental y el análisis de bioacústica para detectar especies en ecosistemas sin necesidad de verlas directamente.

Pero más allá de la tecnología, Barraza y Estrada Villegas coinciden en que la educación y los cambios en los hábitos de consumo son claves. "Si se le enseña a la comunidad que si el cóndor desaparece va a tener estos efectos en el ecosistema, ellos van a procurar conservarlo", dice Barraza, "Lo que pasa muchas veces es que las personas hacen cosas porque realmente no conocen."

La situación actual de la extinción no va a mejorar sola, pero también existe margen de acción: hay especies que aún están en peligro crítico, no extintas. El tiempo para actuar no se ha agotado del todo. Lo que sí es seguro es que cuando se acabe, no habrá segunda oportunidad.