De vallas políticas a casas: la iniciativa que convierte publicidad electoral en refugios para perros callejeros

Martes, 02 Junio 2026 08:37
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En Tunja, un grupo de jóvenes transforma uno de los residuos más visibles de la política en casas para perros. El proyecto ya ha construido más de 200 refugios y busca expandirse a otras ciudades como Bogotá.

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Hay un momento que se repite cada cuatro años en Colombia: las calles cambian. En cuestión de días, el paisaje urbano se cubre de grandes superficies de PVC , un plástico flexible y resistente diseñado para soportar lluvia, sol intenso y viento. Es el material que sostiene los rostros, los nombres y los números que buscan quedarse en la memoria de quienes transitan la ciudad.

Puentes, postes y avenidas principales se convierten en los puntos de mayor concentración. Las vallas políticas se ubican en corredores de alto tráfico, carreteras y en esquinas comerciales estratégicas, donde el flujo de personas garantiza visibilidad. 

Pero entre ese paisaje que aparece y desaparece cada temporada electoral, hubo quienes decidieron detenerse a mirar lo que quedaba después. Mientras las campañas seguían su curso y los rostros ocupaban calles y avenidas, en Tunja, un grupo de jóvenes empezó a hacerse una pregunta distinta: ¿qué pasa con todo ese material cuando la campaña termina? 

 

Ciudades empapeladas

En Tunja, ese “empapelamiento” fue el punto de partida de Una valla, una casa, una iniciativa que convierte ese material altamente resistente y difícil de reciclar en casas para perros callejeros.

“La mayoría de recicladores nos decían que ese material no se podía aprovechar”, explica Catherine Casallas, una de las fundadoras del proyecto.

En Colombia, la propaganda electoral está regulada por la Ley 130 de 1994 y la Ley 1475 de 2011, que establecen límites de instalación y obligan a retirar estas piezas una vez terminan las elecciones. Pero, aunque la norma regula su permanencia en las calles, el destino del material no es tan claro.

Frente a un residuo sin una disposición sencilla, surgió la idea de darle otro uso y convertirlo en abrigo para los perros que viven en la calle expuestos al frío extremo de la ciudad.

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Hansel y Gretel

Todo comenzó con dos perros. En el barrio, Hansel y Gretel eran conocidos, de esos que se quedan en la esquina, que reconocen a la gente, que se acercan sin miedo y te acompañaban hasta la puerta de la casa como si fuera parte de su rutina.

“Eran perritos muy dulces, fueron la inspiración del proyecto”, recuerda Catherine Casallas. Por la misma razón, dolía más ver lo evidente: cuando llovía, cuando el frío bajaba fuerte como suele pasar en Tunja, su casa era la calle.

Así que entre amigos se organizaron para hacerles una casa sin planos, sin mayor cálculo, desde la intuición. La construyeron grande, cómoda, incluso con cobijas. Querían que fuera un refugio de verdad y funcionó por unos días hasta que se la robaron.

Lejos de abandonar la idea, el equipo comenzó un proceso de prueba y error: rediseñaron las estructuras, redujeron el tamaño, aprendieron a anclarlas al suelo y ajustaron detalles técnicos como la inclinación del techo para evitar acumulación de agua.

“Esto no es solo juntar madera con PVC plástico. Hemos aprendido cómo darles durabilidad, estabilidad y protección real”, explica Alejandro Dueñas, integrante del proyecto. 

Con el tiempo, ese aprendizaje se volvió el propio método. Lo que empezó como una solución y un acto de amor con el par de vecinos Hansel y Gretel, se convirtió en el inicio de un proyecto que daría hogar, calor y confort a quienes habitaban el frío y las calles de noche.

 

Más que casas: comunidad, voluntariado y red de cuidado

En algunos lugares, las casas se convierten en algo más que un refugio para un perro. Hay vecinos que dejan agua, otros se acercan con comida, cobijas y algunos incluso preguntan si pueden ayudar a repararlas cuando se dañan. Poco a poco, alrededor de esas estructuras pequeñas empieza a aparecer una especie de red de cuidado.

“Hemos visto cómo cambia la relación de la gente con los perros. Ya no los ven solo como algo que está ahí, sino que empiezan a cuidarlos porque ahí también viven ellos”, explican.

Entre 2025 y febrero de 2026, según la Secretaría de Gobierno, en Bogotá se impusieron 745 comparendos por uso indebido de bienes públicos, las sanciones pueden ir entre ocho y dieciséis salarios mínimos diarios. Además, la Secretaría de Ambiente abrió 21 investigaciones contra nueve partidos políticos por este tipo de prácticas.

 

Así, mientras algunas huellas en el espacio público se convierten en sanciones o contaminación visual, aquí las personas están encontrando otra manera de habitarlo: transformar un residuo político en un lugar de cuidado colectivo y, en algunos casos, darle abrigo a quien antes solo tenía la calle.

Lo que antes eran vallas que ocupaban postes, puentes o esquinas y que después de una campaña podían terminar abandonadas, comienza a adquirir otro significado. El espacio deja de ser solo un lugar de tránsito y se convierte en un punto donde la gente se encuentra, deja comida, agua o simplemente presta atención.

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Dar una segunda vida, más larga que la primera

El valor ambiental del proyecto es reutilizar un material que no tiene un proceso claro de reciclaje. Pero hay algo más profundo en esa transformación.

“Es darle una segunda vida útil a algo que iba a ser desecho, y que además dure más que su primer uso”, explican.

Una valla electoral, diseñada para durar semanas, termina convirtiéndose en un refugio que puede proteger durante años.

En un país donde la política deja huellas visibles en el espacio público, esta iniciativa propone otra lectura: que incluso esos residuos pueden convertirse en cuidado y calor.

 

200 casas y una idea que quiere expandirse

Desde 2021, Una valla, una casa ha construido cerca de 200 refugios en Tunja y municipios cercanos como Sogamoso, Paipa y Duitama. 

El proceso ha evolucionado porque mientras que al inicio buscaban vallas puerta a puerta en sedes políticas, hoy, muchas llegan por redes sociales o donaciones de gente. Incluso, se han articulado con universidades y colegios que aportan materiales publicitarios en desuso de PVC.

Con el objetivo de expandirse, el proyecto aún enfrenta retos. El primero es el financiamiento. Aunque el material principal es donado, a veces hay que conseguirlo: la madera, las herramientas y la logística de ubicación, construcción y mantenimiento requieren recursos constantes.

El segundo es el equipo: “Cada uno tiene su trabajo y sus tiempos. Mantener esto activo requiere organización y amor a la causa”, explican.

El tercero, quizás el más ambicioso,  es escalar la iniciativa. “Nos gustaría llegar a Bogotá”, dicen. Pero no se trata solo de llevar casas, esto es sobre crear redes locales que puedan replicar el modelo. Para eso necesitan visibilidad, aliados y acceso a materiales, especialmente a través de agencias publicitarias.

Mientras tanto, el propósito sigue firme: mostrar que, a veces, una casa para un perro puede empezar en el mismo lugar donde dejó huella una campaña.

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