La política sigue estando en las plazas públicas, en la calle y en las fachadas de las esquinas principales de las ciudades en todo el país. Pero ya no solo vive ahí.Hoy también pasa en las pantallas, en el scroll infinito, donde una persona puede pasar de ver un video hecho con inteligencia artificial de gatos a una declaración de un candidato presidencial en cuestión de segundos. Ese cruce así tan cotidiano como invisible es uno de los nuevos escenarios del poder político.
En Colombia, hay 36,8 millones de identidades activas en redes sociales y WhatsApp y Facebook e Instagram lideran el consumo digital del país. Según un estudio de Branch publicado en 2025, WhatsApp llega al 91,9 % de los usuarios de internet, Facebook al 89 % e Instagram al 86,3 %.
Esto es reflejo de que las pantallas no ocupan un lugar menor en la rutina diaria. Según el Global Digital Report, Colombia es uno de los países de América Latina donde más tiempo se pasa frente a una pantalla, con un promedio superior a ocho horas al día. Por esto, las elecciones también ocurren ahí, en la velocidad a la que circula la desinformación y las plataformas en las que millones de personas construyen una opinión antes de votar en las urnas.
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El gobierno del algoritmo
La política lleva décadas compitiendo por la atención ciudadana. Lo nuevo es el árbitro de esa competencia: el algoritmo.
Para Catalina Botero, experta en libertad de expresión y exintegrante del Oversight Board de Meta, el punto de partida es que no entendemos del todo el ecosistema digital que hoy organiza la conversación pública.
El famoso algoritmo, que en palabras simples es el sistema que ordena lo que aparece en las pantallas, decide qué contenido ve cada persona basado, primero, en su comportamiento dentro de la plataforma. Sobre esto, Botero explica que “no todos los contenidos circulan en igualdad de condiciones” y que la conversación pública hoy está mediada por sistemas que deciden qué se amplifica y qué no.
La política, en ese escenario, deja de competir solo por ideas o propuestas de país: empieza a contender por la atención. La experta explica que no es una decisión aparte y tampoco casualidad: es un resultado de un sistema conoce sus gustos, los temas que lo mueven, el tiempo que los consume y también lo que no le gusta.
“En Meta diseñan algoritmos a partir de ciencias del comportamiento para mantener a la gente enganchada, pero ni siquiera ellos entienden su impacto”, dice. Este sistema también influye en lo que las personas terminan pensando, comentando o compartiendo.
Cada uno ve una versión del mundo ajustada a sus intereses digitales, expresa Botero: “Puede haber 80 personas en un auditorio y 80 percepciones de la realidad sustancialmente distintas”.
En ese entorno digital, además, hay actores que saben cómo intervenir y cómo hacerlo bien. Botero advierte que existen estrategias de desinformación que aprovechan esa “microsegmentación” para dirigir mensajes específicos a públicos concretos.
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La era de la desconfianza
A esto se suma la inteligencia artificial, que no solo es ChatGpt interactuando en un chat, también son todos estos sistemas de programación que pueden llegar a usar la cara y la voz de otras personas, las llamadas: “ultrafalsificaciones” que permiten construir imágenes o videos creíbles de hechos que nunca ocurrieron. “¿Cómo podemos confiar en un mundo en el que ya no podemos creer en aquello que percibimos a través de los sentidos?”, plantea Catalina Botero.
En ese entorno, como dice Botero, “lo que más circula no necesariamente es lo más informado, es eso que genera más reacción y atención, lo emocional, lo que indigna, lo que enoja, lo que engancha rápido”. Ahí es donde la política empieza a competir en un terreno donde la visibilidad depende de su capacidad de activar emociones inmediatas en las audiencias digitales.

¿Voto por like?
Tatiana Safar, estratega política digital más conocida en redes sociales como @ladigital.co, aterriza ese fenómeno en la lógica de una campaña. “Ya no solo recibimos información, la movemos, la comentamos, la amplificamos”, explica. Ese cambio implica que la comunicación política dejó de ser solo receptor y transmisor muy lineal. El mensaje ya no termina cuando el candidato habla y la persona recibe el mensaje: se empieza a vivir cuando la gente empieza a hablar de esto.
Un estudio del politólogo y docente Jaime Wilches de la Universidad Politécnico Grancolombiano, titulado “Emociones políticas y narrativas prototípicas”, sobre el uso de TikTok en las elecciones colombianas, encontró que los contenidos con mayor número de visualizaciones no estuvieron relacionados principalmente con propuestas de gobierno, sino con narrativas personales, humor y momentos de cercanía cotidiana. Las campañas que mejor entendieron esa lógica apostaron por humanizar a sus candidatos antes que por explicar sus programas.
Por eso, dice Safar, las campañas también cambiaron de forma. “La política cambió porque las redes dejaron de ser una herramienta y se volvieron parte de la vida cotidiana de las personas”. Los fragmentos de podcast motivacionales, los bailes virales de TikTok o los videos hechos con inteligencia artificial hacen parte de una misma disputa: captar segundos de atención en un entorno donde el usuario puede abandonar un contenido con apenas mover el dedo. “En política no se trata de vender un producto y hacerle marketing, se trata de construir confianza con la gente y transmitir coherencia”. Insiste en que eso no se construye en un contenido viral de TikTok, es más en una relación sostenida en el tiempo que hable por sí sola.
Esa diferencia entre visibilidad y confianza se convirtió en una de las tensiones más visibles de la contienda electoral. Hubo campañas que lograron posicionarse en redes, pero no necesariamente en las urnas.
El alcance digital puede instalar temas, acercar candidatos y multiplicar mensajes, pero no se traduce automáticamente en una decisión de voto.
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“Ver no es lo mismo que votar”
Jaime Navarrete, experto en comunicación política, lo explica desde el comportamiento electoral, pues el votante hoy no es un receptor pasivo: consume información en redes, la contrasta, la evalúa y toma decisiones a partir de múltiples factores. La evidencia local lo confirma: solo tres candidatos concentran el 74,41 % del gasto total en pauta digital , según el monitoreo de la MOE. Toda esa inversión, toda esa visibilidad y aun así ninguno tiene el resultado garantizado.

Lo que sí hace, según Navarrete, es incidir en el clima político. En lo que se habla, en lo que se instala, en lo que parece relevante en la mente de las personas y esa conversación pública.
Entre algoritmos que priorizan lo que engancha, campañas que compiten por segundos de atención y audiencias que ya no solo consumen, también producen y amplifican contenido. Se volvió una conversación fragmentada, emocional y en permanente movimiento.
Las últimas horas
A pocas horas de la primera vuelta, los tres candidatos punteros intensifican su presencia digital sin abandonar la plaza pública. Los riesgos de seguridad en los territorios y la dificultad logística de llegar físicamente a cada rincón del país han hecho que las redes no sean solo un complemento; son, para muchas campañas, el principal canal de contacto con el votante.

Luisa María Osorio, experta en comunicación política, plantea que uno de los principales errores de las campañas es confundir simplificación con claridad. “El reto no es simplificar la política, es traducirla”, explica. Traducir implica hacer comprensible lo técnico sin perder la tal profundidad, decirle a la gente qué es lo que le impacta, conectar las políticas públicas con la vida cotidiana.
Traducir implica hacer comprensibles temas complejos sin vaciarlos. Explicar sin perder el fondo. Cuando eso no pasa, lo que queda es ruido, dice.
Y eso fue parte de lo que se vio en estas elecciones: presencia constante en redes, pero no siempre claridad en el mensaje.
Este 31 de mayo, 41.421.973 colombianos habilitados decidirán en una cabina, no frente a una pantalla. Hasta ahora, ningún estudio ha demostrado que el candidato más viral gana la elección. Lo que sí han demostrado estas semanas es que quien no existe en el ecosistema digital, tampoco existe del todo en la conversación pública.
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