La cruz de los sacerdotes secularizados, la historia de Juan Carlos Amarillo

Domingo, 17 Enero 2021 20:15
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Juan Carlos Amarillo Serrano conoce bien el sistema de mensajería del Vaticano: tuvo que llenar formularios y enviarle cartas a la Santa Sede por 14 años, para que esta le otorgara la dispensa eclesiástica, documento que le permitiría a dicho sacerdote retirado contraer matrimonio. En 2002, cuando el cargo de Papa lo asumía Benedicto XVI, presentó por primera vez su caso. Sin embargo, no se le dio respuesta hasta 2016, cuando el pontificado estaba a cargo del Papa Francisco.  

En el centro podemos ver al obispo de Barrancabermeja. A su derecha, el sacerdote Juan Carlos.|Juan Carlos junto a su esposa y sus dos hijos||| En el centro podemos ver al obispo de Barrancabermeja. A su derecha, el sacerdote Juan Carlos.|Juan Carlos junto a su esposa y sus dos hijos||| Juan Amarillo|@Juan Amarillo|||
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En esta ocasión, le quiere poner en reflexión el tema del celibato al papa. Con papel y lápiz en mano hace bosquejos de lo que serían las propuestas que va a presentar en la carta. No ha plasmado las ideas, pero en su mente están muy claras: concebir al celibato como opcional y dar la posibilidad de que los sacerdotes retirados, que hayan formado un hogar estable, vuelvan a servirle a la iglesia.

 

“Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”, dice 1 Corintios 13:13. Esta cita bíblica adquiere mucho sentido cuando Juan Carlos cuenta su historia con Yolima Encinales, la mujer que lo hizo sentir mariposas en el estómago y la razón por la que decidió no continuar su tarea sacerdotal. Es más, con su discurso pausado y su tono reflexivo, como si estuviese predicando una eucaristía, narra un momento crucial de esta historia: Se encontraba en el Monasterio de la Inmaculada en Guatapé-Antioquia, viviendo un retiro espiritual donde guardar silencio era la máxima obligación, cuando escuchó la voz de Dios y entabló la conversación que le cambiaría la vida.

       + Dios, yo sé lo que es el sacerdocio y me encanta, me hace feliz, pero te cuento que estoy enamorado. Tengo que preguntarte algo: ¿Me retiro o permanezco en el sacerdocio?

       - ¿Tú te quieres alejar de mí?

       + No señor, yo aquí no estoy decidiendo si voy a ser o no creyente. Estoy decidiendo si voy a vivir más tiempo como sacerdote o me retiro para formar un hogar.

       - Si tú no me abandonas, yo no te abandonaré.

Así fue como dejó en una alcoba de la parroquia San Pablo Apóstol de Barrancabermeja su estilo de vida célibe, consagrada totalmente a Dios y a su comunidad católica; y decidió perseguir ese sueño de conformar un hogar. Sueño que ahora es realidad: vive con su esposa Yolima y sus hijos Juan Miguel e Isabella, en un apartamento a pocos metros del Parque de las Palmas, uno de los más emblemáticos de la ciudad de Bucaramanga.

“Hay que estar preparado para hacer grandes cambios en la vida”, era la reflexión que Juan Carlos les decía a sus feligreses durante una calurosa eucaristía en el mes de septiembre del año 2002. Sin saber que estas serían sus últimas palabras como sacerdote y que esta prédica en específico tendría que aplicarla los próximos años de su vida.

 


 

La entrada de su edificio es bastante natural, adornada por conjuntos de rosas chinas dobles amarillas, flores rojas y blancas cuyo tipo desconozco y dos palmas colosales que se sincronizan con el ancho del edificio. Lo sé porque mientras esperaba encontrarme con Juan Carlos tuve el tiempo suficiente para detallar su fachada. Después de unos minutos de espera, salió por la puerta principal e inmediatamente logré distinguirlo: su vestimenta formal, destacada por una camisa manga larga, pantalón y mocasines, y su peinado minuciosamente fijado por gel me permitieron identificarlo a lo lejos. Ese día el objetivo de nuestro encuentro no era más que comprarle tres frascos de la miel que su emprendimiento Honey Moon distribuía. Llevaba tapabocas y me saludo con el codo, tampoco se acercó demasiado. Al parecer cumple a cabalidad con los protocolos de bioseguridad que la pandemia actual demanda.

       + ¡Que más Jafeth Antonio! Aquí le traigo el encargo que Don William pidió ¿Cómo está la familia? ¿Qué tal la universidad?

       - Todo bien Yellow, están sanos y salvos. Muchas gracias.

       + Listo hermano, que Dios lo bendiga, chao chao.

Y es que una de las personalidades de Juan Carlos se caracteriza por su visión empresarial. Inició vendiendo huevos tienda por tienda, manejando su Honda Crypton color negro y cuidando como si fuera un tesoro una canasta plástica que llevaba en la parte de atrás, pues allí guardaba su mercancía. Luego incursionó en un producto que generaba más ganancia: el queso tajado. Así fue escalando en la pirámide empresarial, hasta tener proyectos como Honey Moon, que distribuye miel, propóleos y otros productos provenientes de las abejas; y Ayudamotos, una App que reúne información de las empresas, productos y servicios para los motociclistas.

Lo curioso es que desarrolló esta pasión cuando se encontraba en medio de una época de crisis económica. Luego de retirarse de su sacramento sacerdotal, mudarse a otra ciudad por una amenaza que alguien de la iglesia le había hecho a su esposa por “llevarse a su cura” y estar en embarazo de su primer hijo, Juan Carlos buscaba con todas sus fuerzas la manera de recibir dinero. Como no hizo ninguna carrera universitaria o estudio que le abriera las puertas a un trabajo, tuvo que trabajar en cosas que nunca imaginó. “Un cura que se retira solo sirve para ser profesor de colegio”, resalta.

Armado de valor, y con muchas necesidades, tomó alientos y luchó por su familia trabajando para una trilladora de café. El primer trabajo de su vida fue ser Jefe de personal, un cargo ostentoso; pero su labor real lo llevaba a maniobrar máquinas trilladoras y descargar camiones llenos de bultos de café. Dejó de ser aquel siervo de Dios que se mantenía impecable, vestido por su alba blanca como paloma y su estola planchada y sin pelusas; para pasar a ser un cotero, cuyo uniforme era una camiseta ensuciada por el fique y la tierra de los costales, y sus accesorios eran bayetillas con las que se secaba el sudor, se tapaba del sol y se las ponía en el hombro para amortiguar la sensación de los bultos. No quería estancarse en esa trilladora, por lo que su alma emprendedora emergió y empezó a comerciar.

 


 

Empieza noviembre y el cielo está cubierto por nubarrones que en cualquier momento desprenderán una lluvia diluviana digna de resguardo. Probablemente este clima hubiera entorpecido la reunión de hoy, de no ser por el COVID-19 que nos tiene resguardados independiente del tiempo y nos obliga a tener encuentros virtuales. Sin ningún inconveniente, ahí estaba Juan Carlos, sentado en el comedor de su casa, mirando la pantalla de su computador. Empezamos con un poema de Michael Quoist llamado Oración del domingo por la tarde,  un texto que refleja la soledad sacerdotal que se vive cuando las campanas de las iglesias dejan de sonar y las personas se van a sus hogares. “¿Vamos a usar audífonos? Porque el tema de hoy es delicado”, fueron las palabras que le siguieron al poema. Con toda razón, pues hoy hablaremos del celibato.

Se nota su recorrido intelectual en torno a este tema cuando recita casi textual la encíclica Sacerdotalis Caelibatus de Pablo VI. Lo hace para explicar las tres razones por las que se opta el celibato. Habla de la razón cristológica, la cual justifica que el sacerdote debe imitar en la mayor medida posible a Jesús, y este fue célibe. Eclesiológica, que le confiere una libertad al sacerdote, al desprenderlo de todo vínculo familiar que lo ate a compromisos. Y pastoral, que le confiere el don de estar disponible completamente a cambios, a constantes misiones por todo el mundo. Por eso la familia no es una opción.

Esto es lo que dicen los documentos religiosos, pero la opinión de Juan Carlos difiere un poco. Explica que, aunque se puede vivir célibe y es muy fructífero, el hecho de estar enamorado no impide que uno pueda cumplir con los compromisos sacerdotales.

       + El sacerdocio no se trata solo de dar misa y bautizar niños. Es un servicio a la comunidad, desde la catequesis, el ejemplo y la cercanía. Tener una familia no me impide hacer esto.

En esta conversación suena como todo un experto recitando una charla TED. Inconscientemente estructura una fórmula A.R.E.L cuan argumentador profesional. Su afirmación parte de que los análisis sociológicos y psicológicos han llegado a la conclusión de que una de las grandes razones por las que no se opta por el sacerdocio, o se renuncia a su labor, es precisamente por el celibato. El razonamiento se ve cuando expone el común denominador: “Yo si quiero servirle a Dios y a la gente, pero eso de no tener pareja conmigo no aplica”. La evidencia parte de su experiencia, cuando compara los 30 seminaristas que se ordenaban anualmente en su época, con el promedio de 2 sacerdotes que ahora se ordenan anualmente. Y finalmente con el link reflexiona sobre la  necesidad de la iglesia católica de reinventarse para atraer vocaciones sacerdotales.

Pero lo que realmente hace del celibato un tema tan debatido no es la restricción de las prácticas sexuales, sino la imposibilidad de construir un hogar que haga las veces de compañía incondicional. “Cuando optas por ser sacerdote, optas por ser un hombre solo”, me dijo mientras acomodaba el micrófono de sus audífonos. Recuerda los momentos en los que salía a caminar por el parque y veía a los padres jugando con sus hijos; en los que el niño salía corriendo con prisa a los brazos de su familia para demostrarles su cariño. Añoraba una compañía que su voto no le permitía tener, sentía lo que se denomina como ‘Soledad Sacerdotal’.

Para el solitario sacerdote Juan Carlos el final de las eucaristías también era un momento de duelo. Cuando la misa se acababa, la gente se despedía y se iba a su casa, al calor de su hogar, a ser mimado con abrazos, besos y caricias. Él simplemente se daba la vuelta y se dirigía a la casa cural, al calor de su cama, donde nadie lo esperaba. Incluso, muchos de sus feligreses percibían la soledad que sentía y lo invitaban a sus hogares para que se sintiera acompañado; en especial las madres de la comunidad, como menciona Rosa Celis con su seseo paisa: “mi instinto materno me decía que se sentía solo, y el de otras señoras también. Por eso orábamos juntas por él”.

Las festividades no eran la excepción. Todos los que tenían conciencia para el 31 de diciembre de 1999 estaban ansiosos por el cambio de milenio; hasta el mundo informático tenía nervios por la llegada del año 2000 y su famoso error del milenio o Y2K, que amenazaba con colapsar el sistema. Pero para Juan Carlos solo significó un vacío que nadie a su alrededor podía llenar, porque se encontraba solo. Su última compañía fue la misa que celebraba a las 8:00pm, la cual acabó a las 10:00pm. De ahí, todas las familias se fueron a esperar y celebrar el nuevo milenio; el en cambio se quedó en la parroquia con otro sacerdote que poco compartía. A las 12:00am estaba solo, en las afueras de la casa cural, mirando el cielo y los fuegos artificiales que destellaban, y llorando, porque no tenía a nadie con quien celebrar el inicio del Siglo XXI. “¿Con quién me sentaba? A solas con Dios”, dice mientras los recuerdos de esos sentimientos emergen y se suaviza su voz.

 


 

Mientras Colombia vivía las secuelas del fenómeno del Niño y le hacía frente a la Crisis energética de 1992 con cortes de luz de hasta 9 horas en las ciudades principales, Juan Carlos también batallaba contra una crisis, que en su caso era nerviosa. Un implacable estrés de nervios lo había tendido en la cama fría de una clínica psiquiátrica. Aunque no duró mucho tiempo allí, ya que después le dieron salida y permitieron que se quedara en su casa, su recuperación era demasiado lenta y no mostraba indicios de mejora.

Su situación era tan crítica, que el obispo de Barrancabermeja de ese entonces, Monseñor Juan Francisco Sarasti, se encaminó a la casa de Juan Carlos para aplicarle el sacramento de la unción de los enfermos. Estaban obispo y seminarista en la misma habitación, charlando para hacer más ameno el ritual. Juan Carlos estaba lúcido, así que aprovechó y absolvió sus pecados mediante el sacramento de la confesión. Siguiendo el hilo conductor, el sacerdote untó sus dedos con el óleo sagrado y procedió a signar sus manos y su pecho, diciendo: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el señor con la gracia del espíritu santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”. Luego de esto, la tristeza inundó la habitación, Juan Carlos se encontraba moribundo y lo único que restaba era abrazarlo y llorar junto a él.

El sacerdocio, otro de los sacramentos de los que fue participé, inició el 6 de diciembre de 1997. Su labor evangelizadora empezó en  el municipio de Puerto Berrio, la famosa Antesala de Antioquia y Corazón de Colombia. Rápidamente se viralizó la noticia de que a la parroquia Cristo Redentor había llegado un sacerdote muy carismático que cantaba, bailaba. “Hasta hacía llorar a la gente”, recuerda Locadio Nova, quien asistía frecuentemente a sus eucaristías. Varios de sus feligreses sentían gran atracción por la forma en la que reflexionaba las lecturas, por su empatía y acercamiento con las personas. “Tenía ese carisma que lo atraía a uno y lo llevaba a sintonizarse en esa presencia maravillosa que es con Dios” resalta Rosa Celis. Tanta era su cercanía con la comunidad, que para casar al hijo de uno de sus feligreses viajó durante seis horas, mirando tras la ventana de un bus intermunicipal los paisajes que había entre Puerto Berrío y Medellín.

Para cuando Colombia estaba celebrando el esperado Acuerdo de Paz entre el gobierno Santos y las FARC-EP, Juan Carlos celebraba el acuerdo de unión matrimonial. Ahora se encontraba del otro lado del altar, esperando con ansias el momento de ver aquel anillo de oro en el anular de la mano izquierda de su amada. Su compromiso fue consumado el 21 de noviembre de 2016 en una eucaristía para nada común: ocho sacerdotes nacionales e internacionales se reunieron para celebrar el matrimonio de su amigo Juan Carlos Amarillo. Hasta tuvieron que salir corriendo a buscar sillas, ya que no previeron que la capilla albergaría a más de 300 personas.

 


 

Es muy común escuchar que los sacerdotes secularizados son traidores de la iglesia; y que las mujeres con las que deciden conformar un hogar son pecadoras. Pero Juan Carlos y Yolima son todo lo contrario, ya que ellos continúan ejerciendo una labor religiosa y espiritual en su hogar y con sus allegados. Además, ofrecen direcciones espirituales a quien las necesite.

Con las puertas abiertas de su morada recibieron a un conocido que pedía sesión de orientación espiritual. Lo que desconocían es que no solo le habían permitido la entrada a esta persona, sino también a la fuerza maligna que llevaba en su interior. El momento de oración inició como de costumbre: charla y plegarias conjuntas. De repente, en medio del encuentro, Juan Miguel escuchó una voz desconocida y tenebrosa. Su curiosidad lo llevó a abrir los ojos para conocer que ocasionaba esa sensación de escalofrió. Cuando se percató, estaba en medio de un exorcismo, siendo testigo de cómo aquel conocido se estremecía con angustia y hablaba con una voz ajena, mientras su padre recitaba oraciones de liberación. Por fortuna, Juan Carlos había estudiado sobre el tema durante su orden sacerdotal, además había hecho aproximadamente 8 exorcismos. Tenía la experiencia y el poder para realizar esta práctica religiosa.

Aunque se haya retirado del ejercicio eclesiástico, Juan Carlos conservará su carácter, identidad y gracia sacerdotal por el resto de su vida. Esto automáticamente le confiere el deber de aplicar la unción de los enfermos, sacramento que se le ofrece a los moribundos o enfermos cuya muerte se aproxima. “Si en algún momento de la vida estoy con un moribundo y esa persona pide confesarse, debo absolverle los pecados”. Ya ha tenido que atender este deber en 10 ocasiones, pero la que más recuerda sucedió al lado de su vivienda.

Juan Carlos salió del ascensor de su edificio rumbo a su casa, cuando su atención se dirigió a la puerta de su vecina y observó a un grupo de tristes señores: eran los hijos de la señora preparándose para la muerte de esta. El sentimiento de empatía hizo que Amarillo se quedará hablando con ellos, hasta que se enteró que a aquella mujer que yacía agonizante en la cama de un hospital no se le había aplicado la unción de los enfermos. La familia no había encontrado ningún sacerdote que hiciera este trabajo. Por suerte, este siervo de Dios tenía el poder y la disposición de cambiar eso. Así fue como juntos emprendieron el viaje a la clínica para que Juan Carlos ejerciera dicho sacramento. La agonizante falleció al día siguiente.

Como se puede inferir,  Juan Carlos Amarillo recibió el bautismo, la confirmación, la eucaristía y la confesión. A eso, se le suma la unción de los enfermos que recibió en medio de su flagelo corporal, el ordenamiento sacerdotal que llevó con tanta alegría y el matrimonio que deseó con cada parte de su ser. Tenemos entonces un total de siete sacramentos, los siete sacramentos de la iglesia católica reunidos en una sola persona. La pregunta que me surge al final de este viaje es: ¿Qué otras hazañas le deparará el futuro a este hombre? Si su trayectoria es la viva definición de lo impredecible.