Una radiografía al periodismo popular de la mano de A media cuadra

Miércoles, 18 Marzo 2015 02:04

El impreso comunitario A media cuadra nos abrió las puertas para conocer a fondo cómo funciona el periodismo comunitario en tiempos de crisis económica

Mosaico en la puerta de la biblioteca de la Casa Techotiba.||| Mosaico en la puerta de la biblioteca de la Casa Techotiba.||| Foto tomada del vídeo de presentación de la Agencia Techotiba.|||
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Primera cerveza: Cuando no hay dónde decir lo que se quiere decir

Para ilustrar el concepto de los medios comunitarios se puede recurrir al episodio de Los Simpson en el que Lisa escribe un poema que no puede leer en público y, debido a que quiere que todos lo lean, decide publicarlo como un impreso al que la gente responde pidiendo más información del tema. Así nace un medio comunitario.

“¿Por qué no haces tu propia información?”, se pregunta indignado Edgar Suárez mientras se toma una cerveza. “El que una editorial o un medio no te publique, no quiere decir que eres malo. Es que podemos hacerlo todo, pero la sociedad y la academia nos ha creado la idea de que solo podemos dedicarnos a una cosa”, le da un trago a su cerveza que ya va por la mitad.

Edgar Suárez es un hombre de cabello largo, barba poblada y castaña igual que su cabello, y gafas grandes de marco grueso. Es creador y editor de A media cuadra, un medio público de la localidad de Kennedy. También fue uno de los creadores de la Agencia Techotiba, la única agencia de medios comunitarios en la ciudad.

“No hay nada como la independencia de los pequeños medios”, concluye sonriente al dejar la botella vacía sobre la mesa.

Edgar no cree en la crisis de los impresos, tiene muy claro que la labor es costosa y que la gente no siempre lee, pero le apuesta a que el papel permite dar ideas más profundas, información menos inmediata  con mayor longitud y trasfondo.

Segunda cerveza: Producción

“Nos demoramos tres o cuatro meses en la creación del impreso”, es su segunda cerveza y su sonrisa inicial se convierte en una delgada línea que lanza datos y frases en contra de las grandes corporaciones.

“Producimos unas 3 mil copias. ¿Cómo hacemos?, bueno es un trabajo fuerte, pero divertido”, vuelve a sonreír y a dejar su cerveza a la mitad. “Es un medio comunitario, aquí todos pueden aportar… y lo hacen. La gente nos envía artículos, historias, de todo un poco”, se ríe ahora un poco más fuerte, “incluso tenemos quien nos ayuda con la parte gráfica. En conclusión lo único que se nos cobran es el papel y la tinta”, dice con el ejemplar 38 de A media cuadra en las manos, que en esta ocasión tiene como portada una colorida ilustración de temática vallenata: un acordeón y un sombrero.

La impresión de las 20 páginas, con solo 4 en color y en papel periódico cuesta 1 millón 400 mil pesos, de los que pagan 1 millón 200 mil con las pautas publicitarias.

“Así nos sostenemos”, se encoge de hombros, “intentamos sacar el impreso bimensual pero todo depende de cómo esté la situación”, se termina la segunda cerveza y aún con ella en la mano sigue contando, “antes hacíamos fiesta cada vez que salía el impreso”, se ríe mirando a la mesa, tal vez recordando esos tiempos. “Pero las cosas cambian y la situación se agrava”.

A media cuadra cuenta con un blog en el que publican constantemente, distinguiéndose así de la gran mayoría de impresos comunitarios que ni siquiera reportan actividad en Internet. También tienen cuenta en Facebook y en Twitter, lo que facilita el contacto constante con los usuarios.

Tercera cerveza: De los talleres y de Techotiba

Un medio comunitario no solo informa, también educa. Es parte de la filosofía que maneja Edgar en su medio. Además de dar una ayuda personalizada a las personas que desean publicar en el medio, también han liderado talleres de periodismo popular. Uno de ellos en una sede de la fundación Pies descalzos.

“Siempre hay alguien que sabe más que uno y le enseña”, comenta Edgar mientras arranca el papel del cuello de la botella, “nosotros tratamos de enseñar todo lo que hemos aprendido. Llegamos montando un consejo de redacción y todo, si quiere escribir les enseñamos, si quieren grabar… aprendemos”, se ríe divertido por su broma y se da un trago para refrescar la garganta.

“Todos los talleres, las actividades, las fiestas son una excusa para unir a la comunidad. Y eso es lo que se busca con el medio, activar una sociedad que es cada vez más difícil de activar”, suspira y mira a las mesas. “Por eso nos gusta entregar personalmente los periódicos, eso es una excusa para empezar una charla o simplemente dar un saludo”.

Techotiba no solo fue la primera sino que es la única agencia de medios comunitarios”. Este fue un proyecto de política pública cuyo fin era conseguir equipos, como cámaras, grabadoras y cosas por el estilo para los medios comunitarios de la localidad. 

Techotiba cobijó medios como Periferia literaria, una revista poética; A media cuadraRadio Techotiba, cuya programación se basa en propuestas del público y ejecutadas por el mismo; y otros tantos que han desaparecido con el tiempo. El mismo destino que sufrió Aviso de terremoto, un proyecto informativo que traía el formato antiguo de los periódicos que eran un pliego de información pegado en la vía pública. El hablar del fin de este proyecto genera un cambio en la risa constante de Edgar, su mirada se mantiene en la mesa y su tono de voz suena más fuerte y serio. “Después de que uno está en un equipo, bajo un nombre y todo eso, se empieza a perder autonomía. Cuando las cosas se vuelven tan serias tomar riesgos es más difícil. Por eso se acabó Aviso de terremoto, por cuestiones de legalidad”.

“Trabajé con Techotiba cuatro años, pero me cansé. A un proyecto así hay que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo. Estaba perdiendo mi autonomía y no hay nada como la independencia de los pequeños medios”. Pero no todos los pequeños medios pueden mantenerse de esa independencia. Si se hace una búsqueda en las bases de datos que reúne a los medios comunitarios de la ciudad, se puede encontrar que más de la mitad ha descontinuado labores hace más de dos años. “Muchos de los impresos y revistas han ido desapareciendo con el tiempo, como la revista La Sureña  o el impreso El Campanazo que  decidió sumarse a Colombia informa, un medio comunitario a nivel nacional, para no dejar de informar”.

Casa Techotiba

Se acaba la tercera cerveza y ya el reloj marca las siete de la noche, Edgar se levanta y en su camino a la salida reparte dos periódicos a los de las otras mesas. “Voy a pasar por Techotiba a saludar”, le dice a su hermano al encontrárselo afuera del bar y se ríe “más de uno se va a poner blanco al verme. Ah, pero vamos a saludar y ver cómo va todo”. Su hermano se ríe y emprenden camino.

La relación entre Edgar y Techotiba ha tenido sus altos y bajos. Cuando recién salió ni siquiera hablaba con los de la agencia, sentían que la salida era una traición. Pero ya han pasado cinco años y los rencores han sido olvidados, ahora los pocos que quedaron de ese tiempo solo se asustan un poco al verlo. Edgar representa autoridad y experiencia.

Al abrir la reja la luz empieza a dibujar un auto viejo, que por el polvo sobre la pintura y los objetos organizados a su alrededor, parece llevar mucho tiempo estacionado ahí dentro; bicicletas; materas y cuadros que parecen ser escenas de un teatro. Después de pasar la estrecha entrada, por los cuadros amontonados, se abre una casa llena de color. Una casa sacada del documental Noviembre. Una casa en la que todos los muros tienen una frase, un dibujo, un color.

En el primer piso: un cuarto con ventana al pasillo de entrada, guarda equipos de sonido y sillas, decorado con unos dibujos en la pared y un mural de plantas y comida natural. Una cocina con nevera y una pila de platos que entre colores y diseños suman 30 piezas. Un patio con gente que charla mientras fuma y en el que se escucha el constante golpeteo de una aguja que trabaja a gran velocidad en el segundo piso.

Por las escaleras el sonido se hace más  fuerte y se mezcla con las notas de una guitarra. En el segundo piso hay cuatro cuartos: un estudio de tatuajes con grandes cómicos pintados en la pared; una biblioteca; y salón de ensayos  cuya puerta es un collage de recortes y páginas de libros quemados de una biblioteca en Tunjuelito. Un cuarto que está casi vacío, una mesa y algunos ejemplares de Aviso de terremoto en la pared, la adornan. Y finalmente un estudio de radio, con consolas, micrófonos, computadores y todo lo necesario para una transmisión de calidad profesional.

Todo parece funcionar en armonía, nadie interviene en la actividad del otro, a pesar de estar compartiendo una misma casa son espacios totalmente independientes. “Ahora esto es Techotiba. Es de todos, bueno tiene un espacio para todos… Pero no fue lo que creamos en un principio. Pero ya lo he dicho, no hay nada como volver a la independencia de los pequeños medios”, sonríe mientras cierra la reja de la calle.