Los reporteros en tiempos de pandemia en países como México, Colombia y Venezuela

Viernes, 12 Febrero 2021 16:36
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Los periodistas enfrentan al coronavirus en países acechados por el narcotráfico, las guerrillas y las amenazas de las fuerzas públicas, dando voz a los necesitados y escribiendo las historias que todos leen a diario. Pero su reconocimiento es casi nulo en las naciones donde más corren peligro. De hecho, los narcotraficantes, guerrilleros y agentes gubernamentales corruptos han aprovechado la pandemia para afianzar su control en las zonas conflictivas de Colombia, Venezuela y México, tres de los países más mortíferos del mundo para los reporteros. Este trabajo recoge las historias de tres reporteros que nos cuentan su experiencia.

Collage con imágenes de uso gratuito, cortesías de los reporteros y de Ríodoce||| Collage con imágenes de uso gratuito, cortesías de los reporteros y de Ríodoce||| Nicole Acuña|||
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Periodistas con mascarillas y sin chalecos antibalas

Tiroteos, atentados, guerrillas, amenazas de narcotraficantes y de agentes gubernamentales corruptos... A todo eso se enfrentan los periodistas en Colombia, Venezuela y México desde hace mucho tiempo, y ahora también a un nuevo enemigo invisible: el nuevo coronavirus. La pandemia no solo ha supuesto un riesgo más para los informadores, sino que se ha convertido en el momento oportuno de los grupos criminales para luchar por su liderazgo en las zonas de conflicto, aprovechándose especialmente del confinamiento y de la fuerte crisis socioeconómica.

Periodismo acorralado

Colombia vive una transición violenta desde que se firmó el acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) en 2016. Ahora, otras guerrillas, los paramilitares y más grupos vinculados al narcotráfico se disputan la zonas estratégicas de exportación de cocaína y del cultivo de la planta base para su elaboración, donde la presencia del Estado es escasa. En esas regiones calientes, el anterior año y este se han regitrado más de 60 matanzas, en su matoría de jóvenes y niños. Ni siquiera la cuarentena por la Covid-19 ha reducido los asesinatos en el país; por el contrario, la violencia se ha recrudecido y los reporteros se enfrentan cada vez más a situaciones de extremo peligro.

Su vecino país Venezuela no se queda atrás. Vive la mayor crisis social, política y económica de su historia reciente, que ha arrojado a más de 5 millones de ciudadanos de su territorio en los últimos años. Esa migración constante ha hecho que surja toda una red conformada por grupos al margen de la ley y agentes gubernamentales corruptos que se asientan en la frontera con Colombia, extorsionando a los migrantes y a los periodistas que difunden esa realidad.

El límite ‘colombovenezolano’ es el más amenazante porque es por donde se produce el mayor éxodo, las personas tienen que hacer una travesía infernal para cruzar caminando y rindiendo cuentas a los guerrilleros. Esa límite se ha convertido en la vivienda de muchos corresponsales, que se enfrentan a los criminales y a quienes les deberían cuidar de ellos: varias voces denuncian la represión gubernamental y la de las fuerzas públicas hacia los periodistas.

Amenazas de los cárteles

Sin duda, el país latinoamericano más mortífero para los comunicadores es México. Allí se vive una guerra sangrienta de los cárteles de la droga que deja ya miles de inocentes muertos, entre ellos a 159 periodistas en las dos últimas décadas, la mayoría vinculada a la cobertura del negocio de la droga. Los narcos prácticamente controlan las publicaciones de los medios mexicanos en relación a su información. Infunden miedo a los reporteros a través de sus constantes amenazas y ejecuciones, consiguiendo que se autocensuren siempre que hay que tratar temas sobre violencia. Y logrado, además, mutilar casi de raíz la investigación periodística en el país. 

Preso en la frontera

Es difícil de creer pero en ciertos países hay que cuidarse de las fuerzas públicas, a veces incluso más que de los mismos delincuentes. Eso es lo que asegura Jonathan Maldonado, corresponsal del periódico venezolano ‘La Nación’ en San Antonio del Táchira, la ciudad fronteriza con Colombia. En solo un año como vocero en ese hostil límite ha sido detenido ocho veces durante varias horas por la Guardia Nacional venezolana. Sin ninguna explicación sólida. «Lo que me han dicho es que no puedo tomar fotografías o filmar vídeos o escribir información que irrumpa el orden público».

Ni siquiera esas noches en las comisarías le han hecho abandonar su trabajo en ese lugar que parece un reloj de arena invertido hacia Colombia, por el que escapan de la miseria y el dolor cientos de venezolanos a diario. Lo que Maldonado ha hecho ante las «amenazas gubernamentales», afirma, es escribir con «mucho cuidado» cada pieza para seguir publicando sin convertirse en un preso sin ser delincuente.

«Hay una persecución por parte del Gobierno. Cuando ellos creen que una información no se trata de la forma «correcta» nos amenazan». Para él no hay libertad de expresión en un país que en teoría es democrático, pero que es gobernado por un mismo grupo político desde hace dos décadas: el que engendró el expresidente fallecido Hugo Chávez, cuyo legado sigue Nicolás Maduro. Maldonado tiene prohibido usar la palabra ‘régimen’ en sus publicaciones, si lo hiciera lo contactaría la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) «porque dirían que su información no se ajusta a la realidad». «Soy cuidadoso. Me apoyo en los ciudadanos que son los únicos que quieren decir la verdad».

Varios frentes

La represión que denuncia el redactor de 32 años es un motivo más que inspira miedo en sus padres y en él. No solo porque la Guardia Nacional se ha convertido en su enemigo para ejercer libremente su trabajo, sino porque siente que no tiene una protección real ante otras amenazas; que no son pocas, ni menos peligrosas. En ese cruce hay guerrilleros en el lado venezolano que son los que comandan el territorio y «hay que respetarlos a la hora de cubrir una información».

Las coberturas en las trochas, caminos selváticos irregulares por lo que los migrantes cruzan, las hace casi a escondidas. De hecho, para el último de sus reportajes, de hace un par de días, tomó fotos de los caminantes sin que los guerrilleros se dieran cuenta, y, aunque estaban allí y él tiene todas las pruebas para demostrarlo, no mencionó en su artículo sobre la presencia del grupo irregular. Tuvo que callarse para cuidar su vida, como en otras tantas ocasiones.

Otro virus

La pandemia ha dificultado la situación en la frontera. Como el Gobierno colombiano cerró en marzo el paso por el drástico aumento de casos de coronavirus, la circulación en los caminos ilegales aumentó de forma drástica, y con eso el poderío de los armados y el control represivo de las fuerzas públicas de seguridad. «Mi familia tiene temor. Y claro, yo también. Los guerrilleros pueden llegar hasta mi casa a amenazarme. Quiero continuar con mi trabajo, y para ello tengo que ser cauteloso», dice con naturalidad. Con una naturalidad que asusta porque ya tiene normalizadas esos riesgos.

Pero ni el miedo le hace desistir. Con dolor, ha visto involucionar esa región que parece una línea entre el hambre y la comida. Como él mismo lo explica, en Venezuela ya no se consiguen alimentos fácilmente, y ahora «con el coronavirus mucho menos». «Un sueldo no alcanza ni para un kilo de carne», lamenta. La crisis económica ha destrozado cualquier los empleaos y ha arrasado con muchos trabajos informales. La única manera de sobrevivir allí es comerciando con pesos colombianos y con mercancía y alimentos producidos en el país vecino. La miseria que él ve le produce dolor, y ese dolor es el que le impulsa a seguir mostrando lo que viven sus compatriotas. Y aunque hay allí la vida es extremadamente ruda y se enfrenta a lo legal y lo ilegal, continuará luchando hasta que «Dios se lo permita».

«Los narcos apagaron la voz del periodismo mexicano»

En la última década los cárteles de la droga han asesinado y atemorizado a los reporteros, logrando mutilar la libertad de expresión. «A mi colega lo mataron los narcos hace tres años. Me cuidé los primeros 15 días después de eso, pero luego comprendí que no tenía sentido», son las palabras de Ismael Borjóquez, director del periódico ‘Riodoce’ y periodista reconocido a nivel internacional por su cobertura sobre el narcotráfico en México. Sin duda, uno de los países más peligrosos del mundo para los informadores. Y sus principales asesinos son los capos de la droga, cuyas amenazas empezaron a ser cada vez más frecuentes a partir de 2005.

El crimen organizado prácticamente ha silenciado el periodismo en el país, con sus reiteradas persecuciones, amenazas y asesinatos han provocado una mutilación de la libertad de expresión, imponiendo una autocensura en las redacciones. Los editores saben perfectamente qué temas tratar y cuáles no sobre el negocio de la droga y los hechos violentos. Publican informaciones incompletas porque cuando se relata algún crimen solamente pueden utilizar las fuentes oficiales, casi nunca se sabe quiénes son los culpables directos y los motivos surgen de las especulaciones.

Este 2020 han sido asesinados de forma violenta cinco periodistas, el úlimo fue encontrado la semana pasada decapitado. Precisamente, una de las zonas con más víctimas mortales es el hogar de Borjóquez: Culiacán, la capital del Estado de Sinaloa, una de las regiones más golpeadas por la exportación de cocaína. Ahora mismo allí se vive una batalla sangrienta del Cártel de Sinaloa entre sus jefes: la familia Zambada y los hijos de ‘El Chapo’ Guzmán. Eso supone un peligro para los civiles que son víctimas de los enfrentamientos, como sucede en Guanajuato, donde otros cárteles se disputan su gobierno en la región. Aún estando en constante peligro, Bojórquez ha rechazado en varias ocasiones la protección del Gobierno, que le ha ofrecido escoltas las 24 horas del día.

Pero él no ve sentido a esa guardia. Dice que «cuando los narcos te quieren matar lo hacen y ya, y si no lo han hecho es porque no han querido». «Estoy de acuerdo en que hay que minimizar los riesgos, sin embargo, cuando uno de ellos toma la decisión no hay quien la impida. El día en que quieran dañarnos lo harán. Su poder es inmenso». Y es cierto. han matado a jueces y atentado contra altos cargos del Gobierno. 

Su estrategia para sobrevivir en un mundo que parece sacado de series de ficción ha sido la valentía, pero también la autocensura. Su valor le hace seguir cubriendo los temas más calientes, sigue incomodando a los narcos y denunciando los asesinatos de inocentes. Pero en su lucha por ejercer la profesión que ama choca con el cuidado de su vida y la de sus hijos. Ha tenido que censurarse más de una vez. Y sus reporteros también, hay muchas exclusivas que no han publicado por miedo a que les maten.

La Covid-19 más la droga

La pandemia, desde luego, no ha cambiado esa cruda realidad para los redactores. De hecho, la ha empeorado. Los clanes han gobernado en varias ciudades durante el confinamiento. El coronavirus les ha dado libertad. Durante la cuarentena estricta de Culiacán, cuenta el periodista de 56 años, la venta de alcohol estaba prohibida, pero los clanes extorsionaban a los vendedores para obtener licores y luego comerciarlos con sobreprecios. Algo ampliamente conocido y, sin embargo, no hubo impedimentos o sanciones. Bojórquez dice que no tiene miedo, porque en situaciones extremas «si lo tienes te chingan». Él y su grupo de redactores continúan con su trabajo en las calles pese a la Covid-19, siendo México el cuarto país más golpeado por la pandemia con un acelerado crecimiento de contagios, y pese a los cárteles de la droga. Siguen dando voz a aquellos que no tienen, solo que ahora lo hacen con mascarillas, pero, como siempre, sin chalecos antibalas.

De Irlanda a Colombia

Hace siete años Steven Grattan (Irlanda del Norte, 1987) emprendió un viaje a Colombia del que nunca pensó que no volvería. Su pasión por el periodismo le impulsó a incursionar en un país que todavía estaba en guerra y que intentaba, justo en esa época, parar por la vía pacífica un conflicto armado de más de medio siglo. Ese proceso de paz y sus ganas de explorar un mundo borroso y fascinante para él, le llevaron hasta Bogotá, la capital que ahora es su hogar. Allí lleva una vida relativamente tranquila, excepto cuando viaja a las provincias o las áreas limítrofes para realizar las peligrosas coberturas que le impulsaron a quedarse.

En esas aventuras el miedo es tan grande como el peligro. «Claro que tengo mis dudas cuando voy a lugares donde se asientan las guerrillas y los paramilitares. Pero es mi trabajo y tengo que saber manejarme», dice Grattan. El peligro en las ciudades comandadas por los grupos narcotraficantes es inminente y allí nada le puede salvar. Nada, excepto tu propia audacia. Él estuvo a punto de ser secuestrado por tres paramilitares, le agarraron en el Puerto de Santander y querían embarcarle en una canoa sin billete de regreso. «Actué rápido, les dije que soy extranjero y que no venía solo. Fingí como si me llamaran en ese momento».

Tuvo suerte. Porque en Colombia matan y secuestran a periodistas desde hace décadas y la mayoría quedan en la impunidad. Desde 1977 hasta el año 2015, fueron asesinados 152 reporteros por su ejercicio profesional, según la Comisión Nacional de Memoria Histórica. Grattan no siempre hace esas coberturas de altísimo riesgo. Desde hace dos años y medio cubre el área fronteriza de Colombia con Venezuela, desde entonces ha evidenciado el éxodo de millones de venezolanos desde el ángulo más humano y desgarrador.

En marzo, durante la cuarentena, Grattan acudió a la llegada a pie a las afueras de Bogotá de los migrantes que cruzaron por caminos ilegales. El coronavirus le impidió llegar más lejos pero le bastó con recibir a esas personas en el momento más álgido de la pandemia para contar sus historias en diarios como ‘The Guardian’, ‘New York Times’ o ‘BBC News’. Claro, fue con estrictas medidas de bioseguridad y acompañado de colegas por la peligrosidad.

El enemigo invisible

La Covid-19 se ha convertido en un limitante de su trabajo, y sobre todo en un riesgo más. Pero ni los criminales ni la enfermedad han acabado sus ganas de seguir en Colombia, ni las de hacer reporterismo. Su mayor aliciente es mostrar lo que los inocentes sufren. «Es difícil para mí entrevistar a personas que tienen tantas necesidades. Cuando termino de hablar con ellas me piden dinero. Ya estaban en malas condiciones, pero con la pandemia todo ha empeorado». Al principio les daba algo de dinero, siempre después de recibir la información, porque «no puedes decirles que no cuando ves que tienen hambre». Iba a crear un fondo para ayudar a los migrantes pero desistió por evitar problemas relacionados con el ejercicio profesional.

Colombia vivió el confinamiento estricto más largo del mundo, con un total de 159 días. El más extenso, pero también el más violento. Durante este medio año han matado a tiros a más de 220 personas en regiones donde los grupos criminales se disputan el liderazgo. A Grattan le ha tocado presenciar funerales de familias que han perdido a sus seres queridos por enfrentamientos armados. Percibir ese dolor ha sido quizá uno de los momentos más tristes de su carrera. «Lloré. En esa ocasión no resistí». Se enfrenta, entonces, a los diferentes peligros que supone un país que no encuentra la paz, y al dolor de su pueblo.

Él llegó con dos sueños a Sudamérica; y los cumplió. El primero fue crear un periódico de habla inglesa con su propia versión en línea: en 2013 junto a dos colegas fundó ‘The Bogotá Post’ que circula hasta hoy. Su segundo anhelo era publicar en los mejores medios del mundo sobre temáticas relevantes para transmitir las emociones de los más vulnerables como solo un periodista puede hacerlo con simplicidad y veracidad. No planea irse de Colombia «porque ahora es su casa».

 

*Este trabajo forma parte del Máster en Periodismo Multimedia de El Correo y de la Universidad del País Vasco en España elaborado por Karen Pinto.