La esperanza como método científico: leer a Jane Goodall en el día de la niña y la mujer en la ciencia

Miércoles, 11 Febrero 2026 10:32
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Una lectura de El libro de la esperanza sitúa el legado de la científica  en el debate actual sobre cómo se produce y se comunica la ciencia ambiental. 

Jane Goodall   ||| Jane Goodall   ||| Sara Rodríguez Toro|||
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El libro de la esperanza: una guía para tiempos difíciles fue publicado en 2021 y es la última publicación, en vida, de la reconocida científica Jane Goodall. Este surge como una conversación profunda entre la primatóloga y activista y el escritor Douglas Abrams. Más que un ensayo tradicional, la obra se construye a partir de entrevistas que exploran el significado, los límites y la necesidad de la esperanza en un mundo atravesado por múltiples crisis ambientales y sociales. Lo que hace a la científica especialmente relevante en el día de la niña y la mujer en la ciencia.  

Cuando tomé este libro, en un principio, lo hice con gran escepticismo y así fue, incluso, hasta el primer tercio de este. Sin embargo, el texto logró cambiar mi percepción de la esperanza.  La mayor parte de mi tiempo está dedicada a aprender y entender cómo funciona el planeta, cómo interactúa la atmósfera con la temperatura, lo biótico con lo abiótico, por lo que, en general, siento mucha desesperanza.  

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La crisis climática es un tema recurrente en los medios y la posibilidad de resolverla es cada vez más pequeña debido al incumplimiento de los compromisos del Acuerdo de Paris. A pesar de esto, cada vez que pasaba una página sentía un poco más de paz y reconciliación con la idea de que vale la pena tener esperanza. 

El texto está organizado en capítulos temáticos que abordan distintas dimensiones de la esperanza: la resiliencia humana, la capacidad de acción colectiva, la relación con la naturaleza y la responsabilidad individual frente a la crisis climática. La estructura conversacional permite que las reflexiones científicas convivan con anécdotas personales y episodios históricos, lo que hace que la lectura se sienta íntima y accesible sin perder profundidad. 

La primera definición de esperanza que comparte Jane Goodall comparte su visión:  

“La esperanza es lo que nos permite seguir adelante a pesar de las  adversidades. Es aquello que deseamos que ocurra, pero para lo que tenemos que estar preparados para trabajar muy duro a fin de hacerlo realidad.” 

A partir de esta se desarrollan preguntas como: ¿es acaso la esperanza un atributo para la supervivencia?, ¿por qué sentir esperanza en un planeta en crisis?, ¿Somos realmente seres inteligentes si lo que hacemos es destruir el planeta?  

Jane Goodall como referente en el día de la niña y la mujer en la ciencia 

La Dr. Goodall viajó desde Inglaterra hasta Tanzania para cumplir su sueño de estar con animales salvajes;, tenía 26 años en 1960 y ningún estudio previo. Su conocimiento se encontraba en los libros que había leído sobre zoología, pero tenía un profundo entusiasmo por cumplir su meta, lo que la llevó a conseguir pronto un trabajo como secretaria del famoso antropólogo Louis Leakey. Al ver la pasión que Goodall sentía por los animales, Leakey la envió en una expedición a Gombe para observar los chimpancés y a partir de datos ver si sería posible tener un ancestro común entre estos y los humanos.  

La investigación realizada por la científica descubrió que los humanos no son los únicos animales que usan herramientas en un momento histórico donde la definición de la humanidad venía de allí: “¡Ah! ¡Ahora debemos redefinir al hombre, redefinir las herramientas o aceptar a los chimpancés como humanos!”, aseguró Leakey cuando Goodall le comentó su investigación.  

Este descubrimiento revolucionó la forma en la que se concebía la humanidad y sonó en todo el mundo. La revista TIME seleccionó a David Barbagris, el primer chimpancé en acercarse a Goodall con tranquilidad, como uno de los animales más influyentes de la historia. 

Este episodio no solo consolidó la carrera científica de Goodall, sino que también ejemplifica uno de los ejes centrales del libro: la importancia de cuestionar paradigmas establecidos. La esperanza, según se desprende de la conversación, no es ingenuidad ni negación de la crisis, sino la capacidad de imaginar nuevas posibilidades cuando los marcos tradicionales resultan insuficientes. 

Lo más sorprendente de este descubrimiento fue que se llevó a cabo desafiando varias convenciones del método científico: Goodall nombró a los animales en lugar de numerarlos, no contaba con una formación universitaria formal al inicio de su investigación y, además, cuestionó la idea dominante de la época que consideraba a los animales como seres carentes de personalidad. 

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Si bien el libro logra transmitir serenidad y una profunda convicción ética, en algunos momentos su enfoque puede sentirse más inspirador que analítico. No se detiene extensamente en datos técnicos ni desarrolla estrategias detalladas de política climática; su fuerza radica más en la dimensión moral y humana que en el análisis estructural de la crisis. Sin embargo, esa elección parece deliberada: no busca convencer desde la estadística, sino movilizar desde la conciencia. 

Esta obra puede resultar significativa para quienes, como yo, se aproximan a la crisis climática desde la ciencia y experimentan una sensación persistente de desesperanza. También puede resonar con lectores jóvenes, activistas ambientales o cualquier persona que se pregunte si aún tiene sentido actuar frente a un panorama global complejo. 

Lo que cambió en mí no fue la comprensión de la crisis, sino la forma de habitarla. El libro no niega la gravedad del momento histórico, pero insiste en que la esperanza es una decisión activa y una responsabilidad ética. Más que ofrecer consuelo, propone compromiso. Y quizá ahí radica su mayor aporte: recordarnos que entender el planeta no está reñido con creer que todavía podemos transformarlo.  

Como dice Jane Goodall: ¡Juntos PODEMOS, juntos LO HAREMOS!