“¡Ah, bestia!”: Diego Trujillo, el arquitecto que se convirtió en "Iriarte"

Martes, 10 Febrero 2026 23:02
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Del arquitecto frustrado al actor icónico, egocéntrico y humano, amante del juego, la soledad, la actuación y la vida sin poses.

Diego sonriendo en la sala de su casa.||| Diego sonriendo en la sala de su casa.||| Isabella Torres|||
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Era buen arquitecto, pero no tan bueno como hubiese querido. De hecho, este hombre podría hacerse pasar fácilmente por un gran edificador frente mío, portando una camisa azul mar, impecables jeans, un reloj ostentoso y unos converse beige. No obstante, a este hombre se le reconoce más por su lustrosa calva y decir constantemente “¡Ah bestia!”o “Eres Iriarte, eres” en Los Reyes, una popular telenovela colombiana de 2005. Un hombre egocéntrico, pues sabe que es un referente en la actuación nacional, decidió compartir su humanidad. Aquel para quien actuar y jugar son sinónimos, adora estar a solas con sus dos gatos, prepara la mejor pasta puttanesca, y no es fan de nada ni nadie, aceptó nuestro encuentro a gracia de su intuición.

 

Diego me recibió en su casa como si se tratase de su sobrina favorita. El hombre aún conserva un poco de su pasado como arquitecto, pues su casa es enigmáticamente armoniosa. La entrada destaca por una gran escalera al aire de madera que dirige a un segundo piso. A su izquierda hay toda una pared oculta por libros y una fogata moderna arrinconada. Más al fondo tiene su propio balcón, más bien, su propio jardín, con vista a Bogotá y una mesa de cuatro puestos. En la mesa central de la sala tiene un libro bastante grande con el título de “SERES”:


-¿Puedo? - Pregunté.
-¡Claro! - Me responde Diego con leve entusiasmo.


Diego creó un libro con más de 100 fotografías en blanco y negro de extraños en Bogotá. Solo compartió copias con personas cercanas. No satisfecho con el libro en medio de su sala, el hombre tiene impresa sobre su escritorio una fotografía tomada por él en un marco de metro y medio de altura en donde resalta figuras grisáceas y plantillas pálidas. Orgulloso, acepta no querer dedicarse a la fotografía, menos estudiarla: “Me gusta como afición porque no tengo la responsabilidad de que me digan si soy bueno o malo, es mi afición y punto”, explicó con ligero tono de voz alto.


Dejó la arquitectura para ser actor profesional y un fotógrafo vanidoso por hobby. Siendo uno de los cuatro hijos de padres separados, se graduó del colegio Gimnasio Moderno, lugar en donde se enamoró del escenario. Se casó con una mujer relacionada con el teatro y se unió a un grupo aficionado donde conoció a Jorge Plata, cofundador del Teatro Libre de Bogotá. Plata lo persuadió para dedicarse seriamente a la actuación, lo que llevó a Diego a cerrar su oficina como arquitecto independiente, divorciarse y enfocarse en la actuación durante los últimos 30 años.

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Alcanzó visibilidad en 2005 con la telenovela Los Reyes. En sus inicios completaba hasta 16 horas de grabación. En una jornada de rodaje, culminó el día a pesar del dolor de una apendicitis, sobreviviendo a punta de aromáticas. Logró desarrollar una memoria fotográficaque le permite aprenderse un texto con solo mirarlo y le apasiona la improvisación. Un hombre que comenzó desde abajo, pues la primera vez que se vio en la pantalla se desagradó: “Fue terrible. Fue en la primera telenovela que hice, La maldición del paraíso. Me citaron a las 7 am, era casi un extra. Pasé todo el día sin hacer nada, y ya en la noche acabando dicen “agh falta la escena con este man”. El director nos sentó como estamos tú y yo, de frente, tú eres el prota. Puso la cámara detrás, entonces hizo un plano del protagonista con mi cabeza en escorzo, o sea casi que de perfil, entonces lo primero que vi de mí en la TV fue mi oreja”, explicó entre risas.


Aunque a día de hoy Diego se refleja como alguien seguro de sí mismo, no siempre fue así. La primera vez que realmente vio su rostro en televisión sintió vergüenza: “No me gustaba lo que veía de mi, me costó coger seguridad frente a las cámaras porque soy una persona muy tímida”, afirmaba el hombre frotando su frente con el dedo índice. Lo hacía constantemente. Tampoco se estima como alguien atractivo: “Yo no me considero una persona físicamente bella. Pero eso no me hace sentir inseguro, digamos que ya superé eso hace tiempo”, explica con egocentrismo irónico. No tiene ninguna inseguridad, nada le molesta, ni siquiera aquella cicatriz que atraviesa su abdomen, resultado de la extracción de un tumor benigno.


Diego proyecta buena higiene y desprende un aroma saturante. Su perfume favorito es italiano con esencia a pachulí, la cual proviene de una corteza de madera. En la calva se echa bloqueador todos los días, es muy cuidadoso con sus uñas y se enloquece si sale de su casa sin un humectante de labios. Esto último lo recalcó sacando un bálsamo Nivea de su bolsillo derecho.

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Con su segunda esposa tuvo a su hijo Simon, a quien le dedica más tiempo por ser el menor. Aunque se divorció, la actriz Tatiana Reitera lo describe como alguien “maravilloso, pero muy neurótico” con quien es difícil convivir. “Desde que lo conocí lo amé y lo sigo amando desde otro lugar”, narra la actriz. A Diego le agrada que cada quien tenga su espacio. Sonríe ampliamente al admitir que le encanta estar lejos de su familia. Claramente esto no implica que sea un padre ausente: “Con mi papá hemos sido siempre muy buenos amigos, hemos trabajado juntos y creo que hacemos un gran equipo. Nos apoyamos y aconsejamos mutuamente y yo aprendo mucho de su experiencia como actor y director ¡Veo todos sus proyectos! Me emociona mucho poder ver cada paso de su carrera”, afirma Silvia Trujillo con afabilidad, su hija mayor.


- ¿Actuar es jugar? - Le pregunté.
- Con honra, Diego responde: “Cuando estás entrenando para ser actor, el enfoque se centra en juegos actorales por una razón muy simple: cuando te enfrentas a un grupo de niños y preguntas quién quiere tomar la delantera, todos se ofrecen voluntarios. No hay juicio en ese espacio. Pero con adultos, nadie levanta la mano por temor a la exposición pública, debido a los prejuicios que hemos acumulado. Entonces, de alguna manera, uno debe recuperar esa mentalidad infantil para liberarse de ese temor y volver a disfrutar del juego”.


Diego ama jugar. Su jugada más reciente, y según él, su proyecto más importante, la serie Griselda. Como actor dramático era frágil, pues en el teatro el público se reía al no poder tomarlo en serio. Así descubrió su vena de comediante. Verse asimismo en una serie tan formal le encantó, y a pesar de las escenas sensibles, no dejó que su humanidad fuese afectada: “Creo que es un tema polémico que sigamos haciendo proyectos que hablan de narcotráfico y violencia, pero siento que es necesario hablar de eso porque es parte de nuestra historia”, concluyó Diego mientras alzaba a su gato Marcel, quien no dejaba de morder mis pies.


El actor ególatra de satinosa calva que sueña con montar un auto de carreras en una autopista alemana, me otorga una foto en la cual se le ve como siempre, muy sonriente. Me despido de él y sus gatos. Me abre la puerta y a medida que salgo lo veo desvanecerse. Diego queda de nuevo en la soledad de su posada, soledad que lo acompaña,la tranquilidad que tanto ama.