Nancy Montano: condenada a la discriminación por nacer indígena

Jueves, 17 Noviembre 2022 08:39
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La consejera de juventud distrital del pueblo Misak ha tenido que luchar contra la discriminación no solo desde que llego a la ciudad, sino desde que salió de su vereda a estudiar en Cauca. 

Nancy Montano: consejera de juventud indígena Misak||| Nancy Montano: consejera de juventud indígena Misak||| Maira Yulieth Segura Tapiero|||
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Cuando nací en el territorio de Guambia, un municipio de Silvia, Cauca, nací siendo Misak y no sabía que por solo tener sangre indígena, la gente que no era de ese lugar, de mi comunidad, me iba a discriminar.  

Hablar en Namtrik (nuestra lengua materna) con mis papás por el celular, mientras voy por la calle, me hace sentir incomoda porque las personas que están cerca voltean a verme como si se les fuera a partir la nuca. Se quedan mirándome extrañados, y no sé por qué, pero terminan pensando que estoy hablando de ellos.

En la ciudad es normal que me miren mal o que duden de mis capacidades. Yo estoy segura de que cada vez que voy a algún lugar con mi atuendo de Misak: con el rebozo azul rey, la falda negra sujeta por el chumbe (cinturón tejido), mis botas, mi mochila y mi sombrero tejido sostenido por dos cuerdas amarradas en el guargüero, la gente piensa que no soy tan inteligente como ellos.

Pero yo no dudo de mis capacidades. Yo, sé quién soy: Nancy Montano. A mis 22 años, he sufrido de discriminación en cada lugar que voy desde que salí de mi vereda, y sin embargo, sigo tratando de superarme y ahora soy la actual consejera de juventud distrital de este territorio: Bogotá, que no es el mío, pero que me acogió y ahora quiero.

La primera vez que salí de mi pueblo

A mi papá le avisaron que le había salido un trabajo en otro pueblo del Cauca, en la parte baja, donde es tierra caliente, cerca de Pamorales. Tenía como 5 años y entré a estudiar a un colegio de ese otro pueblo.

En ese entonces no se veía tanto niño Misak como lo hay ahora. Había puro mestizo. Allá fue que aprendí a hablar bien el español. Sin embargo, uno de mis profesores la cogió contra mí, me corregía todo el tiempo la forma de hablar y todos los años yo terminaba recuperando la misma materia con ese mismo profesor. 

La discriminación y el racismo ni siquiera empezó cuando llegue a la ciudad, más bien siento que eso siempre estuvo presente en mi vida, desde todo lado. Lo que pasa es que uno cuando es pequeño no es consciente de ello. Fue cuando grande que me vine a dar cuenta de que mi propio profesor me discriminaba.

Después de 3 o 4 años volví a mi pueblo a terminar el quinto grado, en la vereda la campana, y me fue muy bien. 

Como mis papás querían que me desenvolviera más en el ámbito mestizo, me mandaron al centro de Silvia y allá fue que aprendí a desplegarme con la gente blanca.

Ese pueblo está lleno de indígenas, mestizos y campesinos. Y no solo indígenas Misak, sino de todas las etnias. Por eso, allá también se veía la discriminación, más que todo por la diferencia de acentos, o de pronto que los papitos enviaban a estudiar a un muchacho que nunca había salido de su pueblo y no sabía cómo hablar bien el español, entonces, los demás se burlaban.

En Silvia duré hasta noveno y me gradué de ese curso en el colegio Perpetuo Socorro.

El inicio de mi pesadilla

Cuando terminé noveno, una gente le llego con el cuento a mis papás de que necesitaban a alguien que los acompañara a Cali y que ellos le ayudaban con el estudio. Entonces mi taita me mandó para Cali, a buscar mejores oportunidades.

Los dos señores con los que me fui a vivir eran muy buenos. El señor ya había trabajado antes con Misaks y la señora cocinaba sabroso.

 Allí me pusieron a estudiar en un colegio semi privado, en el que fui víctima de una joven paisa y otra muchacha. Apenas llegué al colegio, ellas se me quedaron mirando como si hubieran visto un bicho raro. Ponerme un uniforme para mí fue una odisea porque nosotras las indígenas no tenemos el mismo cuerpo curvilíneo que tienen las blancas.

Cuando me ponía el uniforme me miraban de pies a cabeza y me hacían sentir muy mal. Me tenían desprecio, nunca se me acercaron a hablarme. Hasta que un día, como yo era tan buena para química y ellas no sabían nada, el profe me puso de tutora y tuve que ayudarlas. Me hablaban por pura obligación.  

Esas niñas crearon mucha inseguridad en mí como mujer, pero con el tiempo gané fortaleza porque yo tenía un muy buen rendimiento académico en el colegio.

La llegada a la capital                

Para el 2011 mis papás se vinieron a Bogotá por un trabajo, y me dejaron allá en Cali. Comenzando el 2012, me trajeron con ellos a la capital y otra vez pasé por la misma odisea. Vivir aquí si me dio duro en todos los ámbitos: académico, social, psicológico, todo.

Me vine acá a Bogotá y no quería salir de mi casa, sufrí una depresión que duró 2 años, tratando de acostumbrarme acá porque de alguna otra forma, yo sabía que en Bogotá debíamos realizar nuestras vidas.

Cuando estaba en el colegio de la ciudad, que en mi opinión es más difícil que en Cali, para entender las cosas a mí me tocaba preguntar mucho, y a mis compañeras de clase eso les molestaba mucho.

Aquí también había un grupo de niñas que causaban mucha inseguridad en mí. Lo peor es que ellas si me lo recalcaban en la cara, “India esa”: así se referían a mí. Y me miraban de pies arriba. Les daba igual.  Eso era duro para mí porque volver a enfrentarme a los mismo, pero ahora era peor porque no sabía cómo defenderme, no sé si era por ser persona o por ser indígena.

Fue una lucha terrible porque esas dos niñas trataban de hacerme la vida de cuadritos. Yo no podía ir algún lado, porque ellas se atravesaban, o no podía estar con algún compañero, porque ellas se lo llevaban y le hablaban mal de mí.

Hasta ahora entiendo que lo que sufrí cuando llegue a Bogotá fue depresión, pero como yo tengo un padre tan estricto, no podía decirle nada, yo me ahogaba en mis propias penas. 

Gracias a esas situaciones aprendí a resolver muchas cosas sola, solo pidiéndole a mi Dios.

Creo que uno le presta tanta atención a por donde lo discriminan a uno y se da cuenta de que lo discriminan por todo lado, aunque ya con el tiempo aprendí a quererme y a saber lo que valgo.

Cuando comprendí el valor de mi ser indígena, de lo valiosas que son mis raíces, le empecé a prestar más atención a la gente que me ama y no la que me hace comentarios despectivos o me mira raro. Trato de no enfocarme en lo malo.

Lo que es ser indígena para el blanco

Una vez iba por la calle y un niño me vio, se puso la mano en la boca y empezó a hacer “Ohohoh” mientras me miraba, y la mamá se rio. Eso me hizo sentir tanta impotencia y rabia, pero no dije nada.

Lo más difícil de ser indígena en la ciudad es tener que explicarle cosas lógicas todo el tiempo a la gente. Un día un compañero del colegio me dijo: yo pensé que usted usaba taparrabos. O explicar que hay diferentes etnias porque la gente cree que todos los indígenas son iguales y hacen lo mismo.

Recuerdo que al final de mi graduación todos se querían tomar fotos conmigo, hasta los que yo les caía mal, porque ese día me fui en atuendo.

Yo digo que la educación debe cambiarse, porque hay muchas cosas que no enseñan desde pequeños, como el respeto a lo diferente, porque las personas creen que son chistes y que es jugando. Pero no. No es normal. Eso es discriminación.