Las infamias de Débora Arango

Viernes, 27 Octubre 2017 10:44

A pesar de ser odiada por la crítica, la Iglesia, la sociedad conservadora y el círculo político colombiano, la artista nunca tuvo miedo de expresar sus más profundos pensamientos y criticar abiertamente la sociedad.

Débora Arango frente a su obra en el 2001||| Débora Arango frente a su obra en el 2001||| Santiago Ochoa / Semana|||
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En los pasillos del Museos de Arte Moderno de Medellín, los transeúntes pueden ver cómo con senos descubiertos y la cara llena de sudor por el trabajo de parto, una mujer de piel trigueña y con piernas abiertas se apoya en una mano, mientras, hala al bebé recién nacido de entre sus piernas.

Si bien, los años 40 estuvieron caracterizados por una polémica política, su obra siempre se encontró en los diferentes medios que circulaban por el país, siendo criticados por sus trazos y los temas que sus obras exponían.

La persona y no la artista

“Conversadora y un encanto” o “lujuriosa y subversiva” eran las dos visiones que existieron sobre ella, y es que conocerla resultaba complicado. Nunca fue amiga de las entrevistas y gracias a que se alejó de la vida pública, muy pocos llegaron a conocerla. Pero los que lo hicieron sólo recuerdan cuando les contaba de sus aventuras por el mundo y cuando con un “¡Ay, mija!”, como buena antioqueña, comenzaba todas sus oraciones.

Fue una hija adorada por sus padres, confidente de sus hermanas y una tía consentidora, y todavía quedan algunas fotografías y los bosquejos de los disfraces que confeccionaba o las piezas que decoraba. “El arte era su vida”, recuerda su íntima amiga, Libe de Zulategui Mejía, “eso se notaba en todo lo que hacía”. No se podía separar su identidad de su obra, y esta mujer siempre se vio reflejada en cada trazo, en cada color, en figura, en cada pierna desproporcionada y en cada imagen vulgar que plasmaba en los lienzos.

No guardaba rencor ni se molestaba con las críticas que le realizaron. Evitó por muchos años hablar sobre el tema de su polémica. “No me gusta contar esto, me da pesar con Eladio”, le dijo a Santiago Londoño cuando le preguntó por su exposición en el Club Unión, en donde este quería que sus obras La Cantarina de la rosa y  La amiga fueran descolgadas de la exposición por su contenido pecaminoso.

Nunca se nombró a sí misma como una feminista, pero algunas amantes de los títulos la podrían llamar así por su constante énfasis en necesidad de que las mujeres fueran escuchadas. Siempre fue franca y en una de las pocas entrevistas que dio a lo largo de su vida, le dijo a María Cristina Laverde que accedía a la reunión y a charlar con ella gracias a su persistencia y a que sentía que era necesario exponer “lo que ha significado la lucha de nosotras las mujeres”.

Su obra y la crítica

La sátira, el desnudo y lo político fueron protagonistas de sus obras, que con colores vivos y figuras catalogadas como bizarras, despertaron molestias en más de uno. Esto llenó su obra de polémicas en la prensa nacional que se dedicaban a tildar tanto a Arango como a sus cuadros de morbosos, desvergonzados, pornográficos, satánicos e impúdicos.

A pesar de que en las plazas de mercado no les vendían a los Arango Pérez y que sus padres y hermanos fueran victimas de críticas en Envigado, ella se mantuvo firme ante su posición de ser una denunciante de la sociedad. Jamás se avergonzó de lo que pintó y así su familia se viera afectada económicamente por la referencia que sus obras dejaron de ellos, nunca se detuvo.

“Nunca fingió ni pretendió ser nadie que no fuera, Débora siempre fue ella misma con todos sin que le importara nada”, comenta Libe, que a pesar de los años aún conserva sus conversaciones con ella como si hubieran sido ayer.

Sin embargo, esta fidelidad a sí misma le costó diferentes salones y exposiciones que le desmontaron sin razón alguna, no sólo en Colombia sino también en España. Sus amigas decían que se tomaba la crítica a la ligera y que aunque al inicio le dolía, sabía que la atacaban porque estaba en lo cierto y no exponía ninguna mentira. Sin embargo, se alejó de la vida pública y abandonó la ilusión de exponer sus obras por diez años.

Durante estos, estuvo viviendo junto con su hermana y tres empleados en su casa de la infancia ‘Casablanca’, que próximamente será un museo, y se dedicó a pintar los cuadros que se le venían a la mente y a hacer arte, esa pasión que la movía, sin que nada ni nadie opinara sobre esta.

Sus amigas dicen que el arte era todo para ella y su cuaderno de viajes demostraba su afán no sólo por dibujar y plasmar todo lo que veía, sino por aprender y estar siempre en proceso de mejoría. Sus viajes por Europa, Estados Unidos y México la consagraron como una mujer llena de conocimientos sobre el arte, que conocía técnicas y que era aplaudida en las academias extranjeras por sus obras, que fueron rechazadas en Colombia. En su cuaderno de notas cuenta que cuando ella se atrevió a pedir una carta de recomendación para volar a México y aprender muralismo, técnica ejemplar de los pintores como Diego Rivera, sus propios maestros Eladio Vélez y Pedro Nel Gómez se lo negaron, y ella, ni corta ni perezosa, empacó unos cuadros y se los llevó como registro de su talento. Esto fue más que suficiente y el maestro Federico Cantú, pintor, grabador y muralista, la aceptó en su taller.

Religión e Iglesia

Con 1.52 metros de altura, pelo corto y un crucifijo siempre alrededor de su cuello, Débora se dedicaba a pintar a monjas cadavéricas y a sacerdotes con forma de pájaros rojos. Era fiel creyente y una devota de Dios, pero su relación con la Iglesia siempre fue tensa y llena de roces que terminaron en su expulsión de la tradición católica.

Para ella, su relación con la espiritualidad y con Dios nunca dependió de intermediaros que la reafirmaran como una mujer de bien. Ella era consciente de que no era bueno tener a sus enemigos en el poder, pero también fue consciente de que si ella no era la encargada de exponer estas cosas ¿entonces quién?

Miguel Giraldo, párroco de la Iglesia de San José llegó a sugerirle que abandonara los temas profanos que trataba, puesto que una mujer no debería pintar prostitutas ni ir a burdeles o a manicomios a alimentar su hambre de conocimiento por la sociedad. Pero ella siempre se negó a ceder y a convertirse en una más del montón “a mí no me gustaba pintar lo de todo el mundo”, dijo en una entrevista, cuando sus manos ya eran víctimas de un mal que las encorvaba y le prohibían hacer lo que más amaba y su pelo estaba cubierto de canas.

Excomulgada y rechazada por sus antiguas compañeras de clase en el taller de Pedro Nel Gómez, Débora siempre fue un lobo solitario en el arte en Colombia. Se dice que su escuela era la expresionista europea, según Camilo Sarmiento, director del semillero de investigación de Historia del Arte Colombiano de la Universidad del Rosario, sus trazos, temas y uso del color pertenecían al movimiento europeo, pero que este venía con una carga social propia del regionalismo de su obra. Pero es que ¿quién iba a reconocer a una mujer que pintaba desnudos en la década de los 40 en Colombia? Sólo su familia y sus amigos, quienes se podían contar con los dedos de la mano, entendían la importancia de lo que ella hizo toda su vida.

Hasta el año 1984 su labor se conoció, y el Museo de Arte Moderno de Medellín la llamó “la mujer que dando fe en la vida, ha sabido dar igualmente dignidad al papel que social e históricamente ha tenido la mujer en nuestro medio”.  

Últimos años                                                   

“Un pretendiente mío al ver el alboroto que se había armado seguramente se asustó y me insistía en que dejara eso, en que no me convenía. Simplemente le contesté que primero que él estaba mi pintura y lo que yo pensaba de ella”, así le dijo a Laverde durante una entrevista cuando la edad teñía su pelo de blanco.

Nunca se casó, pero no por eso vivió sin amor. Estuvo acompañada por su hermana Elvira hasta el final, y siempre compartió con sus sobrinos y amigos que se convirtieron en su familia. Pero siempre recordó a ese amor que tuvo y la abandonó por presión de toda la crítica que circulaba alrededor de ella.

Sus obras están expuestas en varios museos de Colombia, el de Arte Moderno de Medellín heredó la mayor parte de su obra, y en el Museo Nacional o el del Banco de la Republica se pueden apreciar algunas de sus acuarelas que no paran de sorprender a quienes los observan. Para Danilo Ruiz y Andriele Gasparetto, turistas brasileros en Bogotá, los cuadros que han visto de ella, entre esos Gaitán, pintado en 1948, reflejan una crítica hacia el machismo y el rol que el hombre ha tenido, a pesar de ser una política puramente colombiana los extranjeros reconocieron en su lienzo las ganas de una revolución que se refleja en ella.

Al final fue reconocida y, tanto el Museo de Arte de Medellín como la biblioteca Luís Ángel Arango, le hicieron retrospectivas que honraran su obra y la labor que realizó sin que nadie se lo pidiera. Pero para ella tales méritos no lograron enmendar el dolor que le causó no poder pintar murales cuando sus manos se lo permitían. Solamente pintó uno y se necesitó recuperarlo por un equipo de restauradores porque al día siguiente de haber sido entregado lo cubrieron con pintura, escondiendo así su obra más deseada.

Pasaron los años y después de las retrospectivas y los premios, Débora dejó de pintar. Sus manos se enfermaron de artritis y la pasión que la movió durante toda su vida no pudo ser practicada por más tiempo.

Con más de 80 pinturas, acuarelas, retratos y dibujos dejó un repertorio artístico que aún no ha terminado de ser estudiado, y a pesar de que la vemos a diario y siempre la llevamos en nuestros bolsillos en el billete de dos mil pesos, murió en el olvido en su casa en Envigado el 4 de diciembre de 2005, con 98 años.