Conduciendo en medio del odio, la indiferencia y la necesidad

Lunes, 22 Febrero 2016 15:12

Así es un día con José Rozo, un conductor que trabaja en Transmilenio desde hace ocho años. Su experiencia tras el volante de los articulados lo ha convertido en gran conocedor de la realidad bogotana.

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En medio de insultos, hedores, y estrés colectivo, me dispuse a pasar una jornada completa con él desde El Portal del Dorado hasta San Mateo, en Soacha.

Llevaba cerca de dos horas sentada mirando por la ventana de una buseta que se dirigía a Suba Compartir, sentía las piernas entumecidas y estaba aburrida de mirar el caótico paisaje bogotano. Pensaba en qué preguntarle a una persona que pasa todo el día en esa posición, en una incómoda silla de bus, intentando no descuidar el camino. Quedé en reunirme con José a las dos de la tarde en su casa, justo antes de que su turno tras el volante de Transmilenio comenzara.

Mientras me estiraba para mirar el trancón que se hacía por la Conejera a través del vidrio delantero del bus, decidí llamar a José para informarle mi retraso, su respuesta logró que dejara de preocuparme por un rato por la tantas veces reiterada puntualidad que deben tener los periodistas. Llegar a Suba -dejando los memes a un lado- sí es de hecho llegar a otra ciudad.

Su clima es más cálido y las calles secas llenas de arena le dan un aire de Viejo Oeste sobrepoblado, siempre alerta e hiperactivo. Cuando por fin llegué a casa de José, oprimí el tercer timbre del pequeño edificio en que vive, su hija de 15 años, me lanzó las llaves por la ventana y me dispuse a abrir las puertas yo misma, como infiltrada sin permiso. La entrada a su hogar fue un suplicio, debí abrir dos puertas que se forzaban a mi llegada y después de casi cinco minutos de intentar abrir a golpes la primera, José bajó al rescate diciéndome que se abría hacia la derecha, obvio. Un poco avergonzada, lo seguí hasta el tercer piso del edificio.

Me saludó con la corbata en la cabeza y el buso a medio poner, me invitó a sentarme y me ofreció un vaso de jugo de guayaba que no sabía tan mal como se escucha. Me senté en un pequeño sofá azul a esperar que José terminara de ponerse unos zapatos tan llenos de betún que disimulaban las aberturas. Una vez terminó, su esposa volvió a hacer el nudo de su corbata azul y le arregló el peinado con saliva, una escena digna de un matrimonio de los sesentas. Cuando era hora de irnos, José le dio un beso en la boca a su mujer y salimos.

Llevábamos una hora de retraso pero caminábamos lentamente y en silencio a la parada del bus. Por fin llegó la obsoleta buseta que nos llevaría al Portal del Dorado, José me dejó pasar primero y pagó mi pasaje, eso sí advirtiéndome que yo tendría que pagar el de Transmilenio. Estando un poco incómodos en dos sillas de la buseta, José, como buen conductor me enseñó por la ventana las rutas de la Avenida Suba, hasta ahora desconocida para mí. Le pregunté sobre el Sistema de Transmilenio porque creí que él más que nadie debía conocerlo, pronto descubrí que lo vive como cualquiera de nosotros, lo sufre, lo odia, pero lo necesita con urgencia.

José me aclaró que no importa qué tantas reformas se hagan en el sistema de transporte, al final el único cambio visible será pintar los articulados de azul,"como godos”, dijo, asegurando que los culpables de todo el caos son los consorcios privados. Nos seguimos moviendo por vías que se veían más oscuras y contaminadas de las que suelo recorrer. En un momento se subió un vendedor ambulante, a “perturbar la paz”, según él. Empezó a vender paquetes de gomas y antes de salir del bus no faltó el reclamo a quienes no quisieron recibir su producto.

Esa escena bogotana de todos los días choca más a José de lo normal, tal vez porque la vive a toda hora del día, fue de las pocas veces que vi su paciencia perturbarse, su sereno rostro y su reservada personalidad se alteraron y mostró disimuladamente su inconformidad.

“Dos mil pesos no son mucho comparados con el total de dinero que ganan, suelen ni pagar el pasaje y permanecen en el sistema estorbando todo el día”, ese fue el argumento que me dio, mientras intentó ocultar con una risa nerviosa su disgusto.

Se terminó el incómodo, pero rápido, viaje en el autobús y por fin llegamos a trabajar. José me llevó a sentarme en un improvisado banco de madera, si se le puede elogiar así, sentí desilusión de no entrar al bus todavía, como si en serio quisiera hacerlo. El banco estaba ubicado debajo del puente peatonal del Portal del Dorado, rodeado por carros de vendedores ambulantes, bicicletas y otros conductores de Transmilenio. Entre los tubos del puente colgaban dos hamacas en las que se recostaban los conductores.

Por un momento me sentí en la típica escena de película gringa adolescente, cuando el protagonista entra en la cafetería y ve las divisiones entre los populares y los ñoños sin saber en qué mesa sentarse. El espacio era mucho más reducido que una cafetería, obviamente, y todos sabían que estaban pasando cerca de tres horas de sus días debajo de un puente sin hacer nada, pero lo ignoraban y hacían del sitio un patio de juegos.

A la derecha estaban los “populares”, era un grupo grande de conductores que se hablaban en un tono tan alto que ya parecía actuado, se recostaban en las hamacas con actitud de estrellas de rock mientras coqueteaban con una joven vendedora. Junto a ellos, en una pequeña mesa de plástico un grupo calmado almorzaba en silencio cada uno de su portacomida. Al otro extremo había otro grupo que jugaba cartas y parecía representado el cuadro de “Perros jugando al póquer”, fumaban y todo.

José decidió sentarse en la mitad, en el incómodo banco. Me senté a su lado, él se limitó a mirar a sus compañeros a quienes saludó tímido. Le pregunté por el improvisado refugio de conductores y me contó que todos deben cumplir un plazo de tres horas esperando antes de comenzar su turno en caso de que suceda algo extraordinario, como que un conductor deba retirarse, que un bus se dañe, y cosas así. La conversación se interrumpía a ratos por el paso de las bicicletas que a toda velocidad rodaban por la rampa del puente, una maniobra prohibida. De pronto, se nos acercó un amigo de José que no podía disimular el acento llanero, se pusieron a hablar de la posibilidad de crear una licorera, cualquier cosa con tal de dejar de transportar a sus desagradecidos conciudadanos.

Una hora después entramos al portal, José firmó una plantilla y pasó, a mí me tocó pagar los dolorosos dos mil pesos. Se excusó afirmando que no tiene la tarjeta Tu Llave, me pareció irónico que lo dijera él, una persona que posee la llave real. Nos deslizamos a hurtadillas por el Portal, mi ingreso no era consentido por sus supervisores, y cuando su bus llegó rogamos para que no lo parquearan al otro lado de la parada y notaran así mi presencia, aunque lo que en realidad me preocupaba a mí era descender el pequeño abismo y que mis piernas de hobbit no soportaran el salto.

Nos acercaron el bus y subimos rápidamente con la mirada sospechosa del supervisor en chaleco rojo. La demora al subir provocó que mandaran a José a otra estación y que no comenzáramos desde el Portal. Cubríamos la ruta G-43 K-43 del Portal del Dorado a San Mateo, en Soacha. Durante el tiempo que estuvimos a solas en el bus sentí una tranquilidad única, nunca antes había estado en articulado totalmente vacío hablando con el conductor, sin preocupaciones. Mientras conversábamos, José manejó con una serenidad inquietante, parecía hecho para el bus que tanto odia. Se había acostumbrado toda la vida a los carros, manejó por mucho tiempo un taxi que tuvo que vender con la llegada de su hija. No estudió nada, pero era experto en toda clase de arreglos mecánicos, eléctricos, y de construcción, puro conocimiento adquirido en las calles, según él.

Mientras acomodaba las lucecitas y palancas del gigantesco tablero cifrado del bus, recordé verlo presumir ante su familia que él sólo maneja carros automáticos, preferiblemente Volkswagen, Volvo o Audi, nunca esas baratijas de Chevrolet. Suele tomar con humor su trabajo, se burla de los pasajeros y su afán contaminante. Me preparé para la marea de gente que entró al bus cuando paramos, José ya no podía hablarme, ni mirarme siquiera.

Las personas parecían enojadas de que estuviera allí antes que ellos: “pero yo también pagué mi pasaje, ¿no ven?”, les grité en mi mente. Ya cuando entramos a la misteriosa Soacha y no le cabía ni un suspiro al bus, los pasajeros ignoraban la presencia de José y sólo cuando pasamos sobre un hueco lo miraron con desdén, desde atrás le echaron un madrazo. Me contó que los daños en las losas de Transmilenio son fáciles de reparar, él lo haría si estuviera en su poder, tal como cuando era niño en el campo y arreglaba bajo el inminente sol las carreteras de su pueblo.

Después de media hora de viaje yo ya dormía profunda, me despertó un olor extraño, el resto de personas miraban sus celulares mientras que José estaba pendiente de la vía cuidando que estos no se resbalaran de las manos de sus dueños. Luego de hacer tres veces la misma ruta, dormir y ver por casi cinco horas cientos de personas aferradas al bus, me despedí de José. Ahora suelo mirar los rostros de las personas que me transportan todo el día. Estar con José me hizo sentir como si nuestra existencia se diera por sentada, él es amigo de todos y de nadie; un hombre invisible de quien dependen la vida de miles de personas; un vigilante silencioso, que debe seguir trabajando a pesar de la fatiga, los madrazos, el estrés colectivo y el silencio prolongado.