Tejido Werregue: los saberes ancestrales de los Wounaan del Chocó

Sábado, 16 Marzo 2024 14:48
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La palma de Werregue, tradicionalmente, es cultivada durante la luna menguante, después de un ritual sagrado se solicita el permiso de su extracción, para así elaborar diversas artesanías.

 

La palma de Werregue con la que realizan las artesanías es traída directamente desde el Chocó, esto hace que el precio de los productos se incremente, puesto que deben cubrir los gastos del viaje.||| La palma de Werregue con la que realizan las artesanías es traída directamente desde el Chocó, esto hace que el precio de los productos se incremente, puesto que deben cubrir los gastos del viaje.||| Foto cedida por: @artesanias_nawema|||
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Para empezar a tejer werregue, después de torchar la cinta e hilar la aguja con la fibra, hay que armar la estructura de la artesanía con la Palma Quitasol. Arcenio coge las cintas de la Quitasol, las enrolla con las cintas de la Werregue y con un alicate, sutilmente, empieza a arquear la punta de la alargada estructura en forma de varilla para formar el ombligo del producto. Sea un jarrón, una bandeja, un portavasos o unos aretes, en el tejido werregue se empieza por el ombligo, pues ahí también comienza la vida para un Wounaan en la tierra. Al nacer en el territorio, el ombligo debe ser enterrado en la casa, para conectar al bebé con la madre tierra y con la espiritualidad.  

“Mis hijos tenían que nacer en el territorio, su ombligo está enterrado allá en la casa (Chocó) si hubieran nacido acá (Bogotá) es como si les hubieran cortado el alma y no tuvieran espiritualidad, no sé sentirían Wounaan, sino de acá de la ciudad”, afirma Arcenio Moya. 

Arcenio Moya es un miembro de la comunidad Wounaan ubicada en el pacífico del país, la cual limita con los departamentos del Chocó y Valle del Cauca. Entre sus prácticas tradicionales está el tejido con la palma Werregue, una planta alargada que puede medir hasta cinco metros, su tronco está cubierto de espinas tal cual un Puercoespín.  

Esta comunidad del pacífico se ha visto durante los últimos años amenazada por la presencia de grupos al margen de la ley, por esta razón varios miembros han tenido que abandonar su territorio, como Arcenio, e irse a vivir a Bogotá. En donde ahora gracias a las artesanías hechas en werregue, han logrado emprender y subsistir en la ciudad y preservar a través de su arte la cultura Wounaan, no importa que tan alejados estén de su territorio. 

 

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La vida en el territorio 

A las orillas del Río San Juan vive Arcenio, un niño juguetón, el cual ama la pelota, pero su madre no le permite jugar con ella. Disfruta de sus tareas cotidianas, de jugar con los perros de la zona, de recoger y sembrar yuca, papa, arroz y banano. Además, juega a ser el tendero de la caseta comunal, aunque en realidad es su trabajo. 

El niño Wounaan creció con sus tradiciones culturales en el asentamiento de Papagayo con el ambiente y calidez de su familia. La alimentación no era un problema pues recogía las siembras de su familia. El agua y la luz eran gratis en Papagayo para cualquier habitante. Allí, únicamente hablan su lengua nativa: Woun meu la cual es la identidad característica de la comunidad.  

En su territorio tranquilo y pacífico, acompañadas por el sonido de las corrientes de agua del Río San Juan y el ruido del motor de las lanchas que transitan por este, las mujeres de la comunidad se reúnen en las casas, usualmente hechas de madera, se sientan en el suelo del mismo material y comienzan con sus labores artesanales de tejeduría. Pero antes de iniciar a hilar las fibras, hay todo un riguroso proceso. 

Del cogollo a la fibra  

Para la elaboración de las artesanías hay que meterse en las profundidades de la montaña y caminar cinco horas por una trocha. Cuando se ubica la palma Werregue, hay que cortar con mucha delicadeza, por las espinas del tronco, el cogollo (la hoja joven de la planta), echárselo al hombro y llevárselo hasta la casa.  

Una vez las mujeres tienen el cogollo extraen de sus hojas, las cintas necesarias para formar las fibras, las lavan, las ponen al sol dos días y cuando obtienen un color beige las ripian (las dividen). Seleccionan las mejores cintas, aquellas que no tienen espinas. Juntan las palmas de las manos con un extremo de la cinta en medio, la tensan colocándose el otro extremo entre el dedo gordo y el segundo dedo del pie y empiezan a girar la cinta hacia la misma dirección, pasan un trapo de abajo hacia arriba, las veces que sea necesario. Para así volver la cinta lo más delgada posible y llegar hasta una fibra tan delgada que pueda pasar por una aguja. 

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Luego comienza el proceso creativo de las artesanas. Si desean aplicarle color a la artesanía, entonces deben buscar las fibras naturales como la Puchama, una planta que se enrolla en los árboles, que tiene la capacidad de darle vida a la artesanía. Este bejuco se machaca con un pilón, se cocina junto con la fibra de la palma Werregue y da un color rojizo. Si entierra esa misma fibra cocinada por un día, entonces el color será negro. 

Una vez las fibras están listas, hay que armar la estructura para empezar a tejer. Para ello es vital la palma Quitasol, un ejemplar de unos 15 metros de altura. Se escoge su hoja joven y con las fibras que se obtienen se saca un puñado que no vaya a ser muy grueso. Arcenio coge una cinta de werregue la sostiene entre su dedo índice y pulgar y comienza a enrollar la cinta en el puñado de las fibras de Quitasol hasta terminar y lograr una alargada base. 

Usualmente las mujeres son las que se dedican a este arte y los hombres se limitan a observar a la artesana, pues su trabajo es recoger la materia prima para los productos. Sin embargo,  Arcenio estaba determinado en aprender a tejer, nadie le enseñó; se quedaba viendo a su mamá por horas, hasta que empezó a replicarla. Después de chuzones, enredos y errores, hizo su primer jarrón. Lo vendió y comenzó su vida como artesano y comerciante de sus creaciones. “El primer jarrón que yo hice estaba muy feo, pero ya el segundo quedó mejor”, afirma el artesano.  
El mensajero que llegó con la fatal noticia  

En su ambiente de tranquilidad y armonía, todo se desmoronó, parecía imposible pensar que en el área más remota del Río San Juan intrusos sin cara llegaran a robarles la paz. Un mensajero llegó con un comunicado muy importante: la guerrilla empezaría a reclutar a los miembros más jóvenes del clan, Arcenio era uno de ellos. Sin dudar un segundo, su madre le empacó sus cosas en una maleta y le dijo que tenía que irse, en medio de la confusión Arcenio, con tan sólo 18 años, se fue. Y así mismo han tenido que partir muchos miembros de su territorio a tierras lejanas como las santafereñas. Es el caso de Dionisio de 27 años, un artesano de Nawema, que tuvo que irse por el tema del conflicto: "Haya hay muchas amenazas, los guerrilleros recogen a los jóvenes. Por eso, es tan complicado vivir en este momento allá”, asegura el artesano. 

 

 Nawema: símbolo de resiliencia  

En la esquina de la entrada de Los Alpes, Ciudad Bolívar. Hay una casa con paredes de ladrillos sin estucar con tres puertas negras, la primera a la derecha es la entrada a Artesanías Nawema. Al entrar se ve por todo el suelo los rastros de las fibras de Werregue. Hay que andar con cautela, no sea que vaya a tropezarse con los rollos de cobre con los que decoran los jarrones. 

Artesanías Nawema es un emprendimiento en elHaga clic aquí para escribir texto. que trabajan 20 artesanas, diez ubicadas en Bogotá y las demás en el territorio. Nawema busca recordar esas tradiciones atávicas, rendirle homenaje a los ancestros que han fallecido y prevalecer la cultura Wounaan: “Nawema significa el rescate de esa espiritualidad que está en el territorio”, dice Arcenio Moya. 

Su esposa, fue la que lo motivó a emprender, ya que Arcenio tenía todas las habilidades para ser un buen líder por su buena técnica. Así que, se llenó de valentía, se fue para Artesanías de Colombia y allí se dieron cuenta del artesano tan valioso que tenían en frente de sus ojos. Ya que, este tipo de artesanías se consideran una de las más valiosas y finas que puede tener el país por la calidad y complejidad del tejido. 

En una repisa de madera de cuatro estantes están exhibidos 27 jarrones únicos en werregue, unos son negros con rayas blancas, otros rojos con rayas beige. Estos pueden costar entre cuatro, cinco millones o más. Cada uno con un patrón inigualable e irrepetible inspirado en los paisajes de la naturaleza del territorio.  A fin de mes, cuando se complete el pedido de 100 unidades por producto, se llevarán a Artesanías de Colombia, para comercializarlos en su página web. 

El diseño de cada artesanía refleja una conexión con la espiritualidad, los ancestros y la naturaleza. Por ello, cada producto empieza por el “ombligo” que es el inicio de toda artesanía y la conexión de los Wounaan con esa espiritualidad que no quieren perder, menos cuando están tan lejos de su territorio, su extrañado Chocó. 

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