La arquitectura del cine: Álvaro D. Ruiz

Miércoles, 02 Noviembre 2011 07:30

Con 33 años, de los cuales seis los ha invertido en la producción de cine, fue invitado al Festival de Santafé de Antioquia, que se realizó en diciembre del año pasado.

Álvaro Ruíz, actualmente, trabaja en un documental.||| Álvaro Ruíz, actualmente, trabaja en un documental.||| Foto cortesía: Catalina García|||
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La necesidad de transmitir pensamientos e ideas, atrapado por un deseo que nace en lo que ve y oye, de un cajón que cerró de pequeño y que abre ahora, cuando ya tiene 28 años, es lo que impulsa al arquitecto Álvaro Ruiz a entrar en el mundo del cine.

Ahora, cinco años después y con 33 años, Álvaro está sentado en uno de los tantos taburetes del OMA de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Mientras se toma un café a sorbos, responde preguntas que tratan de cómo es su vida desde que incursionó en el arte del cine. Sin embargo, se cuelan preguntas de otro tipo:

¿Abandonó la arquitectura?

Abre sus ojos amarillos y responde con una negativa, casi parece un regaño. Explica y explica, hasta que se entiende la razón por la cual continuó ejerciendo la Arquitectura; la causa tiende a ser metafórica: “Cuando construyo una casa, esa casa puede ser la casa de mis historias, la casa que describo para una escena. Yo hago cine de la arquitectura, y arquitectura del cine”.

Tan metafórica puede ser la mezcla que hace Álvaro, que su amigo Jaime Reyes, un publicista con quien trabaja actualmente, dijo: “Él nunca dejó la arquitectura, ahora construye ideas; construye edificios para el séptimo arte”.

Para Álvaro, apropiarse de la faceta de contador de historias implica conocer, retar al destino, hacer viajes en los que las circunstancias son incógnitas por resolver. Por eso, un día, hace once años, decidió volar al otro lado del mundo; el destino de muchos colombianos: Sidney, Australia. Allí, luego de cuatro de trabajar como arquitecto, encontró al cine y el cine lo encontró a él.

Y es que, según Jaime Reyes, el espíritu explorador de él no tiene límites: “Cuando tenía 19 años, consiguió un trabajo como guardián de parque en el Páramo de Puracé, donde tuvo que vivir una triste experiencia: la muerte de un escalador que se extravió y murió congelado”; una imagen que dejó ‘congelado’ a Álvaro.

Al hablar sobre su estadía en Sidney se nota que está perturbado por el tema, aun así, ofrece algunas vivencias de sus ocho años en esta ciudad: “En la escuela de cine y el barrio en el que vivía contaba con los recursos necesarios. En pocas palabras, la vida era muy fácil, aunque observé situaciones en las que no lo era tanto, y que impulsaron mi producción como cineasta”.

¿Qué observó?

"Amanecer", el cortometraje del que se precia, su joya, el relato de inmigrantes argentinos en Estados Unidos y que está inspirado en lo que observó. Imágenes de hombres y mujeres, asediados por sus jefes, lavando baños; solicitudes de trabajo negadas, a pesar de ser profesionales en sus países de origen; circunstancias en las que ni siquiera hay comida. Todo esto plasmado en 14 minutos, tiempo que dura el vídeo.

“Cuando Álvaro me comentó acerca de 'Amanecer', me pregunté: ¿con qué va a salir este tipo?, este artista-arquitecto", mencionó, riéndose, su amigo Jaime Reyes. “Hermano, cuando fui al MAMBO a ver el cortometraje quedé impresionado. Yo también viví en Australia y allí fui testigo de circunstancias similares a las pinta el tipo en el vídeo”, agregó.

“La observación es una cualidad de todos los cineastas y yo la he ido desarrollando”, dice Álvaro. Observa a diario centenares de escenas, pero no se queda solo con una. Como si estuviera haciendo un collage, recorta y pega escenas: “Mi objetivo es hacer un collage mental de la realidad social”, dice con fuerza y haciendo ademanes con las manos, como si tuviera piezas imaginarias sobre la mesa.

Termina su café y el pastel con que lo acompañó. Álvaro es un hombre de corta estatura y medianamente grueso. Los jeans que usa tienen rasgadas las botas debido a que le quedan grandes y los arrastra. No suelta su Blackberry, retiene el aparato con recelo.

Paulina Herrán, amiga de Álvaro desde hace 14 años, asegura que su deseo por perfeccionar cada producción en la que trabaja es tal que raya con la sicorrigidez. Con sus amistades es similar, señala Paulina: “Alguna vez me hizo saber que estaba inconforme con nuestra amistad porque le dije que, eventualmente, ya  no podría ir con él al Festival de Cine de Villa de Leyva. Duramos varios días sin hablar”.

Álvaro se ve sorprendido por una pregunta:

¿Cuál era su película favorita de niño?

Como que "Volver al futuro", dice inseguro.

“Son muy pocas las películas que me veía cuando era pequeño”, añade con el objetivo de complementar su respuesta.

¿Y tiene preferida en este momento?

Sí, "El cisne negro".

“No me aguanto el cliché”, menciona pegándole un palmetazo a la mesa. "Cuando voy a cine y la película trata de esos enlatados que se han gastado hasta más no poder, simplemente me paro y me voy”. No soporta el cliché, pero cuando se entera de una película que no se ha visto y sabe de alguien que la tiene, aunque sea pirata, se la ve. Así es el cineasta Álvaro Ruiz, entre vaivenes de respeto y afición por el cine.

“Debo admitir que cuando era pequeño me gustaba escribir, pero mi interés por el cine era mínimo. Leía y leo muchas noticias, de hecho, tengo recortes de periódico que entran en mi collage mental”, dice repitiendo los ademanes con los que antes buscó ilustrar un rompecabezas o mural.

Es de esos cineastas que se emocionan con el clac: “Escena 10, toma 1000”, dice con risa. En el cine hay guionistas y directores innatos, pero también cineastas, que sólo hasta que escuchan el clac de la claqueta, sienten cosquillas en sus entrañas y se creen la película. “El cine es de procesos largos, llamamientos a la sensibilidad que a veces no llega; para ser cineasta no hay edad”, concluye Álvaro.