La Balsa Muisca: entre fantasía y realidad

Viernes, 24 Noviembre 2017 09:40

La leyenda de El Dorado atrajo a extranjeros para conseguir oro. Hoy el relato se cree inverosímil, pero lo siguen asociando con una de las piezas más representativas del Museo del Oro.

Balsa Muisca||| Balsa Muisca||| Laura Lucia González|||
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En la oscuridad espera pacientemente. Cuarenta y ocho años lleva aguardando solitaria por minutos y siendo admirada por segundos. Parece que no se cansa de posar ante los ojos que vienen de todo el mundo para verla. Brilla por sí sola. La atención se la roba toda. La Balsa Muisca tiene un lugar exclusivo en el Museo del Oro entre un vidrio gigante que parece resaltar su pequeñez y su relevancia de una sola vez. Las manos quieren tocarla mientras ella sonríe y recuerda. La verdad ante la incertidumbre la tiene esta huérfana de padre orfebre prehispánico que sigue dejando dubitativos hasta a los expertos en lo que se esconde entre sus luces.

Leyendas se han tejido desde antes del descubrimiento de América en torno a la riqueza. El antropólogo Héctor García trabaja en el Museo del Oro y cuenta que los europeos creían que lo preciado e inagotable estaba en Asia. Los relatos llegaron a situarse en el Nuevo Mundo  durante la conquista y la colonia. Los cronistas españoles otorgaron material para ubicar a la pieza en un lugar que no hace mucho conocían, logrando creer en la leyenda.

No se sabe quién la bautizó llamándola “Balsa Muisca” ni cómo se empezó a relacionar con la historia de El Dorado que surgió siglos antes de su descubrimiento. Esto lo dice García y, además, comenta que en el museo se le reconoce como una “figura votiva en forma de balsa”. Es decir, se trata de una ofrenda que alguna vez realizaron los muiscas. Aquellos que nos han dejado palabras como ‘compa’ para designar a amigos y camaradas. Hoy la descendencia de este grupo sigue habitando la región cundiboyacense.

Ahora la pieza es patrimonio. El jefe de seguridad del Banco de la República, Héctor Rafael Mercado, dice que le pertenece a todos los colombianos. Entre cuatro vidrios con sensores de movimiento se halla la Balsa. A una temperatura estable se encuentra para que se conserve. A esa que usualmente tiene Medellín; 22 grados centígrados. Necesita de un ambiente fresco más que caliente, según afirma el jefe de seguridad. No quieren que se torne de color verdoso por algún descuido. Aunque ese sea justo el tono en que el cerebro puede llegar a imaginar lo que cuenta la leyenda.

Carolina Hernández,  guía del Museo del Oro, conoce el relato bien. Como si fuera un discurso y sin papel en mano la relata. El verde evoca a las inmediaciones de la laguna de Guatavita donde, supuestamente, se llevaba a cabo la Ceremonia de El Dorado, la cual sucedía para nombrar a un cacique. El hombre dorado apareció junto con la historia. Se trataba de un sujeto recubierto de oro, a quien bañaron con resina vegetal. Viscoso cual miel quedaba el cuerpo de quien se iba a  convertir en el líder de los muiscas. Así, pegajoso, el oro en polvo se adhería a la piel, accesorios se ponían sobre su cuerpo y una máscara resaltaba entre todo su ajuar.

El jaguar. Era ese animal al que se asemejaba el cacique. Ignacio, un abuelo muisca, reconoce la importancia de ese felino, al asegurar que se trataba del guía y cuidador de sus antepasados. Desde la distancia escuchar su sonido, su hocico inhalando y aspirando significaba protección. Alejaba los peligros y tranquilizaba a los indígenas. El abuelo ya no ve a ese gato de monte, ni a curies, ni chivos ni zorros. Dice que antes la Plaza de Suba era una laguna; hoy ya no hay rastros de ella. Quizá allí se conmemoraron ceremonias como la que los cronistas dicen sucedía en Guatavita, pero que estudiosos se niegan a afirmar su veracidad.

Otra vez de regreso al pasado, a la leyenda, a la laguna. El hombre dorado se posicionaba en medio de la Balsa y junto con chamanes y remeros llegaban hasta la mitad de las aguas, donde ofrendaban a su dios Sol para mantener el equilibrio en la tierra. Podían pedir por  protección, buena cosecha, larga vida y buen gobierno, cuenta García. Eso era lo que anhelaban fuera cumplido por medio de las ofrendas, pero de la ceremonia no hay certeza de que en realidad ocurriera.

En 1636 el español Juan Rodríguez de Freyle escribió sobre la leyenda. Hecho que avivó más las expectativas de los extranjeros por llenarse de riquezas con una visita al Nuevo Mundo. El propio hispano contaba ya en el siglo XVII que el afán por el oro estaba costando vidas. Sin quererlo el relato se convirtió en víctima y victimario. La balsa acopló el sentir y el oro como el que ella poseía fue punto de disputa por años.

Los sentimientos de codicia y búsqueda de riqueza fácil poseyeron los cuerpos de los extranjeros, cuyos ojos no se supo si llegaron a brillar más que el oro al tener este metal entre sus manos. La usurpación de oro era una situación cotidiana y una forma de herir a la madre Tierra que proveía a los habitantes de “Las Indias”. La leyenda se convirtió en malvada al atraer a los no aborígenes a tomar metales, quebrantando al territorio y a sus primeros habitantes. Ignacio dice que el no valorar los sitios sagrados conllevó a que se perdieran especies y biodiversidad. Pero el Mohán ha estado ahí para respaldarlos. Él, el cuidador del tesoro, parece que no ha dejado que saquen las riquezas de la laguna. El abuelo admite que se han extraído piezas preciosas de las aguas, sin embargo asegura que aún quedan. Este ser sobrenatural no ha avalado que destruyan la naturaleza, comenta Ignacio sobre aquel que habita las aguas y que algunos han escuchado por ser seductor de doncellas. El muisca cuenta que se trató de sacar el agua de Guatavita, pero que el Mohán no lo permitió, lo cual terminó dejando personas ahogadas en el intento.

La pieza apareció, casi en la década de los setentas,  justo cuando se quería convertir al Museo del Oro en uno contemporáneo que tuviera curaduría, administración de las colecciones y guión arqueológico, como afirma el antropólogo. Por eso su importancia y su imagen destacable. En manos del padre Hincapié, un hombre que habitaba Pasca y aficionado de las piezas arqueológicas, llegó la que se convirtió en la representante de la leyenda de El Dorado. Sin embargo, el que la encontró fue un campesino llamado Cruz María Dimaté, quien  vio una cueva que le pareció curiosa y se acercó. Vio una cerámica marrón con la forma de un chamán pensativo, un hueso de jaguar, otra pieza de oro y la Balsa.

Se conoce que se trató de una ofrenda en cueva, lugar que pudo ser ubicado por un chamán, la persona que iba a ofrendar o un cacique. Era en lugares como ese, lagunas o tierra que se daban piezas votivas. Esto porque permitían una conexión con otros mundos para que la entidad sobrenatural la encontrara, según dice García. Curiosamente, cuenta el mismo antropólogo, estas dádivas no se hacían para ser vistas, o al menos no era este el fin máximo. Cosa que es justamente opuesta a la vida que vive hoy la Balsa admirada por muchos.

Se ha venido queriendo considerar como un objeto a contemplar, porque la codicia no es un sentir que quieran impulsar, por eso no se le llama como un tesoro ya. La figura que alguna vez fue un presente está en un espacio exclusivo al final de una sección que muestra piezas de oro alusivas a chamanes, aves y espíritus. Se escucha música de fondo proveniente de la sala de la ofrenda. Parece ser una mezcla de sonido de maracas con el de flautas. A pesar de que hay objetos que preceden a la Balsa en ubicación,  la oscuridad da lugar a la incertidumbre. Los pequeños destellos de luz provenientes de la iluminación de las otras figuras crean la tensión necesaria hasta llegar al resplandor más grande dentro del museo.

En un espacio cóncavo está el objeto anhelado a conocer. La vista es la afortunada de observar una pieza de oro, cobre y un poco de plata. Es ella la capaz de apreciar una técnica que los indígenas crearon. Fueron ellos quienes descubrieron que el oro no se puede trabajar solo o se quiebra. La cera perdida fue la opción que tomó un orfebre, puede que 1000 años atrás, para hacer una ofrenda a los dioses. Hernández trata de mostrar con sus manos cómo era que funcionaba el método. Cuenta que se tomaba miel de la abeja más celestial, la angelita que no tiene aguijón. Con ella el orfebre moldeaba como hoy lo haríamos con la plastilina. Hacía una pieza de cera y al secarse le añadía arcilla. Luego se ponía al fuego y la cera se derretía. Por ese espacio que dejaba se vertía la aleación de metales. Después se rompía la arcilla y la pieza quedaba perfecta...o casi.  

El trabajo muestra errores. El más notable es que el frente se ve incompleto. La balsa no se rompió, sino que hizo falta oro para que llenara todas las cavidades que la cera derretida dejó. No es tampoco que se haya vertido metal insuficiente, sino que en la parte central de la pieza el oro se salió del molde, haciendo que al final escaseara. A pesar de sus imperfecciones, la complejidad es enorme. La guía comenta que hace un tiempo un orfebre colombiano tardó dos años en hacer una réplica de la pieza con la misma técnica.

Eso sí, las réplicas abundan, pero no se utiliza el mismo mecanismo para hacerlas. De bronce son y tienen baño en oro de 24 kilates. Cualquiera las puede encontrar justo en frente del museo. La más económica cuesta $60.000, mientras la más costosa $1’050.000. El precio lo determina el tamaño. La más cara es un poco más grande que la pieza original, es decir que mide más de 19,5 centímetros de largo por 10,1 de ancho y 10,2 de alto, según registra el Banco de la República, entidad que cuida de la figura desde 1969 en el Museo del Oro.

Clarisse, una mujer filipina, es una de esas espectadoras que han llegado a ver a la figura votiva. Esperaba que fuera más grande, como muchos lo hacen según ha visto Mercado. A pesar de esto, Clarisse dice que lo importante está en sus gramos de oro. El jefe de seguridad menciona que su valor es incalculable no solo por los metales que la conforman, sino por la historia que trae consigo. Por ello el seguro con el que cuenta, ese que se puede asemejar al que se le pone a los apartamentos hoy en día, cubre lo que tiene que ver con siniestros que puedan atentar a la Balsa.

Las 24 horas permanece vigilada. Quizá ella crea que está sola y se tome momentos para hacer un poco de pereza mientras llegan más personas a apreciarla, pero no lo está. Los lentes de cámaras se encuentran sobre ella y cualquier movimiento que active los sensores de los vidrios se reporta en el piso nueve del edificio donde se encuentra el Museo del Oro. Allí hay toda una sala con pantallas para proteger los objetos patrimonio. Mercado la llama “La Muisca” y plantea situaciones hipotéticas en que pone  la imagen de la balsa en la pantalla principal si sucediera algo sospechoso. Junto con esto se le pediría al guardia encargado de la sala que revisara la situación e informara lo visto.

No han tenido problemas “gracias a Dios”, dice el jefe de seguridad, quien asegura llevar gran responsabilidad sobre sí, aunque sus casi 30 años trabajando en el museo la hacen pasar desapercibida. El protegerla es su misión desde que llegó en 1988 y la veía entre unos vidrios un poco más delgados que los actuales. “La Muisca” nunca ha salido del país porque, así como La Mona Lisa y las Pirámides de Egipto, esta pieza espera en su hogar para que la visiten, cuenta García.

Su iconografía única ha sido una de las razones de su importancia y de la intención del museo para que las personas vengan hasta Colombia para verla. El Museo del Oro sigue relacionándola con el imaginario de la leyenda, aunque antropólogos, arqueólogos e historiadores no hayan encontrado qué es lo que realmente significa. De hecho, algunos, como el vicerrector de la Universidad de los Andes Carl Langebaek lo hace en un artículo, se atreven a afirmar que El Dorado solamente existió en la mente de los cronistas. Al preguntarle al abuelo muisca por su asociación, la liga con el arca de Noé, conexión quizá jamás imaginada por cualquiera que la vea. Ignacio sigue reconociendo a las lagunas como sagradas y los muiscas continúan llevando ofrendas, como la quinua, para retribuir a la tierra por lo dado, porque creen que todo lo que da es importante y se debe valorar por igual, así se trate de oro. Usan esos lugares como puntos de encuentro entre indígenas acompañados del fuego para que les inspire el pensamiento y tratan de buscar salida ante las situaciones que enfrentan en la actualidad.

La pieza está ante quien desee verla, pero captarla en su totalidad no es posible. La Balsa habla y calla a la vez. Mientras los investigadores tratan de hallar respuestas, esta ya no es un referente principal para un abuelo muisca de la actualidad, no la reclama como propia. Casi que ella se limita a estar. Permaneció siglos escondida y sigue viviendo. Quizá toda la humanidad se irá con las dudas a la tumba, a la par en que ella permanece brillando por las épocas. ¿Será que la balsa nos estará retando con un especie de acertijo?