Las tácticas silenciosas para frenar envíos de estupefacientes desde Colombia

Martes, 12 Septiembre 2017 22:19

A propósito del enfrentamiento contra el Clan del Golfo por su relación con tráfico de drogas, Plaza Capital conoció las prácticas que permiten ubicar a narcotraficantes e incautar sustancias ilícitas.

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Alguien los delata. Siempre está ese primer informante, aseguran con firmeza el Intendente y el Sargento. No dubitan ni un segundo para decir que todo empieza por una boca que habla. Los policías judiciales no son adivinos ni les llega la sospecha por arte de magia. Siempre hay alguien. Alguien que puede fingir continuar estando en el mundo del tráfico de drogas para soplar a aquellos que creen seguir siendo sus colegas.

Hay hombres a las puertas de la extradición. Unos por solamente anunciar la intención de enviar narcóticos a Estados Unidos. Sí, no necesitan llevarlo a cabo para que el Gobierno norteamericano exija que los lleven a su territorio y los encarcelen allí. Holanda, España, Argentina y Alemania son otros de los países que piden personas en extradición.  "A eso le temen los capturados", afirma el Sargento. Mientras pasamos por la calle 100 en la intersección con la Avenida Suba, el Intendente dice que de las prisiones de Colombia los delincuentes salen con un postgrado. Manifiesta que en las celdas se comparten ideas para lograr un tráfico de drogas exitoso.

La sospecha inicial

Para enviar narcotraficantes a otros países, los labios que los delataron son solo el indicio que lleva a iniciar una travesía hasta la captura de los individuos, esa por la que también pasan con el fin de atrapar a las personas que van a cumplir la pena en Colombia. De las primeras cosas que hacen es pedir datos de los implicados. Eso es lo que estamos haciendo hoy. Nuestra misión del día es volver con el maletín negro de cuero del Sargento vacío. Allí reposan cinco órdenes judiciales. 

Ni a las balas ni a los filos se deben enfrentar para dejar los documentos en entidades privadas o del Estado, sino a la Bogotá de los trancones y del clima bipolar. Las calles se encuentran atascadas bajo un cielo gris, pero que permite pasar unos rayos de sol potentes que calientan el vehículo en el que vamos. Nos dirigimos a una empresa de teléfonos para que brinden datos sobre el dueño de una línea de celular, las llamadas entrantes y salientes del dispositivo, y la localización del aparato cuando lo prenden y lo apagan.

El Sargento me cuenta con un tono de voz neutral, pero veloz, que en ocho días hábiles les darán la información con la que podrán identificar dónde vive la persona en cuestión. Si encienden el dispositivo a las cinco de la mañana y lo apagan a las diez de la noche en el mismo punto, se puede pensar que allí habita el sospechoso.

Los ojos que persiguen

Teniendo ubicado al presunto narcotraficante, se suele proceder a ordenar una vigilancia y seguimiento a la persona. Mientras pasamos por una calle de barrio que ni siquiera logro ubicar en el plano de la ciudad, el Sargento me señala una casa blanca a modo de ejemplo de una vivienda a la que le podrían tener los ojos encima en busca de confirmar actividades delictivas. La estructura es de dos pisos y los marcos de la ventana y de la puerta están pintados de un color verde oscuro. Me transporto a la situación hipotética que me cuenta. Están esperando a que la señora a quien vigilan salga de la casa, pero en su lugar sale su esposo. A él no lo pueden seguir, porque no tienen orden judicial. Quizá se perdió una oportunidad de encontrar información relevante para el caso, pero el hombre está fuera de su alcance. Hay que seguir esperando por la dama, o la "bandida" como el Sargento la llama.

La mujer sale y se puede andar detrás de ella a cualquier lugar. Hay que ser precavido. Si se pasa por su lado y luego se quiere volver a hacerlo, hay que cambiar algo del aspecto físico. Puede ser un bigote falso como el que el Sargento señala podría poner sobre su boca, una peluca, una gorra o unas gafas. Si la situación estuviera ocurriendo, el policía al que he acompañado seguiría con su tez morena, pero quizá su cabello ya no sería negro cual noche de luna nueva, ni estático por el gel que lo peina, sino de un tono café y un poco más largo que el que luce ahora.

Salgo de mi imaginación cuando me dicen que una vigilancia podría surgir en cualquier momento. Me emociono ante el hecho de que suceda. El Sargento me mira y hace una mímica de como si estuviera hablando por teléfono para decir que con una simple llamada el día puede cambiar de la tranquilidad de llevar papeles, al ajetreo de seguir a alguien.

Las piezas invisibles

Podría entrar una comunicación diciendo que  los "bandidos" se van a reunir en un centro comercial. La información llegaría gracias a interceptaciones telefónicas. De eso se encargan unos policías que están pegados a los audífonos todo el día. Cada nuevo caso es un desafío diferente, es aprender a descifrar códigos diversos. Es entender que se pueden usar palabras cualquiera para hablar de algún tipo de droga. Su trabajo es encontrar cuáles son y, claro, escuchar sus movimientos y planes.

De la mano, pero no siempre presente, está el agente encubierto. Sí, ese que vemos en las películas fingiendo  hacer parte de un grupo cuando no lo está. Susurrando, el Sargento me muestra unas imágenes de conversaciones de WhatsApp. Las miro sigilosamente. En las conversaciones hay fotos de los estupefacientes que van a enviar. Esa es información contundente que les pasa su agente secreto. Las personas que delata el hombre parecen no tener ni idea de que él está siendo un soplón. Mandan datos como si nada, como si los policías no pudieran acceder a ellos. Quizá esa tranquilidad se las da el medio por el cual las envían, pues esa aplicación no permite ser interceptada ni pueden exigirle a sus dueños información con órdenes judiciales como las que hemos llevado todo el día.

A fin de cuentas y a pesar de las limitaciones, el Intendente y el Sargento tienen lo que puede ser llamado evidencia, lo que luego quizá será marcado con esa cinta que lleva la palabra nombrada y que mientras tanto utilizan para arreglar una ventana que tienen en la oficina.

Vivir afuera

Allí, entre los muros blancos y un calendario de la Policía Nacional, están los escritorios de los suboficiales que la mayor parte del tiempo permanecen desocupados. Fuera de la oficina está su vida, a la que se enfrentan siempre de a dos o más. Cada uno carga una pistola glock 17 que increíblemente no tiene seguro y permanece cargada. En medio del miedo que siento mientras toco el arma, la fuerza está en mis manos por unos segundos. Es ese instrumento el que les da algo de seguridad. Si alguien quisiera atacarlos, ahí está ella para defenderlos, quien no es nada sin la puntería del Intendente y el Sargento.

Los ojos de estos dos hombres están siempre pendientes ante la eventualidad de que los estén siguiendo. Es algo ya mecanizado y que practican hasta en los fines de semana cuando no laboran. De hecho, no es algo que se note realmente. Cuando los veo mirar el retrovisor y los espejos laterales del automóvil, pienso que es lo habitual en un conductor, pero en realidad están pendientes de su entorno por su misma seguridad. Se fijan que nadie los esté persiguiendo, toman precauciones como andar por rutas diferentes o dar vueltas antes de llegar al destino. Así viven; vigilan a otro y se aseguran de que no les estén practicando la misma táctica a ellos.

Esa vigilancia que hacen queda registrada en vídeo. Los suboficiales ven cuando llevan los estupefacientes a una casa, miran el objeto en que los van a camuflar e identifican a los implicados. Todo en silencio y respaldados de todo el equipo de Policía Judicial posible. No hacen nada más allá de observarlos. No se les acercan. No les disparan. No los persiguen con esposas. Solamente observan y se preparan para atraparlos luego.

La prórroga atrapa

A los puntos de envío o el aeropuerto… A esos lugares sí llegan preparados. Ya saben la hora en que van a mandar la droga, ya conocen a algunas de las personas relacionadas con el delito. Esperan hasta ese momento para dar con la mayor cantidad de “bandidos” posible. Allí encuentran al que va a mandar la encomienda o al que la transporta en su cuerpo o maleta.

En este caso es un joven. No le pongo más de 26 años. No lo veo alterado. Permanece en silencio, mientras un policía cuenta los bloques de lo que podrían ser estupefacientes que estaban escondidos en empaques de rosas. Minutos trascurren hasta que el uniformado los enumera a todos. Procede a pesarlos en una de estas básculas digitales de piso grises cuyo medidor se encuentra en la parte de arriba y arroja el número en un color verde. Son 60 kilos.

La confirmación

60.000 gramos de cocaína, esa es la sustancia que detectan con la Prueba de Identificación Preliminar Homologada (PIPH). Si la materia se torna de un color azul turquesa con el reactivo Scott, es preliminar para cocaína. Sí, preliminar, porque ese dato lo comprobará un laboratorio especializado.

Siempre se lleva a su confirmación, pero para dar un dato más certero en el primer examen, el Intendente recomienda se aplique primero el químico Tanred, usado para detectar alcaloides. Me muestra lo que sucede. Con delicadeza y látex sobre sus manos, toma unos granulitos de una sustancia blanca y los coloca en un objeto alargado color hueso con hendiduras para poner muestras. Dos pequeñas gotas caen sobre la clara materia y su tinte se va transformando hacia un tono amarillo lechoso: se trata de un alcaloide. Podría ser café o cocaína. Cuando se visibiliza con un color azul turquesa ante Scott se confirman las sospechas; se trata de cocaína.

Para dar preliminar de heroína se utilizan cuatro reactivos y luego de aplicar el último hay que esperar cuatro minutos, si se torna verde, se trata de esa sustancia.  Pero eso no es lo que el Sargento y el Intendente hacen. Eso lo ejecutan sobre todo los oficiales que están en el aeropuerto. Ellos sí van con uniforme, mientras los que acompaño suelen llevar traje.

El regreso

Así, vestidos de civiles proceden a llevar otro documento, pero esta vez a una EPS con el fin de conocer desde cuándo está afiliado el posible narcotraficante, quiénes son sus beneficiarios o de quién lo es, y la dirección de su vivienda. Como con los datos de la empresa de teléfonos, con estos podrán ordenar una vigilancia y seguimiento. Estos sospechosos quizá se las ingenien y camuflen los estupefacientes en algo que asombre a los policías, cosa que ya no es fácil lograr.  Los doble fondo en las maletas, los ingeridos (dediles) o la sustancia en tacones son típicos. Puede que impacten como cuando metieron droga en un vitral y solamente un perro insistió en que allí había algo extraño. Pero deben esperar a ver qué depara este nuevo caso. Otra vez, la tarea apenas está en sus inicios.