Un día como cotero

Miércoles, 11 Octubre 2017 11:18

Los coteros, como lo explica el DANE, no cuentan con seguridad social y con ningún tipo de prestaciones, es decir, son trabajadores informales. Así es un día con un manipulador y transportador de carga.

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Nunca me había preguntado de dónde salían las naranjas con las que hicieron el jugo que tomo a menudo en el desayuno. Se convirtió en algo cotidiano, por lo menos para mí, ver cualquier tipo de comida lista y organizada en el supermercado, ignorando, casi por completo, cómo había llegado hasta ahí y la magnitud del esfuerzo empleado para ello. Se trata de una cadena muy amplia. En el caso de las naranjas, donde los mayores distribuidores son los departamentos de Risaralda y Quindío, se da un proceso de plantación, selección, lavado, encerado, clasificación, empacado y distribución. Los coteros son parte fundamental del último punto del proceso. Cuando los camiones repletos de tubérculos, frutas, verduras y hasta todo tipo de flores llegan a una plaza, estos hombres ya están dispuestos física y mentalmente para su labor diaria.

La plaza

Son las 4:30 de la mañana y el movimiento en la Plaza de Paloquemao, ubicada en la calle 19 #25 – 04, es inminente. Era una carrera por llevar todos los productos desde los camiones hasta los puestos de venta. En la entrada número tres, por donde entran los furgones que están cargados de fruta, estaba Raúl Suarez, un hombre sonriente de 46 años que se dedica cargar bultos. Su manos y uñas dan cuenta de lo que significa llevar 27 años ‘echándose al hombro’ cualquier cosa por la que le paguen. Le pregunté que si lo podía ayudar y con escepticismo me respondió -hágale mijo, pero acá toca voltear-. Lo primero es negociar con el dueño del camión cuánto le van a pagar por la descarga de todos los bultos (que en este caso eran naranjas). Acordaron, entre ellos, que se ganaría 25.000 mil pesos.

A cargar

Raúl, con el afán de descargar rápido los bultos para conseguir otro empleador, me explicó cómo se debe realizar el transporte de los alimentos: –Es algo de pura técnica, no necesita tanta fuerza. Tiene que apoyar todo el peso entre el hombro y la espalda. Si se le llega a caer algo, además de madrearme, me toca pagar las frutas magulladas-. Empezamos a cargar los costales desde el camión hasta los puestos donde se distribuirían las naranjas, que se ubican a unos 60 metros. Como Raúl, había casi 30 hombres (solo en esa parte de la plaza) llevando bultos de hasta 200 kilogramos de piñas, racimos de bananos, mangos, cocos, manzanas y cualquier tipo de frutas que uno podría imaginar. A eso de las 6:15, el cansancio y dolor de espalda ya era notorio. Raúl se dio cuenta que me estaba costando y me dijo –Imagínese yo con esta hijueputa hernia lumbar que tengo-. Nos faltaba un poco menos de medio camión y transportar los bultos se hacía más complejo por el flujo de personas que ya había en la plaza. “La Tractumula”, como le decían a un cotero del lugar, hacía ruidos particulares mientras transportaba su carga: -bang, bang, llegó el pedido- exclamaba. Le pregunté por qué hacía esos sonidos y me respondió –papi, en este trabajo toca motivar la mente, si no el cuerpo no le da-.

Las cifras del trabajo informal

El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) explica que el empleo informal, como el de cotero, representa un 43,1% de la población en Bogotá. Ningún trabajador informal cuenta con seguridad social o prestaciones. Raúl, por ejemplo, no tendrá ninguna pensión cuando su espalda ya no pueda cargar más bultos, deberá buscar otra forma de sobrevivir. Como lo explica el DANE, la mitad de ese 43,1% que se dedica a labores informales no suma el equivalente a un salario mínimo (737.717 mil pesos) de ingreso mensual.

A seguir cargando

Cada bulto parecía más pesado que el anterior. Faltaba un cuarto para las ocho de la mañana y ya estábamos por terminar. Raúl se veía agotado y me dijo –los años no llegan solos mijo, ahorita vamos por una empanada y verá que eso nos da energía-. Cuando terminamos la labor, el dueño del camión le pagó 25.000 mil pesos a Raúl después de trabajar tres horas con muy poco descanso. –Y ahora qué– le pregunté, -venga le muestro las mejores empanadas de Bogotá- me dijo. Llegamos a la caseta de “Doña Poncia” (como la llama Raúl) en donde nos cobraron 1000 pesos por cada empanada y 500 por un vaso de tinto. – A las nueve y media dejan entrar más camiones y toca ir a buscar si algo hay para descargar- me comentaba Raul, con la esperanza de completar la plata del día, que serían unos 50.000 pesos. “Yo me defino como medio independiente, cuando quiera no trabajo ni cocino, pero es un día en el que mis hijos no comerán” Raúl Suarez.