¿Qué pasa en Colombia? Una crisis de representación

Miércoles, 12 Mayo 2021 22:03
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Corría el año de 1997, lo sé por la fecha de la tutela en cuestión, la primera de la que tuve consciencia con apenas 13 años de edad. Serían las seis y media de la mañana. en ese entonces no tenía ruta escolar porque los destartalados buses del  Instituto Pedagógico eran escenarios de abusos sin cuenta en mi contra y mis papás habían decidido llevarme todos los días al colegio en el mazda 323 modelo 89 que acababan de adquirir. 

Imagen de una pared en el Paro Nacional del 12M||| Imagen de una pared en el Paro Nacional del 12M||| Fátima Martínez Gutiérrez|||
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El noticiero radial, Viva fm, que dirigía el ya por entonces popular Julio sanchez Cristo, abría con la insólita noticia de un profesor con un nombre impronunciable Alexandre Sochandamandou, que interpuso una tutela contra el Himno Nacional. Para ser más exacto, aclaraba el doctor Casas, exministro cachaquísimo y escudero del programa,  el profesor de marras  “demandó la inexequibilidad de diez de las once estrofas del Himno Nacional de Colombia y las normas que lo adoptaron oficialmente artículos 1º de la Ley 33 de 1920  y 4 de la Ley 12 de 1984. Nada más y nada menos, reclama un himno sin letra, como en España después del franquismo” anotó con ese acento de sobrio alarmismo santafereño el dr Casas.

Las estrofas recientes del himno, que me torturaban  a las 6 de la mañana antes de salir de la casa, todos los días, aún estaban frescas  aquella mañana como el desayuno que regurgitaba ante cada sobresalto del mazda en los huecos rutinarios de la ciudad. Hago una aclaración necesaria para los lectores extranjeros, El himno nacional en Colombia, por cuenta de esas disposiciones, se escucha de manera obligatoria a las 6 de la mañana y a las 6 de la tarde, en todas las emisoras y canales televisivos “como un homenaje a uno de nuestros símbolos patrios”. Yo escuchaba atónito la noticia, estábamos pasando por el frente del colegio, esperaba que la voz de mi papá que conducía o de mi  mamá que preparaba clase en el puesto de copiloto, me ayudaran a entender lo que escuchaba. Al principio  me pareció un capricho absurdo del profesor,  de niño disfrutaba los coros del himno, cuando lo anunciaban en televisión, a mis escasos dos años, corría frente a la pantalla de transistores para acompañar al grupo de coristas estudiantiles dirigidos por la orquesta sinfónica, Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal. Mi abuelo, que ya he recordado en mi entrega anterior, me pedía ponerme de pie y repetir sus estrofas, con un solemne amor a la patria. Ahora,  este loco más loco que su propio nombre, Sochandamandou, arremetía contra los versos que entonábamos con mi abuelo. Mi papá agobiado por el tráfico de esa mañana del 97, atinó a sentenciar “yo estoy de acuerdo con ese tipo”, mi mamá lo miró de reojo  como advirtiéndole con la mirada que no lanzara juicios a priori sin escuchar los argumentos del profesor, que todavía no hablaba ante el largo preámbulo de Julio, lleno de halagos por “el himno más hermoso del mundo, ganador de concursos al nivel de la marsellesa”. Cuando le dieron entrada al profesor, afilé el oído intrigado por escuchar los argumentos del demandante y preocupado porque la llegada al colegio interrumpiera ese momento de auténtico aprendizaje.

Y empezó con la tranquilidad de quien lleva mucho tiempo pensando lo que va a decir y lo dijo con simplicidad y vehemencia: El Coro del Himno constituye  “una apología a la violencia  y al sadomasoquismo al enseñar que el bien germina del dolor…” que la estrofa  “Cesó la horrible noche…”, implica discriminación religiosa; que la estrofa   ‘Independencia grita el mundo americano…” entre otras cosas “predica la rebelión armada por cuanto anima a bendecir  la pasión” etc; que la estrofa “del Orinoco el cause …” , “inspira a la guerrilla, a los paramilitares y a ciertos organismos del Estado, a provocar admiración o infundir espanto mediante la crueldad y la matanza”; que la estrofa “La Virgen  sus cabellos …” es inconstitucional porque “tiene el carácter religioso de la confesión católica pues asegura que la Virgen madre de Jesucristo fue virgen”, e incurre en discriminación racial al hablar del  “alba tez” de la virgen.

Ante los desmanes retóricos que lanzaba el profesor, el dr Casas santiguándose en silencio, trató de suavizar las posturas radicales de su interlocutor haciendo de relator  “el profesor invitado a nuestro programa esta mañana, considera que el Himno no es factor de unidad nacional, consagra y privilegia preceptos religiosos del cristianismo y es un llamado belicista que inspira la toma de las armas por lo que lo hace objeto de esta serie de acusaciones, con las que creo que en esta mesa nadie está de acuerdo”

A lo que el sereno profesor contestó: “Es probable dr Casas que en esa mesa no esté representada la sociedad Colombiana en toda su diversidad”  hubo un silencio más helado que el frío de la montaña que ya bajaba de sus cumbres  a posarse sobre el colegio. Habíamos llegado, mi papá buscaba un sitio para parquear entre los buses escolares y los vehículos del cuerpo docente. Yo no quería salir del auto, quería escuchar la discusión, el último contraargumento del profesor me resultó demoledor y plausible al mismo tiempo, Les pedí a mis padres, antes de bajarme a cumplir el absurdo deber de una clase de geometría euclidiana, que me contaran en la noche el desenlace del debate sobre el Himno Nacional. Llegue a abrigar, esa gélida mañana,mientras me dirigía al salón, la posibilidad de que la tutela del valiente profesor prosperara, al menos reconocí en su gesto un valor ejemplar.

Por supuesto el debate matinal se disipó en los vapores del día y ya para la cena era un tema olvidado, según mi papá había perdido la señal de la emisora antes de finalizar la entrevista con el profesor. Sin embargo el himno nacional fue el letal asesino de mis ensoñaciones matinales y despertador infalible de toda mi adolescencia, ya que mi papá solía subirle el volumen a su radio de antena, que llevaba los domingos al estadio, justo cuando el coro me recordaba el “surco de dolores” y lo elevaba a decibeles intolerables en mi mesita de noche hasta que despertaba. Concluí con el tiempo que la tutela habría naufragado en la farragosa “sapiencia suma” de la Corte Constitucional. Sin embargo las reflexiones que suscitó en mí ese pequeño episodio radial durarían hasta ahora y retumban hoy en el presente sin sentido Colombiano, como lo llame en el capítulo anterior. ¿Qué significa estar o no representados, por un himno, por una mesa de radio, por un parlamento, por un símbolo?

Señalar que en Colombia  vivimos una crisis de la democracia representativa sería sumarme al obvio consenso de cientos de intelectuales que lo han dicho con mejores palabras y  más propiedad que yo. Decir por ejemplo que las protestas han sido acontecimientos descentralizados, sin jerarquías y que esa descentralización genera un problema: no hay nadie que pueda atribuirse la vocería política de los que están en las primeras líneas del estallido.  Quiero mostrar quizá un nivel un tanto más general del problema y quizá un poco más optimista.  No quiero poner el énfasis del análisis en la democracia basada en la representación política y en su hipotética agonía como sistema, yo creo que la crisis es más profunda que la crisis de un sistema de elección de representantes, yo creo que vivimos en una crisis de las representaciones simbólicas y una pugna  por ocupar el espacio vaciado de símbolos. Parte del sin sentido colombiano radica  en que eso que otrora significó la cohesión nacional, el himno, la bandera, nuestra supuesta tradición democrática, el libre mercado, hoy no tiene significado alguno para la mayoría de ciudadanos. El lenguaje de las elites, antaño integrador, ahora es un lenguaje que genera violencia y rechazo.  Trato de explicarlo. La violencia física, el uso de la fuerza, no surge de forma espontánea y silenciosa, ha estado antecedida por representaciones de la agresión, por metáforas de la ofensa. La violencia simbólica, que Bourdieu desarrolla teóricamente. Llamar, nombrar, señalar “el terrorismo vandálico” y ver, presenciar que ese lenguaje deriva en violencia física casi como una consecuencia natural del discurso de un poderoso, y de toda una elite, es una evidencia de lo que estoy tratando de señalar.

Ya Orwell había advertido en su obra capital Rebelión en la Granja, que el totalitarismo se trata no tanto de una desaparición súbita de los valores e instituciones democráticas, como el parlamento o las cortes,  sino de la instauración lenta de un sistema de lenguaje y de representaciones con una sola posibilidad de interpretación,  con una sola lectura, con un número finito y restringido de alternativas de recepción y producción. Por suerte en Colombia no vivimos el inicio de un periodo de totalitarismo, vivimos su sórdido ocaso y el asomo de un despertar. Es posible que hace 20 años el mensaje de la autoridad unívoca contra el vandalismo y el enemigo interno llamado terrorismo, tuviera una recepción más uniforme en las capas mayoritarias de la población, que lo consumían en canales  de enunciación más definidos y unidireccionales, la gran prensa, los dos canales, la alocución presidencial. El Estado visitaba cuál compañía circense, en sendos consejos comunitarios los municipios del país, desmontaba la carpa y se iba al día siguiente con grandes anuncios, así era la comunicación con sus gobernados. Ahora nada de eso existe, sin embargo los voceros de esa versión única la siguen repitiendo como un himno y los efectos materiales que provoca esa labia anacrónica suelen ser brutales y se manifiestan con balabras, y no con palabras, porque incluso esas palabras a fuerza de repetición de libretos, las han perdido, se las han devorado ellos mismos.

Entonces la crisis de Colombia no se trata sólo de la pobreza medida en cantidad de alimento que ingiere una persona al día, habría que medir también en índices semejantes, la pobreza de las representaciones hegemónicas, la miseria intelectual de las élites,  de sus canales oficiales y oficiosos, de la oferta de entretenimiento de la insulsa industria cultural  que han dejado sobrevivir, de los mensajes informativos que predican, de los discursos del poder y el escaso poder de sus discursos. Ante el famélico y vacío escenario de la representación, se da la maravillosa pugna por ocupar esos espacios, otros medios, otros canales,  teléfonos inteligentes, en manos de los ciudadanos, transmiten 24 horas  la voz multicolor de otras narrativas y lecturas no reconocidas. Lo que emerge en la juventud de la calle, es nada más y nada menos que el fulgor de múltiples experiencias y representaciones de la realidad colombiana que  no encuentran en las representaciones dominantes, ni mucho menos en sus cabezas parlantes o representantes, periodistas, empresarios, políticos, líderes,  una somera coincidencia. Ni siquiera atinan al precio de una canasta de huevos o de un pasaje de bus.

Volvamos sobre el himno nacional, el problema no está en el referente, el himno compuesto por Nuñez en medio de su proyecto restaurador decimonónico, el problema está en que después de mucho tiempo de repetición inocua, el himno se vació de sentido, quedó como representación sin objeto, como símbolo vano de un chauvinismo exacerbado, como estatua musical en un tocadiscos averiado que repite la misma tonada para siempre. El uso de la tutela, valiente en esa época, para advertir sobre la deriva belicista del himno, de su culto a la muerte  y a un dios que no es el dios de todos los colombianos, es apenas una de las múltiples lecturas posibles de un texto. Fijémonos cómo los jóvenes en la calle han vuelto a llenar de sentido una de las estrofas que el profesor Sochandamandou demandó en el 97, Cesó la Horrible Noche. Las noches de cacería policial, de oscuridad inducida por cortes eléctricos, de  zozobra. La horrible noche es el escenario de un teatro de guerra, del experimento de inducir la pesadilla, donde juegan a  golpear al lobo y arrojarlo para que devore al hombre, al que de día han estigmatizado y atemorizado. Esa horrible noche no ha cesado aún, a pesar que en otro momento reciente, el 2016, los firmantes de la paz, Santos y Londoño, aseguraban felices en sus discursos que la firma en el acuerdo del Colon, era el fin de la horrible noche. Cinco años después  miles de jóvenes interpretan esa horrible noche como una alusión de lo que vivimos y merced a una interpretación diversa, la representación-himno volvió a colmarse de sentido, trágico, lo se, pero al menos volvió a sumergir su lírica en una narrativa histórica, en un relato de nación.

Muchos le claman al presidente Duque que escuche a los jóvenes, pero la escucha no es un simple ritual de ondas y acústica, es un dispositivo más complejo, tiene que ver con la capacidad de interpretar e interpelar al otro y sus formas de ver el mundo. Pero si la agenda del presidente se trata de llevar al diálogo social las fruslerías  de su ya suspendido show de televisión, todo habrá sido otro relleno más del vacío de representación que nos asalta.

Antes que plantearse cambios en lo político, en lo electoral, en lo partidario, debemos abrir espacios para que se escuchen las voces diversas, sus formas de decir y callar, sus modos de representación, allí, en la representación simbólica surgió, en los orígenes de la cultura lo que hoy llamamos civilización y posteriormente la verdadera política. El político que quiera ser político de verdad  con la gravedad y compromiso de concretar la felicidad pública que es la más alta aspiración republicana, debe leer,   interpretar e interpelar  esas manifestaciones. ¿Para qué crear nuevos  partidos que son cáscaras vacías, con sus propios himnos, estatuas  y banderas? Debemos antes salir de la pobreza representacional, del desierto de la razón y pensar, seguirlo haciendo, hasta que amanezca.

Si deseas establecer un diálogo contesta el siguiente formulario

Si ya lo diligencio en la anterior entrega no es necesario.

 

Texto: Andrés Henao, firma invitada para Plaza Capital 

Foto de portada: Fátima Martínez, directora de Plaza Capital