Lo loco es no ir al psicólogo para prevenir trastornos mentales

Martes, 05 Junio 2018 17:01

¿Es usted de los que cree que los que van al psicólogo están locos? En este reportaje, entienda qué es la ansiedad, la depresión o el estrés

 

||| ||| David Gómez|||
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Según un estudio realizado por la Universidad de la Sabana en 2014, el 17% de los colombianos sufren de una enfermedad mental. El Ministerio de Salud dice que cuatro de cada diez personas padecen de algún trastorno. Entonces sí, usted también podría llegar a sufrir de algún mal que afecte su mente. No, eso no significa que usted esté o vaya a estar loco, pero sí que posiblemente vaya a necesitar ayuda psicológica o psiquiátrica. Y no, aunque usted no lo crea, estos dos no son sinónimos.

 

Aldemar Parra, coordinador del grupo de Salud Mental y Consumo de Sustancias Psicoactivas de Ministerio de Salud, durante un simposio sobre salud mental en el 2015, dijo que “Colombia es un país enfermo mentalmente”. Bogotá, que tiene un 7% de la población con algún trastorno mental, aparece como la primera del país en el ranking, seguido de la Zona Atlántica con un 4,50%, la zona Andina con un 3%  al igual que la región oriental del país.

 

Los trastornos más comunes son ansiedad con un 19%, depresión con un 15% y el uso de sustancias psicoactivas con un 10%. Por otro lado, Parra también aseguró que la incapacidad asociada con la salud mental es superior hasta en un 50% a la observada por enfermedades crónicas.

 

Pero las personas que sufren de alguno de estos trastornos no se enfrentan solamente a la enfermedad, es decir a los síntomas, a los costos, a las incapacidades de realizar sus tareas diarias, etc. Los pacientes también cargan con el prejuicio que existe sobre los males que aquejan la mente. Sienten pena por sufrir la enfermedad, ir a sus citas a escondidas y vivir con un temor constante de lo que los demás puedan pensar sobre ellos por padecer algún trastorno mental.

 

Depresión

Imagine que en este momento todo lo que usted siente se convierte en tristeza. Imagine que usted amaba bailar, amaba su trabajo, amaba pasar tiempo con su familia. Imagine que algo le pasa y hace que ya no ame nada, que ya no sienta satisfacción con ninguna cosa, con ninguna persona. Llegará el punto en el que se sienta vacío, nada lo sacará de su sensación de desesperanza. Entonces su vida comenzará a pasar como una película por su cabeza, los recuerdos ya no significarán nada, tanto así que comenzará a perderlos o simplemente a no grabar las cosas. Si ya nada lo llena ni lo ata a este mundo, una palabra resonará en su mente y se convertirá para ella en la única posible solución: suicidio.

 

Esto le pasó a Jaime Gómez, un hombre de 60 años que sufrió depresión entre el 2011 y el 2016. Trabajaba en un colegio público de Kennedy como director y, durante toda su vida, el hecho de ayudar a las personas le había traído una de las mayores satisfacciones personales. En su carrera como profesor fue ascendiendo y pasando de institución a institución hasta que, gracias a su buen desempeño, fue llamado a ser director. Gómez reconoce que se obsesionó con solucionar los problemas que se presentaban en la institución. Comenzó a tenerlo en la mente todo el día, incluso cuando no estaba en el colegio. Dejó de ponerle cuidado a sus propios problemas por preocuparse por los de los demás, aplazó citas médicas y su estado de salud decayó. Se alejó de sus amigos y de su familia, incluso terminó con su pareja. Las horas de sueño fueron disminuyendo hasta llegar al punto en el que desarrolló un insomnio total. Fue ahí cuando se dio cuenta de que algo estaba mal y decidió buscar ayuda.

 

Después de sumar seis meses de incapacidad por la depresión, la ansiedad y el estrés laboral, Gómez recibió una pensión por invalidez y tuvo que dejar de trabajar. No está muerto, pero esos pensamientos sí cruzaron varias veces por su cabeza, “sobre todo viviendo en un onceavo piso”. Decidió no suicidarse porque logró encontrar en su mamá algo que lo atara a este mundo. Según Gómez, cuando alguien sufre depresión, lo más importante es no dejar que se sienta solo, porque es ahí cuando los pensamientos más definitivos se apoderan de la cabeza. Para él fue muy complicado contar lo que le pasaba, no quería preocupar a su familia, pero sin eso no habría encontrado en ellos la confianza y la fuerza necesaria para seguir.

 

De acuerdo con la psicóloga Elsa Arrieta, experta en temas de ansiedad y depresión, esta última se define como la regulación destructiva del estado de ánimo. Sus síntomas pueden ser problemas de sueño, pérdida o ganancia de peso sin dieta, agitación o sensación de lentitud, sentimiento de culpabilidad, entre otras. Estos deben sentirse durante dos semanas sin intermitencia para que se pueda decir que es un trastorno y no un episodio de tristeza. A diferencia de otras enfermedades puede ser reportada por el paciente o por alguien externo que note los síntomas en él.

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), un 4,4% de la población mundial tiene depresión. En Colombia la cifra es de un 4,7%, más alta que la del promedio mundial. Esto significa que cinco de cada 100 colombianos padecen la enfermedad. Cifra que tal vez a usted le parezca pequeña a comparación de la gente que conoce.

 

Estrés

Son las dos de la tarde. Daniel está acostado en la cama hablando con su novia por WhatsApp. Al día siguiente tiene un parcial muy importante y siente un fuerte temor por él, el semestre ha estado pesado. Tiene fiebre y comienza a sentir escalofríos por lo que se mete entre las cobijas. Sus manos se empiezan a dormir, tanto, que le es difícil seguir escribiendo. Un dedo se le dobla y se queda torcido y duro, no lo puede mover. Daniel se asusta y el temor hace que su nivel de estrés aumente. Ya no siente las piernas.

 

“Majo, no puedo escribir ayuda”, logra enviar a su hermana antes de quedar completamente quieto sobre la cama. Veinte minutos pasan sin que Daniel logre sentir una sola falange. Su mente se mueve todo lo que su cuerpo no puede. El teléfono comienza a sonar, es su papá preocupado. Daniel logra voltear el cuerpo y cae de forma violenta al suelo, ahí pasa otros 25 minutos. El teléfono suena varias veces más, pero él no lo puede contestar. En su cabeza las ideas de no poder presentar el parcial, de no poder seguir estudiando, de no poderse mover nunca más lo carcomen por dentro.

 

Daniel tiene 23 años, estudia Ingeniería Industrial en la Universidad Javeriana y está por terminar la carrera. Por culpa del estrés que llevaba y de su desconocimiento para controlarlo desarrolló un episodio de ansiedad aguda. El estrés se puede presentar de muchas maneras y puede desembocar en otros problemas. Algunos de sus síntomas, como lo dice la psicóloga Arrieta, pueden ser la parálisis corporal, la caída del cabello repentina, entre otros.

 

Daniel reconoce que, de haber buscado ayuda para controlar su estrés, tal vez no habría llegado hasta ese extremo. No esperaba que eso le pudiera pasar a él y que se le es difícil pensar que algo en su mente lo pueda hacer débil. Daniel no dice que sufre de ansiedad o de estrés, no quiere que lo consideren un loco o un hombre frágil. Él se limita a decir que tuvo un episodio de estrés que ya pasó y se quedó ahí. En el caso de que alguien comience a tener síntomas similares a los que tuvo él, lo mejor es que busque a un médico y le cuente. “Este tipo de enfermedades son muy comunes pero al tiempo muy menospreciadas”, destaca.



Ansiedad

Algo está mal. No, no es cierto, nada está mal, solo es mi mente. Algo está mal. Algo definitivamente está mal. Respira. No pienses en eso. No pienses en eso. ¿Y si matan a mi papá? Nadie se va a morir. Ese man te está mirando mal. Es un ladrón. No me está mirando. No lo mires. Es un asesino. ¿Y si matan a mi mamá?. Respira. Respira. No pienses en eso. Te vas a desmayar. Vas a tener una crisis. Esto es una crisis. Quiero correr. Me voy a volver loco. Ese man sigue mirándome. Todo está mal. Nada lo está. No pienses en eso. Me estoy ahogando. Respira. Se me va a salir el corazón. ¡Me voy a morir! Estoy loco. No lo estoy pero lo estaré si no controlo esto. No es cierto. Solo es una crisis. Es porque no he dormido. Ya no voy a ir, mejor me devuelvo a mi casa. Todo está mal.

 

Así es cómo se puede sentir una crisis de ansiedad de Pedro que, en realidad no se llama Pedro y ha pedido que su nombre se cambie para “no boletearse”. Tiene 26 años y desde los 18 sufre de Trastorno de Ansiedad Generalizada. Elsa Arrieta define esta enfermedad como una preocupación excesiva, incontrolable y que afecta más de un aspecto de la vida diaria como el social, el familiar o el laboral. Sus principales síntomas son la fatiga, problemas de sueño, irritabilidad, tensión muscular e inquietud nerviosa. Estos deben permanecer por más de seis meses para que se pueda diagnosticar el trastorno.

 

Pedro duró más de tres meses durmiendo tan solo una hora. Ya había sentido algunos de los síntomas pero había decidido no ponerles cuidado. La falta de sueño fue afectando fuertemente su mente hasta el punto en el que se puso agresivo con su mamá y tuvo que ser llevado a urgencias. Las pastillas que le  mandaron lograron calmar su ansiedad y con otro medicamento fue capaz de dormir. Hoy sigue tomando gotas para lograr dormir en las noches.

 

Intentó estudiar tres veces, en tres universidades y carreras distintas, pero fue imposible. Pedro ya no logra concentrarse. Sus días se convirtieron en estar en la casa, fumar, hacer el aseo y ayudarle con las vueltas a sus papás. Fuma 20 cigarrillos al día y beber le queda muy complicado, pues sus guayabos suelen llegar con tres días de tristeza y culpabilidad.

 

“La gente piensa que cuando va al psicólogo o padece una de estas enfermedades es porque es un drogadicto o un asesino. Eso depende de usted y de si se comporta así. A mí no me da miedo contarlo, simplemente usted no se lo cuenta a todo el mundo, es mejor guardárselo para uno mismo”, relfexiona Pedro.

 

Definitivamente existe un prejuicio sobre las enfermedades mentales. Es cierto que no se tratan ni con la naturalidad, ni con la seriedad, con que se tratan las enfermedades físicas. “Durante una reunión familiar es más fácil decir que llegaste tarde porque estabas en una quimioterapia porque tienes cáncer a que estabas en una cita con tu psiquiatra por tu depresión”, asegura Elsa Arrieta, “deberían tener la misma connotación, así como puedes decir que no te den azúcar porque tienes diabetes, deberías poder decir que no te den alcohol porque tienes ansiedad”.

 

Pero no es así. Hacia el mes de abril, inspirados en el movimiento #MeToo, en Twitter se hizo tendencia con el hashtag #YoTambiénVoyalPsiquiatra, que intentaba eliminar las creencias exageradas e incorrectas sobre estas enfermedades.

 

Imagínese que Daniel no pueda contarle a sus amigos qué hacer en caso de que le dé un ataque por estrés y nadie sepa ayudarlo, todo por pena o por no quedar como alguien de “mente débil”.

 

Imagínese que Pedro no hubiera ido a urgencias, hubiera seguido con el insomnio y hubiera dañado la relación con su mamá por seguir irritable y agresivo.

 

Imagínese que Jaime no pueda aliviar los problemas que tiene con un grupo de personas de trabajo y estos, al contrario, sean los mayores causantes de su depresión. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera buscado ayuda y le hubiera dado miedo aceptar que tenía una enfermedad mental? Quizás se hubiera sumado a una de las 788 mil personas que mueren, en su mayoría por suicidio, gracias a la depresión.

 

No al silencio

Todos coincidieron en que las enfermedades mentales tienen que ser tratadas, no se pueden quedar en silencio. Es por esto que yo, David Gómez, autor de este reportaje, me atrevo a decirle, lector, que sufro de ansiedad generalizada. Es distinta a la de Pedro, porque no todas son iguales, pero sí con síntomas similares.

 

Hacer este reportaje significó enfrentarme a los miedos de hacer una entrevista. A los “no eres capaz de hacerlo y todo va a salir mal” que cruzaron por mi cabeza un millón de veces. A tomarme un tinto durante las reuniones y sentir cómo se aceleraba mi ritmo cardiaco, me comenzaban a sudar las manos, empezaba a temblar y se me trababa la lengua al hacer las preguntas. Significó entregarlo a mi editora más tarde de lo establecido, con la mirada un poco borrosa y respirando abdominalmente en series de cinco segundos para no colapsar y tener una crisis.