Más que campeones: lo que realmente se jugó en el nacional juvenil de ultimate en Medellín

Viernes, 10 Abril 2026 14:33
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Las tres jornadas del torneo no solo reunieron a diversos equipos en torno a un frisbee: se midieron estructuras, formación, carácter y, en fin, procesos en un juego sin árbitro.

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Cerca de 500 deportistas llegaron a Medellín entre el 3 y el 5 de abril para disputar el nacional juvenil de ultimate frisbee organizado por la Federación Colombiana de Disco Volador (FECODV), un deporte que, a diferencia de la mayoría, no tiene árbitros. Aquí, las decisiones se construyen en diálogo, y competir implica algo más que ganar: hay que sostener el juego desde la honestidad.

En cuatro categorías, Sub-17 mixta, Sub-20 mixta, Sub-24 mixta y Sub-24 open, se cruzaron clubes, ciudades y, esta vez, incluso países. Pero más allá de los resultados, el torneo dejó ver algo más profundo: distintas formas de entender el alto rendimiento, la formación y el espíritu de juego.

Lo que se juega en una final

El disco flota más de la cuenta. Durante un segundo, nadie habla. Solo se escucha el roce de los guayos contra el pasto y el murmullo de las líneas al borde de la cancha. Daniel Rodríguez ya arrancó el corte. Mira arriba, calcula el viento, mide el paso del defensor. Salta.

El disco cae en sus manos y, casi sin celebrarlo, levanta la mirada hacia el marcador. 11-6. Ahí lo supo. “Ese campeonato es nuestro”.

Efraín Herrera

Daniel Rodríguez campeón de la categoría sub24 open. Efraín Herrera

No fue solo una lectura del partido. Fue el reflejo de un proceso. “Ha sido un camino de cerca de dos años de preparación tanto física como mentalmente… trabajos de mindfulness, visualización y psicología para aguantar la presión”, explica el jugador de la Comunidad El Oso. En su relato, la victoria no aparece como sorpresa, sino como consecuencia.

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Esa misma lógica, la del proceso, atravesó todo el torneo. Solo que no siempre terminó en el primer lugar.

Cuando el título cruza fronteras

En la categoría Sub-17 mixta, el campeonato no se quedó en Colombia. Se fue con Titis, un equipo panameño que llegó como club y no como selección, y que terminó marcando un hito, “es el primer campeonato ganado en el extranjero por una delegación panameña”, dice su entrenador, Enzo Castillo.

Lo que para muchos era un torneo nacional, para ellos era una oportunidad histórica. Y la asumieron sin exceso de confianza. “No esperábamos este resultado… sabemos la intensidad del ultimate en Colombia y Venezuela”, reconoce Castillo.

Sin embargo, encontraron una diferencia clave en la forma de competir: la profundidad del equipo, “Tener líneas establecidas y no solo contar con 2 o 3 jugadores”.

Ese detalle habla de un proceso más amplio. Titis no se armó para el torneo: llevaba tres años construyéndose bajo una misma idea. “Unión, empatía, familia y compromiso”, resume su entrenador.

Pero la victoria también dejó una lectura incómoda hacia el contexto local, “muy bajo, esperaba más”, dice Castillo sobre el nivel que encontró en la categoría juvenil en Colombia.

No es solo una crítica: es una comparación. En Panamá, muchos de sus jugadores se forman compitiendo directamente en categoría Open: “nuestra vara está alta… jugar un Jr nos coloca cómodos en nuestro nivel de exigencia”. Y ahí aparece una tensión que atraviesa todo el torneo: mientras algunos procesos buscan consolidarse, otros ya están compitiendo en escalones más altos desde edades tempranas.

 

El nacional juvenil se jugó a una alta intensidad. Instagram FECODV

Perder una final, ganar otra cosa

Esa tensión se vuelve más evidente en la categoría Sub-20 mixta. Allí, el equipo Pablo Sexto no se quedó con el título. Perdió la final. Pero salió del torneo con un reconocimiento que, en el ultimate, tiene un peso distinto: el campeonato de espíritu de juego.

Para su entrenador Carlos Jamorte, el resultado deportivo y el reconocimiento no se contradicen, pero tampoco se viven igual. “Queda ese sinsabor de la final, pero el espíritu no es un premio menor: es lo que sostiene todo lo que hacemos como equipo”.

En un deporte sin árbitros, donde cada falta se discute y se resuelve entre jugadores, el espíritu no es decorativo. Es estructural. Y trabajarlo implica una decisión consciente. “Nosotros entrenamos el espíritu igual que lo táctico… cómo hablar, cómo escuchar, cómo responder en momentos de tensión”, añade.

Esa preparación se hizo visible en los momentos más exigentes del torneo. “En la final hubo jugadas muy cerradas, y aun así el equipo mantuvo la calma y el respeto. Eso también es competir”, dice.

Decidir quién se es dentro del campo

Dentro de ese mismo equipo, el rol del capitán de espíritu le da otra dimensión a la competencia. No se trata solo de jugar bien, sino de intervenir cuando el juego se rompe. “Aquí nadie nos pita, así que nosotros decidimos qué tipo de jugadores somos”, explica el capitán de espíritu de Pablo Sexto, Santiago Mendoza.

Su tarea no aparece en las estadísticas, pero sí en los momentos críticos: discusiones, jugadas dudosas, decisiones límite. “Hay momentos en los que uno tiene que bajar la intensidad emocional del equipo, incluso cuando el partido está caliente”, cuenta.

Esa responsabilidad se vuelve más compleja en instancias definitivas. “En una final todo se magnifica… cualquier decisión pesa más, pero ahí es donde más hay que sostener el espíritu”.

Y aunque el resultado deportivo no fue el esperado, el reconocimiento tiene un valor propio. “Ser campeones de espíritu nos dice que estamos haciendo bien las cosas, incluso cuando no ganamos el partido”.

 

Jugar también es sostener la presión

Mientras tanto, en la categoría Sub-24 Open, la historia iba por otro camino: el del rendimiento. Daniel Rodríguez lo resume desde su experiencia en la final: “Estoy aprendiendo a abrazar la presión y a manejarla… me siento muy contento de cómo nos comportamos como equipo”.

Esa idea, abrazar la presión, marca una diferencia en la forma en que se están formando los jugadores. Ya no es solo talento o físico: es preparación mental.

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En ese contexto, el rol individual también cambia. “No es un rol específico, es hacer lo que entrenamos… manejar el riesgo y la confianza”, explica.

El futuro del ultimate en Colombia tuvo la oportunidad de mostrarse en unas de las canchas más reconocidas del país. Instagram FECODV.

El ultimate que se vio en Medellín, al menos en estas categorías, parece moverse hacia equipos más estructurados, donde el rendimiento depende menos de figuras y más de sistemas colectivos. “Se siente el respaldo en cada decisión… el equipo es un engranaje donde todos aportan”, dice Rodríguez.

Lo que queda después del torneo

Más allá de los resultados, cinco equipos en Sub-17, cinco en Sub-20, ocho en Sub-24 mixto y siete en Sub-24 open, el torneo dejó algo más difícil de medir: una señal de crecimiento.

Cerca de 500 deportistas reunidos en Medellín no solo hablan de participación, sino de estructura. De procesos que ya no dependen únicamente de equipos élite, sino de categorías formativas que empiezan a consolidarse y a competir con identidad propia.

El ultimate en Colombia, durante años reconocido por su nivel en mayores, empieza a mostrar que su base también se está moviendo. Y aunque hay críticas, como la de Enzo Castillo al nivel juvenil, también hay evidencia de que cada vez más jugadores están entrando al deporte desde edades tempranas, con preparación física, táctica y mental.

Desde Panamá, la proyección es clara. “Nos llevamos una sonrisa por haber ganado y el compromiso de volver para defender el título”, dice Castillo.

Desde Colombia, el mensaje parece ir por otro lado, más íntimo pero igual de revelador. “Es mi primer campeonato… un recordatorio de que cada sacrificio ha valido la pena”, afirma Daniel Rodríguez.

Entre una promesa de regreso y una confirmación personal, el ultimate juvenil en el país parece estar entrando en una nueva etapa: una en la que crecer ya no es solo competir mejor, sino formar más y desde antes.

Porque si algo dejó Medellín, no fue solo una lista de campeones. Fue la sensación de que el futuro del ultimate colombiano ya se está jugando.