Anorexia: el relato de una madre que acompañó el proceso de su hija para sobreponerse al trastorno

Viernes, 14 Octubre 2022 05:52
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La silenciosa naturaleza de la anorexia hizo que Sofía lograra esconderla durante dos años. El día en que su madre lo descubrió, les cambió la vida. Crónica

Según la OMS, cerca de 450 millones de personas sufren trastornos de salud mental en el mundo. (Imagen recreada)||| Según la OMS, cerca de 450 millones de personas sufren trastornos de salud mental en el mundo. (Imagen recreada)||| Foto por: Antonia Villalba|||
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A eso de las nueve la casa quedó con las únicas cuatro personas que vivían allí, pero ella no dejaba de pensar en el incidente durante la canción del cumpleaños. Subió las escaleras lentamente y cuando llegó al cuarto de su hija, Sofía*, dudó por unos segundos. Podía entrar, golpear, seguir caminando u olvidarlo. Decidió que ella tenía derecho a saber.  “¿Por qué no estás comiendo nada?” fue lo único que dijo, con el ceño fruncido, los brazos cruzados y los cachetes rojos.

A una madre no se le puede ocultar nada

Hace poco más de cinco años, el 17 de octubre, en el cumpleaños número 15 de su hija, Liliana descubrió que algo andaba mal. En retrospectiva, no puede creer que no haya visto las señales. Sofía siempre tenía una excusa: estaba ocupada con sus tareas, muy agotada y solo quería dormir, había salido a comer con sus amigos, muy llena con lo que le dieron en el colegio o iba de afán y no alcanzaba a desayunar. Pero, como sea, desde hace dos años su hija padecía de anorexia y nadie lo sabía.

Su familia es pequeña. Con Diego*, su esposo, se conoce desde hace más años de los que quiere aceptar, solo dice que fue durante la universidad y que su relación fue fácil desde el principio. Su hijo, Daniel*, es más bien callado y siempre está haciendo bromas. Y su hija, Sofía, de pelo largo castaño oscuro y algo ondulado, siempre fue alta para su edad y tiene una contextura naturalmente delgada. Solía ser una niña de muchos amigos y que siempre está lista para sonreír. Y cuando empezaron su familia decidieron que los criarían muy libres: que creyeran en el Dios que quisieran, estudiaran lo que quisieran, salieran con quien quisieran. Lo único primordial era que fueran personas amables y ‘muy despiertos’, que fueran conscientes de la vida real.

Liliana estudió enfermería mientras estaba en sus 20, aunque las vueltas de la vida nunca le permitieron ejercer, y actualmente es una artista independiente, hace portadas de libros y diseños para empresas pequeñas. No le deja mucho dinero, pero piensa que es bonito estar siempre en casa y le toma mucho de su tiempo porque es muy minuciosa. Algunos le dicen Lili o Lilita, por su estatura y delgadez. Víctima del tiempo, el cabello se le ha tornado algo blanco, al igual que su rostro, que ha envejecido. Pero a sus 49 años, su sonrisa sigue invicta, esa siempre ha sido igual. Excepto el día del cumpleaños de Daniela. Ese día su sonrisa desapareció.

Empezó a las nueve de la mañana, con tanta alegría y con varias tareas. El desayuno especial. Traer el regalo. Ir a almorzar a ese restaurante que tanto le gustaba a su hija. Comprar su torta. Entre tanto que hacer, Diego y Daniel no notaron nada extraño. Pero Liliana estuvo atenta todo el día, todo lo que comía Sofía parecía darle náuseas o tenía alguna excusa para dejarlo casi todo.

Lo que delató a Sofía fue su torta de cumpleaños. Su madre buscó una torta para 30 personas, sabor Nutella, rellena de chocolate, decoración de chocolate y mucha crema sabor chocolate. A las cuatro de la tarde, esa gran masa se hizo paso entre las personas que había en su casa, Liliana la puso en la mesa, emocionada porque tanto amigos como familia estaban allí y quería que su hija estuviera feliz. Cantaron tres o cuatro líneas de la canción ‘Cumpleaños feliz’. Y Sofía, corrió al baño.

Liliana se sentía entre confundida y enojada, no sabía qué estaba pasando y se preocupó basada en lo que había visto el resto del día. Fue detrás de su hija para saber si estaba bien. Entró agitada para ayudarla. La vio vomitando agua y babas en el inodoro del baño de invitados. Sofía no dijo nada. Se paró. Tomó agua. Sonrío. Y volvió a la fiesta.

Ya se hacían las ocho de la noche y Liliana estaba cansada porque tenía varios invitados en su casa y frustrada porque no entendía qué estaba mal con su hija. No podía evitar pensar en los trastornos alimenticios. La enojaba sentir tantas cosas a la vez. La enojaba aún más que su hija saliera como si nada del baño, eso la hacía creer que era algo que ya le había pasado otras veces y era parte de su día a día.

La mezcla de preguntas y emociones que no se pueden comprender. (Foto recreada por: Antonia Villalba)

Cientos de preguntas pasaban por la cabeza de Liliana ¿Por qué nunca me di cuenta? ¿Debí obligarla a comer cuando quería saltarse el almuerzo? ¿Fallé criándola? … ¿fallé? Esa era la que más la atormentaba en las noches. Esa duda también la acompañó hace cinco años antes de esa incómoda conversación.

Después de la pregunta de Liliana, Sofía se quedó en blanco por un momento. No sabía qué inventar y solo pudo idear que todo el día había tenido náuseas, tal vez eran los nervios por la fiesta que acababa de terminar. Liliana, en realidad, no le creyó ni una sola palabra, pero dijo: Acuéstate y si sigues así, vamos al doctor.

Entradas las once de la noche, Liliana se paró en el marco de la puerta, mirando a su única hija. El primer fruto de su matrimonio. Esa niña que amaba la pasta con albóndigas y el ajiaco de su abuela -su voz se corta mientras relata su recuerdo y sus ojos se cierran, tal vez para esconder sus lágrimas delicadas-. Se despidió y se dirigió a su propio cuarto, donde la esperaba Diego, quién notó al instante la preocupación de su esposa.

Ella tenía ganas de llorar, gritar, tantos sentimientos a la vez que ni al día de hoy puede identificarlos todos. Tuvieron una larga conversación y decidieron que no serían apresurados y consultarían con el colegio y amigos, porque definitivamente, Sofía no estaba comiendo en casa y si no lo hacía en ningún otro lado, tendrían que encontrar ayuda.

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La inocencia perdida de Sofía

El lunes siguiente, Liliana llamó al colegio. Bastante preocupada explicó la situación y solo quería confirmar cómo era la rutina de su hija a la hora del almuerzo o en el descanso. Desafortunadamente, le dijeron que nunca la veían en el comedor para recibir su comida o a veces solo comía fruta y en los descansos iba a la biblioteca.

Liliana dejó de escuchar después de eso. Pero supone que lo que le dijeron después eran malas noticias. Aunque sabía que había una voz hablando, no entendía nada, y para ella fue como estar hundida en el mar. Se estaba sirviendo algo en la cocina. Se recargó contra el mesón. Sintió que el estómago le ardía por dentro. Ganas de llorar, pero no lo lograba. Nada salía de su boca. Solo un pequeño grito. Ahogado y cortante. Lo detuvo para colgar y llamar a Diego.

El dolor que nubla los sentidos. (Foto recreada por: Antonia Villalba)

Esa noche, cuando llegaron todos, ella dijo que no se sentía bien e iba a dormirse temprano. No tuvo el valor de ver a Sofía y fingir que no sabía lo que estaba pasando. Decidió actuar. Se contactó con una amiga que es doctora y ella le recomendó unas sesiones de psicología en una fundación especializada en trastornos alimenticios. Programó la cita y el resto de la semana estuvo atenta. Era evidente. Siempre había una excusa. Su pequeña bebé, que ya no era una bebé, era anoréxica. 

Llegó el día de la cita, era sábado, justo ocho días después del incidente de su cumpleaños. 

Lograron que Sofía los acompañara a almorzar, pero en realidad se dirigían a la fundación. Se ríe un poco al recordarlo, porque no sabe decir quién estaba más nervioso. Liliana notó que su hija estaba muy inquieta porque el camino no era para nada familiar. Diego tenía marcas de sudor en el volante. Daniel iba en su mundo, pero notaba la tensión. Liliana solo se miraba en el espejo lateral e imaginaba cientos de posibles escenarios de cómo decirle la verdad a su hija.

Después de 30 minutos llegaron a una gran casa blanca y le dijeron a Sofía que sabían que no estaba comiendo nada. Ella se puso pálida y Liliana quería llorar y abrazarla. Su hija inventó cosas que nadie creyó y nadie respondió. Se miraron, bajaron del carro y entraron a la casa que ocupaba gran parte de la cuadra. Adentro hicieron pasar a Sofía a un cuarto y el resto de la familia se quedó afuera. Daniel se veía muy preocupado, pero Liliana no tenía cabeza para hablar con él. Estaba invadida por las mismas preguntas de siempre. En especial por una: ¿es propensa al suicidio?

Había tantas cosas que no comprendía. ¿En qué momento dejaron de ser amigas? ¿Cuándo sintió que no le podía decir la verdad? ¿Su hija odiaba su cuerpo? ¿Odiaba quién era? ¿La iba a perder? Pensar en perder a Daniela la hacía llorar sin parar. Aún lo hace, pero en ese momento sentía que si la descuidaba un momento podía no volver a verla.

Su hija salió del cuarto muy enojada. Nadie habló en el camino a casa y la tensión no se iba. Cuando llegaron, todos se fueron a sus cuartos y Liliana llamó a la psicóloga. Le dijo que Sofía sí tenía un problema alimenticio y que habían acordado verse tres veces a la semana. Su hija estaba abierta al tratamiento. “¡Qué buena noticia!”. O eso creyó su madre.

En los próximos meses se podría decir que las cosas mejoraron. Liliana no sabía de qué se hablaba en las sesiones por cuestiones de confidencialidad, pero por las actitudes de su hija parece que iban muy bien. Liliana ya había olvidado lo que era comer todos juntos en la mesa, pasar el tiempo juntos y comer postre. Parecía que todo volvía a su curso y las preguntas que la consumían desaparecían.

Un día, la psicóloga llamó para saber cómo estaba siendo la dinámica en casa. Liliana muy emocionada le dijo que todo iba mucho mejor, Sofía comía todos los días en el hogar y en el colegio y que veía su actitud mucho más abierta. La respuesta al otro lado del teléfono fue más desalentadora. La psicóloga había descubierto que su hija era anoréxica hace dos años y, para ella, no tenía sentido que un problema tan complejo se hubiera solucionado en un mes. Le pidió a Liliana que vigilara cómo comía y lo que hacía después de comer. La experta sospechaba de una nueva enfermedad: la bulimia.

La nueva batalla de Liliana

Para Liliana esta conversación fue más difícil que la anterior. Sintió cómo las mentiras de Sofía se acumulaban cada vez más. Esta vez era distinto, porque, aunque ella había estado atenta, la había engañado. Había mirado a los ojos a su propia madre y la había hecho creer que estaba bien. Otra vez sintió ganas de llorar y gritar, pero sumado con un enojo que no podía controlar.

Le preguntó a Daniel si había notado algo extraño en las actitudes de Sofía después de comer. Él no dijo nada. Liliana quedó dubitativa y muy atenta. Días después se dieron cuenta de que duraba mucho tiempo en el baño después de comer, tal y como dijo la psicóloga. Este comportamiento duró unos días, hasta que Liliana se cansó y cuando salió del baño le olió la boca a su hija: claramente había vomitado.

Impactada y sin saber qué hacer o cómo reaccionar, lo único que hizo fue llorar. Ahí, frente a Sofía. Apoyada en su hombro, con el corazón en la garganta y con las rodillas temblorosas.  No lograba sacar todo lo que estaba sintiendo. Su hija la acompañó en su tristeza. La realidad es que ella tampoco estaba orgullosa de lo que se había convertido, pero, no sabía cómo arreglarlo. A Liliana le dolía cada parte del cuerpo y sentía que se iba a desmoronar en el piso en cualquier momento.

Su hija y ella siempre fueron amigas. Se contaban cosas privadas, hablaban de sexo, drogas y alcohol, sin pudor. Sofía le contaba quién le había coqueteado, si se besó con alguien en la fiesta, sus sueños, lo que le preocupaba y lo que le dolía. Liliana le daba consejos, la mantenía al tanto de los dramas en la familia o el trabajo, por qué peleaba con Diego, cómo había sido su vida universitaria. De un momento a otro, todo eso se perdió. Creía ser su confidente, pero no era así, sentía que todo lo que habían vivido y hecho, eran mentiras para cubrir más mentiras.

¿Cuándo pasamos a esto? ¿Cuándo empezó a sentir que tenía que dejar de comer? ¿Por qué pasan estas cosas? ¿Cómo la ayudo? Después de hablar con la psicóloga y Diego, decidieron continuar con las sesiones en psicólogo, pero ya no serían algunos días a la semana: Sofía iba a quedarse internada en la fundación.

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Esta vez, la situación fue manejada de forma distinta. Llevaron a su hija a su cita habitual con la psicóloga y ella le comunicó la noticia. Sofía salió muy enojada del consultorio y al llegar a la sala de espera, dónde estaban sus padres, les dijo que era injusto, que la trataban como si estuviera loca. Diego le dijo que era por su bien, que querían que mejorara y si lo hacía, todo volvería a la normalidad. Su hija parecía no escuchar nada de lo que se le decía y la psicóloga intervino diciéndole que no tenía que fingir, que si ella quería mejorar, esta era la oportunidad. Liliana no dijo ni una sola palabra.

Sofía estuvo internada poco menos de 6 meses. Para Liliana fueron meses que pasaron como años. Llamaba constantemente pero no era lo mismo que tenerla en casa y poder cuidar de ella. Podía salir uno o dos días a la semana, a veces estaba con sus amigos y otras con la familia. La psicóloga notó los avances y esfuerzos de Sofía después de casi dos meses, porque antes decía que estaba muy encerrada en su mente y no quería recibir ayuda.

Liliana solo se preguntaba si estaba bien o si ahora la odiaba por haberla internado. Ella solo quería que estuviera bien. La psicóloga no habla mucho de lo que se hacía adentro, Sofía tampoco, y, a Liliana le daba miedo preguntar y las respuestas. Lo único que sabe o dice es que su hija estaba muy aislada, en ese lugar. Al principio, parecía que estaba empeorando su situación. Después se abrió mucho más a la idea de recuperarse. Y, por último, lo logró.

Constantes pensamientos e interrogantes que desvelan. (Foto recreada por: Antonia Villalba)

Su madre solo tiene la sensación de que hizo todo mal y hay preguntas que la siguen acompañando en su dolor. Piensa que su forma de manejar la situación estuvo mal, que debió ser más fuerte y falló como madre. Con los años, ha aprendido a manejar un poco todo este dolor que aún siente, pero, sin importar cuánto tiempo pase, hay una pregunta que la quema por dentro: ¿mi pequeña hija sigue teniendo una batalla con la comida?

Alertas de la presencia de un TCA (para padres)

De acuerdo con la Fundación FITA (Fundación Instituto de Trastornos Alimenticios), a raíz de la pandemia, los casos de anorexia aumentaron en un 20%, por la naturaleza del encierro y estar muchas veces solo, además de las influencias que venían de mucho antes. La realidad es que cualquier tipo de trastorno de la conducta alimentaria (TCA) es fácil de cubrir y las verdaderas consecuencias no se dejan ver hasta tiempo después. Sin embargo, hay algunas señales a las que se puede estar atento como padre y persona cercana.

Físicamente, generalmente hay una delgadez evidente, que suele ser escondida con ropa ancha. También hay efectos como la constante fatiga, insomnio, desmayos, y en el caso de las personas menstruantes, ausencia del periodo menstrual.

En cuestiones conductuales, según la clínica Mayo, las personas con TCA restringen sus comidas, hacen ejercicio de forma excesiva, tienen atracones y se provocan el vómito, les preocupa qué comen, niegan tener hambre y se aíslan. Se desconoce a ciencia cierta la totalidad de causas que pueden provocar un TCA, pero entre algunas está la presión de las redes sociales, familia o amigos por ser delgado, existe la posibilidad de ser hereditario por características como la perfección o sensibilidad, y, los factores psicológicos como la baja autoconcepción.

Lo importante es que estas conductas generan varios problemas de salud física y mental. Normalmente, van de la mano con la anemia, problemas del corazón, gastrointestinales, renales, pérdida muscular; y a su vez, depresión, ansiedad, trastornos de personalidad, autolesiones y trastornos obsesivos compulsivos. Desde la psicología, la clínica Las Condes, establece como recomendaciones para los padres el estar atentos a las más pequeñas señales, y, además, no ejercer presión en sus hijos sobre cuánto deben pesar, su apariencia física, estar atentos a su autoestima, comer en familia y tener una buena alimentación en casa.

Liliana, como la mayoría de padres, tenía conocimiento de la existencia de los trastornos alimenticios pero nunca pensó que su hija estuviera pasando por esto. Imaginaba que era normal que se saltara algunas comidas y que por su edad se preocupara más por su apariencia física. Finalmente descubrió que aquellas enfermedades que parecían tan lejanas, en realidad estaban muy cerca de ella. Los exámenes médicos revelaron que Sofía sí tenia sus defensas bajas y estaba iniciando una anemia. Después del tratamiento empezó a cuidar más de la salud de su hija, y, en la actualidad es una persona que se ha recuperado y tiene mejores hábitos alimenticios.