Terapia con animales: confianza y trabajo en equipo

Sábado, 30 Marzo 2019 15:24

Jumpa Jump es una organización que se encarga de rehabilitar a niños con problemas cognitivos y físicos. Plaza Capital le cuenta cómo lo hacen con la ayuda de caballos y perros.

Cabaña administrativa de Jumpa Jump||| Cabaña administrativa de Jumpa Jump||| Daniela Junco|||
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“Jorge es un niño introvertido y no le gustaba estar cerca a los animales, pero últimamente solo quiere estar junto a ellos”, cuenta Martha, la madre de Jorge, uno de los pacientes especiales de Jumpa Jump, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la rehabilitación de niños con deficiencias tanto mentales como físicas. Su sede se esconde en el sector conocido como La Conejera, en el kilómetro 6 vía Suba-Cota.

Jorge es un niño de 6 años que al nacer tuvo complicaciones. Su cerebro no logró desarrollarse completamente por falta de oxígeno, lo que generó una disminución en su raciocinio. Él lleva varias terapias de equinoterapia y caninoterapia.

Animales como caballos, perros, conejos y gallinas permiten que los niños mejoren en su adaptación con el medio exterior y en su confianza con los elementos que lo rodean. La caminata, una actividad retadora para estos pacientes, se equipara al movimiento cuadrúpedo del caballo   y una mayor temperatura corporal permite un intercambio de calor que mejora la movilidad del paciente. De ese modo, el paciente fortalece sus músculos y realiza movimientos que por su dificultad no puede hacer fácilmente. 

Jorge llega tímido y callado, levanta su mirada y su mano para saludar a la fisioterapeuta Ana, quien lo dirigirá en sus ejercicios y lo guía a una cabaña de madera y techo de color blanco. En su interior predominan los colores amarillo, rojo, azul y verde, y el piso forma piezas de rompecabezas de manera uniforme. Todos estos detalles hacen acogedor el lugar donde se observa figuras diminutas en los distintos juegos que tienen para los niños.

También, se contempla dos camillas con cobijas suaves y calientes, estampadas con huellas de gatos y perros. Por último, una pequeña almohada donde acomodan la cabeza de Jorge, quien cierra sus ojos por unos segundos. Ana frota sus piernas y manos con movimientos circulares. Después de unos minutos, Ana levanta al niño con cuidado y le ayuda a bajar de la camilla. El calentamiento está listo.

Después de seguir las instrucciones de su profesora, Jorge camina junto a ella hacia un caballo de color castaño, con larga cabellera negra y ojos castaño oscuro. El animal se sostiene con imponencia, pero al observar al pequeño niño que se acercaba por su derecha, se relaja, su mirada cambia, dilata sus pupilas y no quita su mirada de Jorge. Quieto, parece que anhela que el niño lo monte.

Antes de subirse, Ana le indica a Jorge la manera de hacerlo. El niño pasa su pie izquierdo a un lado del caballo y, sosteniéndose del lomo del cuadrúpedo, se acomoda para quedar derecho y firme en su montura. Ana le indica al cuidador de los caballos que inicie el recorrido.

En el trayecto dan una vuelta, Ana toma fuertemente de la gualdrapa— una pequeña lona de tela que se le coloca al caballo— para que así el niño se sienta seguro. Ella dice que esta acción hace que “el niño tenga la seguridad de hacer los ejercicios y no se limite en sus habilidades, pues cuenta con un apoyo y deposita su confianza en el animal”. Al llegar a una parte de la ruta hay un tablero con puntillas, Ana le da a Jorge unas fichas, de color naranja y azul con el número cuatro y tres. Jorge debe reconocer tanto el color como el número y colocarlo en la tabla.

Jorge duda al principio cuando le preguntan por el color y el número, pero luego de unos segundos pensando dice “naranja cuatro”. Con esfuerzo se inclina hacia el tablero y logra ensartar la ficha. El niño deberá en cada vuelta que dé con el caballo reconocer estos patrones y llenar gran parte del tablero. Otra vuelta más y Jorge distorsiona su cuerpo, mira fijamente su objetivo por unos segundos. Cuando voltea y descubre que lo observan, fija su mirada y dedica una sonrisa y un beso. Está halagado por el buen trabajo que ha hecho.

Es momento de cambiar de ejercicio, Ana llama a una perrita llamada Sol, la saluda y acaricia. Ella sube en las piernas de Jorge y éste, con asombro, la mira fijamente, la examina y, al momento de tocarla, retira rápidamente su mano. La sensación lo desconcierta.

“¡Guácalas!”, exclama con asco. Ana lo observa y decide llevar su mano con la de Jorge hacia Sol. Le explica que es una perrita y le indica que la consienta.

Luego de varias repeticiones, Jorge no deja de mirar a Sol. En un principio siente miedo: Sol trata de acariciarlo con su lengua y el niño se aleja un poco. Después de tocarla en varias ocasiones, al tenerla cerca y en un momento de alegría toma el cuello de la perra y lo acerca a su torso, la aprieta con fuerza y le da un beso en su lomo.

Bruno, un Golden Retriever, nos mira y nos recibe con una caricia. Ana llama al canino y corriendo llega a su encuentro, lleva en su hocico un lazo azul claro. “¡Bruno lleva el caballo!”, ordena Ana. El canino automáticamente se hace al lado del cuadrúpedo y lleva el lazo. Los animales trabajan juntos.

Una de las estudiantes universitarias que trabaja con Ana le acerca un aro a Jorge para que lo coloque en uno de los postes blancos que encierran el camino. Jorge se estira y no logra alcanzar el poste. Ana lo alienta a estirarse más y Jorge intenta de nuevo. Le faltaron unos pequeños centímetros para lograrlo, entonces el niño toma una pausa y lo medita, mira de reojo el poste y se decide a hacerlo. Esta vez empuja con fuerza su cuerpo, solo enfoca su mirada en su objetivo y por fin lo logra.  Ana lo felicita y Jorge curva su cara con una sonrisa de oreja a oreja. La terapia llega a su final y es tiempo para que Jorge descanse, Ana le indica que se recueste boca abajo encima del caballo, Jorge obedece y se queda observando a la estudiante asistente de Ana.

Acostado y descansando en la parte trasera del caballo, Jorge reposa de la jornada de terapia. Hoy aprendió un poco más y es momento de relajarse. Ana lo lleva al punto de inicio para bajarlo del caballo, le quita el casco y lo lleva de nuevo a las camillas para estirar los músculos de sus piernas y manos. Las terapias tienen una duración de una hora: 45 minutos de entrenamiento y 15 restantes de relajación. Aunque el costo es de 60 mil pesos cada sesión, la organización tiene planes padrinos para niños con bajos recursos económicos, quienes acceden a estas terapias de manera gratuita. Otros niños acuden a ellas por medio de recomendaciones médicas por intermedio de las EPS. 

En el caso de niños especiales como Jorge, estos cuentan con una persona encargada de sus actividades, a este personaje se le conoce como “sombra”. Jorge sale corriendo por todo el campo, detrás suyo se encuentra a Juan, su “sombra”.

Juan le propone a Jorge una carrera y, sin mirar atrás, Jorge corre con entusiasmo, se acerca a mí y mira con curiosidad la cámara, ese ojo grande de color negro que lo ha observado y filmado por tanto tiempo.

—¿Quieres una foto? — Pregunto—. Él asiente con la cabeza.

—¡Whisky! 

Todos reímos. Jorge se acerca para ver la foto.

—Ese eres tú.

—¿Yo? —Sonríe mientras se aleja, de la mano de su madre­—. Termina un día más de terapias.