Creando polifacéticamente

Viernes, 18 Noviembre 2016 10:20

Plaza capital habló con Edson Velandia, un artista local colombiano, que ha generado impacto en los grupos musicales regionales por crear su propio género musical: La rasqa.

Edíson Velandia|||| Edíson Velandia|||| Foto: Sebastián Pulido Medina||||
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“Yo siento que el acto más revolucionario que hay, es que tú te atrevas a crear en un mundo que sólo destruye”. Edson Velandia

Piedecuestano, santandereano y  hasta llaneroboyacense por la sangre que corre en sus venas. Definitivamente un hombre mezcla, no sólo por su genética geográfica, sino por sus múltiples facetas inclinadas hacia el arte creador que va dirigido a “los cuchos y los pelaos”. Él es Edson Velandia, un artista local colombiano, que ha generado impacto en los grupos musicales regionales por crear su propio género musical: La rasqa.

Con sátira, humor, su cabello al viento en los conciertos y particulares pintas con colores estéticos a gusto personal, Velandia ha impactado en múltiples escenarios a lo largo de su carrera. Asegura que toda su influencia se la debe a sus padres, pues son ellos una raíz en todo el estilo que caracteriza a este artista. Su mamá, Cecilia Corredor, quien nació en Duitama, Boyacá, se dedicó a trabajar en una peluquería en Bucaramanga  desde muy joven; es de allí donde vino la inclinación por la belleza popular del cantante.  Además, su papá Germán Velandia, oriundo de los Llanos Orientales, participó en Sábados Felices como cuenta chistes, por lo que el pequeño Edson comenzó a empaparse sobre el humor.

Fue en el año 75 cuando este artista nació y cuando comenzaba a surgir la carrera humorística de su padre, por lo que el pequeño Edson, cuando tuvo tan sólo 10 años vivió la experiencia de ver una figura paterna apasionada por la lectura y la escritura, por crear y por la búsqueda de hacer reír a través de su arte. “Comencé a vivir el hábito de las madrugadas de mi papá, que se levantaba a escribir con una máquina y aunque no estudió tenía mucho amor por la lectura y él, con una mujer muy trabajadora como mi mamá, sintió que tenía más espacio para ser un ‘vago productivo’ y dedicarse a escribir. Él me dejaba escuchar sus cuentos y sus retahílas, además, siendo pequeño me tenía en cuenta para su redacción; él quitaba cosas del chiste que estaba haciendo, según si yo me reía o no”, narra este piedecuestano.

Desde su casa ya se estaba formando con criterios de humor en las letras, en las rimas y en la estética. Por lo que, siendo un pelao de bachillerato en el Colegio Balbino García supo que por el arte era que se inclinaba la balanza y aunque era muy buen dibujante, descubrió que no le llenaba tanto como ensayar una canción para presentarla en un concurso musical en el colegio. “Me pusieron a cantar como una tarea. Podía cantar cualquiera y me dijeron: ‘cante usted’”. Después de eso, decidió ponerse a estudiar guitarra en el pueblo para complementarse en el asunto que le causó tanta satisfacción, para más adelante dedicarse a componer, pues su interés era hacer canciones. En esa época, cuenta Velandia, “no escribía tanto pero ya comenzaba a hacer algunas cosas en baladas, que era lo que escuchaba”.

Por fuera del colegio de Piedecuesta, en el barrio con tanto movimiento artístico, musical y teatral, este chico de cabello negro comenzó a perfilar cada día más su gusto por el arte. Allí hubo un grupo lúdico teatral, liderado por Carlos Pereira, bibliotecario de su institución, que incentivó a Edson a actuar. Es así como se fusionó la música y el teatro en su vida, descubiertos en dos escenarios distintos pero bajo la misma época. Además, “Pereira era un man influenciado por el dadaísmo y un man muy anarco. Todo esto  me marcó mucho. Y los que hacían teatro también eran bien anarcos, pues la política se vivía y me contagié de todo eso”, cuenta el creador de la rasqa.

La puesta en escena con bases teatrales y su música, con el tiempo definiéndose como género propio, son lo que más se destacan en Velandia y la Tigra, su proyecto más conocido, pero tras de esto hay una carrera larga de otras agrupaciones musicales y teatrales en las que ha sido parte durante sus 41 años. Han sido trabajos con niños y adultos que han construido a este artista creativo como lo conocemos hoy en día. Apenas salió del colegio se fue a estudiar música directamente en la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB) y para ayudarse con el pago de los semestres dictó clases “porque un cucho que tenía un colegio me dio la oportunidad, entonces daba las cuatro áreas: teatro, danza, música y pintura con chiquitines”.

Y aunque parece inimaginable que un tipo grosero de cabello largo, con pintas que no son formales llenas de mucho color; el tipo creador de letras como “El canival” y “La guarapera”, con palabras muy coloquiales al estilo santandereano, que hacen que su hablado sea golpeado y fuerte; con la terquedad con que lo describe uno de los guitarristas que lo ha acompañado en varias bandas, ha logrado tener paciencia y el don para enseñar a niños pequeños sobre el arte y la música, quizá se debe a que cuando habla sobre algo que le apasiona le sale una sonrisa y su mirada se serena. Además, puede ser que sus docentes de arte le hayan dejado un legado sobre la enseñanza, especialmente porque perteneció a varios grupos teatrales.

Paralelamente al comienzo de su carrera, entró a un grupo de teatro en Bucaramanga basado en la creación colectiva, llamado  PFU en Color de Chalo Flórez, quien cuenta que Velandia llegó con su guitarra preguntando por él, pues un amigo llamado Mario Hernández, perteneciente al equipo teatral, le había dicho que el director necesitaba un guitarrista. Allí comenzó Edson a proponer ideas para el equipo y reconstruir juntos historias, escenas y crear artísticamente, a través del teatro y la música, donde se le vio una efervescencia creativa como dramaturgo. Según Chalo, “era un joven inquieto que escribía hace mucho, tanto que unos años antes, por las casualidades de la vida, escribió una crítica muy dura de nuestro colectivo, donde tiempo después se vino a formar, por un acto que hicimos en La Casa de la Cultura.”

Aunque Chalo, como dramaturgo y líder del grupo teatral veía también cualidades musicales en el inquieto Edson, para Juan Fernando Arango, uno de los miembros músicos de PFU y compañero de este proceso artístico creativo, “Velandia era un chino pendejo y cabezón, que se metía en los ensayos a la fuerza, además él decía que componía pero en esa época su música era fea”. Sin embargo, con el tiempo en los ensayos y en la universidad estudiando música con rigor, logró componer la música para el grupo de teatro cuando éste cumplió los 10 años de trayectoria, además participó trabajando duro a través de improvisaciones en “Don D”, creación colectiva en la cual logró imágenes ambiguas y contradictorias que componían y alimentaban el espectáculo, cuenta el director Chalo.

Durante la vinculación de Velandia con la corporación de teatro, finalmente comenzó a trabajar de la mano con Arango, quien toca guitarra, y otro compañero llamado Sergio Arias, que se destacaba cantando.  Así se formó el primer grupo netamente musical en el que este piedecuestano trabajó. Santa Cruz se llamó la banda y fue parte de PFU. Aunque sólo duró tres años, participaron en diferentes toques en Bucaramanga y le permitió a Edson conocer Bogotá, quien cuenta que fue donde tocaron “con gente importante en los 30 años  del Teatro La Candelaria”.

Cuando terminó su carrera de música en la UNAB y se acabó Santa Cruz, Velandia continuó con otro grupo que había hecho en la universidad por cuestiones académicas, éste recibía el nombre de “Poema del Desorden”, influenciado por un poema de Víctor Gaviria, escritor del que también musicalizó algunos de sus trabajos. Allí también trabajó de la mano de Juan Fernando Arango, que aunque peleaban mucho, de buena manera, y musicalmente se estresaban bastante, seguían juntos, relata el guitarrista.

Aunque en Santa Cruz compuso algunos temas, la banda no dejó de ser un colectivo de ideas mixtas entre los miembros, pero en Poema del Desorden logró poner su creatividad, basada en la académica, a servicio cercano de la música andina colombiana. Después, volvió a las viejas andanzas con Sergio Arias, con quien había trabajado en el primer grupo, y comenzaron a crear una nueva propuesta que denominaron Cabuya. No es una sorpresa que Arango también hubiera hecho parte de esto, puesto que a pesar de sus diferencias este guitarrista dice que “cuando hay mucha creatividad, alimentándola en la diferencia musical, esta crece”.

“Cabuya era otro rollo distinto, pa’ mí era como hacer grafitis en la música”, cuenta Velandia. Asimismo, él agrega que “fueron seis años pero estos se dividieron en dos,  la primera parte Sergio y yo compusimos las canciones porque ya veníamos trabajando así de hacía años, con esas canciones fue que armamos Cabuya y lo hicimos también a modo de  colectivo, muy rico de gente muy histriónica, que trabajaba mucho con puestas en escena. Tenía mucho que ver con PFU, Chalo también nos ayudó, tuvo mucho ese perfil de teatro  y eso influenció a mucha más gente que le interesaba el teatro en otras ciudades como la capital, pues fue el primer grupo con el que tuve presencia aquí en Bogotá”.

Fueron pocas las veces que viajó a la capital con Cabuya, además no es que le guste mucho la vida que se lleva Bogotá, porque parece que lo hace sentir como apagado, hasta el color de su ropa cambia por algo más oscuro. Dependiendo del frío recoge su cabello y lo tapa con un gorro. Sólo se desplaza a esta ciudad por compromisos musicales de un día a otro, o por eventos que le competen como marchas por la paz “porque le emputa mucho la demagogia”. Por esto mismo, es que viajaba con la banda a tocar sin importar el lugar, lo más importante era cumplirle a los rolos espectadores amantes del ritmo característico de Cabuya.

Sin embargo, en el segundo periodo creativo de la banda se efectuaron algunos cambios. Por su lado Velandia comenzó a componer  sus canciones bajo un estilo más propio, el cual era una propuesta de la canción que tenía que ver con ritmos andinos y folclor de manera acústica y Arias se inclinó por el hip hop mucho más electrónico. Dualismo que se vio reflejado en el último álbum que sacaron antes de que se disolviera el grupo. No obstante, para Juan Fernando esto fue algo positivo para Velandia puesto que “hubo evolución grande, definió un estilo, una personalidad musical y literaria, por los poemas que ha tomado y el diseño de un personaje”.

En este proceso de transición para el compositor piedecuestano de mirada penetrante, él descubre que su esencia es anárquica y que había perdido la fe en las cosas políticamente correctas y que podía aportar más a sus letras mostrando su posición real, que era más literaria y estética, según menciona. Es así como decide trabajar con las impresiones de su infancia y el barrio, “impresiones del mundo”, así como él las define,  las cuales “son mucho más vírgenes y después se van a pervertir porque uno en la infancia es un pájaro, viviendo la vida más básica”, describe Velandia. Por lo que comenzó a pensar en hacer las cosas más simples y la anarquía comenzó a notarse sin hacerlo a propósito, según él. Finalmente se distanció de los patrones folclóricos que algún día lo habían caracterizado, también se alejó del jazz, el rock y de lo académico que había estudiado durante cuatro años.

A partir de esto empezó a explorar y a crear música alterando lo rítmico para generar patrones inventados. “Ni el bambuco ni nada de esas vueltas”, dice este revolucionario músico. Ya tenía el ritmo y con las experiencias de la vida y enseñanzas de un amigo cirquero en el barrio aprendió que a los payasos vagos se les decía “rasca”. Esta idea fue calando puesto que se sentía identificado como hijo de un “payaso vago”, además sentía que sus letras hablaban desde lo marginal y del barrio. Entonces optó por llamar a su ritmo creado “rasqa”, con “q” pa’ que no fuera la misma cosa.

Es así como en el 2006 comenzó un proceso de producción de estas ideas, composiciones y ritmos. Proyecto al que llamó Velandia y La Tigra “inspirado en dos corregimientos cerca de donde él era, según lo que nos decía”, cuenta Henry Rincón, baterista de la banda. Inicialmente los músicos eran otros a los conocidos actualmente. A Edson lo acompañó Gabriel Matute, quien había sido bajista de Cabuya, y con él hicieron el primer disco gracias a que también tuvieron músicos invitados. En el 2007 para lanzar esta producción hicieron una banda conformada por Óscar Acevedo en la batería, Gabriel en el bajo, también tuvieron un trombonista y a Edson en la voz. Así se mantuvo este grupo hasta el 2008 porque “ellos se abrieron a hacer cosas distintas”, relata el líder de La Tigra.

Este grupo ensayaba en la UNAB y, antes de que los músicos se fueran, Edson conoció allí a Jorge Pardo, quien se volvió trompetista en la banda. “Él era un chino que iba a escuchar nuestros ensayos porque le gustaba y un día nuestro trombonista no fue, entonces le pedí que si podía tocar unas partituras, las tocó y me pareció tremendo músico, por lo que le dije que nos acompañara y se quedó. Entonces, cuando se fueron todos él me ayudó a convocar a Henry y a Daniel, por ser sus amigos”, cuenta Velandia.

“Edson comenzó a buscar un baterista por todo lado, y llegó a mí porque Jorge me recomendó, yo con 17 años. Y pues yo fui a un ensayo, lo conocí y pues tuve una impresión de que el man era como raro. Y bueno, comenzamos a tocar y la música tenía muchas cosas diferentes a las que yo conocía”, narra Henry, quien no estaba acostumbrado a tocar con personas como Edson,  “yo tocaba con más gente como seria, que era toda bien vestida, y él tenía su imagen particular con las camisetas así rotas en el cuello, con la combinación de colores extraños y las mechas largas. Aunque yo también tenía el pelo largo, ¿sí? O sea como que yo por un lado me intrigaba con él y yo decía ‘por fin encuentro a alguien que sí, que hace que sea como alternativa la vaina’”.

Podría suponerse que fue difícil para Velandia que un joven como Henry tocara en su banda, pero él aceptó porque conocía el recorrido, no sólo del muchacho sino de quienes lo formaron. El líder de La Tigra, cuenta que “había tocado con una dinastía de bateristas, él comenzó a estudiar guitarra con un man baterista que se llama Mauricio Espinosa y ese man  fue profe del primer baterista de Santa Cruz, ósea primer baterista con el que yo toqué, y ese baterista fue el profe de Óscar Acevedo, quien fue profe de un alumno adelantado que era Henry, que sólo tenía 17, que era un niño muy adelantado también, entonces cuando Óscar se va, el baterista que lo sucedía era él, era una dinastía, Henry es el heredero. Entonces no fue tan difícil la decisión al final”.

Henry comenzó a tocar y Edson empezó a orientarlo porque, según el baterista, que inicialmente tocaba jazz, “tenía otra técnica, entonces Velandia me decía ‘no, usted necesita tocar la batería con ganas, como si se fuera a acabar el mundo’. Y  ¡pam! empecé a aprender de él y ya, hice parte de la banda. Me consolidé ahí”. Esto por el lado de la batería, pero Velandia también se encontraba buscando un bajista. Probó varios pero ninguno le cumplió, por lo que Henry y Jorge le dijeron “tenemos a Daniel”.

Aunque Daniel Bayona ya había escuchado de Velandia y la Tigra, porque su profesor de bajo eléctrico era Gabriel Matute con quien arrancó la banda, nunca había ido a un concierto y sólo conocía el trabajo de Edson, ya que tenía el disco de Cabuya. Por lo tanto, “fue un choque muy fuerte ya que yo venía estudiando jazz, donde con saberse la armonía enmarcada en un ritmo en teoría ya tenías solucionada cualquier canción y cuando yo llegué al primer ensayo para un concierto que teníamos al otro día, le dije a Edson que me anotara la armonía para que yo me fuera pegando y él me dijo que así no podía entender La Rasqa, que tenía que volver a pensar la música desde unas convenciones mucho más sencillas y naturales”, cuenta Daniel.

Por su parte Velandia cuenta que había llevado a Daniel “pa’ un toque que teníamos al siguiente día y no teníamos bajo. El man llegó, se estudió los temas, en un día estuvo con la banda y se quedó”. Para el 2009 se consolidó Velandia y La Tigra, con Edson como compositor y director, Jorge como trompetista, Henry como baterista y Daniel como bajista. Y más allá de que el líder enseñara las canciones, juntos aprendieron de las experiencias, de las situaciones y de la forma de ser de cada uno. Por ejemplo, Henry dice que con las giras, las grabaciones como tal, las personas que conocían junto a Edson y con su ejemplo, “porque yo creo que es un hombre perseverante en lo que hace y aunque ha sido criticado sigue luchando, luchando y luchando”, aprendió el camino que él le mostró, “pues el lado de él era un camino”.

“Yo era un músico viejo pa’ ellos entonces me veían como un guía. Pero yo no estaba viejo, si no estoy viejo ahorita menos en ese entonces. Pero pa’ un chino de 17 años, un man de treintaitantos es un viejo”, dice Velandia. Para Bayona, el líder de la banda los supo guiar con su rol de director y así llegar al sonido que él estaba buscando. Sin embargo, en el ámbito de toma de decisiones no había discusión porque él era “el patrón”, agrega el bajista.  “Yo era el líder y no había discusión, entonces yo también podía hacer mi ley como yo quería, no como con los grupos anteriores, porque los otros manes eran muy expertos y no era fácil dirigirlos”, concluye Edson.

Aunque fue una banda de jóvenes liderados por un músico experto, el proceso de crecimiento fue interesante ya que, en la opinión de Velandia, “no porque fueran chinos íbamos a ser una banda de chinos y eso hizo que fuera un momento duro, difícil, pero bacano. Porque igual eran músicos muy talentosos”. De esta manera se fortalecieron musicalmente, ensayando muchas horas y buscando conocerse nacional e internacionalmente con el proyecto de Edson, quien había estado cansado del proceso colectivo donde todo debía ser acordado. Ahora estaba siendo pintor de su propio lienzo, donde no traería otros artistas que pintaran en su cuadro, haciendo alusión al ámbito de composición y creación.

Comenzaron a tocar mucho más y esto los llevó a viajar. Tanta fue la acogida de la banda por el público, que lograron irse de gira por Suramérica, la cual se llamó “Piedecuesta-La Patagonia”, aun cuando Henry era menor de edad. Velandia tuvo que pedirles permiso a los papás de él y quedar a cargo de su baterista, como si fuera el tío. “Para podérmelos llevar tuve que poner la cara a los papás. Entonces, sí, nos enlocamos todos, pero siempre tenía yo un ojo abierto y otro cerrado en las rumbas. Todo el tiempo… durmiendo y enrumbao también. Siempre en la jugada por si le llegara a pasar algo a uno de esos muchachos. No eran ellos responsables de ellos mismos, era yo”, cuenta con gracia Velandia.

Por ejemplo, él recuerda cuando viajaron por Argentina. Iban en tren desde Córdoba hasta Rosario, pero nunca llegaron a ese destino, porque se quedaron dormidos y cuando se despertaron estaban en Buenos Aires una semana antes del concierto, por lo que no tenían ni el hospedaje listo. Edson estaba preocupado porque no estaba solo, tenía tres muchachos sobre su espalda.  Pero estos fueron sólo momentos, ya que Edson describe que él también quería ser como ellos: “no me iba a perder semejante oportunidad de trabajar con tres muchachitos. Entonces yo tampoco me iba a poner en el plan de ‘profesor del grupo éxodo’ ni el director de Menudo, yo quería vivir la juventud también con ellos. Yo me enlocaba como ellos se enlocaban”.

Por cada experiencia vivida, compartiendo tanto dentro como fuera del escenario y por las anécdotas viviendo las rumbas juntos, la amistad de los cuatro se consolidó hasta tal punto, que si faltaba uno de los miembros no estaba ninguno. Es así como en 2011, cuando Henry se retira por asuntos personales, se disuelve la banda.  “Yo tenía mucho afecto por la banda y por cada uno, entonces no quería aportarle al grupo un reemplazo. La banda es una familia y  si se le muere  a uno un hermano, uno no va a traer otro hermano, su hermano se fue y por más amigos que tenga no me lo van a reemplazar”. Por esta razón, Velandia prefirió autodestruirse y quedarse sólo con su guitarra.

Además en esa época, Velandia y su compañera Adriana, quienes se conocieron años atrás  en una conferencia de Derechos Humanos dictada por él, habían sido padres recientes de su  primer hijo. Así que él sintió que tenía que proteger al niño y cuidar el hogar de su ritmo de vida pesado y nocturno, “ahora quiero estar más en casa y menos en el bar”, cuenta el piedecuestano.  De esta forma, hoy en día está dedicado la mayor parte del tiempo a su hijo Luciano de cinco años y a su hija Naira de un año y medio.

También, ha retomando su faceta de “profe”, puesto que está organizando junto con algunos amigos, una escuela en casa llamada “Escuela de la Montaña”. Su compañera Adriana lidera el proyecto, ya que tiene vocación para ello y, por ahora, el núcleo creador está trabajando para sus hijos, pero desean abrir las puertas a más niños cuando éste ya se encuentre consolidado. En esta etapa paternal, Edson ha descubierto  que sentirse exitoso no se da por su carrera, sino por “darse a otros y primero si son sus hijos, no para sacrificar la vida sino para compartirla”. Por lo que recuerda con nostalgia a Sócrates, el disco más consentido que tiene, pues fue un álbum para niños, hecho por niños del Jardín La Ronda de Bucaramanga.

Aunque los discos y música de Edson Velandia son gustos que han generado amores y odios, hay personas que rescatan el único proyecto infantil del cantante. Por ejemplo, Juan Fernando Arango, a quien no le gusta del todo el estilo musical del piedecuestano, resalta que “cuando Velandia compone para niños es más fantástico a lo temático y siento que lo que hace para los pequeños es más cercano a mí, porque son temas donde no se les subestima y compone de tal manera que les guste tanto a ellos como a los adultos”.

Es importante resaltar que Edson Velandia no ha vuelto a componer y grabar un disco parecido a Sócrates, pero esto no es impedimento para que las personas admiren su trabajo como artista. Este es el caso de María Alejandra Plata, cantante y directora de Viajero Producciones, quien conoció hace años la trayectoria de Velandia por la canción “Sietemanes”. Ella cuenta que aunque tenía apenas 14 años y no entendía la letra, vio el video y la canción y le pareció “tremendo”, según cuenta. Así fue escarbando sobre el creador de La Rasqa, al género que le tiene admiración, pues dice que es un sello tan particular que es complicado encontrar un artista que se le parezca.

Por esta admiración, Alejandra decidió contactarlo para grabar con él en su productora, quien cuenta que “nunca fue una decisión sino un anhelo” y desde que existía Viajeros, hace aproximadamente dos años, siempre ha intentado buscar a Velandia. Finalmente, las cosas se dieron recientemente para que esa meta de la directora se cumpliera.

“Hacer parte de la difusión del trabajo de Edson es una cosa de la que cualquiera puede sentirse orgulloso y al mismo tiempo se le está aportando al mercado de la música nacional e internacional”. Es así como, bajo momentos divertidos entre todos los que hicieron parte de la grabación, se grabó el video. Alejandra, por su parte estaba muy nerviosa porque no tenía ni la menor idea de cómo iba a ser la actitud de Velandia, quien por sus puestas en escena se puede ver rudo y grosero pero a la vez relajado. A medida que fueron filmando, se dieron cuenta que las ideas estaban conectadas y que todos iban hacia el mismo lado, lo cual es muy importante en momentos de grabación.

Alejandra cuenta que, “Edson estaba muy relajado, ‘muy todo bien’. Es una persona muy creativa y sin tapujos, entonces la idea que iba saliendo entre todos, la iba escuchando y adaptando a su estilo. El resultado terminó encantándonos a todos y eso también es gracias a Leo Carreño, quien ya había trabajado antes con Edson en contenido audiovisual”. También relata que el primer contacto y el proceso antes de encontrarte con el artista fue muy espontaneo y que algunas ideas habían quedado inconclusas hasta que él estaba frente a la cámara. Allí supieron hacia dónde llevar el concepto de la sesión en vivo que se realizó con Viajero Producciones.

Actualmente, Edson está trabajando sólo, haciéndose reconocer en un público más amplio como “Velandia” y de vez en cuando se vuelve a reunir con la banda para salir al escenario con La Tigra. Como fue el caso del matrimonio de Daniel Bayona, donde tocaron las canciones que le gustaban a Piedad, pareja del bajista. Además, este cantante cuenta que “subimos sin ensayar y sonó, sonó y sonó. De pronto mejor que mil veces ensayados. Fue bonito, cortico y rockerísimo, yo me sentía un poco como los cuchos que vuelven a tocar después de mucho tiempo y ‘wooooowwww’ lo disfruté”.

Esto demuestra que, la trayectoria musical y de múltiples proyecto artísticos de Edson Velandia ha sido larga y él espera que así se mantenga, con la misma pasión de siempre porque él dice que ese es el sentido de crear, que es lo que él hace. Sin embargo, aunque siente que ha agotado mucho el recurso de la letra, pues lo que tiene  por decir hoy, quizá ya se encuentre en una de sus canciones, Edson siente que tiene que seguir creando porque ese es su trabajo. “Con  irreverencia, pasión, creatividad y la responsabilidad de que la música siempre sea primero”.