Historias y tradiciones de un café

Viernes, 13 Marzo 2015 06:26

Los cafés del centro de Bogotá recogen historias, sueños, memorias y valores que luchan para no desaparecer en la actualidad.

En 1937 el alemán Guillermo Wills fundó el Café San Moritz.||| En 1937 el alemán Guillermo Wills fundó el Café San Moritz.||| Foto: Karen Ortiz/PlazaCapital|||
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Un carajillo doble empezó la historia, sentados en una mesa esquinera del Salón Clásico del San Moritz, lugar donde el tiempo no pasa a pesar de los años. Este café está situado entre las carreras Séptima y Octava rodeado de vendedores de libros y antigüedades. Para entrar allí hay que pasar por el zaguán de una casa antigua, pintada de naranja con techos de teja y aleros añejos, bajo la mirada de Jorge Eliécer Gaitán, cuya foto amarillenta está pegada en la pared.

Este emblemático sitio tiene fotografías a blanco y negro, una  claraboya abierta a la lluvia y amplios espacios donde antes había billares y que ahora ocupan los clientes, gente modesta de la ciudad, bogotanos, provincianos, loteros, comerciantes, estudiantes y personas que están de paso por ese centro donde aún se hacen trámites y se respira el aire de otros tiempos, los de una Colombia que poco a poco desaparece entre los ajetreos del siglo XXI.

Don Germán Franco, un cachaco graduado de matemáticas y abogacía en la Universidad Libre, toma un trago de su tinto, mientras empieza a rememorar las escenas de los años 50's con "No me toquen ese vals" canción memorable de Julio Jaramillo de fondo.

Los cafés de la época se distribuían en diferentes sectores de la ciudad según los diferentes grupos sociales. Había cafés destinados para alguna gente culta, para una clase que iba exclusivamente a discutir negocios, otros para el ocio de los trabajadores y empleados de Bogotá y para gente "desocupadita" como los llama don Germán mientras se ríe. El mobiliario era generalmente en madera, muy difícil que hubiera muebles hechos en materiales de hierro o aluminio, tanto las mesas como los asientos. La decoración era adecuada según la clase social que asistía a ellos, como hoy en día.

La carrera Séptima, principalmente en la tradicional Calle Real, entre las calles once y quince, fue la sede de los cafés bogotanos que hoy se recuerdan como tradición y ambiente político, intelectual y bohemio. También existían cafés que actuaban como centro de estudiantes de provincia, que acudían a ellos a calmar el frío con un pocillo de tinto caliente que acompañaba la lectura de textos y tareas.

El café Automático uno de los más emblemáticos era solo para intelectuales y quedaba en la Avenida Jiménez abajo de la carrera Quinta arriba del Banco de la República. El Automático se fundó con el arribo medio invisible de un caldense cuyo nombre, Fernando Jaramillo, pasaría a ser inmortal, como su café. Era cacharrero, vendía balines para escopetas, hacía negocios por donde iba, pero ante todo, le gustaba el arte, sobre todo las pinturas.

 Al lado quedaba el Titanic, un café decorado como un barco, internamente era en madera con claraboyas, parecía el centro de un barco, pero era para una clase social pudiente, ahí no entraba cualquiera y el trago era costoso. En el Automático se reunían fundamentalmente periodistas y caricaturistas de El Tiempo y El Espectador pero también iban algunas personas expertas en  economía, también intelectuales que hacían literatura y poesía en la época. Allí se reunían personajes como Gabriel García Márquez, León De Greiff y Manuel Zapata Olivella.

"Yo conocí a Gabriel García Márquez cuando en 1953 hizo su libro La Hojarasca, hizo poquiticos, y después, en el año 1957, hizo otro tiraje, yo tengo un libro de esa época". En ese tiempo hubo un personaje muy interesante, al quien con dificultad  Don Germán recuerda su nombre. "Le decíamos ‘El  Mono de la Espriella’, un barranquillero mono, de ojos verdes, que vestía al estilo italiano". Este personaje, muy amigo de García Márquez, hizo una exposición de La Hojarasca en 1957 y hablaba de la entrevista de Alejo Carpentier en la obra, afirmaba  que si Gabriel García Márquez continuaba con esa línea y se expresaba de esa forma, sobre todo como manejaba los tiempos el pasado, presente y futuro, iba a ser Premio Nobel.

Había también un café llamado Bolívar, en toda la esquina de la plaza, donde actualmente queda el Palacio de Justicia. Ahí fundamentalmente la gente iba a jugar billar y ajedrez, había campeonatos nacionales e internacionales y era un sitio adecuado para tomar café, ya que generalmente los cafés los se hacían en casas viejas que las ampliaban y las familias las convertían en locales para subsistir de eso, como el San Moritz. Don Germán muestra las fotografías del tranvía, para ese tiempo existían dos clases, ‘Los Lorencita’  que eran tapados y parecían como vagones de ferrocarril y otros que eran destapados como las chivas. La diferencia eran 5 centavos en el pasaje, Don Germán se ríe y toma un sorbo de su café, ya va por la mitad.

En la esquina occidental de la calle 22 existió desde principios del siglo el Boulevard, café restaurante que también tuvo su tertulia característica por muchos años y en el mismo sector, recordado con nostalgia y más cercano en el tiempo, el célebre Martignon centro de escritores y periodistas de los años treinta. El café de la Paz quedaba en la calle doce, unos pasos al oriente de la Calle Real. Punto de reunión de empresarios y políticos, fue por mucho tiempo tertulia amable, que contrastaba con los cafés Roma y Niza, más frecuentados por los estudiantes provincianos de la época, ambos sobre la carrera Séptima entre las calles 11 y 14, a donde llegaban a “bogotanizarse” gente emprendedora, principalmente de Antioquia y Caldas.

En esa época, recuerda don German, todo el mundo fumaba. "Yo empecé a fumar a los 13 años una cajetilla de piel roja al día entonces el rector del colegio llamó a mi mamá a decirle que yo fumaba demasiado y mi mamá me dijo, no fume demasiado que le hace daño". Los cafés eran llenos de humo, eran grises por dentro, el ambiente era sorbido como a media luz. El carajillo se acabó, así como la historia de antaño de Don Germán que muy sutilmente se puso de pie, limpio su traje de paño y se retiró lentamente del café.