Así se vive un rito de liberación

Sábado, 15 Abril 2017 08:08
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Los hechizos y las brujerías parecen ser cosa de cuentos fantásticos. Los gritos, bailes y oraciones no solo se quedan en los exorcismos de la televisión. Garagoa es un ejemplo claro de lo que puede llegar a pasar en un camino de liberación espiritual.

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Empezó como un trabajo cualquiera de mi rutina en el mundo periodístico, un suceso más del cual hablar entre tantos que he contado. Solo se trataba de una crónica para mi clase, y el que  fuera un retiro espiritual para quitar brujería y demonios, realmente no me llamaba la atención. Hasta que el frío asfalto, una cruz en el pecho y una presencia extraña…me hicieron caer.

El inicio

Son casi las seis de la mañana en un frío domingo capitalino. Me encuentro en la autopista norte a la espera de un bus que me llevará a librarme de todos mis “demonios”. La expresión en la cara de mi hermana lo dice todo, no teníamos ganas de gastar nuestro domingo  en rituales extraños. Aunque me gustaba la idea de comer en los típicos restaurantes que se encuentran al lado de la carretera boyacense. Claramente un caldo de costilla con chocolatico y pan, serían perfectos para ese frío.

Al subir al bus veo dos mujeres de pie con una camándula rezando el rosario. Intento saludar algunos familiares, pero todos tienen los ojos cerrados e ignoran mis cordialidades. Me siento en los dos últimos puestos disponibles mientras veo la expresión de la cara de algunas que tienen una camiseta blanca que dice “Misioneros Marianos”. Intento rezar con ellos, pero mi mente nuevamente no le haya razón a decir una y otra vez las mismas oraciones. Así que prefiero cerrar los ojos y escuchar.

Unos minutos más tarde, casi dormido, escucho una voz que dice: “inicialmente todo era bueno en la plaza, las personas me compraban las verduras y la frutica con agrado, hasta que apareció esa mujer”. Abrí los ojos y vi que era una de las mujeres rezanderas. Su cara evidenciaba alegría mientras contaba lo fructífero que era su negocio. Su tono fue cambiando cuando contó que una vez contrató a una  joven que con el tiempo le tomó envidia. Hasta que un día le ofreció algo muy similar a una Coca Cola. Según ella, fue la bebida la causante de los fuertes dolores de estómago y de que ni las moscas se quisieran acercar a su mercado.

Con su historia, el tiempo de trayecto se me hizo más corto. La niebla empañaba los vidrios del bus, y lo único que podía sentir era más frio. Al momento de bajar me pidieron el favor de que dejará mi celular y demás aparatos electrónicos, porque no eran necesario en ese lugar. Atrás de nosotros hay un bus más grande donde se bajan casi cuarenta personas. Quedó sorprendido de ver que hay asistentes de todas las edades, desde abuelos mayores hasta bebés con pocos meses de vida. Del bus también se baja un hombre gordo, alto con aspecto de bonachón. Viste una camisa azul oscura con un pantalón negro y cuelga en su pecho una cruz enorme. Supongo que es el padre.Otro señor nos reúne a todos los asistentes junto a una estatua de la virgen María. Nos advierte   que habrá momentos de mucha tensión, pues muchas personas aún se encuentran en proceso de sanación. Con intriga miro alrededor para ver quién será la persona que empezará el show de bailes y gritos extraños.

El hombre con la cruz en el pecho se adelanta entre los asistentes. Algunos no pueden alzar la mirada, y otros la pierden entre los árboles y el camino de piedra que se encuentra alrededor, para no verlo. Camina con tranquilidad mientras sostiene en su mano derecha otra camándula. Nos aconseja que nadie lo adelante, pues podríamos interrumpir su dialogo espiritual con Dios sobre todos nuestros pecados.

Camino a la “liberación”

Así como los feligreses realizan el viacrucis cada Viernes Santo, así empezó  mi recorrido de limpieza para las energías malas. El silenció se toma el rustico escenario. Una de las personas toma la vocería en la primera estación, mientras los demás dan respuestas a las clásicas oraciones. Al finalizar las súplicas, el padre hace una reflexión sobre la vida de Jesús. Antes de llegar a la segunda parada, una mujer joven de ojos claros y tez blanca comienza a gritar y a mover sus piernas con brusquedad. Me parece curioso, porque no pensé que el espectáculo empezará tan pronto.

El tiempo fue pasando mientras llegábamos a la cuarta estación. La joven mujer de cabello rojizo se encuentra cada vez más pálida, y no para de vociferar el nombre de satanás. Dos hombres y una mujer la sostienen, pero por su fuerza parece que solo fuese un niño el que intenta parar sus fuerzas. Uno de los misioneros recibe un escupitajo en el rostro por insinuarle que en Dios estaba la salvación. Mis familiares tratan de evitar el contacto con ella. La mujer patalea y forcejea para no dar un paso más. Mientras el padre pide que la lleven adelante.

Ya al frente del padre la mujer exaltada y con los ojos desorbitados adquiere cada vez más fuerza, a tal punto que uno de los hombres que la tienen recibe una patada en el vientre. El padre con firmeza le dice: “ya has perturbado mucho en esta tierra, te exijo que me digas quién eres en el nombre del señor”. La mujer tiene una voz ronca gruesa y cansada, como la de un cantante en un concierto que ha pasado mucho tiempo en el escenario. Ella le contesta: “tú sabes bien quién soy, no tengo por qué decir nada frente a ti”, El padre con la cruz en la mano le exige de nuevo que revele su identidad, y que abandone el cuerpo de Diana”. En ese momento, la joven mujer grita en otro idioma que parece latín, y cae al suelo.

Seguimos caminando por las demás estaciones. A mis familiares parece no importarles lo que han visto por el momento. Cerca de la décima parada, veo a lo lejos un puente colgante hecho de piedra. En ese momento el padre nos detiene y nos dice que abracemos a un familiar o a un allegado que se encuentre cerca de nosotros. Nos pide que quienes quieran, cierren los ojos, mientras él comienza una serie de oraciones.

Con una de sus manos agarra la cruz que le cuelga en su pecho. Nos advierte que nuestros pecados son iguales a las nubes negras que opacan un sol como el que está haciendo. De repente, las nubes negras comienzan a tornar el lugar como si le obedecieran. Sus palabras toman un tono de mando. Cada una de las cosas que decía se va cumpliendo: “aquellos que tengan brujería de caldero, comenzarán a vomitar”. Inmediatamente dos personas a mi lado derecho, y otras al frente empiezan a trasbocar. De sus bocas no salía nada, pero sus fuerzas para sacar lo que sea que quisieran liberarse, eran evidentes. En mi mente pensaba el trabajo duro que tienen estas personas para preparar bien el show (que fuera muy real).

Después dijo: “aquellos que tengan hechizos y brujerías muy fuertes caerán en el piso”. De repente veo cómo uno de mis familiares cae de espaldas contra las piedras del suelo. Sus ojos se tornan blancos, y se mueven bruscamente contras las duras piedras. Aunque se trata de alguien muy cercano, para mi mente solo fue uno más dentro de la trama. El padre sigue expulsando demonios, ritos negros y brujerías. Quedo sorprendido ante los nombres de los hechizos ¿brujería de arroz con huevo?, ¿brujería a través de sexo oral?, ¿brujería de mal de ojo?, ¿brujería de manteca? El hombre con la cruz en el pecho sigue, “brujería de clavos, ¡salgan!”, brujería de muñecos vudú, ¡fuera!, brujería de bola de cristal, ¡no más, en el nombre de Dios!”. Ahora es un familiar más joven el que cae. (Eso ya no me pareció tan teatral).

Después de un tiempo todos los que cayeron se empiezan a levantar. En sus caras se evidenciaban cansancio y confusión. Sus frentes brillan por el sudor de sus cuerpos. Unos sonreían y suspiraban con tranquilidad. Mientras que otros solo podían cerrar sus ojos y arrodillarse. Las nubes aún ocupan gran parte del cielo, y se presiente un fuerte aguacero. Pero entonces el padre alza la voz y dice: “él los perdona, así que alcen la mirada y verán su luz y esplendor”. De nuevo como si controlara el mundo, las nubes negras fueron desapareciendo mientras un brillo de sol se centra entre los asistentes. Esto ya me estaba asustando.

El puente y la caída

Llego el momento de limpiar los pecados, y para eso era necesario cruzar de rodillas el puente colgante de pequeñas piedras. Todos lo tenían que cruzar sin excepción de edad o género. Eso sí, quienes llegaran a caer en el trayecto, tenían que repetirlo una vez más. Inicialmente tenían que pasar las mujeres mientras los hombres se cogían de las manos en fila india. Curiosamente fueron las más jóvenes quienes tuvieron que repetir varias veces el trayecto. Diana logra pasar después de cuatro veces. Luego, el padre es el primero en pasar, realmente pasa con gran velocidad como si las piedras no le hicieran nada. Otros por el contrario, con las rodillas raspadas y haciendo suplicas al cielo, tienen que pasar muchas veces.

El padre reparte un pollo asado con gaseosa que ameniza la tensión entre quienes aún sienten las repercusiones de lo que había pasado. La gran mayoría tienen los pantalones rotos debido a las piedras del puente, y sus rostros reflejan el cansancio de la jornada. Los niños como si no entendieran lo que sucede, se entretienen lanzando piedras al río. Los más grandes permanecen en oración y poco hablaban.

Para Lised Aguirre, psicóloga de la Universidad Santo Tomás, estos sucesos se deben a la construcción del entorno que tienen la personas según sus relaciones sociales. Entonces, cada persona busca una forma para salir de sus problemas y dificultades en la vida. Para los creyentes esta es una oportunidad de experimentar su credo. De ahí que algunos asistentes a estos ritos, sientan cambios en su cuerpo, y experimenten fenómenos “para naturales “de liberación espiritual. Así como también puede pasar en otros campos diferentes a los religiosos.

Seguimos caminando hacia las últimas estaciones. Lo único que se escucha es las oraciones de los feligreses, y los ladridos de algunos perros de las fincas aledañas. Al llegar a la catorceava parada veo una casa roja con amarillo que funciona como capilla para quienes frecuentan el lugar. Al llegar, el padre se forma delante de nosotros. Nos pide que nos cojamos de las manos y cerremos los ojos para sentir la presencia del espíritu santo y la virgen María. Como en todo el recorrido no tuve problema en hacerlo.

Lentamente se iba acercando a todos. Empezó con los de la derecha. Puso su mano en frente del grupo y grito “sientan su presencia”. De inmediato todos fueron cayendo como si se tratara de pines de bolos. Luego se acerca a las personas de atrás y sucede lo mismo. Después decide coger a mi hermana para seguir derrumbado personas. Puso su mano muy cerca de su frente y dice: “él está aquí”. Quedé estupefacto al ver que mi hermana ya estaba en el piso. Por más que intente explicarme lo que pasaba, no encontraba razón alguna, pues mi hermana nunca había asistido a nada similar, y ella no era de estar mucho en misa, y menos de hacer bromas de ese estilo. Pero aun así seguía incrédulo ante tantos sucesos.

El hombre de la cruz en el pecho se fue acercando cada vez más a donde yo estaba. Una risa reflejó lo que pensaba sobre sus intenciones. ¿En serio iba a tumbarme sin siquiera tocarme? ¿Seguro cree que me pondrá como todos? No es que no sea creyente, solo que no concibo la idea de que exista la brujería y los maleficios, menos en esta época. Yo seguía cuestionándome cosas “¿y si me caigo para que no  quede mal?”, “¿Qué dirán los otros al ver que sigo en pie?”. Así que decide pasarme en frente de todos, me pide con un tono de tranquilidad que cierre los ojos. Yo ya he preparado mi mente y mi cuerpo para demostrar que solo se trata de sugestiones de la imaginación. Cerré los ojos,  mientras que pensaba: “¡no voy a caer!, ¡no voy a caer!”. De repente sentí  como si me quemaran la frente. Cuando abrí los ojos, ya estaba en el asfalto junto a los demás.

En ese momento, ya no encontraba razón alguna de lo que había sucedido. Estaba pasmado. Solo podía callar y escuchar. Nuevamente la orden de liberar los cuerpos de las diversas brujerías, se dio. Esta vez se trataba de la baba de sapo: “todos aquellos que tengan algún otro hechizo o brujería, saldrá por la boca, así como les fue puesto”. Muchos empezaron nuevamente a vomitar. De sus bocas salían una baba blanca y espesa, que tenía en el centro una mínima parte de color negro. La última orden del padre fue dejar todo en una bolsa blanca y luego arrojarla entre la naturaleza.

Era tarde y comenzaba a oscurecer. Para finalizar todos regresamos al puente de piedra. Algunos aprovecharon la oportunidad para bañarse en las frías aguas del río. Otros  prefirieron solo mojar sus pies o cabeza para recordar su bautismo. Entre murmullos y una caminata lenta hacia los buses terminó mi experiencia. Al llegar, todos quedaron dormidos, por mi parte intente comprender porque no pude evitar que mi cuerpo y mente hiciera parte de todo el “show”