El intento de recordar una Bogotá que no volverá

Viernes, 20 Mayo 2016 16:52

Reseña de una fiesta cachaca que fracasó en su intento de recordar la vieja Bogotá

Cachaco Bogotá|||| Cachaco Bogotá|||| Foto: Laura Solorzano||||
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Todos en la bolera cantaban a grito herido “en Barranquilla me quedo” un 9 de abril, en una fiesta que se suponía que recordaría a la vieja Bogotá, a la de antaño, a la de mujeres con vestido hasta la rodilla y hombres con sombrero. En vez de eso, “La Cachaca D.C.”, como se llamaba el evento, sucumbió ante los ritmos modernos del reggaetón, y una que otra canción de salsa, mientras que la mayoría de sus asistentes no se daban por enterados de que en una pared había una proyección de fotos de la vieja capital.

Los meseros evocaban al viejo cachaco, al que vestía elegante con tirantas negras y camisa bien planchada, gorro negro y zapatos de charol. A las 8 de la noche, la fiesta ya estaba montada, con todos corriendo de un lado a otro mientras llegaba el primer invitado. Del techo caían luces rojas y amarillas que iluminaban el piso de madera y pintaban la bandera rola. Había cintas en las paredes, letras amarillas sobre fondo rojo, en las que se leía “chinita querida”, típico de la jerga cachaca.

Durante una hora el lugar estuvo vacío, pero la música amenizaba la espera. Sonaban temas andinos y pasillos -La gata golosa- , pero de un momento a otro empezaron a saltar notas dispersas de jazz por el aire que de inmediato transportaron al ambiente a una época más antigua. La fiesta estaba comenzando, y a las 9 de la noche en punto, Yiceth y Natalia entraron vestidas cual años cincuenta, con vestidos de puntos blancos sobre fondo negro. Yiceth combinó la cinta roja de su cabello con los zapatos rojos de Natalia. Pidieron un coctel que se tomaron sentadas en un sofá del lugar, mientras las acompañaba la luz de una lámpara antigua que se encontraba arriba de sus cabezas.

Rockabilly a todo volumen llenaba la habitación, las luces se hicieron tenues y los invitados comenzaron a llegar, pero algo no concordaba. Solamente dos mujeres más llegaron vestidas de acuerdo a la temática; la primera, en un grupo de amigos, collar de perlas en el cuello y labial rojo emulando a Marilyn Monroe; la otra, vestida de pepas y perlas en el cuello, con su “parejo”, quien también iba disfrazado de clásico rolo, con boina y tirantes rojos. El resto de asistentes trajeron ropa normal, lo que cualquiera se pondría para una fiesta casual en la Calle 85. Más de cincuenta personas, unos cuantos jugando billar, se hicieron en grupos, sentados, con caras largas, escuchando algo que a primera vista no se podía bailar, todos vestidos con ropas modernas, vestidos cortos y camisas coloridas que traían de vuelta a los años 2000. El Rock n’ Roll cincuentero se fue transformando en música disco, y luego en sintetizadores ochenteros. Nada daba resultado, solo se veía a las personas con las copas en la mano.

Se pretendía que los asistentes llegaran vestidos para la ocasión, como decía la invitación. Se suponía que bailaran al ritmo de esas viejas canciones, porque la fiesta quería emular la vieja rumba capitalina. Camilo Barral, el organizador, que durante todo el evento caminó para asegurarse de que todo estuviera bien, había comentado esa misma tarde que quería rescatar a ese cachaco que ya no existe, con elementos típicos de la vieja capital que ya no se ven. Es por eso que por ahí, perdido entre el público, había un gran cartón emulando un clásico tranvía, también un mural con fotos de grandes cachacos ilustres y una pantalla donde se proyectaban viejas fotos de Bogotá.Donde se podía ver la Plaza de Bolívar con fuentes de agua y carros recorriéndola, rolos caminando por la carrera séptima y Gaitán, el hombre que llegó al corazón de muchos y que otros odiaron, el que causante de que el 9 de abril sea un día presente en la memoria de muchos, pero que en esta fiesta, fue olvidado.

El merengue, tal y como se tenía previsto que apareciera después de la música ochentera, nunca se asomó a la reunión, en cambio sonó salsa que hizo que los invitados armaran parejas de inmediato con quien tenían al lado, para azotar baldosa. La pareja que venía disfrazada nunca paró de bailar, Natalia y Yiceth se desaparecieron entre el público. De la barra salía cerveza en totumas. La proyección de imágenes se detuvo. Empezó a sonar reggaetón. La fiesta clásica cachaca se perdió entre los nuevos sonidos de este milenio, los invitados se emocionaron y se olvidaron de la temática, esta no fue la ocasión de traer de vuelta a los cachacos de antaño.