Sumapaz vs. Bogotá: La constante lucha entre la zona rural y la urbana

Miércoles, 06 Diciembre 2017 15:25

¿Localidad de Bogotá? ¿Pueblo del Meta? ¿Territorio independiente? La respuesta sobre qué es y a dónde pertenece cambia radicalmente dependiendo de a quién se le pregunte.

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Estamos parados en el centro de la ciudad a las 7:30 de la mañana esperando la llegada de nuestro transporte. Somos 13 personas, cada una con un enfoque distinto y una distinta motivación para dirigirse a nuestro destino. Sin embargo, la intención por querer conocer más sobre lo que se considera la Bogotá rural nos une. Llega el bus con una hora de retraso y comenzamos el viaje hacia al sur, para llegar a San Juan, uno de los tres corregimientos principales del sector de Sumapaz.

¿Qué tan grande es Bogotá? Un largo trayecto

A medida que avanzamos en el bus, no puedo negar sentir curiosidad al darme cuenta que no conozco tanto como pensé la ciudad donde nací. Me dicen que vamos hacia el sur sobre la avenida Caracas. Me siento un poco engañado puesto que tomo esa ruta casi todos los días y, en esta ocasión, cada vez que giro la mirada el panorama sigue siendo totalmente desconocido. Nos encontramos por la quinta localidad de la capital colombiana, Usme. Llegar hasta este punto nos costó aproximadamente una hora y media y aún no estamos siquiera a mitad de camino.

La altura de los edificios comienza a reducirse y el color verde se repite y se repite con mayor frecuencia a nuestro alrededor. Varios de mis compañeros lucen igual de sorprendidos a mí y ello me brinda un poco de confort. Nos encontramos con Laura Cortés, quien será la guía del trayecto.

Los edificios de menor tamaño se transformaron en casas de un solo piso. Cada vez hay menos automóviles por la zona, los animales se multiplican iniciando con vacas, gallinas y caballos llevados con correa como un perro doméstico. Las vías de cemento pasaron a ser un recuerdo ya hace un buen rato y sucede la primera aparición del frailejón, la planta principal de la zona gracias a la humedad que le rodea por el Páramo de Sumapaz. Celulares y radios dejaron de ser útiles hace un par de minutos y, al mirar por la ventana, hay una nublada frialdad en el ambiente que se hace más espesa mientras más nos adentramos en la Bogotá rural. Nos toma más de dos horas después de nuestro desayuno llegar al Páramo.

Tenemos la segunda parada en la zona turística de lo que aún, para mi sorpresa, es Bogotá. Hay varias personas tomándose fotos y observando el paisaje. Ya es más del medio día y aún hay camino por delante. Nos recomiendan comprar algo de comer en una tienda cercana, la única hasta llegar a San Juan y eso es lo que hacemos. Dos horas más son necesarias para poder por fin llegar a nuestro destino a descargar nuestro equipaje. Me saca una sonrisa pensar que si hubiéramos tomado una ruta diferente, habríamos llegado más rápido a Melgar, sin tanto frío y quizás en menos tiempo. Lo dejo pasar para comenzar a prepararnos para la experiencia real.

San Juan, Betania y Nazareth: ¿Cómo funcionan?

El exterior de las casas de San Juan de Sumapaz se caracteriza por estar lleno de murales con mensajes políticos de la UP, la revolución campesina y se inculca la lucha con mucha fuerza.

Han sido víctimas de la violencia en varias de sus presentaciones y, aunque la aborrecen, el alma guerrera está presente. Surge una invitación a almorzar dentro de una casa de las familias. Logran acomodarnos a las 13 personas en una pequeña mesa cuadrada rodeada por una carnicería improvisada. Partes de animales cuelgan y emanan el característico aroma de la muerte con mucha fuerza. Allí Laura comienza la narración contextual.

Hay tres corregimientos que dividen a la localidad 20 de Bogotá: San Juan que contiene 14 veredas, Nazareth con ocho y Betania con seis. La suma de sus habitantes llega casi a los seis mil y toda su población, contando a los niños y a los adultos mayores, ejecutan labores del campo divididas en la agricultura y el manejo del ganado. Una de sus mayores potencias es la producción y distribución de lácteos y la mayoría de personas tienen ascendencia de los departamentos circundantes a la capital, quienes se trasladaron más cerca a Bogotá con la intención de huir de la época de la Violencia. Las relaciones entre los corregimientos son diversas y la aparición policial es nula. Finaliza la comida y nos trasladamos a una reunión.

Misael Baquero y Filiberto Vaquero son dos de los principales representantes de la junta directiva de SINTRAPAZ, un sindicato encargado de básicamente todas las decisiones que se toman entre los corregimientos. Fue necesario crearlo debido a lo que Vaquero denomina como un abandono estatal casi que completo. Cada vez que surgía un problema los resultados eran precarios y tomaban un tiempo muy largo para encontrar su resolución final.

Baquero narra con un poco de orgullo que el sindicato ha llegado a incluso establecer un sistema de justicia independiente dentro de Sumapaz. Por ejemplo, si una persona le roba la gallina a otro vecino y este hace una denuncia, se realiza una reunión donde ambas partes son llamadas a declarar frente a la junta directiva. Se cuentan ambas versiones de la historia, se toma un veredicto y en caso de determinar que el acusado es culpable, se le ordena ejecutar una acción reivindicatoria hacia el afectado. Estas acciones pueden partir desde componer una canción, hasta tener que entregar a uno de sus empleados. Todo varía dependiendo de la gravedad del asunto.

Me sorprende escuchar que el conducto regular que acaban de describir con tanto orgullo, excluye cualquier tipo de norma o proceso judicial habitual dentro de la ciudad. No hay juzgados, no hay privación de la libertad, no hay arresto policial. Solo unas personas poniéndose

de acuerdo y cumpliendo sus compromisos. Baquero relata que en los 20 años que lleva viviendo dentro de San Juan, la tasa de criminalidad es extremadamente baja y de repetición es casi nula.

Dentro de las acciones que se consideran juzgables, entran la infidelidad y el crear chismes sobres los vecinos. Para Julián Ramírez, sociólogo de la Universidad Nacional organizador de la salida, esto es bastante impactante debido a que demuestra que aún tienen muchos arraigos culturales que pertenecen a la vida privada y no deberían afectar la vida pública en los corregimientos. “No importa que sea pedagógicamente, pero cómo es posible que juzguen cosas como el chisme”, dice con indignación.

La cultura es otro elemento fundamental dentro de los corregimientos del Sumapaz. Saben que el arte es una herramienta transformadora y por esa razón está tan implementada dentro de su territorio, siendo el mural la disciplina que más se repite. Vaquero comenta que por consecuencia de la violencia y la alta estigmatización que se tiene de que todos los habitantes de la zona son guerrilleros, debieron encontrar otras alternativas de protesta para así lograr mostrar su inconformidad ante el ejército sin recurrir a la violencia. Por ello los jóvenes se pusieron en contacto con colectivos grafiteros que los ayudaron a embellecer los corregimientos. Los mensajes de Unidad y Organización sobre la pared de la vía que conecta San Juan, Betania y Nazareth es la que muestran con mayor felicidad.

En términos económicos la situación es diferente debido a que sí dependen de Bogotá para lograr vender la mayoría de los productos desarrollados en el campo. Más del 50 % de los lácteos, carnes y demás salen para la ciudad mientras que el poco restante se queda en los corregimientos o se distribuye para las zonas aledañas. Sin embargo, saben que la ciudad es la que les da su mayor sustento. Esto dicho por Don Alberto, otro campesino encargado de la tienda de San Juan, quien fue el anfitrión de nuestra comida hace un par de minutos. Todo el proceso anterior se les hace molesto, pero saben que es necesario. La reunión se termina y concretamos continuar al día siguiente.

Nuestro lugar para pasar la noche es una especie de auditorio con una mural de gran tamaño en la tarima principal. Sobre él, se posan los mayores representantes de la lucha obrera que ha sufrido el territorio. A su alrededor hay pancartas del sindicato y lemas de motivación y fuerza. En el suelo posicionamos nuestras carpas y nos preparamos para una noche de sueño. Sin embargo, no puedo negar que el frío es más fuerte de lo esperado. Dormir será complicado.

El abandono del Estado

Ya es la mañana del segundo día. Lo primero que se resalta es una espesa niebla que no permite ver nada después de un par de metros de nosotros. Nos dirigimos hacia otra casa y recibimos el desayuno. Hasta para recibir a los huéspedes tienen una organización interesante puesto que a cada hogar se le otorga una labor por días.

Lo primero que vemos es una construcción sin terminar después de un trayecto en bus de casi 40 minutos, fue una iniciativa de la alcaldía de Bogotá durante el mandato de Gustavo Petro, en el que les iban a entregar varios puntos de agricultura nuevos para la producción de semillas y el cuidado de más animales. Sin embargo, cuenta Laura, desde la llegada de Enrique Peñalosa ese proyecto fue totalmente descuidado y llevan más de ocho meses esperando una respuesta sobre su desarrollo.

Luego llegamos a uno de los pocos colegios de la zona bautizado como Ché Guevara, cuya infraestructura no es mala, pero a comparación de otros colegios dentro de la Bogotá que no es rural, se resalta la ausencia de ciertos recursos básicos para cubrir los más de 50 niños que asisten a él. Los menores han hecho lo posible por decorar sus paredes y hacerlas más agradables a la vista, pero usando su clase de Sumapalogía, creada para generar una identidad desde corta

edad y apropiarse de la historia de su territorio. Sin embargo, no es difícil sorprenderse con el nombre del colegio, que deja bastante claro cuáles tendencias políticas reinan en los corregimientos del Sumapaz y además, ver cómo les parece más importante saber de los acontecimientos locales antes que de los distritales, y de su propia historia antes que la de la nación.

Juan de la Cruz Varela es el mayor representante de la historia de Sumapaz. Fue el primero en tomar la determinación de conformar una guerrilla y luchar contra los asentados terratenientes, que llegaron después de que ellos ya habían tomado las tierras. Esto sucedió en la segunda parte del siglo XX y es la razón esencial por la que apropian la lucha campesina, por la influencia que este personaje les dejó hace ya tantos años.

Alberto Puerto, otro de los líderes de SINTRAPAZ y profesor encargado de la clase de Sumapalogía, reconoce que esa voluntad les ha hecho organizarse social y políticamente. No dependen de nadie para seguir adelante y sus vidas seguirán con o sin la administración bogotana. Se consideran autosuficientes, la policía no tiene ningún tipo de participación dentro de su territorio y el ejército es percibido negativamente por perpetuar muchas acciones violentas dentro de la zona en la época del auge paramilitar.

Puerto afirma que pertenecer a Bogotá, en lo que al papel se refiere, es algo que les trae más problemas que elementos positivos a Sumapaz. La Alcaldía Distrital de la localidad está ubicada en la zona de Puente Aranda en el centro de la ciudad, haciendo bastante complicado el desplazamiento hasta ese punto cuando es necesario. También se ejecutan elecciones y se seleccionan representantes, con los que los habitantes de los corregimientos no sienten ningún tipo de empatía.

Los edificios que se perciben deteriorados se deben a que la tarea de completar las estructuras es una labor que estaban llevando de la mano de la administración. Sin embargo aún están inconclusos y no se ha vuelto a saber ningún tipo de ruta a seguir. Llevan más de ocho meses sin obtener respuesta.

Otro problema es la intención de la administración local por promover el turismo dentro del páramo, mientras que los campesinos están en contra de ello debido a que las visitas de viajeros siempre terminan causando consecuencias negativas en su ecosistema.

Personas como Francy Liliana Murcia, actual alcaldesa de la localidad, afirman que este daño es hecho no solo por los visitantes, sino también por los campesinos mismos y debe buscarse una nueva estrategia de cuidado ambiental la cual, hasta el día de hoy, no ha sido establecida y eso trae nuevos conflictos entre el Estado y los sumapaceños.

Incluso su localidad es inexistente en varios mapas estatales virtuales. Uno es el SINUPOT, hecho por la Secretaría de Planeación. Otro es el de la página Bogotá Cómo Vamos, un proyecto hecho por El Tiempo, La Universidad Javeriana y la Cámara de Comercio. Esta iniciativa se encarga de analizar la calidad de vida a nivel local pero, al parecer, Sumapaz no hace parte de él. Se sienten a veces más como una comunidad independiente o, incluso, una parte de cualquier otro departamento que les rodea antes que ser bogotanos.

Solo han sido programadas actividades de parte de la Alcadía de la localidad en octubre y noviembre. Además se enfocan hacia la cultura que los mismos habitantes consideran como buenas, pero no necesarias, siendo a su vez mínimas. Solo puede encontrarse la información presupuestal de la zona a partir del año 2015 y se caracterizan por ser en su mayoría informes de rendición de cuentas ante la Fiscalía o ante la ciudadanía pero también presentan falencias fuertes.

El informe presentado en 2016 contiene 17 preguntas basadas en las mejoras que deben hacerse en cada de una de las localidades de Bogotá. Varias de ellas se enfocan a la consulta de los resultados respecto a la última ley de recuperación del espacio público. Cada una de las localidades tiene información de al menos uno de los ejes solicitados respecto a las intervenciones que se han hecho menos el Sumapaz y Tunjuelito. Ello puede evidenciarse dentro de este cuadro:

Registros como estos demuestran que hasta cierto punto los sumapaceños tienen razones más que suficientes para sentirse abandonados por la administración bogotana. La lejana ubicación de su alcaldía, el abandono de proyectos económicos, la falta de registros y la ausencia de infraestructura lo rectifican.

En ese momento terminamos la charla y nos damos cuenta de que ya está oscureciendo. Luego del trayecto a los edificios, las pausas de comida y la llegada a la reunión con Puerto, el día pasó velozmente. Una vez más preparamos las carpas y vamos a dormir porque ya dejaremos la zona en la mañana del segundo día. Cada uno de los asistentes salimos bastante sorprendidos por las dinámicas de la zona y surgen varias preguntas. ¿Por qué el Distrito ha dejado tanto de lado Sumapaz? ¿La eficiencia de su sistema judicial no nos pone a pensar sobre las falencias del nuestro en la ciudad? ¿Las tendencias políticas han promovido la violencia y el abandono de parte del distrito? Lamentablemente no tendrán respuesta.

En la mañana del domingo inicia el trayecto de vuelta a la Bogotá urbana, la que la administración si considera importante, en la que sí viven los presidentes y los alcaldes, en la que sí pueden verse edificios de más de diez pisos y el color verde es muchísimo más reducido. Aproximadamente cinco horas de viaje nos esperan solo hasta el centro de Bogotá, cinco horas que separan a los campesinos en ruana de los empresarios en traje, de los jóvenes que asisten a la universidad de los que se levantan temprano a trabajar al campo. Cinco horas lejos del frailejón, de la niebla espesa y el impactante frío. El trayecto es largo. Y no me refiero solo a las horas dentro del bus, sino también al tiempo necesario para sanar las heridas entre la capital colombiana y su huérfana veinteava localidad.