La vida se vuelve canción

Miércoles, 19 Junio 2019 14:58

En medio del ruido de la ciudad, se alza la voz de Daira Quiñones, cantaora afrocolombiana que migró desde la Costa Pacífica a Bogotá para huir del conflicto armado. A través del canto, la medicina y la partería ha logrado transmitir sus memorias y superar el sufrimiento que la violencia le ha generado.

Miembros de la Amdae - Quilombo Razana||| Miembros de la Amdae - Quilombo Razana||| Fundación Amdae|||
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“Caminando y observando. Lo que pasa, lo que pasa, con la gente. Quisiera yo preguntar porque nos matan y nos mienten. La tierra es madre de todos. Es la vida de mujeres y de hombres. Y sin hacer conjeturas, ella nos cobija a todos. Pasan y pasan gobiernos pero todo sigue igual. Yo pregunto a todo el mundo sí es importante despertar. Caminando y observando. Observando y  caminando. Un pueblo sin educarse jamás tiene un buen futuro”

Al principio no habíamos coordinado correctamente, por lo que la estrofa sonó rara, distorsionada. Sin embargo, continuamos, y a los siete que comenzaron solos se les unió otras cinco voces más. Éramos un grupo de 12 personas coreando la voz de la Abuela Daira. Poco a poco fuimos armonizando nuestro canto con la tambora que Johnny, el hijo de Daira, tocaba.

Con aquella música, se rompió el silencio que reinaba en la calle 37, en medio del barrio La Soledad, cerca al centro de Bogotá. Lugar donde se ubica la sede actual de Amdae - Kilombo Razana, un espacio conformado por mujeres originarias del Pacífico que, junto a Daira, trabajan para prolongar la vida de sus comunidades, conservando consigo el conocimiento ancestral de sus territorios.

Amdae significa para estas mujeres el camino que han construido para continuar con la difusión de los saberes aprendidos de sus madres y abuelas. A través de una escuela, donde se mantienen vivas prácticas como la partería, la curandería, los sobos, la música y la gastronomía, les ha sido posible conectarse con el pasado y su lugar de origen.

La sede del kilombo es una casa grande de dos pisos, con espacio para un taller de costura, un consultorio y un restaurante que Daira coordina junto a María Palacios, su mano derecha en toda la logística de la casa. Allí nos encontrábamos, reunidos esa noche para apoyarla en su esfuerzo por mantener abierta la escuela de saberes. Éramos un grupo variado: músicos, estudiantes universitarios, miembros de ONGs y “paisanos” provenientes del Pacífico. Todos habíamos llegado a ese lugar porque conocíamos —en mayor o menor medida— la lucha de la abuela.

Pero a decir verdad, estábamos un poco adormilados. Ya eran las 9 de la noche y habíamos comido un plato de paella a la tumaqueña con su respectiva guarnición de frutos del mar —palmitos de cangrejos, almejas y camarones—. Aunque la limonada que acompañó el platillo tenía viche —bebida destilada de varias hierbas aromáticas y licor—, no se había logrado integrar el grupo. Fue hasta que la abuela se levantó a bailar y cantar que la reunión cobró sentido. Habíamos acudido a su llamado para celebrar, junto a ella, la vida.

“Esta canción me la enseñó un amigo muy querido, José Arístides se llamaba. A él lo mataron y quise compartirla con ustedes esta noche con el permiso de él. Sé que él está por acá. Yo lo siento”. Lo dijo sin tristeza y con un tono tranquilo. Tampoco había temor en lo que decía, quizás porque ya se había acostumbrado a hablar sobre los muertos e invocarlos con sus cánticos. Al fin y al cabo, del mismo modo que la música animaba a los vivos, ¿por qué no iba a poder revivir a un muerto, al menos por un momento? Era difícil dudar de ella, la voz de la abuela era pausada y transmitía serenidad. Además, hablaba con la elocuencia que sólo la edad brinda y ante la cual solo podíamos mirarla en silencio.

Daira Quiñonez, liderasa social y sabedora ancestral
Imagen de Archivo. Fundación Amdae

Después de contarnos esta historia, el tambor volvió a sonar dándole el ritmo al canto de Daira.  

“La vida es como un poema y que viva, que viva la vida. No más violencia yo se los pido, por favor. ¡Que viva la vida!. Porque la vida, la vida se vuelve canción. ¡Que viva la vida!. Yo voy cantando y voy caminando. Cantando voy.”

La lucha por la tierra fue la razón que la motivó a convertirse en lideresa y activista social en su natal Tumaco. Defendía la asignación de títulos de propiedad colectiva para su comunidad, denominada La Nupa. Pero por causa de sus demandas, sufrió amenazas por parte de varios actores armados, lo que la obligó a salir de este territorio, hace 18 años.

Llegó a Bogotá con dos maletas, una para su ropa y otra con todo lo necesario para ejercer su labor como partera —plantas, ungüentos, aceites, termómetro, tensiómetro y un equipo de sutura—.  Pero antes de llegar a la capital vivió en diferentes países. Estuvo en Brasil, Uruguay y EE.UU. En todos ellos permaneció lo suficiente como para lograr que alguien se encariñara con ella. Así, creó una red de conocidos que le ayudaban y la recibian cada vez que debía huir del país. A pesar de las amenazas y de las recomendaciones de sus amigos, hace seis años tuvo la determinación de volver a Colombia para no irse de nuevo.

Ha sobrevivido a varios atentados y hoy es reconocida como Abuela, un título de autoridad que se ha ganado entre la comunidad afrocolombiana por los años de experiencia defendiendo los derechos sobre sus territorios y sus tradiciones. Y, especialmente, por salvaguardar el esfuerzo de líderes que, al igual que ella, dedicaron su vida a denunciar lo que sucede en Tumaco —las luchas y reclamos de títulos de propiedad de tierra, las expropiaciones de terrenos a favor de grandes empresas, el impacto de los cultivos ilícitos, las disputas entre grupos guerrilleros y paramilitares, el desplazamiento de poblaciones enteras—. Todo ello lo ha recopilado a través de sus “memorias hechas canción”, denominación que le ha dado a sus creaciones musicales.

Desde Bogotá ha continuado su apuesta y se niega a dejarla, aunque en sus ojos se note ya el cansancio.  “Resistir es lo que trato de hacer todos los días de mi vida. Pero, ahora mi hija ya no quiere que haga estas cosas. Ella dice: ‘Mamá son tantos años de lucha y mira todo lo que está pasando. Tanto líder que están asesinando’. Y ella tiene razón. Ella también tiene temores, pero yo también tendré que decirle, cuando nos encontremos, que parte de la lucha es por ella, por nosotros. Que uno no puede claudicar, la lucha tiene que continuar sea lo que nos cueste y tengamos que pagar. ¿Cómo le respondo a José Arístides? ¿y cómo le respondo a Yolanda Cerón, a Rafael Valencia Camacho? ¿Cómo le respondo a tanta gente que cada día cae? Si yo estoy aquí con ustedes es por algo. Hay que continuar”.

Estábamos en silencio y tan solo se escuchaba un perro ladrando por el frío de la noche. Con esta declaración, la abuela Daira nos daba a entender la razón de la existencia de Razana, que rinde homenaje a los quilombos, lugares donde se reunían los esclavos que huían de sus amos y que hoy son símbolos de libertad y resistencia para la población afro.

Allí, a través de la comida, el baile y la música, las identidades de las comunidades tienen la posibilidad de recrearse con plenitud. Para la Daira se ha convertido en un refugio que permite darle sentido a su vida. En particular, por el riesgo que era continuar con una labor de la cual, tal vez,  no podría pensionarse.

La reunión se había extendido hasta las once de la noche. Aún continuábamos atentos a las historias de supervivencia de Daira Quiñones. Historias que comenzaron con un puente sobre el mar, allá en Tumaco, su pueblo natal. Pero que coincidencialmente resultó ser la última canción de la velada, el último recuerdo de esta noche.

"Que se está acabando la riqueza del mar. La vida se está muriendo, vamos a ver los manglares. Donde nacen camarones, ahí van chulos en cantidades. Que se está acabando la riqueza del mar. Las conchas, los pata’e burro, las almejas y los piaguiles. Salgan a ver el cangrejo, vengan todos a cantar. Se acaba, se acaba, se va acabando la riqueza del mar."

Ya la voz de la abuela no salía con fluidez. Se había ido tornando ronca a medida que avanzaba la reunión. Al fin al cabo, era la única oradora y nosotros sus oyentes, testigos mudos de la forma como recordaba su vida. “Esta canción la escribí recordando las veces que pasaba por el puente El Pindo. Todas los días lo atravesaba y me paraba en la mitad para ver el mar”. En sus ojos, muy en lo profundo, veíamos el deseo de Daira de regresar a ver el mar desde ese puente.

Antes de irnos, Daira nos llevó a una pequeña huerta al frente de la casa. En macetas hechas con llantas recicladas conservaba algunas de las plantas medicinales que usa a diario para cocinar o en su la labor como partera. Allí, la abuela señaló una planta parecida a una cebolla cabezona, redonda en la base y alargada en el tallo. “Esta es una estrella de Belén”, explicó, alzandola para luego dársela a una de las invitadas.

“Es una planta muy especial. Sirve para la protección. Déjala unos días en agua, luego la siembras y la pones al lado de la puerta”. Con la promesa de no permitir que la planta se marchitará, nos despedimos y llevamos las plantas que eran, de alguna manera, una pequña muestra un legado que deseaba compartir: la protección de la vida.


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