Pasaje Hernández: un lugar perdido en el tiempo

Jueves, 14 Octubre 2010 19:42

El pasaje Hernández muestra el contraste entre la Bogotá que no conocimos y la Bogotá de la que ahora somos parte. Construido en el siglo XIX, este lugar alberga algunos locales dedicados al comercio de antiguas mercancías.

El éxito del Pasaje Hernández fue un ejemplo a seguir por sus vecinos, quienes perforaron la manzana y dieron origen a una serie de pasajes comerciales que caracterizaron la zona.||| El éxito del Pasaje Hernández fue un ejemplo a seguir por sus vecinos, quienes perforaron la manzana y dieron origen a una serie de pasajes comerciales que caracterizaron la zona.||| Foto: Tatiana Arango/Plaza Capital|||
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El pasaje comercial Hernández es un lugar mágico. Declarado patrimonio nacional en 1993, el inmueble de dos pisos, con 17 locales comerciales en cada uno de ellos, ha mantenido por más de 100 años un estilo republicano. Sus muros de color aguamarina y crema contrastan con la opacidad de los edificios aledaños. La curvatura de los pasamanos de las escaleras le da un toque de finura al edificio, que pareciera que estuviese por caerse. Sus puertas de madera rechinan por la edad.

Al pasaje comercial podría considerársele como el antiguo centro comercial. En estos pasajes, la sociedad capitalina de los siglos XIX y XX encontraba los más importantes almacenes de la época, las oficinas de médicos, ingenieros y abogados reconocidos y los más sofisticados productos de moda.

Hoy, cuando se camina sobre la calle interior del pasaje, los aromas de pandebono recién horneado, tamal tolimense, tinto y perico, caldo de costilla y "corrientazos" noquean al peatón, la venta de minutos a 200 pesos, las fotocopias a 100 y la llamada internacional a USA, España y Canadá nos alejan de aquella atmósfera de pasado que el estilo del inmueble nos da en un principio.

Algunos almacenes devuelven al peatón a aquella época en la que las mujeres usaban enaguas y brasieres de satín y algodón, en la que los hombres llevaban pañuelos de algodón en los bolsillos traseros y se afeitaban con brocha, en la que existían las camisetas Majestic y Baccarat y los paraguas Yves Saint Laurent. Algunos de estos productos son aun vendidos por los comerciantes de los almacenes Ruiza, Joviro y Cahueñas, que se encuentran en el pasaje.

José Vicente Rodríguez, de 72 años, es el más antiguo comerciante del pasaje. Desde los 17 años tiene en alquiler el local 12-45, donde se ubica el almacén Joviro. Don Vicente llega de lunes a sábado a las 10 de la mañana, abre con una llave color bronce el candado de la puerta aguamarina del local y entra para iniciar su jornada de venta. En el lugar, el anciano ofrece artículos para caballero como mancornas, pañuelos, camisas, zapatos, entre otros. Paga 700 mil pesos mensuales por el alquiler del local, cuando inició pagaba 100 pesos. Sin embargo, las ventas han disminuido en relación con las que hacía en su juventud y el negocio sólo le deja pérdidas.

Don Vicente logra sustentar sus gastos gracias a una casa de su propiedad que alquila en el barrio Las Nieves. A pesar de las pérdidas económicas que asegura tener, el anciano comerciante cuenta que continúa en el pasaje porque, después de tantos años de haber estado ahí, está acostumbrado a seguir vendiendo su mercancía.

Acostumbrados también están los clientes a encontrar sus productos antiguos en almacenes como Joviro. Aunque hay clientes de todo tipo por la aparición de restaurantes, cafés internet y locales de fotocopias, a los almacenes antiguos se presentan clientes específicos. José Jiménez es abogado, tiene 68 años y hace 10 es jubilado de la alcaldía. Aun ejerce independientemente en una oficina del centro de la ciudad, y aunque no lo hiciera, el señor Jiménez afirma que viajaría hasta el sector todos los días para ver a la gente que conoce.

Desde hace treinta años, José Jiménez compra en el Pasaje Hernández. Según cuenta, al lugar llegaba desde ese entonces, la mercancía de moda y de mayor calidad del mercado. Jiménez aún puede encontrar allí sus adorados pañuelos Sebring. También se pueden encontrar otra clase de artículos de caballero que, por su antigüedad, exclusividad y tradición, no se encuentran en los nuevos centros comerciales.

A Joviro llega un cliente de unos 70 años de edad y 1.70 de alto. Viste un traje de paño gris, que combina con su cabello canoso. Pregunta por un paraguas que había comprado en ese mismo lugar hace 20 años. Era un paraguas Yves Saint Laurent. Venía con un certificado de autenticidad y una garantía de 20 años. El hombre necesita uno nuevo, pero lo quiere de la misma marca. Lamentablemente para José Vicente Rodríguez y para su antiguo cliente, los paraguas Yves Saint Laurent murieron. También murió Yves Saint Laurent. Hoy, llegan paraguas de nuevas marcas y materiales, pero ninguno con garantía de 20 años.

Lo mismo sucede con las pantuflas Trimar. Producto peculiar: fabricadas en cuero café, las pantuflas se encontraban forradas por un estuche formado con las suelas, que se unían gracias a una cremallera que las rodeaba. Según Don Vicente, nunca se dañaban. Pero la fábrica se acabó. La diabetes mató hace dos años a Héctor Martínez, dueño de Trimar. Ahora, al señor Rodríguez sólo le quedan pares talla 32 y 36, muy pequeñas para los pies de los caballeros.

En el pasaje, los almacenes antiguos no sólo venden artículos para caballero. Don Guillermo Ruiz es propietario del almacén Ruiz. Hace más de 20 años se encuentra en el pasaje. Tiene una vendedora, Teresa, quien le ayuda en el local. El señor Ruiz se ocupa de la caja. El almacén tiene bastante movimiento. Aunque es muy parecido al almacén Joviro, este lugar se dedica además a la venta de ropa de mujer y niño. Desde pequeños trajes de marinero, hasta enaguas satinadas, la vendedora ofrece a la clientela mercancía que ya no venden en un centro comercial, mercancía que ancianos suelen usar y que suelen hacerles usar a sus hijos y nietos.

Muchos de ellos cuentan historias de su primera visita al lugar. Recuerdan los trajes que sus mamás o abuelas les compraban ahí y visitan todavía el lugar para buscar esas mercancías tradicionales, que hacen parte de su memoria.