99 años en el purgatorio

Sábado, 23 Abril 2016 05:11

Esta es la historia de una construcción de La Candelaria que lo ha vivido todo.

Calle del Sol, vista general del conjunto, en el fondo el edificio BD Bacatá|||| Calle del Sol, vista general del conjunto, en el fondo el edificio BD Bacatá|||| Foto: Camila Granados||||
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Una calle guarda historias. Una calle de La Candelaria guarda muchas historias. El conjunto residencial Calle del Sol, a sus 99 años, guarda más secretos que historias. 71 apartamentos, un salón comunal, una lavandería compartida y un parqueadero, suena como la descripción de cualquier conjunto actual. Pero este no es un conjunto cualquiera, es un conjunto de escombros, de piedra, de imágenes, de sombras. Esta es la historia del lugar que la historia se ha empeñado una y otra vez en borrar.

Imponente. Así es a simple vista el ¿convento?, ¿iglesia?, ¿colegio? Parece una combinación de las tres. Su diseño neo-gótico que se asemeja más a una construcción europea que a una fachada de La Candelaria atrae, captura. Pasar por la esquina de la Calle del Sol es como entrar a un universo paralelo: esto ya no es Bogotá en 2016, es Londres en la época isabelina.

Pero no, tampoco lo es. No lo es porque si estuviera en la época isabelina, este lugar sería una iglesia, un convento o un colegio, no sería un conjunto de apartamentos. ¡Un conjunto de apartamentos!, la modernidad acecha. El parqueadero se abre, un Mazda gris sale de allí. La Candelaria tiene esa característica, está llena de esas contradicciones: un Irish Pub ubicado en la típica casa republicana, un BMW transitando entre calles empedradas, un conjunto de apartamentos en una fachada neo-gótica…

Así que al leer la placa que indica que esto es un conjunto residencial, vuelvo a Bogotá en 2016. O no, siento que quedo en el limbo de alguna manera, como en un punto medio entre pasado y presente. El legado olvidado del pasado, la amenaza de un presente inminente. Nunca escapamos de ellos, la Calle del Sol tampoco.

El conjunto residencial se encuentra ubicado entre calles 11 y 12, entre la tercera y la cuarta, en el centro de Bogotá. ¿Cómo reconocerla?, porque rompe con toda la arquitectura del barrio. Con sus columnas de franjas verdes y beige, interrumpidas por el tono marrón del ladrillo, con su primer piso empedrado, en una calle empinada, dibujándose con sus líneas rectas en diagonal de forma casi imposible.

Tiene algo que recuerda un poco a la Catedral de Notre Dame en París, pero también un poquito de la Sagrada Familia de Barcelona. Cada ventana está decorada con vitrales verdes y azules, con su roseta en la parte superior. Ocupa toda la calle, y sólo tiene tres pisos, cuatro si se cuenta el sótano. Los pisos parecieran valer por dos. Son grandes, demasiado grandes para que un apartamento sea así de alto.

Y aun así la gente sigue derecho. Caminan, la observan y continúan su paso. Como si vieran algo así todos los días, como si no se sintieran transportados a otro lugar, a otra época. Tan visible y tan invisible al mismo tiempo. Quizás por eso es un conjunto privado.

Al frente, en el techo de una de las casas vecinas, está sentada una de las estatuas verdes de Olave, su mirada fija en el conjunto, observándolo como un vigilante silencioso. De alguna forma, encaja perfectamente en el lugar.

De lejos, los sótanos parecen esconder una historia por sí mismos. Una historia oculta, cerrada e impenetrable. Esa es la impresión que da al verlos. Hay dos restaurantes allí: Civitas y La Bruja, ambos con sus puertas en forma de arcos puntudos y sus entradas pequeñitas, que se hacen más y más diminutas a medida que avanza la calle 12. Los sótanos se esconden, los restaurantes se ocultan. Entrar a estos lugares es como sumergirse entre ladrillos y piedras, sobre escombros y ruinas. Fascinante. Las velas y el iluminado sutil del lugar dan una sensación de encierro. Esta es la caverna de Platón, pero mejor: las personas ya conocen el mundo real, ahora quieren volver al mundo de las imágenes, a comer. Imágenes. Hay muchas. Pero eso vendrá después.

Algo queda claro, al caminar por allí, entre ese purgatorio de vitrales, sótanos y restaurantes, hay historia. ¿Cuál historia?, alguna tendrá que haber. Una construcción neo-gótica con sus notas verdes y beige no aparece en La Candelaria por arte de magia. O quién sabe, este lugar guarda cierto misticismo. Tal vez por eso uno de los dos restaurantes que se encuentran allí se llama La Bruja.

“No hay mucho”, me dice Alfredo Barón, historiador del Instituto de Patrimonio Cultural. “No se han dedicado mucho a escribir al respecto, lo cual es curioso, porque es un lugar muy bonito.” Probablemente muchos piensan lo mismo.

***

La Calle del Sol vive y muere. Una y otra y otra vez. Su historia se repite, su historia se desvanece, su historia reaparece. Efectivamente, no se han dedicado a escribir mucho al respecto, pero hay lo suficiente para conocer un pedacito del enigma. Su construcción inicia en 1917, destinada a ser un monasterio, el Seminario Menor de Bogotá. El diseño del lugar se atribuye al italiano Giovanni Buscaglione, según figura en los planos originales de construcción.

En esa época no es un lugar de franjas coloridas ni de vitrales exuberantes. Es un lugar de piedra, que evoca aún más a ese periodo renacentista europeo. Por esos tiempos, la Calle del Sol vive.

Hasta que el 9 de abril deja a Bogotá en ruinas, y al monasterio también. Abandonado, desolado en un lugar que pasa de resplandecer a dejar cenizas. El centro de la ciudad está destrozado, la fachada se mantiene en pie como un monumento a un tiempo que ya se había ido, como una remembranza nostálgica a aquella época antes de que el infierno cayera sobre la ciudad.

Así se mantiene, sepultado entre los escombros de los demás edificios que se llevó el Bogotazo, hasta que en 1953, el gobierno del general Rojas Pinilla lo restaura y lo convierte en la nueva sede del Servicio de Inteligencia Secreto de Colombia.

Durante los 50s, el mundo se debate entre dos mandos: la amenaza del comunismo acecha silenciosamente, poniendo en peligro la estabilidad impuesta del capitalismo, en un periodo donde la paranoia es el común denominador y los libros de James Bond empiezan a convertirse en best-sellers. Todo aquel que se considera de la izquierda es un espía, un traidor, alguien que debe ser alejado de la sociedad, como el portador de una epidemia que busca contagiar al resto del mundo.

La Calle del Sol ya había sido un convento, ya había sido escombros, ahora se prepara para su próximo rol: la Calle del Sol será ahora la guerra fría.

“Sólo sé que fue la primera sede del DAS, y en los sótanos encerraban a las personas para torturarlas”, dice Alfredo como si fuera algo normal, natural, que sucediera todos los días. Sólo eso. Minúsculo detalle. El misterio de La Calle del Sol se empieza a revelar, la historia se escribe por sí sola.

Si el Partido Comunista Colombiano (PCC) es Stalin, Rojas Pinilla es McCarthy y la Calle del Sol es la Casa Blanca.

Con su rígida postura característica del militar, el general Rojas Pinilla inicia una persecución contra el comunismo, y las oficinas del SIC –el equivalente al DAS de esa época- son las cámaras de las torturas. Literalmente.

Miembros del Partido Comunista, activistas políticos, cualquier persona cuya fidelidad a la bandera es cuestionada tiene que comparecer. Por esa misma época, Rojas Pinilla reúne todo su arsenal colombiano de soldados para que peleen por Estados Unidos en Corea.

Muchos son víctimas de esta persecución, entre ellos –el verdadero- Manuel Marulanda Vélez, cuyo nombre sería la inspiración del máximo líder de las Farc. Marulanda fue el co-fundador del PCC y es uno de los primeros huéspedes del calabozo, en 1953. Muere ese mismo año.

“Allí”, apunta con su dedo Óscar Castañeda, administrador del restaurante Civitas, hacia un punto en el fondo del restaurante, “era donde llevaban a los presos”. Ahora es la cocina, un lugar relativamente normal, con paredes blancas y puertas pequeñitas. Una puerta al fondo está cubierta por una reja que se ve tan avejentada que pareciese haberse mantenido intacta desde esa época. “Y según cuenta la historia, los golpeaban y los torturaban.”

Probablemente por la cocina de Civitas pasó Manuel Marulanda Vélez.

Quizás también pasó por allí el abuelo de Juliana Guerra, quien hoy por hoy se dedica en su tesis de maestría a estudiar este lugar y el rastro que dejó Rojas Pinilla. Un lugar que a simple vista le parece llamativo pasa a ocupar toda su atención: como un imán, su misticismo atrae, y en vez de detenerse a observar y seguir caminando, Juliana se dedica a conocerlo, lo del abuelo lo viene a conocer tiempo después, cuando uno de sus primos se lo cuenta. Quizás la curiosidad siempre estuvo allí, vino de familia.

En 1957, cuando el intento de instaurar una dictadura resulta infructuoso y Rojas Pinilla tiene que exiliarse, la sede del DAS pasa a ubicarse en la calle 94 con séptima y la Calle del Sol se mantiene funcionando entre 1957 y 1970 como una estación de policía. Se convierte en un colegio para hijos de funcionarios del DAS hasta que en 1980 la historia se repite -como siempre- el colegio se cierra y la calle muere, sepultando bajo sus ruinas –otra vez en ruinas- las voces, los golpes, los secretos de cuatro años de torturas.

El tiempo es relativo, de muchas formas. Es interesante cómo, tras casi cien años desde su construcción, cuatro años hayan marcado la Calle del Sol de tantas maneras. Sólo cuatro años. Y luego quietud, y luego oscuridad.

Para Juliana, el hecho de que la sede del DAS se hubiera trasladado a otro lugar era una forma de ocultar el paso –y el peso- de la historia. Si ese era el Servicio Secreto de Inteligencia, era sólo lógico pensar que las torturas serían eso: un secreto. Un secreto que sólo conocerían las paredes empedradas, oscuras y frías. Bueno, y Rojas Pinilla, pero era más posible que las paredes hablaran primero que él.

Pero el legado olvidado del pasado volvió como un fantasma. Fantasmas.

***

Ruinas. Eso es lo único que queda de un lugar que resplandeció. La Calle del Sol es ahora como un cuerpo torturado: se mantiene en pie, pero marcado por mil heridas distintas, mil fragmentos desprendiéndose de él, con cicatrices alrededor. La fachada es la misma por fuera, pero por dentro, colapsa.

Situada en medio de un centro de la ciudad que perdía el brillo de la era dorada de la Bogotá antigua, los años 70s y 80s ven a la Candelaria pasar de ser el centro histórico y de la élite de la ciudad a asemejarse más a la Nueva York de Sid y Nancy. El barrio más tradicional de la capital es ahora una oda al olvido. La Calle del Sol también.

Pero parece que no todo es olvido. A veces, sólo unas cuantas veces, alguien recuerda. Jorge Echeverri recordó. Juliana me cuenta que, recién llegado de Inglaterra donde estudiaba artes visuales, a mediados de los ochenta, Jorge queda atrapado por el misticismo silencioso –y casi nulo por esos tiempos- de la Calle del Sol, y decide hacer un documental.

El documental, titulado Celador o imagen, cuenta la historia de Don Carlos, el celador de las ruinas. Encargado de cuidar un lugar al que sólo llegaban los escombros y la maleza, Don Carlos relata su experiencia allí, mientras recorre la fachada. Sólo dura doce minutos y nunca se publicó. Juliana me cuenta que al pedírselo, Jorge dice que si lo encuentra que claro que sí, que ya no recordaba que existía. Otro condenado al olvido.

Durante esos tiempos, la Calle del Sol cumple otro rol: primero convento, luego cámara de torturas, luego estación de policía, luego colegio. Ahora: musa. Muchos artistas aprovechan ese espacio lúgubre, oscuro y abandonado para convertirlo en arte. El documental es sólo el comienzo. El lugar se vuelve el epicentro de performances, de sesiones fotográficas, e incluso de un capítulo especial del programa de Pacheco.

El plan de revitalización del centro de Bogotá de comienzos de los 90 arranca. Bogotá ya no parece Brooklyn, pero de alguna forma el fantasma –fantasma- del Bogotazo todavía se cierne sobre el centro, y las personas tienen miedo, miedo de volver al lugar del que salieron corriendo cincuenta años atrás, escapando de hordas enfurecidas. Alguna solución tiene que haber.

La Calle del Sol está en ese limbo entre pasado y presente. La firma Rubio y Gómez lo aprovecha:

“Antiguamente centro de reunión y conglomerado del Centro Administrativo de Seguridad. Por sus estrechas calles adoquinadas corrían sigilosamente sus empleados, recubiertos de la investidura propia de agentes privados, ya olvidada. Pronto, esos pasos serán remplazados por la alegre ronda de sus futuros habitantes”.

Ésa es la frase que, con bombos y platillos anuncia la llegada del conjunto residencial Calle del Sol, el proyecto que le daría vida de nuevo al lugar, con la “alegre ronda” de sus habitantes. 71 apartamentos, una plaza central, salón comunal y hasta lavandería, el lugar perfecto para vivir.

***

Por las noches, la Candelaria hace recorridos turísticos paranormales. Esa relación entre vida y muerte y esa creencia de que hay algo después de convertirnos en polvo inquieta e intimida, pero sobre todo: atrae. ¿Es eso a lo que se debe el magnetismo secreto de este conjunto?, ¿es eso lo que me tiene parada frente a la puerta del lugar?

La Calle del Sol está llena de fantasmas, creería uno cuando lee su historia. Sólo con esos cuatro años de secretos enterrados sería suficiente. Entro al conjunto con la expectativa de encontrarlos, a pesar de que sea de día y no tenga la más mínima certeza de su existencia.

Está frío, sí. Todos los pasillos son fríos y pequeños, y se extienden de forma casi indefinida hacia un punto apenas visible. Cada pasillo tiene detector de movimiento –no es una buena idea para un lugar lleno de fantasmas, pienso- y todo está muy silencioso.

Y lo siento. Lo siento en mi cuerpo. Siento un tipo distinto de frío, como el tipo de frío que relatan las historias de terror antes de que aparezca algo. Son las tres de la tarde y me quedo parada en medio del pasillo, medio expectante, medio paralizada por el miedo.

Y luego: nada.

Supongo que no podía esperar tanto, esta era mi primera visita al lugar después de todo. Pero algo aparecerá, así tenga que venir por la noche.

“Son puras tonterías”, me dice Jorge Ortiz, el residente más antiguo del conjunto. Es una pequeña decepción, esperaba escuchar mil historias distintas por parte de alguien que ha estado allí desde el comienzo, no esperaba escuchar eso. “Quisiera que fuera cierto, pero los fantasmas no existen”.

¿Cómo es posible que los fantasmas no existan en un lugar usado para torturar personas?

Los calabozos de tortura estaban ubicados en lo que ahora es la lavandería del conjunto, un lugar pequeño y apartado, ubicado en una esquina de la construcción, compartiendo espacio con las cocinas de Civitas y La Bruja. Hasta el letrero que indica que es una lavandería causa un poco de miedo. Es una sala oscura y fría, vagamente iluminada por la ventana que da a la calle 12.

La historia está enterrada allí, bajo escombros, bloques de ladrillos y lavadoras. Pero aun así habla, las paredes hablan, el cuarto habla, la puerta habla. No dicen nada, dicen mucho. Un rastro que se quiso cubrir, unas cicatrices que se quisieron borrar, pero que permanecen allí.

Varios residentes dicen lo mismo que dice Jorge, “hay historias de fantasmas, pero no pongo mucha atención a eso”, dice Tatiana Alborta, quien reside hace seis años en el conjunto.

¿Entonces por qué el restaurante se llama “la bruja”?, Jorge, quien es amigo de los dueños me dice, “por marketing”. “Ninguno de los residentes de los 71 apartamentos le van a decir que los han visto, téngalo por seguro”, me dice Jorge, y para qué seguir buscando. Quisiera poder verlos yo misma.

Juliana basó su tesis en los fantasmas de la Calle del Sol, espero que me cuente cada una de las leyendas que hay detrás de las apariciones. “Yo no creo en los fantasmas, porque nunca viví eso”, me decepciono otra vez. ¿Todos se han puesto de acuerdo para desmotivarme?

“Pues, no creo en ellos de esa manera”, corrige Juliana, “no creo que los fantasmas de la Calle del Sol existan, pero las imágenes que se forman las personas en su mente sobre ellos sí”. Y de algún modo todo tiene sentido, todo cambia.

Todos dicen que de alguna forma hay fantasmas en la Calle del Sol, pero no son fantasmas en sí, cubiertos con sábanas y haciendo “buuu…”, los fantasmas de la Calle del Sol son distintos: los fantasmas de la Calle del Sol son las historias.

Cada persona con quien hablé le cerraba la puerta a cada una de esas historias, las ignoraba, decían que no creían en eso, que eran estupideces… pero eso dice mucho. Cuando digo que las paredes hablan, que el piso habla, que las cavernas hablan, es que cada una tiene una historia que contar, pero las personas no están allí para oírlas.

Rojas Pinilla quería borrar el rastro de la existencia de un calabozo de torturas, pero los fantasmas hablan, los fantasmas revelan. Cada fantasma vive en ese limbo entre pasado y presente, en ese “estar aquí” y “estar allá”, anhelando el legado olvidado del pasado, y aborreciendo la amenaza de un presente inminente.

Las historias de la Calle del Sol son fantasmas, moviéndose entre un tiempo pasado y afectando el presente, aquí y allá. Son las encargadas de revivir al conjunto, de condenarlo al recuerdo. Los fantasmas de la Calle del Sol son un anclaje al pasado, una forma de contar lo que tanto se quiso ocultar. Las personas que pasan por la calle 12 con tercera se detienen, miran la fachada, piensan que es un convento y siguen caminando. La fachada les habla y no están allí para oír sus historias.

Así que no existen los fantasmas como los conocemos, o quizás sí, quién sabe. Pero aquí existen de una forma distinta, anclan al pasado, anclan al presente. Viven y mueren. Olvidan y recuerdan. No existen los fantasmas, pero la Calle del Sol es un fantasma.

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