Lo que es ser médico en una zona vulnerable de Bogotá

Martes, 11 Octubre 2016 16:26
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Constantemente se ve en redes sociales y en medios de comunicación denuncias en contra de los médicos, pero muy poco se ve sobre lo que ellos deben aguantar día a día en una ciudad como Bogotá.

Hospital Pablo VI, localidad de Bosa|||| Hospital Pablo VI, localidad de Bosa|||| ||||
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Constantemente se ve en redes sociales y en medios de comunicación denuncias en contra de los médicos, pero muy poco se ve sobre lo que ellos deben aguantar día a día en una ciudad como esta.

El Hospital Pablo VI, ubicado en la localidad de Bosa en el sur de la capital colombiana, es uno de los más frecuentados en la zona. Esta localidad presenta una de las mayores tasas de mortalidad de Bogotá, según la Veeduría Distrital. Además,  es conocido como una de la ‘zonas vulnerables’ de la ciudad, pues también cuenta con altos índices de violencia, criminalidad, embarazos en adolescentes, consumo de drogas ilícitas y demás. Esto me quedó más que claro el día de hoy, en donde la dra. Diana Ortega me permitió acompañarla en su turno sabatino, el día más agitado de la semana, como médico de urgencias en este hospital.

Llegar no fue fácil, al parecer Bogotá también se mueve bastante los sábados a las seis de la mañana. Tomé un taxi junto a la doctora, con quien acordé previamente encontrarme en un punto medio entre nuestras casas. Ella acostumbra a tomar bus y por eso la noto algo incómoda. Va vestida con un uniforme de médico rosa, saco lila y crocs moradas, cabello rojo y rizado muy bien recogido, manos impecables. Al llegar a una de las calles anteriores al hospital, hay un grupo de barristas de Millonarios, que parecen estar amanecidos de una fiesta y de paso, drogados. La doctora me mira sonriendo y me dice que cuando pasa por allí debe tener su carnet de médico visible, de otra forma sería blanco de robos en este lugar.

La entrada del hospital luce como cualquier otra, personas con cara de impacientes sentadas en sillas azules ubicadas paralelamente a las paredes blancas, enfermeras y médicos atareados por la multitud convaleciente. La doctora procede a mostrarme el lugar, que a mi parecer es algo pequeño para ser un centro asistencial de urgencias. Hay dos consultorios en donde cabe solo una camilla y un escritorio, el de las embarazadas tiene un lavamanos ¡qué privilegiadas! Parece no haber mucho tiempo para más formalismos, así que comienza la tarea de un médico en un turno crítico, en una zona crítica. Para el día de hoy, le asignaron a Diana la sección de urgencias de ginecología y obstetricia. Como es habitual, recibe el turno, se presenta con los pacientes ya internados y procede a trabajar.

El turno de la noche anterior deja en observación a un aborto, un riesgo de hipertensión por embarazo y dos pospartos -mujeres adoloridas porque de sus partes íntimas salió un pequeño humano-. Las personas que están en sala de espera no parecen muy bien, no sólo porque, claro, si van es porque están enfermos, sino porque muchos se ven enguayabados y con la ropa sucia. Entre estos ingresa una mujer ‘pre término’, que en cristiano quiere decir que el bebé quiere salir antes de tiempo.

A unos minutos más de las 8 de la mañana, se escuchan gritos desesperados en la sala de espera de urgencias. Salgo corriendo detrás de la doctora y una enfermera auxiliar. Es una señora que aparenta tener 36 o 37 años, vestida con una chaqueta y pantalón de jean, debajo un esqueleto negro -tan apretado que se le marcan los pezones-, infinitos anillos de colores en los dedos, un escapulario de color rosa, pocos dientes y con estigmas en la boca y manos, esas marcas que tienen las personas que son adictas al bazuco, como un tipo de quemaduras que se convirtieron en callo. Acompañándola hay un hombre de melena larga y despeinada, tiene pinta de metalero, botas militares, pantalón negro y chaqueta de cuero, aparenta no más de 25 años.

—¡Me duele, me duele!— grita la paciente.

—¿Qué le duele?— responde la médico con un tono bajo.

—El chino se vino y usted me lo quiere robar gonorrea— le contesta con los pantalones mojados.

—¡Es un expulsivo!— grita la doctora mientras le baja los pantalones y la ropa interior.

Diana procede a hacer un tacto vaginal, básicamente consiste en meterle los dedos en la vagina a la paciente y abrirlos en forma de v, teniendo como medida máxima 10 cm-. Según me explica la doctora, esto se hace para medir la dilatación, entonces, entre más abierta esté la vagina -entre más se puedan abrir los dedos-, empieza la cuenta regresiva para la llegada del niño. No está en trabajo de parto, los dedos no lo indicaron. Sin embargo, lo que para mí parece orina es líquido amniótico, así que el bebé está en riesgo.

—Deme algo, tengo mucho dolor ¡no sea tan hijueputa!

— ¿Qué consumió?

—Nada.

—No me mienta, es por su salud ¿qué consumió?

—Qué nada, ya le dijo, ehhh— grita Jimmy, el acompañante, de forma grosera.

—Póngame algo piroba, me duele mucho.

—Dígame qué consumió, huele a alcohol ¿consumió algo más?

—¡Pues marihuana y qué va a hacer!

La médico le ordena a una de sus auxiliares, Marcela, ponerle una inyección para el dolor. La paciente está tan dopada por las sustancias consumidas que no siente el chuzón. La doctora piensa que es uno de los pocos días en que ese bebé tendrá suerte, pues no es habitual que haya especialistas en un hospital de primer nivel como este. La pasa con el ginecólogo que viene de vez en cuando a este centro, le realizan los exámenes pertinentes.

—¡Usted me va a robar el bebé! ¡Me va a robar el bebé malparida!

—Sí, estas gonorreas se van a robar a mi hijo— se escucha a Jimmy en la sala de espera.

La doctora pide calma. Intenta conciliar con Jimmy pero este se altera más y empieza a gritarla y a empujarla. Diana, al verse amenazada y a los demás pacientes alterados pide ayuda del vigilante, quien lo saca con ayuda de la jefe de enfermería, una señora de unos 50 años muy alta y acuerpada. Angie, la paciente, muy irritada se levanta de la camilla mientras sigue gritando que le van a quitar a su bebé e intenta salirse del hospital.

—Cálmese señora por favor, ya salieron los exámenes ¿Quiere que su bebé esté bien? Cálmese por favor.

—Pero si dejan entrar a Jimmy.

Van devuelta al consultorio y le ponen suero a Angie para bajar el efecto de los medicamentos, las drogas y el alcohol. Los exámenes indican que el feto tiene 7 meses y medio, está bien pero se le está acabando el líquido amniótico. Más tranquilos, la pareja decide irse. La doctora les explica la situación, pero parecen no entender la gravedad de esta. Ella toma a Jimmy aparte y le explica qué pasa si no se interviene la cuestión y se lleva a la paciente a un centro de salud en donde sí hayan insumos -que se supone debería haber, pero estamos en Bogotá, en donde nuestro alcalde le quitó un 40% del presupuesto a la salud en su primer mes de cargo- y puedan atender cualquier emergencia. El problema, según explica Diana, con un dibujito hecho por ella detrás de una fórmula médica, es que el bebé está en riesgo, ya sea por alguna alteración en su sistema nervioso debido a las drogas que consume su madre o que sea una amenaza de aborto por una posible enfermedad de transmisión sexual. Jimmy empieza a llorar y de nuevo grita al médico mientras le avienta muchas groserías, que al decir verdad nunca había escuchado.

Ya siendo las 11 de la mañana, ambos están tranquilos durmiendo, mientras ella atiende otras urgencias. De repente se despiertan y vuelven a hacer bulla, Diana de nuevo guía su atención hacia ellos.

—¡Yo no me puedo quedar, yo lo que necesito es salir a robar!— le dice Jimmy a la médico y se va.

La paciente desesperada se levanta de la camilla intentando salir. Todos en el centro, hasta los enfermos en la sala de espera, le piden que se calme. De repente, ella empieza a patear la puerta de salida, todos estamos algo asustados, pues entre los insultos y las patadas, nos amenaza con que nos va a apuñalar. Tiene una de sus manos metida en su maleta, como si fuera a sacar un cuchillo. Por esta razón, nadie se atreve a tocarla. Diana llama a la Línea Especializada, una línea médica telefónica en donde hay médicos que ayudan a más médicos a obrar en situaciones críticas como esta.

Aunque no es recomendable en embarazadas, dado el comportamiento de la paciente, le indican a la doctora ponerle una inyección de Haloperidol, un sedante. Pero este medicamento no le hace ni cosquillas. Mientras maniobran para inmovilizar, Angie toma  a Diana del cabello, quien intenta poner la inyección, le escupe la cara y grita que le van a robar a su bebé. En este momento Diana se altera demasiado, le pide a una de las auxiliares que le traiga otra inyección. El fármaco surte efecto, la ponen rápido en una camilla y la sacan en una ambulancia por la puerta trasera para que Jimmy no se dé cuenta y no haga otro alboroto. La paciente muy adormecida intentaba gritarle a la doctora que la va a demandar por maltrato y violencia.

Ya casi la 1 de la tarde entre tanto bullicio se acercan vecinos del sector, la típica señora del barrio que sabe de la vida de todos. Una mujer con el cabello tinturado de rubio, arrugas marcadas en la cara, una estatura de 1.5 aproximadamente y una blusa fucsia de algodón. Ella nos cuenta que la paciente que acaba de irse es muy conocida en el barrio, por ser promiscua, por drogarse y en muchas ocasiones robar. Su pareja, Jimmy, tampoco tiene una muy buena reputación. Al parecer, el bebé que viene en camino es el cuarto hijo de Angie, sus otros niños están bajo custodia del ICBF porque no es apta para cuidarlos y sus diferentes padres tampoco son modelos a seguir. La señora cuenta esto con total normalidad, mientras Diana y yo estamos algo sorprendidas, no sólo por lo que acababa de pasar sino por lo que esta señora nos está contando.  Diana se va al consultorio, agitada y despeinada actualiza la historia clínica de la paciente e informa el caso a trabajo social y al ICBF.

Se acerca el final del turno y la doctora tiene que atender a los pacientes en tiempo récord, pues están alterados por la espera y nadie más del equipo de urgencias quiere problemas, patadas o saliva en la cara. Así pasa hasta las 3 de la tarde que llega el siguiente médico a combatir las urgencias. Con las ojeras bastante marcadas por la pestañina que ya está regada, su cara brillante por el trajín del día, frizz en el cabello y la bata un poco manchada por algunos fluidos de las embarazadas, se alista para salir. Yo sólo tengo que guaradr mi libreta y lápiz, ponerme la chaqueta y estoy lista. Junto a Diana se corrió tanto en un espacio tan reducido que ambas lucimos cansadas, una enfermera no los hace saber. Listas para salir la invito a comer algo, pues en toda la jornada no ha tomado ni un respiro, pero ella se niega indicándome que debemos irnos rápido, pues a veces las personas esperan a los médicos afuera para ‘arreglar cuentas’. Con esto se refería a personas como Jimmy.