50 dólares, en un puente de Tijuana, por una camiseta con la palabra mágica 'Tumaco'

Domingo, 16 Mayo 2021 23:02
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Escribo con el corazón roto de un país cuyos latidos me hieren como balas dentro del alma. No quiero derramar más lágrimas en una batalla sinsentido, de un país al que no he dejado de amar desde el año 2017, cuando aterricé por primera vez aquí. Pero hoy escribo desde la profunda tristeza de quien sabe que no puede evitar el curso de los acontecimientos en Colombia, una Colombia que nos está haciendo palpitar más de la cuenta, a la que me gustaría retratar eternamente y sobre la que podría escribir toda la vida. Este país se desangra, dañando mis entrañas y no puedo hacer nada para evitar la sangre que se derrama. 

Vista desde el puente que lleva a la frontera de Tijuana|Vista desde el puente que lleva a la frontera de Tijuana||| Vista desde el puente que lleva a la frontera de Tijuana|Vista desde el puente que lleva a la frontera de Tijuana||| Fátima Martínez Gutiérrez|Fátima Martínez Gutiérrez|||
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El colombiano no ama la guerra, pero está inmerso en ella y la tiene siempre cerca. El escenario de violencia, especialmente agudizado en las últimas dos semanas, donde se han producido muertos, heridos y desaparecidos, lo único que nos puede acarrear es más dolor, más problemas y más disidencia. Serán muchos, como lleva sucediendo desde hace décadas, los que dejarán el país por unos meses, o incluso para siempre, tras el hartazgo de violencia en las calles, de la crisis económica y de la pandemia, que nos trajo un encierro de más de un año y miles de muertos. La Caja de Pandora se abrió en Colombia y nos dejó a todos con la desazón de no saber qué viraje nos traerá el Gobierno de este país. 

En la manifestación feminista del pasado 15 de mayo, rompí a llorar a voz en grito, como me pasa cuando siento mucha impotencia ante situaciones de injusticia. Ni el tapabocas era capaz de esconder ese dolor que me llenaba la cara de lágrimas, entre las mujeres del plantón frente al CAI y la policía, cuando no tenía mayor ambición que hacer fotos, el corazón se quebró para chillarle al mundo que parara la violencia. No tenía sentido, que noches atrás, en Popayán, una joven de 17 años fuera detenida por un grupo de varios hombres del ESMAD, cogida como un animal, entre brazos y piernas, ocultada en una comisaría durante horas, y que al día siguiente, se hablara del suicidio de la joven... como si nada pasara. Hay algo que solemos decir mucho en Colombia, aquí pasa todo y no pasa nada, en alusión a que pasa de todo pero es como si no pasara nada cuando todo se queda impune ante la ley. 

Colombia no ama la guerra pero está inmersa en ella. Colombia sigue siendo el país con mayor número de desplazamientos internos a causa de la violencia armada. Los colombianos son personas pacíficas, que si no encuentran la Paz, no les queda más remedio que desplazarse a otros lugares para vivir en paz; en su mayoría, dentro de su propio país, los jóvenes y los que más posibilidades económicas tienen, salen del país a países como España o Estados Unidos, añorando una vida tranquila, aunque sea lejos de su propia patria, a la que muchas veces, no volverán más sino para visitar a la familia.

En 2018, estando en Tijuana, junto a la frontera entre México y Estados Unidos, en un puente fronterizo, después de retratar a una familia de Centroamérica, un colombiano me identificó la palabra 'Tumaco' en mi camiseta e inmediatamente me preguntó que si era colombiana. 'No', le respondí, 'soy española, viviendo en Colombia desde hace varios años...'. Me espetó: 'Te admiro, soy desplazado de la guerra en Colombia y no he querido volver más a mi país. Ahora vivo en San Diego y soy ciudadano Americano'. No supe qué responderle, ni tampoco qué más preguntarle. En ese momento, sacó de su billetera 50 dólares, me los puso en la mano y me dio las gracias por vivir en su país de origen, siendo extranjera, algo que él no estaba ya dispuesto a hacer. Yo no necesitaba los 50 dólares, pero no fui capaz de rechazárselos. Los recogí como un regalo del destino, en medio de un puente, junto a la frontera entre México y Estados Unidos y así quedó la cosa, como una anécdota, de la que no supe recoger más lección que la de un encuentro fortuito, donde la palabra Tumaco, en mi camiseta, me delató frente a un desplazado y migrante colombiano, ya con acento y nacionalidad americana, que no quería regresar más a su país de origen, Colombia.