La odisea de una colombiana para volver de Rusia en medio de la guerra

Domingo, 08 Mayo 2022 22:35
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Valentina Lara tuvo que dejar sus sueños de estudiar en el exterior de lado y regresar a Colombia por cuenta del conflicto con Ucrania. Crónica. 

Valentina Lara en Vladivostok al comienzo de su viaje||| Valentina Lara en Vladivostok al comienzo de su viaje||| Archivo personal de la fuente|||
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A mi sueño de estudiar Medicina se le interpusieron dos obstáculos enormes que jamás imaginé: una pandemia y una guerra. La primera lo atrasó, la segunda lo frenó, pero aun así nada puede impedirme seguir luchando. Esta es mi historia. 

Yo, Valentina Lara, tuve la oportunidad de estudiar una carrera tecnológica en Colombia, pero no me conformé. Mientras estudiaba, busqué una manera de ser lo que de verdad me inspiraba: médica. Quería hacerlo aprendiendo otra cultura y otro idioma e incluso ahorrando dinero.  Por eso, ya hace varios años sabía que Rusia sería mi próximo destino.   

Todo estaba perfectamente planeado para empezar en el año 2020, pero claro, la pandemia del coronavirus se atravesó en mi camino y me hizo perfeccionar mi ruso con clases intensivas que duraban entre seis y siete horas en acceso remoto. De todas formas, no me frenó. Dos años después, en enero de 2022 viajé por alrededor de tres días a una ciudad pequeña en la parte asiática de Rusia llamada Vladivostok. Allí me esperaba el campus de la Universidad Federal del Lejano Oriente (en español). Ya había estudiado el primer semestre de Medicina online e iba a iniciar el segundo de forma presencial.   

El frío fue mi recibimiento principal. No era uno cualquiera, sino uno de esos que no te permite salir a botar la basura si no llevas cuatro capas de ropa encima. De todas formas, la nieve fue algo novedoso porque nunca había visitado ningún país que tuviera este tipo de clima.  Vladivostok es una ciudad costera y por eso había muchísimo viento frío.  

Antes, jamás me hubiera imaginado el mar con nieve y congelado todo el tiempo. En grados, estábamos entre los -25º y los -22º.   

Con frío y todo, mi llegada fue emocionante. Incluso la cuarentena fue llevadera. Aunque aparté el cupo para vivir junto a una compañera colombiana en la residencia universitaria de la Universidad, me tocó primero llegar a un hotel. Tuve que esperar hasta que me hicieron la prueba de Covid-19 y salió negativa. Todo el ruso que aprendí desde Colombia sirvió. Con todas las ganas, intenté practicar el idioma. No pedía que me hablaran en inglés sino en ruso y lo que entendiera lo respondía con frases cortas y concretas que no me hicieran sentir insegura. Entenderlo fue sencillo, pero hablarlo fue más difícil.   

La comida fue otra diferencia. Al comienzo probé cosas feas. Me tocaba comer lo que me dieran en cuarentena y no podía cocinar. Era comida totalmente de la zona, que, al ser costera, traía mucho pescado y preparaciones muy asiáticas que para mí son extrañas. Pero contrastaba con lo que me gustaba. Por ejemplo, el transporte muy organizado y muy económico, la gente respetuosa, amable con los demás y muy culta. En sus conversaciones me inquietaba escuchar hablar a casi todos sobre música, literatura y ciencia. Casi todos me repetían, no me juzgaban la pronunciación y hablaban más despacio, eran muy comprensivos.  

Todo fue color de rosa, parte de una adaptación cultural básica, pero luego empezaron las circunstancias que me obligaron a devolverme y a dejar atrás mis oportunidades.  

Ya llevaba aproximadamente mes y medio en Rusia cuando me enteré por rumores que la situación estaba poniéndose tensa entre ese país y Ucrania. Si había algo que me tenía sin cuidado, pero que sería un detonante de preocupación más adelante, es que allá las noticias son escasas y más las internacionales. Los medios no funcionan igual que en Colombia. Solo es publicado lo que el gobierno permite. Fueron mis amigas colombianas las que me lo comentaron por redes sociales y yo me lo tomé a la ligera.  

Pensé: “No creo que vaya a pasar a mayores, una guerra implica muchas cosas que nadie está dispuesto a afrontar porque las consecuencias no son buenas para nadie”. Todo siguió ‘normal’, yo iba a clases con alegría hasta que las cosas empezaron a cambiar por allá entre el 7 y el 8 de marzo. En esos días anunciaron que iban a dejar de funcionar las redes sociales y los cajeros. A mí me quedó sonando lo de los cajeros porque yo recibía dinero de mis papás que eran quienes me pagaban la manutención, con mucho esfuerzo.   

Igual, la tranquilidad me invadía. Estando al otro lado del país, uno no sentía nada de las repercusiones de la guerra. Todo seguía igual. Sí, las redes sociales dejaron de funcionar, pero no era nada de vida o muerte. Con VPN (una red privada virtual) funcionaba todo a la perfección. Fue mi mamá la que me hizo caer en cuenta. Me dijo: “mejor retira un monto grandecito para mantenerlo ahí de reserva mientras que pasa esto”. Junto a mi amiga con la que compartía cuarto estaba un poco dudosa, pero no hice nada. Entonces, el 9 de marzo, otra compañera latina que tenía una tarjeta Visa nos dijo que no podía retirar dinero, que por favor intentáramos nosotras. Revisamos y sí podíamos. No pasaba nada.  

No pasó ni un día y ya anunciaron en un grupo de latinos que ahora sí nadie estaba logrando retirar dinero en los cajeros. Ninguna red bancaria funcionaba. Quedamos de manos atadas, pero de nuevo hubo solución. Surgió una especie de casas de cambio en las que pasábamos el dinero como comprando rublos. Parecía una buena idea hasta que empezamos a ver que estaban cobrando un porcentaje alto y no nos beneficiaba. Recuerdo que el rublo había caído a 27 pesos colombianos después de que llevaba más de tres o cuatro años sin bajar de 52 o 49 pesos colombianos. 

Parecía que todo estaba muy bien entonces. Para todos nosotros en su momento fue hasta útil, fuimos a hacer mercado y salimos a comer helado porque todo nos parecía mucho más económico. Pero pasaron unas dos semanas y resultaron anunciando el alza de los precios y el racionamiento. Ya no podíamos comprar más de cierta cantidad por persona. Sin embargo, seguía viviendo en la burbuja de seguir a salvo y por eso procuraba no alarmarme mucho.  

Se me hacía parecido al inicio de la pandemia. “Solo toca comprar más poquito”, pensaba. Aunque debo confesar que la idea de devolverme y dejarlo todo ya estaba en mi cabeza.   

Como el 13 de marzo me enteré de que habían cerrado las fronteras aéreas para salir de Rusia. No era en todas las ciudades, pero sí en la mayoría. Lo que logré hacer fue contactarme con latinos de toda Rusia para saber sobre la situación. Me dijeron que efectivamente habían cerrado los aeropuertos y que una compañera intentó salir de allá, pero cuando llegó a Moscú le cancelaron los vuelos. Es que muchas aerolíneas rusas dejaron de funcionar. Todos los vuelos nacionales estaban normales en precios y funcionamiento, pero para salir se complicaba la cosa. Ese fue el detonante de mi preocupación.   

Lo primero que decidí fue esperar uno o dos meses a ver qué pasaba. En las noticias rusas se decía que Rusia estaba defendiendo al pueblo ucraniano de los nuevos nazis de ese país. Entonces todo el mundo allá andaba diciendo “estamos con nuestros hermanos” y nadie estaba enterado de nada realmente. Por eso mismo, las universidades tampoco entendían por qué los extranjeros nos queríamos ir. Por lo menos mi universidad, no nos daba garantías de nada.   

En realidad, ninguno se quería ir. Todos estábamos estudiando mucho y sabíamos que habíamos tenido la oportunidad grandísima de estudiar esa carrera que acá en Colombia es tan costosa y a la que es tan difícil ingresar. Regresar era dar un paso para atrás otra vez. Esperamos a que la Universidad se pronunciara y tuvimos una reunión donde estuvieron los decanos y el rector. Proponían comedores comunitarios y retrasar el pago de los dormitorios, soluciones que eran parciales porque nadie sabía cuánto tiempo duraría la guerra. 

No nos beneficiaban, pues aún con eso no se sabía qué iba a pasar con la inflación, cuánto iban a subir los precios o si se iba a poner más costoso incluso que en Colombia. Teníamos ese miedo de que lo que nos enviaron de dinero ya no nos alcanzara y que iba a llegar el momento en el que tampoco podríamos regresar porque las fronteras aéreas estuviesen cerradas. Nadie sabía si el conflicto iba empeorar o a mejorar. Quedarnos era un riesgo, aunque irnos significara perder un sueño.   

Yo fui la primera que tomó la decisión de decir “prefiero irme porque no pienso quedarme y arriesgarme a no poder salir”. Entre el 13 y el 14 de marzo, después de la reunión con la universidad, hablé con mis papás y me dijeron que lo pensara sin afán. Entonces, seguí hablando con latinos, dándome cuenta de que el racionamiento estaba terrible: solo dejaban comprar una caja de leche por persona y no había casi comida importada. Se veía el desabastecimiento en cosas básicas como tortillas o arroz y granos.  Me alarmé de nuevo.    

Mis papás me dijeron que podían seguir enviándome lo de la manutención, pero el problema era que si no podía salir de allá podría volverse más complicado que me llegara ese dinero. Además, había varias opiniones que me confundían. Muchas personas de los últimos años nos dijeron que no se iban a ir porque ya iban a acabar, pero que apenas terminaran se iban dejando los planes de vida que tenían allá. Nos decían que estando en primer año teníamos la oportunidad de empezar en otro lado porque la situación económica no pintaba para bien. El consejo de ellos fue que, si nos podíamos ir, mejor saliéramos. Yo pensé: “Si lo dicen ellos que ya llevan tiempo viviendo acá, por algo debe ser”. Entonces, mi amiga y yo seguimos su consejo.   

Pero empezó la otra parte de la odisea: ¿cómo regresar? Para el 15 de marzo los vuelos estaban carísimos y solo había la ruta de Moscú a Turquía. Y aunque mis papás me dijeron que no importaba, lo ideal era buscar la ruta más económica. Entonces, supe que lo mejor era salir por tierra, por Finlandia. Esto nos evitaba arriesgarnos a las reprogramaciones, retrasos y horarios de 1 cada 15 días de los vuelos.  Pero como yo estaba al otro lado, creí que la mejor opción era salir por Corea, pero necesitaba visa americana que no tenía. Busqué otra ruta: Seúl - Ciudad de México. En esa investigación de vuelos duramos unas cinco o seis noches buscando, no solo nosotras desde allá, sino también amigos en Colombia buscando porque allá, por todo el tema de bloqueos de redes sociales, buscar vuelos internacionales era difícil.  

No nos aparecían bien, tocaba usar pestaña de incógnito, con VPN y prendiendo y apagando así fueran las 2 de la madrugada.   

Esa ruta de Seúl, México, Bogotá tampoco funcionó, salía como en unos 15 o 20 millones de pesos. Nos tocó irnos por tierra. Los otros latinos nos contaron que habían tomado la ruta hacia San Petersburgo y de ahí, por tierra, a Helsinki, Finlandia. Compramos los tiquetes para el 21 de marzo. Salimos de Vladivostok a eso de las 9 de la mañana y llegamos a San Petersburgo después de aproximadamente 12 horas de vuelo. Allá, duramos dos días viendo todo tranquilo y normal porque nadie tiene idea de nada.   

La gente allá está es en otro cuento. Iban en el transporte público leyendo, caminaban al colegio y al trabajo. De ahí nos aventuramos a irnos juntas a Helsinki el 23 de marzo en bus. Fueron como siete horas de recorrido. Cada 20 o 30 minutos había un retén para revisar documentos. Éramos muchos extranjeros: ucranianos, españoles, franceses y nosotras, las dos latinas. A nosotras dos todo el tiempo nos pedían el pasaporte, le tomaban fotos, lo escaneaban y nos revisaban las maletas. Este era el recorrido que me causó más miedo.    

Los otros latinos que ya lo habían hecho nos decían que teníamos que estar muy pendientes porque para salir de Rusia preguntan muchas cosas: ¿por qué salen? ¿por qué estaban allá? ¿qué pasó? ¿adónde van? ¿cuánto se demoran? Y es que al ser colombianas con estigma siempre hacen abrir las maletas preguntando qué llevan. Hasta nos daba miedo que nos dejara el bus porque a unos compañeros les pasó mientras estaban haciendo los trámites fronterizos. Íbamos con esos temores.   

El primer paso fronterizo fue como a las tres horas de haber iniciado el trayecto y fue el que más nos puso nerviosas. Nos hicieron bajar y hacer una fila de solo ucranianos y colombianos. No entendíamos, pero hacíamos caso. Nosotras llevábamos puros dulces y souvenirs para nuestras familias. Nos hicieron abrir cada bolsillo de nuestras maletas. Yo no hablaba casi porque no quería hablar de más y simplemente respondí sí o no. Luego me hicieron abrir la maleta grande de 23kg, donde venía mi ropa, los dulces y el vodka. Me preguntaron varias cosas y dije que regresaba en septiembre para el próximo periodo académico. Con la maleta de mano fue lo mismo y ahí sí había solo ropa que llevaba para cambiarme en aeropuertos porque el viaje duraba aproximadamente una semana hasta Bogotá.  

Pasamos el control, nos subimos al bus y fuimos a otro control fronterizo, ya en suelo finlandés. Fue un poco más tranquilo, pero también con bastantes preguntas, más que todo acerca de la universidad y la prueba de Covid. Ya en Finlandia tuvimos que esperar 24 horas en el aeropuerto y dormir ahí. De todas formas, por haber cruzado a Europa, ya nos funcionaba todo y podíamos usar WhatsApp e Instagram. También era chévere ver los restaurantes abiertos porque en Rusia cerraron hasta McDonald's y las calles estaban solas. Finlandia fue un mundo totalmente diferente y de ahí volamos a Madrid, España.   

Allá me quedé menos de 24 horas, pero vi la otra cara de la moneda.  Europa también estaba bastante afectada por la situación. Hubo paros de camioneros por la subida de precios de combustibles y alertas de un posible desabastecimiento de alimentos, por lo menos en España, según comentaban los familiares que me albergaron. La verdad no me lo imaginaba: nosotras viniendo de Rusia vivíamos en una burbuja.  

De Madrid viajé a Colombia y al llegar por fin salí de todo el tema. Ahora, hay compañeros que incluso empezaron a devolverse porque a pesar de que habían decidido quedarse se dieron cuenta que no sabían qué iba a pasar.   

Al inicio estuve tranquila y descansada después de haber viajado una semana y haber estado super estresada por todo. Pero después me agobié porque cancelé el semestre y no lo aplacé. La Universidad nos ofrecía estudio independiente o aplazar, pero con 21 años y una carrera tan larga por delante, aplazar conllevaba una incertidumbre: ¿qué más voy a esperar? De pronto puedo ver opciones acá o en otros países.  

Entonces estaba en ese rollo de mandar cartas. Aparte, todo el mundo estaba preocupado y preguntado mucho. Yo respondía que estaba bien, que el tema era la situación económica, que en los últimos días lo alcanzamos a ver claramente. Yo iba a traer un recuerdito que costaba 1.500 rublos o como 40.000 pesos colombianos. Luego, días antes de venirme, valía 2.700 rublos, que en pesos colombianos ya eran como 100.000. La comida, la ropa, todo subió el doble o el triple y aunque sabíamos que iba a pasar, era sorprendente porque no pensamos que fuera a ser tan pronto.    

Por supuesto, queda ese sinsabor de haber dejado todo allá, pero al mismo tiempo también estoy tranquila aquí porque por lo menos sé que no voy a estar corriendo sin plata. Sigue quedando el malestar que genera que mucha gente esté preguntando qué voy a hacer ahora, aún agobia porque ni siquiera terminé de procesar la situación cuando todo el mundo comenzó a irse encima de mí.   

Llegar a Colombia es volver a empezar y volver a buscar universidad e incluso de pronto buscar un ingreso extra. Todo el mundo tiene la idea de que hay que salir de Colombia y que afuera todo es perfecto, pero la gente no se da cuenta tampoco de que salir ahorita no es muy fácil y que en todo lado hay situaciones complicadas, trabajos mal pagos y así. Es más, siempre tuve la espinita de regresar, pero después de que mis compañeros se regresaron, me tranquilicé.  

Sé que es hora de sentar cabeza y buscar realmente opciones en otros lados. Ya crecí un poquito más.