Callar pese a morir: el rostro de un aborto clandestino

Viernes, 15 Noviembre 2019 11:21

En el primer capítulo de esta crónica pudo salir a flote cuáles son las prejuicios más fuertes que hay frente a la decisión de una mujer de interrumpir su embarazo. Catalina quedó sola por tomar esa decisión. 

 

 

Postales de las causales de la Sentencias C-355 del 2006||| Postales de las causales de la Sentencias C-355 del 2006||| Foto de la campaña de la Mesa por la Salud y la Vida de las Mujeres. Por: Camila Herrera|||
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  • Coautor 1: Camila Herrera Gasca

Catalina no tenía a nadie. Su pareja sentimental la abandonó por tomar esa decisión. Tampoco le habían hablado sobre las posibilidades que existen en Colombia de interrumpir el embarazo bajo la sentencia C-355, en la que la Corte Constitucional afirmó que esta práctica es un derecho para las mujeres y niñas. 

El desconocimiento de esta sentencia debido a la falta de educación frente al tema y los prejuicios frente al mismo, llevaron a Catalina a abortar de manera clandestina, basándose en su único experto: Google. En el capítulo anterior ella emprende una caminata por toda la ciudad buscando las pastillas Cytotec y finalmente, al llegar la noche y ocultarse en su cuarto, fingiendo que estaba emocionalmente bien, empezó su verdadera pesadilla: el miedo a perder su vida y el temor a hablar sobre ello.

En el capítulo II, "El rostro de un aborto clandestino" lo emocional y lo físico se unen para destrozar a una niña de 16 años que lo único que anhelaba era vivir su adolescencia como cualquier otra mujer de su edad. Sin embargo, en su intento, vulneraron sus derechos jurídicos y médicos, la pisotearon por su decisión y la amenazaron aprovechándose de su vulnerabilidad. 

CAPÍTULO II

El rostro de un aborto clandestino

A las seis de la mañana, Catalina se limpió las lagrimas y guardó el dolor físico, y también, el dolor de estar sola, en algún cajón de su mente. Bajó las escaleras con tranquilidad y se sentó en el comedor de su casa. Sin embargo, al oler lo que sería el desayuno aquel día, le produjo nauseas y tuvo que negarse a comerlo, sacando cualquier excusa.

La noche anterior, ella la describe como “el proceso más doloroso en el que tu cuerpo reacciona de forma horrible”. Su expresión mientras pronuncia esas palabras refleja la reavivación de ese momento. Su color de piel cambia al de una pared recién pintada de blanco. Y su rostro es como el de la misma pared: firme, resistente, inquebrantable.

Esos retorcijones que sintió Catalina y que no encuentra una palabra exacta para definirlos, son contracciones de parto, según la ginecóloga de la Universidad Javeriana, Nubia Escobar, ocasionadas por la dilatación del útero. La diferencia es que Catalina no podía gritar. Tampoco podía moverse de su cama, porque corría el riesgo de que las pastas se salieran.  Debió aguantar en silencio seis horas de contracciones que fueron aumentando, con el temor de no saber si estaría a salvo o moriría.

Nubia Escobar resalta que el resultado de estas prácticas, pueden traer consecuencias atroces para la mujer, y una de ellas es que, al expulsarse el embrión, los restos de él pueden causar gangrenas, una infección bacteriana grave que le pondría fin a la vida de la mujer en caso de no ser tratado adecuadamente.  

Por otro lado, la feminista Juliana Martínez afirma que la desinformación es otra consecuencia del estigma y hay muchos errores en la indicación de medicamentos abortivos. Tal y como ocurrió con Catalina. “Cuando una mujer prefiere acudir a lugares de aborto clandestino por el temor a ser juzgada, eso es estigma. Cuando una profesora tiene conocimiento sobre los derechos de una mujer para abortar y aún así prefiere callar, eso es estigma. Cuando a una mujer le preguntan en el médico el número de abortos y ella prefiere mentir, eso es estigma”, comenta Martínez.

Sin embargo, para Catalina todo había finalizado aquella noche.  Solo debía ir a la misma farmacia por una inyección que ayudaría supuestamente a expulsar los residuos de su útero.

- ¿Sí sangró anoche? Le preguntó el farmaceuta en un tono indiferente.

Catalina no entendía de lo que hablaba. No había manchado. Su respuesta fue negativa. Y el hombre al escuchar el “no”, abrió los ojos y detuvo lo que estaba haciendo por un momento. Sin embargo, le aplicó la inyección y la dejó ir. 

“Él decidió callar, tal vez por temor a que lo que estaba haciendo era un delito, pero no me advirtió y dejó que mi salud pendiera de un hilo”, comenta ella ya con un tono de resignación de tantas veces que habrá pensado en lo que pudo ser… si tan solo él le hubiese advertido lo que iba a ocurrir. Si tan solo hubiese estado informada. “Si no fuera visto como un crimen y yo no me hubiera creído eso, nada de esto habría pasado”, afirma.

***

Las náuseas aumentan y mi fastidio por la comida también. Lo único que ha disminuido en siete días es mi peso: he bajado 10 kilos. Por lo demás, no puedo ver nada que sea alimento. No puedo olerlo. Apenas mi sentido del olfato detecta cualquier olor, por más mínimo que sea, me dirige al baño a expulsar lo que no tengo en mi estómago.

Mi mamá me pregunta si estoy enferma y yo le respondo que pudo haber sido algún virus que tomé en el colegio.  Trato de evadir sus preguntas y sus miradas. También trato de comer, pero inmediatamente subo a mi cuarto y expulso las pocas cucharadas de cualquier sopa o alimento para enfermos que me prepara.

En el colegio también me preguntan qué me pasa. No solo sobre mi inesperado odio por la comida sino también por mi evidente dolor al bajar y subir las escaleras. También los logro convencer con cualquier mentira. Sé que nadie entendería por lo que estoy pasando. Prefiero sufrir en silencio a que me juzguen. Pero no sé cuanto más pueda aguantar sin saber qué le pasa a mi cuerpo. Cada día creo que tengo más posibilidades de morir y solo yo lo sé.

 

“Tuve que contarle a mi hermana lo sucedido, pero la única razón por la que lo hice fue el miedo a que algo grave me pasara”.

 

A pesar de que su hermana le expresa su apoyo, su mamá sigue sin saber lo sucedido y empiezan a crecer las sospechas en su casa. Para su ‘fortuna’, su papá se encuentra viajando, así que la única confidente puede ser su mamá y hermana, mujeres que, quizás podrían entender más su situación, aunque no fue así.

- ¿Qué es lo que te pasa Catalina? ¿Eres novia de ese muchacho?

-No mamá. No es eso. Me hice una prueba.

- ¡¿Una prueba de qué, Catalina?!

-De embarazo. Y salió positiva.

Veo a mi mamá desvanecerse. Pierde la consciencia por unos minutos y yo en el fondo, empecé a temer más por ella y su reacción, que por mi vida. Aún no le decía lo peor de todo: que había abortado. Cuando ella despierta, luego de unos minutos, que se me hicieron eternos, no quiere tocarme. El dolor de verla así me hace sentir aún peor de lo que ya me sentía. Mi vida corre peligro, la relación con mis padres también, la mujer que me dio la vida está decepcionada. No hay peor sensación que esa.

Me pedía que me alejara, así que, sin más, decidí contarle todo. “Mamá, aborté.  Ya no estoy embarazada… o eso creo, porque algo malo le sucede a mi cuerpo”. Los ojos de mi mamá se llenan de lágrimas, me ve de pies a cabeza, como si no creyera que soy su hija, como si fuera una persona totalmente desconocida para ella. Pero eso no es lo peor. Me pide contactarme con mi expareja para que asuma su responsabilidad en lo que me está sucediendo. 

Acordamos ir a un centro médico (se reserva el nombre del lugar). Ahí empiezan nuevamente las preguntas, las sospechas de que hice algo indebido, que no es espontáneo el aborto. Mi mamá está nerviosa, se pone pálida, habla con la voz cortad. “Ella se practicó un aborto”.  El médico reacciona inmediatamente. Me fija la mirada, me ve como a una delincuente. Quien me atiende es un señor de edad, tal vez de 50 años. Me repite, una y otra vez, que lo que me está sucediendo es el resultado de mis erróneas decisiones.

“Yo no la voy a denunciar porque no quiero perjudicarla, pero lo que acaba de hacer es un delito. Tiene que practicarse un legrado, así que le asignarán una cita”. Tuve que soportar un sermón de parte de una persona que no tiene ni la menor idea de quién soy, para que ni eso, ni el legrado me sirvieran de absolutamente nada. 

***

Juliana Martínez asegura que el derecho a la intimidad de la mujer es primordial en estos casos y es incorrecto que los médicos se aprovechen de su vulnerabilidad. Además, agrega que dichos prestadores de salud por ética deben guardar el secreto profesional, así que, en el caso de Catalina, las amenazas y acusaciones por parte del médico son inválidas y debió haber sido sancionado. “Hemos visto en muchas ocasiones situaciones degradantes, como no cambiar las sábanas donde ha habido traspaso de fluidos porque quieren dejar a las mujeres desatendidas, no darles medicamentos para el dolor, porque ‘eso era lo que usted quería, entonces sufra’”, comenta Martínez.

Según ella, el estigma por parte de los médicos y en general de la sociedad se traduce a la descalificación de las mujeres, debido a que “la feminidad ha sido construida para la maternidad (…) y  por tal razón el aborto está satanizado porque va contra la norma de mujer = madre, cuando la realidad es que las mujeres abortan por distintas razones que no se suscriben a las causales de la sentencia, ni cuestionan la subjetividad de las mujeres” argumenta la politóloga.

*** 

Otra mala noticia. Estoy en un tren de estrés que siento que no podré soportar, y solo ha transcurrido una semana. “Debe pagar 600 mil pesos para realizar el procedimiento”.  Vuelvo a sentir que mi vista se nubla, me tiemblan las piernas, el sudor corre por mi espalda y trago saliva. Finalmente, las cosas se solucionan y me asignan una cita para una semana después. Una semana más en este estado.

Siete días recordando a cada minuto que tengo un embrión muerto en mi vientre.

Un día antes de mi legrado, me posponen la cita una semana más. “Catalina, el médico está de viaje, su cita fue reprogramada para la próxima semana, ¿le parece bien?”. ¿Acaso qué otra alternativa tengo? No puedo hacer más que esperar.

Por fin llega el día. En el fondo, siento un descanso, por fin acabará mi martirio. Pero, al llegar a la clínica, me llaman a una sala llena de mujeres de 35 años, que me miran extrañadas, también me juzgan, murmuran y me ven de arriba abajo. Ellas están ahí para ligarse las trompas, yo estoy ahí para no morir por una infección. “Catalina” dicen por el altavoz. Entro a una sala y me ponen anestesia… pero no hace efecto. Siento que estoy despierta, pero no puedo moverme. Escucho a los médicos, experimento mil sensaciones dentro de mí y no puedo expresarlas, no puedo gritar ni pedir ayuda.

Nuevamente tengo que callar, estoy inmóvil.

Pasan algunos minutos, no sé cuántos. Abro los ojos, escucho el llanto de mi mamá. Tengo oxígeno. Inmediatamente quiero vomitar, me arranco los cables y expulso todo.

***

Es importante resaltar que, según Juliana Martínez, cualquier entidad de salud que preste servicios en primer nivel de complejidad y de ahí en adelante, según el Ministerio de Salud, está obligado a practicar el procedimiento gratuito. Por lo cual, no se entiende por qué razón le cobraron 600 mil pesos a Catalina en el centro médico donde se lo practicaron.

Sin embargo, más allá de la preocupación por el dinero, la salud era lo que atormentó a Catalina las semanas siguientes. La historia de ella no acaba allí, porque a pesar de haberse practicado un legrado en un lugar que considera ‘confiable’, le dejaron restos del embrión en su cuerpo, sin que ella lo supiera. También estuvo una semana con mareos constantes a causa de una anestesia mal suministrada en el mismo lugar. “No podía ni ver a mis profesores que caminaban de un lado a otro, me sentía con vértigo y no podía quejarme, en mi colegio no podían tener más sospechas”.

También, continuó el silencio. Su padre no sabía nada en absoluto y tenía que disimular su dolor. Quejarse cuando él no estuviera y susurrar cuando hablaba del tema con su mamá.  Al cabo de un mes, seguía sangrando, un sangrado anormal, una hemorragia, que era el síntoma de alerta que su cuerpo emitía para demostrarle que su vida, nuevamente, corría peligro. Un día cualquiera, después de 31 días de su legrado, su cuerpo empezó a perder más y más sangre.

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Manché todo el baño. Parecía una película de terror en donde le habían perforado algo a la víctima. Yo era una víctima más. De nuevo el miedo me estremecía. La muerte me acechaba. Acudí a un hospital, como última instancia al peligro que corría mi existencia. Allí, postrada en una silla, manché todo el piso de sangre. Otra vez repetía la misma historia – tenía que contar la verdad. Me realizaron otra prueba de embarazo y la palabra del primer día se repitió: positiva. Tenía que enfrentarme a otro legrado.

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La infertilidad o la muerte a causa de un aborto negligente es algo común, según la ginecóloga Nubia Escobar. “Quizás tendrían que quitar la matriz y a la edad de la paciente que se menciona me parece algo trágico”, agrega.  Escobar sostiene que el útero, al estar blando debido al procedimiento, se hubiera podido perforar, lo que podría haber causado la pérdida del órgano o la muerte de la paciente. No obstante, ese no es el único riesgo que pudo sucederle a Catalina, según la ginecóloga también esta el shock séptico, es decir, una infección grave que, nuevamente pondría fin a la vida de la mujer.   

Para Catalina, sin embargo, todo finalmente estaba bajo control.

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No he tenido una sensación igual a la de ese mes y medio. No hay nada peor que el pánico de morir. Imagínese quedar embarazada por una relación de dos años que nadie conoce.  Sentir cómo vulneran sus derechos y además, estar a punto de morir. Eso me pasó a mí. Yo aborté.