El último intento cardenal por clasificar a la Libertadores

Viernes, 18 Mayo 2018 09:04

A propósito del empate entre Millonarios e Independiente de Avellaneda, Plaza Capital recuerda el partido que dejó por fuera del torneo internacional al otro equipo bogotano, Independiente Santa Fe.

||| ||| Camila Carrillo|||
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Un caótico, pero no extraño trancón, se vislumbró a las 6 de la tarde en la carrera 30 con 53. El sol que se escondía en la ciudad capitalina era también acompañado por decenas de vehículos que no paraban de sonar su bocina. Todo se paralizó por un momento largo. Los transeúntes detuvieron su camino para aplaudir y gritar. Algunos de los conductores se unieron. Y no era extraño, un bus grande donde sobresalían los colores rojo y blanco se acercaba al ‘Gran coloso de la 57’, al Estadio Nemesio Camacho El Campín.

El bus llevaba en su costado el escudo del equipo bogotano Independiente Santa Fe y en su interior resguardaba a los 11 titulares que enfrentarían al histórico River Plate de Argentina, en busca de la victoria y de tres puntos que los mantuvieran con vida en la Copa Libertadores de América.  

Ansiosos y nerviosos, los cardenales rodeaban las calles del Campín vestidos con la camiseta del equipo de la capital. Acompañados de gorros, bufandas, banderas, listos para alentar al equipo desde las gradas y olvidar que su 'rojo' ya estaba eliminado del torneo local.  Solo un triunfo, ese 3 de mayo, lo dejaría con posibilidad de clasificar a la siguiente ronda del torneo internacional. Y justo ahí, entre más de 24.000 espectadores, me encontraba yo con la misma ansiedad, con la misma expectativa y ganas de victoria.

A las 7:30 de la noche, el juez Roberto Tobar, de Chile, dio el pitazo inicial y ‘la pecosa’ comenzó a moverse por la gramilla del estadio. Ese pito le dio paso a los tambores y trompetas que provenían desde la Tribuna Sur. ¡Cómo me voy a olvidar, cuando era chico y me traía, mi viejo, al ver al rojo campeón...! Los cantos continuaron desde la Tribuna Oriental Sur y, como un fuerte corrientazo, todo el estadio empezó a cantar y saltar. Una sola voz cubría al Nemesio, una voz que personalmente entoné en mi interior, porque una cirugía en la boca me impedía gritar. Mi cuerpo se convirtió en una caja a punto de estallar, que se llenaba de euforia, nervios, cánticos y palabras sin pronunciar.

Gran parte de los asistentes manoteaban, otros lanzaban una palabra fuerte a algún jugador del equipo contrario o al árbitro. Mientras que unos no paraban de saltar encima de la silla y otros se veían concentrados en sus audífonos escuchando el partido por radio, yo solo esperaba ver pronto la esférica tocar la malla del arco de River Plate.

‘El equipo cardenal’, uno de los tantos apodos de Santa Fe, a los 11 minutos del juego había conseguido apoderarse del balón. Toques cortos, arrancando desde el fondo, con la intención de llegar al arco rival. Cada que el equipo bogotano se acercaba a las puertas de River, los hinchas cantaban más fuerte. Cada que Wilson Morelo, delantero de 'los leones', tenía la pelota en sus pies, muchas voces desde la tribuna empujaban el guayo derecho del monteriano para que marcara el primer gol.

La tensión de la hinchada se sentía cada vez más. Acá no importaba la edad. Niños, jóvenes y adultos no quitaban su mirada del campo de juego. Algunos en familia o con amigos. Otros simplemente iban a ver un partido llamativo, pero no vestían nada alusivo a Santa Fe. El golpeteo en el suelo de la tribuna se asemejaba a un fuerte temblor que sacudía al Campín. Y en medio de la ansiedad de ver tornar el marcador cero por cero, en el minuto 23, un letal contragolpe de River Plate habilitó al jugador Prato y en un mano a mano con el arquero Rufay Zapata, lo superó, anotando para la visita.

Un silencio rotundo se apoderó de la Tribuna Occidental, después de la de sur y así, hasta llegar a oriental y cerrar en el costado norte. Un frío recorrió mi cuerpo. Las caras de los que me rodeaban desdibujaron la sonrisa que los acompañaba minutos antes. Las manos se posaron en la cabeza de muchos, pero la esperanza de revertir el resultado seguía intacta. Todo el estadio volvió a pararse, a saltar, a empujar a ese equipo vestido de rojo al cual no le servía perder. Ya no eran 11 jugadores en la cancha, eran 24.718 que defendían, atacaban y organizaban el equipo. Y 11 minutos después, el corazón de más de uno se paralizó junto con el mío. Tras un tiro libre, el balón llegó al área rival, el volante 14, Baldomero Perlaza, cabeceó el esférico para mandarlo al ángulo inferior izquierdo de la portería sur. El arquero Franco Armani, en una excelente maniobra, tapó lo que pudo haber sido el descuento para el equipo de casa.

Las manos de todos los que asistimos se estiraron acompañados de un “oooo” y un “¡hijueputa!”, cada vez que Armani daba la salida de su equipo. El ambiente se volvía cada vez más tenso. Llegó el entretiempo y comenzaron a pasar gaseosas y palitos de queso entre las sillas. Subían y bajaban hamburguesas, paquetes de papa que ayudarían a esperar los 15 minutos de descanso, esperando que el equipo de casa saliera a atacar y a marcar el gol. Pero no fue así.

En el segundo tiempo, Santa Fe tuvo varias opciones para marcar, pero en ninguna logró concretar el gol. “En las buenas y en las malas siempre estoy con el león”, era lo que se escuchaba en el escenario deportivo de la 57. Y eso, exactamente, era lo que representaba el momento del partido. Un resultado desfavorable, un equipo a puertas de la eliminación de una de las copas más importantes del continente. Después de cuatro minutos de adición, el pitazo final marcó para nosotros, los hinchas del Independiente Santa Fe, no solo el final del partido, sino la desilusión de haber mantenido la esperanza intacta los 90 minutos del partido. Pero ya estaba escrito que, ese día, Santa Fe perdería uno por cero ante el equipo ‘millonario’.

Ya no se escuchaban los gritos y cantos del público. Solo unos aplausos se desplegaron en varias partes del estadio y en el costado noroccidental; la otra cara del fútbol. Los 500 hinchas que viajaron a acompañar a River Plate, no paraban de celebrar, entre cantos que se oían lejanos y confusos, y aplausos por la clasificación del cuadro argentino a los octavos de Libertadores. Quizá todos esperamos estar de ese lado. Ser quienes celebraran un triunfo y una clasificación. Quizá muchos por un instante quisimos cambiar nuestras caras largas al final del encuentro, por una sonrisa de alivio y satisfacción. Sin embargo, no se pudo evitar una que otra lágrima entre los hinchas y comentarios de rabia hacia el equipo y sus directivas.

Solo un último canto que cerraría esta amarga noche: “El domingo cueste lo que cueste, el domingo tenemos que ganar”, porque ese domingo, el cuadro cardenal enfrentó a su rival de patio, Millonarios, al cual logró vencer y quitarle su cupo a los playoffs de la liga colombiana. Sin embargo, ese sería el último partido del año en El Campín por Copa Libertadores, guardando una pequeña ilusión de ganarle en Ecuador a Emelec y conseguir la clasificación a la Copa Sudamericana.