El día más triste de Roldanillo

Jueves, 12 Marzo 2020 06:40

Hace seis años lo habitantes de Roldanillo (Valle) se despertaron con una noticia que les rompió el corazón. Los sacerdotes Bernardo Echeverry y Héctor Fabio Cabrera fueron crudamente asesinados en la noche del 26 de septiembre de 2013, así lo vivieron los habitantes

Iglesia de San Sebastián siempre ha sido un referente del pueblo. El 28 de septiembre de 2013 las personas ya no cabían dentro de ella.||| Iglesia de San Sebastián siempre ha sido un referente del pueblo. El 28 de septiembre de 2013 las personas ya no cabían dentro de ella.||| Marta Luz Barbosa|||
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Luz Marina Castro levantó el teléfono confundida, al otro lado de la línea se encontraba su sobrina desde Palmira:

-Tía, ¿verdad que mataron a los padres?

-¿Cómo así?, ¿Qué los mataron? ¿Usted por qué me dice eso?

-Porque mi tío Hernando, cuando se levanta por la mañana, lo primero que hace es prender la radio y poner noticias. Yo como me tenía que levantar temprano para irme a la universidad, escuché que me llamó y oí la noticia en radio. Mataron a los padres de Roldanillo.

Eran las 5 de la mañana cuando Luz Marina Castro se enteró que habían matado a los sacerdotes. Ella, que vive a dos cuadras a la izquierda de la iglesia, se asomó a la calle y las vio llenas de gente. Miró a la vecina que estaba en frente, también en pijama, le abrió los brazos y dijo: “¿Es verdad? ¿Es verdad?” y le respondió: “¡Sí, sí es verdad!”.

El 27 de septiembre de 2013, en Roldanillo (Valle del Cauca), alrededor de las 10:30 de la noche se cometió el crimen más atroz que podría pasar por la mente de los roldanillences: asesinaron a puñaladas, en el tronco y en el cuello, a los sacerdotes Bernardo Echeverry, de 70 años y Héctor Fabio Cabrera, de 26 años. La sirena de los bomberos comenzó a sonar a la media noche para no parar por las próximas 23 horas.

Así fue anunciada la noticia en los medios de comunicación cuando se enteraron de lo ocurrido. Foto tomada de: El País Cali, 28 de septiembre de 2013

Luz Marina comenzó a llorar, se bañó inmediatamente, se vistió y salió para la iglesia. Al llegar a la parroquia de San Sebastián, enfrente del parque principal vio a hombres y mujeres en la entrada de la iglesia. Aún estaba cerrada, pero los feligreses, ya se encontraban contra la reja negra llorando su pérdida. La voz se fue corriendo en el pueblo hasta llegar a oídos de todos.

Ella veía una romería de gente que caminaban con rapidez para llegar al templo. A medida que pasaban los minutos la cantidad fue aumentando. El luto se veía en las lágrimas que escurrían en el rostro de las personas y un aire de desesperación se colaba con el llanto.

Algunos se enteraron el mismo 27, la mayoría eran jóvenes que estaban de fiesta y solo esperaban rematar en el parque con música y bebidas. Las fiestas se suspendieron y el pueblo pasó la noche en vela sorprendida con lo que acaba de ocurrir, sin entender lo que se estaba diciendo. Aunque vieran a la policía en el lugar de los hechos, la casa cural. Otras supieron a la mañana siguiente, el sábado 28 y fue ahí cuando se generó la verdadera conmoción.

Una clara representación de esto fue, Pilar Valderrama, quien vive dos cuadras al norte de la iglesia, ella no escuchó nada durante la noche, ni se percató de la noticia hasta que fueron las 5:30 de la mañana y Rubiela Rengifo, la señora del aseo de la casa le dijo:

- ¿Sí se enteró?

- No, Rubiela, ¿de qué me habla?

- ¿Usted no oyó la sirena? Desde las 12 de noche empezó a sonar cada hora

- No, ¿qué pasó?

- Niña Pilar, asesinaron a los padres

- ¿Cuáles padres?

- Al padre Echeverri y al padre Héctor Fabio

Al otro lado del pueblo, Liliana Marín escuchó la noticia gracias a unas mujeres que realizaban ejercicio y estaban hablando del tema. Sin importar el momento, en Roldanillo no sonaba otro tema que no fuera este. El estado de confusión y miedo invadió las calles, el porqué del asesinato era incierto e incluso hoy en día sigue sin entenderse.

Ese 28 de septiembre el ambiente era denso, había un contraste entre las calles y el pueblo. “Las calles estaban desoladas y vacías porque todo el mundo estaba en la iglesia”, recuerda Liliana. Mientras que Pilar se acuerda ver a las personas atacadas llorando, sin importar que fueran hombres o mujeres o que no hubieran ido a misa desde hace mucho tiempo. Sin embargo, las tiendas estaban abiertas y ese discurso sobre el precio de los productos se cambió por murmuros sobre lo ocurrido

Los recuerdos no coinciden, dicen que el cielo era opaco, el sol no estaba tapado sino que la luz pasaba de manera translúcida, también se habla de un día completamente soleado o de uno que comenzó oscuro, como si fuera a llover, después hizo un sol de esos que pica la piel para terminar con lluvia. Lo único en que coinciden es en la cantidad de gente de luto que se encontraban en el parque y en la iglesia.

Antonio Jiménez, secretario de Planeación del municipio, comentó que cerraron las calles. Se sentía dentro de un cuento de terror mientras las autoridades intentaban averiguar lo que había ocurrido. Desde Bogotá llegó el director de la Policía Nacional, General Rodolfo Palomino para atender el caso que continúa sin culpables.

La parroquia de San Sebastián es la más grande del pueblo, con unas 200 bancas divididas en tres carriles, vitrales que narran episodios de la Biblia y encima del altar, está el más grande con la imagen de Jesús crucificado con San Pedro a un lado y San Pablo al otro.

Algunas tiendas, hoy en día, siguen con el comunicado de la policía. Foto: Luciana Rodríguez V. 

En la iglesia la tristeza arrugaba el corazón de los asistentes. El lugar no se quedó solo ni un solo momento. Hicieron el levantamiento de cuerpos a las 4 de la mañana por la parte trasera de la iglesia, a las 8 de la mañana comenzaron las misas y se realizaban a cada hora en memoria de los sacerdotes. A las 5 de la tarde, cuando llegaron los cuerpos de Medicina Legal, se ubicaron en frente del altar hasta el día del entierro.

Feligreses como Pilar, Liliana, Luz Marina y Rubiela dicen nunca en su vida haber asistido a tal cantidad de misas como ese día, mínimo seis seguidas y tuvieron que poner parlantes fuera de la iglesia porque las personas se agolpaban en el lugar. Todos se hacían la misma pregunta: ¿Por qué a ellos les pasó esto?

Luz Marina, además era amiga del padre Echeverry desde que ella cursaba el grado once. Cuando se graduó del colegio comenzó a colaborar en la iglesia hasta convertirse en catequista y visitar a la familia del padre en Medellín. Por eso, dentro del templo sentía una impotencia en todo su cuerpo, no vio los cuerpos, pero no podía evitar imaginar en su cabeza cómo fue el asesinato.

“No éramos capaces de repetir lo que habíamos escuchado porque es increíble. Además que la luz del segundo piso de la casa cural siempre mantenía encendida, quién se iba a imaginar que eso sucedía en la noche”, dice Castro. A ella tampoco se le borrará la imagen del padre Héctor Fabio rezando en la capilla del santísimo, tres bancas detrás de ellas, el día anterior de la tragedia.

A Pilar se le quiebra la voz, se le dificulta hablar cuando menciona a los padres. “Ese día no pude trabajar, era confusa, no cabía en la ropa y asistía cuantas veces podía a la iglesia”, menciona con la voz completamente rota por el llanto, aunque hayan pasado seis años. Darlis Castro, secretaria del despacho parroquial de la Santísima Trinidad, le parece increíble haber hablado ese día con el padre Echeverry y sentirlo calmado, normal sin saber que sería la última vez.

El reloj marcó las 12 de la noche, la sirena de los bomberos dejó de sonar, las campanas de la iglesia de doblar y se cerraron las puertas del templo tras la última misa. El pueblo regresaba a sus casas, el silencio irrumpido por el llanto viaja por los aires pensando en regresar mañana a seguir acompañando a sus sacerdotes. Roldanillo despedía el 28 de septiembre con una herida en el corazón que hasta el día de hoy permanece abierta, la prueba de fe más grande que tendrían que afrontar.