El centro comercial de los brujos

Lunes, 09 Septiembre 2019 22:43

A unos lo aterra, pero a otros les hace la vida más fácil. En este lugar encontrará todo lo que necesita para convertirse en un auténtico brujo.

Local del centro comercial Caravana||| Local del centro comercial Caravana||| Foto: Sebastián Buitrago|||
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Aunque haya quienes no creen en la brujería, hay otros que viven de ella y la consideran sagrada. Desde amarres hasta remedios para la salud hechos a base de animales y huesos, en este centro comercial podrá encontrar todo tipo de soluciones (poco convencionales) para aquellos problemas que no parecen tenerlas.  

A las cuatro de la tarde de un lunes como cualquier otro, me dirigí hacia el Centro Comercial Caravana, ubicado en pleno centro de Bogotá sobre la carrera 12 frente a la estación de TransMilenio de San Victorino, creyendo que no iba a encontrar nada de lo que estaba buscando. Me contaron que en aquel lugar ofrecían hacer todo tipo de hechizos, maleficios, rituales y que incluso vendían muñecos vudú.

Creí que era muy temprano para que estuviesen ofreciendo productos esotéricos y siempre pensé que para encontrar un hechicero debía dirigirme a un lugar lúgubre y de aspecto tenebroso, no a un centro comercial común y corriente. Pero, me aseguraban que ahí encontraría, sin duda alguna, expertos y personas que practicaban la brujería y ofrecían todo tipo de servicios asociados a ella.

Tras preguntarle a varias personas si conocían de un lugar donde vendían hierbas y ofrecían hacer rituales, y ver caras de recelo y desaprobación, logré dar con él. Comencé a atravesar el túnel que dirigía hasta su entrada y, para mi sorpresa, vi pequeñas tiendan que exhibían hierbas y muñecos que parecían ser religiosos, pero se distinguían de la virgen o los cristos comunes. Y que, además, emitían un fuerte olor a incienso.

Me acerqué a una de ellas que se destacaba por tener en su mostrador dos estatuillas de lo que parecía ser una virgen con una cara de calavera y una hoz, pero que en realidad era la Santa Muerte, una figura tradicionalmente mexicana y a la que algunos veneran para hacerle peticiones de todo tipo, desde amorosas hasta las que tienen que ver con la prosperidad.

No sabía qué averiguar, entonces pregunté por lo que creía que era el hechizo más común, un amarre. Carlos*, el señor que atendía el puesto junto a su esposa, me respondió, con un tono de voz que intentaba reflejar amabilidad a pesar de su visible desconfianza, que ellos ofrecían el servicio por 200 mil pesos y procedió a explicarme el proceso.

Para llevarlo a cabo debía traerle siete fotos mías y otras siete de la persona a la que quería atraer. Luego, ellos hacían el ritual, el cual yo no podría presenciar, y me entregaban un muñeco que debía mantener en mi casa por unos días y que después debía enterrar.

No accedí a hacerlo, pero le pregunté por otros productos que tenía exhibidos, como unas feromonas que vendía en un frasco de perfume y que servían para atraer a las mujeres, y unas estatuillas de oro que ayudaban para la prosperidad. Las feromonas costaban $20 mil y las estatuillas $10mil ambas eran completamente garantizadas a funcionar si creía en ellas lo suficiente.

Continué mi camino por el túnel tras terminar de hablar con Carlos* y llegué a la entrada del centro comercial. Y aunque en la primera tienda que visité conocí un poco sobre los amarres y me sorprendí por las figuras de la Santa Muerte y las otras estatuillas, fue aquí donde vi el producto más inusual e, incluso, espeluznante.

Tras pasar por varios locales donde vendían pociones y jabones para la prosperidad, la envidia y el amor, entre otros, que oscilaban desde los 10 hasta los 20 mil pesos, llegué donde una señora que tenía su tienda cubierta en ramas y hierbas de toda clase. El olor que, se podía percibir estando a pocos metros del local, era similar al de un jardín después de un día lluvioso.

Me acerqué a Rosa*, quien estaba usando un tapabocas porque estaba trillando algún tipo de grano que parecía ser maní, pero que sospecho era algo muy distinto por los productos que posteriormente me enteré que vendía.

Le pregunté para qué servían todas las plantas que tenía y me respondió, con un tono de voz que solo parecía revelar seguridad y propio de alguien que sabía de lo que hablaba, que tenía para todo tipo de malestares y enfermedades. “Tengo para el hígado, para los riñones, para la digestión, para los dolores de cabeza. Mejor dicho, para lo que quiera”.

Mientras me explicaba que tenía lo que fuera que necesitara, vi un frasco sobre un mostrador con el nombre de “Bebida Sagrada” y que en letra pequeña advertía que se debía mantener fuera del alcance de los niños. Su nombre despertó mi curiosidad y le pregunté sobre él, pero su respuesta fue más sencilla de lo que esperaba.

Rosa* me explicó que el frasco contenía un purgante que ayudaba a aumentar la musculatura y aunque me advirtió que era horrible, quedé completamente estupefacto cuando vi sus ingredientes. Entre ellos se encontraban sapos, lagartijas, gusanera, culebras, ratones, algo que se llamaba “toma diabólica”, bebedizo de sangre, tierra de cementerio y “uña y polvo de hueso de difunto”.

No me podía quejar, me habían advertido que era horrible, pero no pude evitar que el asombro se reflejara en mi cara. Rosa* empezó a mostrar cierta incomodidad e impaciencia porque no me había decidido a comprar nada, entonces decidí continuar mi recorrido, donde seguí viendo los jabones y pociones para la prosperidad y el amor que vi desde el comienzo. 

Llegué al último local y hablé con Juan*, uno de los vendedores más amigables que conocí. Tenía productos similares a los de los otros locales y su forma de hablar generaba confianza. Pociones, hierbas, collares, perfumes y alguna que otra estatuilla. Me explicó que la mayoría de los productos del centro comercial provenían del Putumayo y que él también era de ahí. También, dijo que todo lo que se vendía allí funcionaba, pero dependía de la fe de quien la usara.

Hablamos un poco más y me explicó que toda su familia trabajaba ahí y que la creencia en estas cosas era de tradición. Entendí, con eso, que el centro comercial no es tan solo un lugar curioso o exclusivo para los interesados en la brujería, también es una fuente de empleo para familias provenientes de todas las regiones del país que comparten tradiciones parecidas a la de Juan*.

Y, claro está, es un atractivo para todo tipo de público, pues incluso observé un par de turistas que parecían estar encantados con su experiencia ahí. Aunque algunos quizás no estarán tan contentos después de ver la bebida sagrada y querrán salir corriendo de ahí.