La pelea por el espacio del Señor Caído

Jueves, 26 Mayo 2016 01:13

En Monserrate, el clero y los comerciantes se enfrentan a diario porque ambos quieren tener control sobre el territorio.

Pasaje comercial del cerro de Monserrate|||| Pasaje comercial del cerro de Monserrate|||| Foto: Leidy Pimienta||||
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De lunes a viernes, a las ocho de la mañana, los vendedores y comerciantes de la parte alta de Monserrate hacen fila para subir por el funicular o el teleférico. Ellos no tienen un carné que los identifique como trabajadores del cerro y pagan su pasaje como cualquier turista que visita el Santuario.

Los vendedores empacan en maletas y bolsas de plástico la mayor cantidad de objetos posible. Llevan llaveros, pelotas pequeñas, figuras del Señor Caído de Monserrate y manillas tejidas. Pero cuando el peso se excede, los trabajadores deben pagar una remesa a la empresa que administra el transporte de Monserrate.

El acceso de los paquetes por el teleférico y el funicular es restringido, y en algunas ocasiones los encargados de seguridad requisan a los comerciantes del cerro. Una vez, a Holman, uno de los comerciantes de la parte alta de Monserrate, lo quisieron requisar. Él se enojó y empezó a alegar con los encargados de seguridad. No dejó que abrieran su maleta y luego de la discusión logró subir por el teleférico.

En otras oportunidades la empresa de transporte se resiste a que los?vendedores?suban a trabajar. Una comerciante espera el funicular junto con sus compañeros, luego de un momento empieza a mover la cabeza hacia los lados en un gesto de desaprobación y se anima a decir: “No nos dejaron subir en el viaje anterior, dijeron que estaba lleno y que teníamos que esperar el otro recorrido. Ese iba solito, llevaba como cinco personas”.

La mujer continúa esperando el funicular junto con otros once comerciantes. Después de 10 minutos, el ferrocarril llega y todos los miembros del grupo se apresuran a recoger los paquetes que para ese momento ya están en el piso o recostados contra las paredes. Cada uno le entrega la boleta a los encargados de la registradora y ocasionalmente hay un saludo de buenos días. No hay contacto visual y todos se mueven como si se tratara de un proceso mecánico. Los comerciales se acomodan dentro del vagón de color gris, el funicular asciende y durante el recorrido no se escucha la grabación que dice “Bienvenidos al cerro de Monserrate”.

Los comerciantes comentan entre ellos que con el cierre indefinido del sendero peatonal todo ha sido más difícil. De un día de salario tienen que pagar 18 mil pesos para subir y bajar del cerro. Todos los días ellos pagan su pasaje como si fueran turistas.

Durante el ascenso los vendedores y comerciantes no toman fotos. Ellos ya se acostumbraron a la vista panorámica de la ciudad y en lugar de una cámara llevan ollas, pocillos y cebollas.

El funicular se detiene a 3150 metros de altura y los comerciantes suben apresurados por el camino que conduce al Santuario. Los paquetes pesados se mueven hacia los lados, mientras que los vendedores hacen fuerza con sus piernas. Luego de pasar por la Iglesia, los comerciantes entran en el callejón, que está lleno de mochilas, guantes, platos con cuajada y dulce de mora, y tamales con chocolate. Algunos bajarán por el funicular cuando sean las 7 de la noche, otros se quedarán en el cerro más tiempo.

En uno de los locales del callejón se encuentra Holman, que viste una gorra y una chaqueta abultada. Tiene los brazos apoyados sobre la vitrina de vidrio y cada vez que pasa un turista dice: “Siga, a la orden”.

Holman pasa los días atendiendo sus locales y cuando tiene tiempo libre se anima a conversar. Él tiene un fuerte sentimiento por el cerro que se hace notorio luego de una larga conversación. En sus ojos se ven?unas lágrimas que intenta disimular mientras habla. En un momento se queda pensativo y dice: “Uno le tiene mucho amor a esto. Uno se baja y llega a la casa y piensa en Monserrate, y en la casa ellos siempre están pensando en el cerro. Monserrate ya es parte de nosotros, ¡estoy en mi territorio!”.

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La historia del espacio de los comerciantes inició cuando Carlos Vargas Umaña, uno de los rectores que ha tenido el cerro, dio en tenencia a los primeros vendedores de canelazo el espacio que está detrás del Santuario. Este lugar ahora tiene varios locales de artesanías, postres, almuerzos y desayunos que son atendidos por las generaciones jóvenes de los primeros vendedores.

En algún momento los vendedores y comerciantes como Holman creyeron en la Iglesia, pero desde hace años dejaron de hacerlo. En la década de los 80, Cándido López, el sacerdote que estaba a cargo del Santuario, y algunos policías arrojaron la mercancía de los comerciantes sobre el piso de piedra del callejón. La rompieron, y pusieron candados y sellos en los locales del pasaje comercial. Los vendedores demandaron al clero por daños y perjuicios, y desde este momento la relación entre ambos no ha sido amable.

Por el pasado y los conflictos que han sucedido en el cerro, algunos comerciantes evitan relacionarse con el clero. Holman, por ejemplo, construyó su propio baño y por eso no paga los 500 pesos que pide la administración del cerro por el servicio. No volvió a dar la contribución para la Iglesia porque en el recibo que le daba estaba escrito “‘el valor de la contribución subirá anualmente según la inflación”. Ese papel, que medía unos diez centímetros de ancho, pasó de ser una contribución para la Iglesia a ser un recibo de arriendo.

El problema es que la Iglesia no podía cobrarle a los comerciantes porque ese espacio les pertenece. Aunque para el actual rector del Santuario esto no es así. Sentando en su escritorio y custodiado por un pastor alemán de raza pura, Monseñor se inclina sobre la mesa mientras articula cuidadosamente cada palabra. El tema de los vendedores le produce dolor de cabeza e insiste en que los comerciantes que están en la parte de atrás del cerro son unos aprovechados.

Monseñor, como los comerciantes, se ha visto afectado por la pelea del espacio. Algunos comerciantes disgustados envenenaron a algunos de los perros adiestrados que lo cuidan. Ese día tuvieron que bajar de inmediato al perro por el funicular. Monseñor estuvo al lado de su mascota todo el tiempo pero esta no pudo salvarse.

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A pesar de las pérdidas económicas, los animales muertos, los sufragios y las amenazas, los comerciantes y el clero se encuentran todos los días en el cerro de Monserrate. Los vendedores y la curia disfrutan su trabajo e intentan llamar la atención de los turistas, quienes con frecuencia creen que todo el cerro es administrado por una misma persona. En Monserrate a diario se libra una lucha, pero como dice Holman, “toca seguir todos los días, trabajando y sacando los niños adelante”.