Las piñatas eróticas de San Victorino

Sábado, 24 Marzo 2012 11:20
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Las piñatas con formas fálicas o de mujeres desnudas hacen parte de un negocio que, gracias a su éxito, cada vez toma más fuerza en uno de los epicentros comerciales de Bogotá: San Victorino.

Las piñatas de la “Gran Trece”.||| Las piñatas de la “Gran Trece”.||| Foto: Nicolás Rudas / plazacapital.co|||
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Cada piñata cuesta 6 mil pesos y 30 mil  el relleno, que trae polvos pica pica, anillos de luz, condones, gafas de broma con un pene de goma en lugar de nariz, senos plásticos y dulces con figuras sexuales.

Estos artículos no son raros en la bodega y tienda “Gran Trece”, ubicada en el sótano de San Victorino -carrera 13 con calle 11-. Para sus administradores, Jenny Jiménez y Yayo, el producto más extravagante que venden es el frasco de feromonas para atraer mujeres, que cuesta 30 mil pesos.

Aunque “Gran Trece” se especializa en piñatas eróticas, vende todo tipo de artículos para fiesta: sombreros, pelucas, manillas de neón, pitos y máscaras. Además, aquí se consiguen juguetes sexuales: consoladores, anillos para el pene y bebidas para producir ansia sexual, pero estos productos no se exhiben en las estanterías sino que reposan en cajas cerradas.

“Nuestros clientes son dueños de sex shops, lesbianas, gays, quinceañeras, universitarios y adultos: de todo”, cuenta Yayo, para quien el negocio es “excelente”. En un buen día vende 4 millones, el doble de lo que Angelo Chiquiza, administrador de la tienda de artículos religiosos “El relicario” de la carrera 6 con 11, dice vender en sus días más prósperos.

En tiendas como “Gran Trece” todo se conversa sin tapujos. “Hay quienes se molestan al ver una piñata de pene. A nosotros eso no nos acompleja”, afirma Jenny. Sin embargo, a diferencia de lo que pasa en otras piñaterías, los clientes de la “Gran Trece” siempre exigen bolsas negras para que su compra pase desapercibida en la calle.

No obstante, los clientes casi nunca pretenden organizar eventos explícitamente sexuales. Por lo general, compran las piñatas para amenizar fiestas convencionales, como el cumpleaños del “amigo santurrón”. “La idea solo es poner picante”, comenta un comprador, al tiempo que se ríe de la pirinola con dibujos sexuales que acaba de adquirir.

Yayo describe las piñatas eróticas como “bromas para mayores de edad”. Y la verdad es que casi todas las piñaterías en San Victorino las venden, luego de comprarlas al por mayor en las bodegas del sótano.

Dicho sótano es un extenso laberinto de pasillos, por demás muy estrechos, que atraviesan centenares de pequeños locales. Cuando alguien desciende a allí, es asediado de inmediato por una ráfaga de gritos: ““¿a la orden?”, “¿qué se le ofrece?”, ¿a la orden?”, mientras de fondo suena música a todo volumen, generalmente un reggaeton que varios vendedores canturrean.

Las estanterías de las tiendas son coloridas y están abarrotadas de productos, tantos que incluso andan desperdigados por los pasillos o inundan el interior de los locales, al punto que los vendedores tienen que trabajar apretujados y hacer maromas para alcanzarlos.

“Especializadas en artículos eróticos hay como 5 tiendas”, dice Darío Hernández, administrador de “El Conejo Saltarín”. En la mayoría de locales del sótano se venden productos para fiestas infantiles: serpentinas, corbatines, antifaces y las tradicionales piñatas de caricaturas y animales. Pero “el negocio de las fiestas para adultos es mucho mejor”, sostiene Darío, “y por eso cada vez crece más”.

Estas tiendas se instalaron en el lugar hace tiempo. Según Yayo, Gran Trece tiene 16 años y es una de las más antiguas. Sus vendedores afirman que es un negocio como cualquier otro: “Nunca nos ha avergonzado vender lo que vendemos”, dice Jenny, mirando una piñata particularmente exótica con forma de dos cerdos apareándose.

Al contrario, este negocio se presta para pasar muchas risas con los clientes. Por ejemplo, si alguno le cae bien a Yayo posiblemente recibirá una “chococuca” de obsequio. “Para que se sorprenda”, advierte el vendedor. Sabe que el cliente creerá que es una colombina de chocolate convencional hasta acabársela y descubrir que ha estado lamiendo unos genitales femeninos tallados en el palillo.