Año 2020. El mundo iniciaba una nueva década del siglo XXI. Claudia López se posicionaba como la primera alcaldesa de Bogotá. En Bucaramanga, se celebraba el Torneo Preolímpico Sudamericano que daba tiquete para los Olímpicos de Tokio 2020. La boy band estadounidense Backstreetboys, pisó suelo colombiano por primera vez en el Movistar Arena. Colombia se preparaba para recibir una Copa América después de 19 años, compartida con Argentina, con la ilusión de levantar el segundo título después de ese inolvidable 2001.
Lo que parecía un año más, cambió drásticamente de un momento a otro. Un virus que muchos creían que no iba a llegar al país se evidenció por primera vez en el territorio colombiano el 6 de marzo de 2020 tras la llegada de una paciente de 19 años que venía de Milán, Italia. Tres días después, se sumaron dos contagios a la lista: un hombre 34 años en Buga, Valle del Cauca y una mujer de 50 años en Medellín. El 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) pronunció una palabra que marco una nueva era para el mundo: pandemia.
Fotografía sacada del MinSalud.
Al día siguiente, el país ya se declaró en emergencia sanitaria, tras llegar a los 12 casos, lo que hizo que se suspendieran las clases presenciales en colegios y universidades. Los eventos que tuvieran más de 500 personas de aforo también fueron suspendidos. Para el 20 de marzo, se decretó la cuarentena en el país, la cual inició cuatro días después.
En los hospitales comenzó una estampida de personas contagiadas, hasta el punto de tener un lugar exclusivo: “el pabellón de COVID-19”. El 6 de abril, un mes después del primer caso, ya eran 1.579 contagios y 46 muertes a causa del virus.
Seis años después, a la memoria no llegan las estadísticas, llega el olor a alcohol, a cloro, a plástico caliente dentro de un overol. Huele a miedo contenido detrás de una mascarilla N95. Pero, sobre todo, huele a pasillos de hospital.
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En esa época, el personal de salud trabajó arduamente para poder combatir el virus, sacrificando su propia vida para salvar la de los demás. fallecieron 460 haciendo su labor. Como un homenaje, el artista Carlos Castro realizó el monumento “Umbral” ubicado en la Biblioteca Virgilio Barco.
Fotografía sacada de Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte
La voz de la pediatría
Fotografía sacada de Research Urosario.
Sara Aguilera es médica pediatra de la Universidad del Rosario y, desde 2011, trabaja en la Clínica Cardioinfantil de Bogotá. El virus todavía era una noticia lejana que llegaba desde China y Europa, pero el miedo ya caminaba por los pasillos. El primer mes no hubo pacientes COVID, hubo preparación: cierre de consulta externa, capacitaciones aceleradas en bioseguridad y dotación de equipos.
Sara temía contagiar a sus padres, adultos mayores, y decidió aislarse. Al llegar a casa, repetía el ritual de despojarse la ropa en la entrada y correr a la ducha, “Para mí, muchas cosas no tenían sentido, como quitarse los zapatos a la entrada del apartamento o estar con los mismos colegas cuando todos teníamos la N-95”, cuenta.
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Aun así, el pánico y la incertidumbre pesaba en ella al ver gente joven morir por la enfermedad: “Si me da COVID, me muero”. Esa fue su reacción cuando murió Carlos Nieto el 11 de abril, el primer médico en el país que falleció por el coronavirus y que, para entonces, trabajaba en la Clínica Colombia.
En pediatría, la mortalidad fue baja, pero no inexistente. Sara recuerda mucho a dos niños que murieron, uno de dos años y otro de siete meses, con problemas del corazón y síndrome de down. A diferencia de los que se llegaron a recuperar, ellos ya tenían problemas de salud, lo que hizo que el virus fuera más severo con ellos. Pero no todos los casos son iguales. Ella, recuerda con asombro cómo un niño que estaba sano tuvo un trasplante de pulmón, pues estos quedaron completamente inservibles tras superar el COVID
Según Sara, lo más cruel no era solo la enfermedad, sino el protocolo: padres que no podían despedirse y funerales suspendidos. Ese último adiós, que normalmente se da minutos antes que se llevaran el cuerpo para ser enterrado o cremado, terminó siendo en la entrada de un hospital, donde nunca más se volvía a ver a la persona.
La abuela de Sara, quien tenía más de 80 años, también estuvo internada en la Cardioinfantil por COVID y Sara era la única de la familia que la podía ver. Para su fortuna, salió bien de la enfermedad. En la época más dura de la pandemia, no perdió colegas cercanos, salvo una auxiliar de enfermería, y no se contagió durante el primer año. Cuando tuvo COVID en 2022, ya vacunada, fue leve: “una amigdalitis un poco fuerte, pero nada grave”.
Seis años después, permanecen en su memoria esas despedidas que nunca se dieron.
Los puntos rojos en el mapa
Fotografía sacada del Instituto Nacional de Salud.
Cuando la pandemia comenzó, Lina justo estaba estudiando pandemias. Había decidido formarse en epidemiología de campo en la Universidad Navarra de Neiva, una disciplina que analiza brotes, rastrea contactos y contiene amenazas invisibles. Mientras repasaba teorías sobre transmisión y vigilancia, el virus dejaba de ser un capítulo académico para convertirse en noticia. Lo que aprendía en clase empezó a ocurrir en tiempo real.
Primero, trabajó en la Secretaría de Salud de Neiva en el Hospital Hernando Universitario Moncaleano Perdomo, en el cual tuvieron que crear unidades de cuidados intensivos donde no existían, conseguir camas, oxígeno, monitores y aprender sobre la marcha cómo tratar una enfermedad que todavía no tenía manual un claro. Se vestían con trajes completos, según Lina, “parecíamos astronautas”. Respirar costaba, hidratarse era un lujo. Al principio, ni siquiera sabían si se estaban protegiendo bien, algunos miembros del personal no querían atender pacientes COVID. Nadie estaba preparado para una amenaza nueva.
Luego, llegó al Instituto Nacional de Salud en Bogotá. No atendía pacientes, salvo en esos primeros días hospitalarios. Ella revisaba mapas, identificaba cadenas de contagio, geolocalizaba casos, trazaba líneas invisibles que unían familias, barrios, municipios enteros. Cada punto rojo era una historia. Cada decisión, desde cerrar un colegio o aislar una localidad, hasta suspender las clases de una universidad alteraba la vida de miles. Lina, coordinó traslados en avión y helicóptero para pacientes graves en territorios donde no había Unidades de Cuidados Intensivos (UCI).
Pero lo más duro no fue la improvisación ni el traje: fue la muerte vista en tercera persona. Pacientes que fallecían sin visitas, sin despedidas, sin actos fúnebres. Familias que no podían abrazar, ni velar, ni cerrar ciclos. Ella vio morir conocidos, compañeros, familiares de colegas y un día le tocó algo que ningún protocolo enseña a manejar.
Jaime Jordán, su profesor, un hombre que la había formado, que en algún momento de su vida le enseñó lo que sabe, estuvo hospitalizado entre dos y tres meses. Ella estaba de turno cuando lo pasaron a la UCI. Recuerda el momento con una claridad que duele: el traslado, la gravedad, la sensación de que algo iba a ocurrir. Finalmente falleció. Esa fue la muerte que más la marcó: no era solo un punto rojo más en el mapa, era una voz conocida apagándose.
Nunca salió positiva por Covid-19 oficialmente, aunque le hicieron pruebas frecuentes. Ella cree que quizá se contagió alguna vez, pero nunca fue grave. Ningún compañero cercano murió y muchos contagios del personal ocurrieron fuera del hospital. Aun así, cada turno era una guerra silenciosa contra lo invisible.
Seis años después, cuando recuerda ese tiempo, no habla primero de estadísticas ni de curvas epidemiológicas: habla del peso de decidir por ciudades enteras, del calor atrapado en un traje y, sobre todo, de la paradoja que marcó su vida: estaba estudiando cómo enfrentar una pandemia cuando le tocó vivir una real. Después de esto descubrió que ninguna clase te prepara al 100 % cuando de verdad llega.
Pasar de cuidar a ser cuidado
Fotografía tomada vía WhatsApp
Jean Carlos es jefe de enfermería del Hospital de Méderi en Bogotá, pero por poco y el número hubiera aumentado a 461 fallecidos.
Al inicio fue la incertidumbre la que lo golpeó. Cuando se decretó la emergencia sanitaria en Colombia, nadie estaba realmente preparado. “Tuvimos que aprender en tiempo real”, dice. La rutina de antes, que era entrar al turno, pasar visita, volver a casa para volver hacer lo mismo el día siguiente, se convirtió en una especie de guerra, una guerra contra el virus.
Un día le avisaron que pasaba a zona COVID. Desde entonces, su jornada comenzó con una transformación: uniforme fuera, traje quirúrgico, overol blanco, tapabocas de alta eficiencia, monogafas, careta, polainas, doble guante. “Era como ponernos una armadura”, recuerda. Una armadura que sofocaba, pero era la única forma de seguir cuidando.
Su familia vive en Norte de Santander y él estaba solo en Bogotá. El miedo no solo era contagiarse, sino convertirse en paciente. “Pasar de cuidar a ser cuidado”, resume. Pero, lamentablemente, terminó ocurriendo.
Entre finales de agosto y comienzos de septiembre de 2020 empezaron los síntomas: fiebre, escalofríos, malestar general. El resultado positivo llegó en 24 horas. Después, la desaturación, la hospitalización, quince días internado. A mitad de la estancia, el punto crítico: la posibilidad de intubación, la UCI se veía cada vez más cerca.
—Si yo lo intubo, muy probablemente usted no va a salir de ahí —, le dijo el médico.
Jean decidió luchar contra la enfermedad. “La recuperación es 50 % medicina y 50 % actitud”, afirma hoy. Hubo momentos en que aceptó que podía morir porque nadie enseña a enfrentarse a la muerte, ni siquiera en enfermería. Pero algo más fuerte, sus proyectos, su familia, los que aún querían verlo vivir, lo sostuvo.
Salió y volvió a casa en ambulancia. Dos meses con oxígeno, seis meses de rehabilitación pulmonar, una recuperación lenta, pero gracias a sus compañeros pudo sobrellevarlo.
A veces se pregunta dónde se contagió y recuerda un turno caótico: cuatro pacientes críticos en fila, la carrera contra el tiempo, el cansancio acumulado. Luego, una señora con Alzheimer a la que debía medicar y, en el apuro, olvidó la mascarilla. La paciente tosió directo a su rostro Al día siguiente, confirmaron que era positiva. “Pudo haber sido ahí”, dice sin dramatismo.
Pero si algo lo marcó no fue solo su propia enfermedad, fueron los muertos.
“Había días en que empezaba el desfile hacia la morgue”. Recuerda con impacto a un paciente de unos treinta o cuarenta años que le decía: “Jefe, ayúdeme, no me deje morir”. Recuerda todavía con sorpresa: “Pero ¿por qué?, si tiene potencial por delante” fue el primer pensamiento que se le vino a la mente al presenciar esa escena. Lo trasladaron a UCI y no volvió a saber de él.
También recuerda a Gerardo Ruge, un médico con quien compartió un turno impecable en una UCI intermedia. Gerardo se despidió con una frase que marcó a Jean: “Fue un placer trabajar con usted”. Al día siguiente, el médico no volvió: salió positivo para COVID. Una semana después, llegó la noticia de su muerte. Jean, cree que esa despedida fue definitiva, aunque ninguno lo supiera
También, hubo otro dolor menos visible: la discriminación. Compañeros expulsados de sus viviendas, insultados, señalados como focos de contagio. A él no lo agredieron, pero sintió el recelo en los supermercados durante el “pico y cédula”: miradas que se apartaban, manos que se rociaban alcohol frente a él. “Te ven como enemigo cuando no lo eres”, dice.
Sin embargo, de todo eso nació algo distinto.
Cuando pasó la parte más crítica, se sentó a escribir. El resultado fue 2020: tiempo suspendido, un libro que no define solo como poemario, sino como testimonio. En sus páginas conviven el profesional, el paciente y el sobreviviente. Es, dice, un canto de resiliencia, una manera de honrar a quienes vivieron y a quienes no regresaron.
Ahora, habla con la serenidad de quien estuvo al borde de la muerte y volvió. La pandemia le dejó cicatrices en los pulmones. Le enseñó que la ciencia salva, pero también la voluntad, que la vocación pesa, pero sostiene y que incluso en los tiempos suspendidos, cuando el mundo parecía detenido, la esperanza, aunque frágil, siempre es más fuerte que el miedo.
Un doble rol ejercido
Fotografía sacada vía WhatsApp.
La pandemia sorprendió a Carolina ejerciendo como enfermera profesional en el servicio de urgencias en el Hospital Universitario Hernando Moncaleano Perdomo en Neiva. El sistema de salud vivía algo sin precedentes: protocolos que cambiaban cada semana, temor constante, información que evolucionaba a la misma velocidad que el virus. La incertidumbre no era un concepto, era el aire que se respiraba.
Luego vino el traslado a la zona COVID. El cambio no fue solo de servicio, fue de realidad. Más responsabilidades, medidas estrictas de bioseguridad, riesgo diario de contagio, jornadas extenuantes, pacientes aislados y familias que solo podían escuchar la voz de sus seres queridos a través de un teléfono sostenido por manos enguantadas. Carolina se convirtió, muchas veces, en el único puente entre un paciente y su familia.
Hablar de la muerte durante la pandemia, dice, fue complejo. Fueron demasiadas pérdidas en muy poco tiempo. Demasiados cuerpos que se apagaban sin despedidas presenciales, uno detrás de otro. Demasiadas llamadas difíciles.
Pero hubo una muerte que la atravesó para siempre: la de su padre quien murió de COVID-19 mientras ella trabajaba como enfermera en el mismo servicio. Vivió el dolor desde un doble rol imposible: hija y profesional de la salud. No hubo pausa para el duelo, no hubo licencia emocional, terminaba un turno y comenzaba otro, mientras el corazón intentaba entender lo que la mente ya sabía.
No se contagió y, aun así, pagó un precio inmenso.
Dice que la pandemia transformó su manera de ejercer la enfermería. Que el cuidado integral, la empatía y el trabajo en equipo dejaron de ser conceptos académicos y se volvieron supervivencia.
Las lecciones de vida
Seis años después de aquella declaración de la OMS, el mundo parece haber vuelto a su ritmo. Pero ellos no volvieron a ser iguales. Carolina, aprendió que el duelo puede vivirse entre turnos y que la ética del cuidado también puede ser resistencia. Sara entendió que su labor en el personal de salud la salvó de una crisis de estabilidad mental. Lina, supo que detrás de cada curva hay un nombre propio. Jean Carlos, descubrió que sobrevivir también es una forma de responsabilidad.
La pandemia dejó cicatrices invisibles: ansiedad, duelo incompleto, recuerdos que regresan con el olor del desinfectante. Pero también dejó algo más fuerte: la certeza de que, cuando el mundo se cerró, hubo manos que no soltaron, hubo profesionales que, aun con miedo, entraron a una habitación sabiendo que podían no salir iguales.
Hubo quienes perdieron a los suyos y aun así siguieron cuidando a los demás. El mundo se detuvo, pero ellos no.