Tacles y más tacles: un día como jugador de rugby

Viernes, 09 Marzo 2018 09:48

Complejo y emocionante, pero también… doloroso. Una hora bastó para que mi lado varonil se pusiera a prueba en medio de un partido de alta tensión. 

Cortesía: Carneros Andes Rugby Football Club||| Cortesía: Carneros Andes Rugby Football Club||| |||
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Puños, patadas, boxeo, artes marciales mixtas, Jiu-jitsu, sí… estas son los pensamientos que muchos tenemos cuando prendemos un televisor y vemos al famoso equipo neozelandés de los All Blacks jugar un partido de rugby. Tal vez, en esencia, su aspecto físico nos hace relacionar a varios profesionales de este deporte con Floyd Mayweather o con el mismo Connor McGregor, sin embargo, la experiencia no es igual a como se percibe. Por el contrario, el respeto por el rival se da a conocer cuando en cada barrida se da hasta la última gota de sudor en pro de demostrar el Superman que uno lleva dentro. 

Como dicen por ahí… la curiosidad mató al gato. Pero, para fortuna mía, en mi caso no hubo muerte al ver y sentir la realidad de las cosas. Incluso, puedo aceptar que tuve cinco minutos de fama cuando dialogué con Felipe López, jugador de este deporte y de uno de los equipos más importantes de la ciudad de Bogotá. Más allá de ser un profesional, se convirtió por momentos en un amigo, pues le planteé la idea de ir a un entreno con él. Segundos más tarde de mi proposición, entre risas y chanzas, me mandó varias indirectas haciéndome entender que mi vida correría peligro si me iba a jugar con estos gigantes. No obstante, su amabilidad fue tan grande que, al final, logré mi cometido, ya que recibí su invitación de disfrutar de un partido “tranquilo” con otros siete jugadores relacionados al rugby bogotano.

¡Llegó el día! El cielo estaba nublado, el rocío de la mañana acariciaba mis nerviosas rodillas que se encontraban al descubierto y el frío penetraba mis huesos como si se estuviera burlando de mi situación de amateur como jugador de rugby. Como buen primíparo, había llegado puntual, eran las siete de la mañana, pero lo único que llegaba era el viento que frotaba mi oreja mientras estaba parado con mi pantalonetica vieja del colegio y una camiseta que me apretaba hasta la última grasita de mi no tan esbelto cuerpecito. Pasó media hora y no me daban señales de vida, llamé a Felipe López y tampoco acudió a mi solicitud. Por un momento me imaginé la perdición, me sentí como en la época del colegio cuando los estudiantes dejaban a un lado a los menos atléticos para los partidos de intercursos.

De repente, en medio del sol que se iba acomodando detrás de las montañas vi varias siluetas corpulentas bajarse de una enorme camioneta. “¿Qué más?” “Mucho gusto”, “¿preparado?” Fueron algunas de las palabras que me transmitieron estas personas sacadas de un cuadrilátero de boxeo, o bueno, esa fue mi primera impresión de ellos. De la tristeza y del anonimato, mi ego crecía cada vez más, hasta que ya me sentí parte del grupo y la confianza me llegaba como el calor que se acercaba al césped en el que estábamos a punto jugar. Sin embargo, de hablar el castellano, pasamos a un idioma bastante diverso y poco claro. Knock-onavanttryin goaltoach, hacían parte de todo este palabrerío que me quitó las ganas de empezar a practicar este deporte.

Patada al balón, correr, agarrar al oponente debajo de la cadera, mandar la pelota hacia atrás, ¡venga! ¡Que sí! ¡Que no! Coja, hágale, se puede se puede… en este instante, sentí que volvía a prender mi televisor y que era un espectador de un bello, pero confuso espectáculo. El miedo se apoderaba de mí, la pena y el poco profesionalismo hizo que dejara fluir el juego sin que yo me involucrara en él. De reojo veía una tienda que abrían en la esquina y me decía a mí mismo lo delicioso que sería comprar comida y apreciar lo que estaban haciendo los muchachos con ese ovalado balón.

¡CÓJALO! ¡CÓJALO! 

Sin darme cuenta, tenía en mis brazos a este baloncito como si fuera un bebé. Las risas no se hicieron esperar. Los ojos se posaron sobre mí como si fuera una bella modelo posando para una revista de moda. Este era mi momento para demostrarles que un novato podía jugarles un buen partido.

Acto seguido, se me cayó el balón. Las bocas se les fueron abriendo lentamente. Todos corrieron detrás de mí y sentí un empujón como si estuvieran obligándome a meter a un congestionado Transmilenio. ¡Auch auch! No era ningún empujón, era el primer tacle que me daban tras las disputa de un balón que no debió tocar el piso.

En un momento me sorprendió que varios de estos jugadores de rugby ignoraban por completo la protección. Los raspones y pequeñas cortaduras resaltaban en sus enormes brazos, pues sus camisetas en manga sisa eran muy poco como para evitar estos golpes. Mi pantaloneta, a diferencia de la de ellos, era un pantalón gigante, Me sentía como el típico niño al que los papás lo obligan a ponerse su armadura para montar en bicicleta. Me miré de reojo mi cuerpecito y noté hinchazones en varias zonas de mi piel. No sabía si volver al juego o si sentirme satisfecho con el único tacle que había recibido en medio del partido.

Ya eran 20 minutos de dolor, corría el tiempo y no veía la hora de que se despidieran los jugadores para recibir con cordialidad la frase “fue un placer”. Como un fénix, renací de las cenizas y agarré con potencia ese balón.  

Corrí… corrí… corrí por mi vida como si estuvieran siete ladrones atentando contra mi vida e hice que mi grasita corporal pasara a ser algo mental. ¡Try! ¡Try! Dijeron una y otra vez. Me sentí raro, confundido, no supe qué pasaba. Me dije… “¿try? ¿Cómo así?... ¿lo intento otra vez?”. Luego comprendí que el try es el punto en el rugby. Me sentí feliz. Me sentí como Mariana Pajón levantando una medalla en los Olímpicos de Rio de Janeiro. Me sentí como costeño en el Carnaval de Barranquilla. Me sentí como Pambelé tumbando a un rival en el cuadrilátero. Para infortunio mío, invalidaron mi famoso try

Un hombre de más o menos 1.90 metros me explicaba con amabilidad una regla que había ignorado por completo. En vez de mi corrida atlética, debí parar para poner el balón completamente en el suelo. Mientras él me daba esta explicación veía como sus parpados y sus ojos hacían gestos de preocupación, se cogía su barba sudada como si algo malo hubiera pasado. Después de cinco minutos de debate se llegó a la conclusión de que mi punto debía ser invalidado. La tranquilidad en los rivales se veía como el hermoso sol que nos iba llegando con el pasar de las horas. Mi equipo, en cambio, estaba satisfecho, pues el novato dejaba de ser un jugador menos y su habilidad de correr podía ser usada en contra de los rivales. 

40 minutos de partido, mi respiración se iba diluyendo por momentos, mi juego también, pero mis ganas iban creciendo después de ir entendiendo más sobre la cultura del rugby. No me volví un profesional, pero dejaba de ser ese personaje tímido que era totalmente ajeno a este deporte. Un segundo tacle, dos tacles ¡tres tacles!... ¡Maldita sea! Ya me estaba doliendo el cuerpo, no sabía qué hacer con el ardor que me provocaban los morados que se esparcían poco a poco por mi piel. Corrí con el balón una vez, otra vez lo intenté, no sabía cómo pasar esas murallas que doblegaban mi estatura. Me dieron ganas de hacerles cosquillas, pues cada vez que llegaba era imposible de penetrar la defensa del equipo rival. Prevenidos con mi esfuerzo, entendiendo los límites de juego, un joven de unos 120 kilogramos me levantó como seguramente algún día lo hizo mi mamá cuando me tenía en brazos. Caí al piso, ese día el suelo se volvió el Romeo que me robó más de un beso. Ya no sabía qué hacer, ya mis esfuerzos humanos se estaban extinguiendo con el pasar de los minutos. 

Una hora de juego. Quería seguir. Quería demostrarle a mis rivales que no me podían invalidar un try sin haberme informado con claridad las reglas de juego. Agarré el balón, me taclearon, solté el balón como si estuviera liberando a un pajarito de su jaula. De repente, un grandulón de mi equipo receptó mi pase y corrió como si Usain Bolt repitiera su última carrera en el atletismo profesional. ¡Try!

Segundos más tarde, eufórico y agradecido, me levantó ese mismo hombre, quien le había dado la victoria a nuestro equipo, feliz por la jugada que había hecho. ¿Suerte o destreza mía? Eso es algo que ni yo mismo lo tengo claro. Lo que sí tuve claro es que tras esa jugada mi equipo fue victorioso. Se había acabado el encuentro, pero no satisfechos con el juego empezaron otra partida. Yo, en cambio, cansado y hambriento, me fui a la tiendecita que había visto mientras jugaba, me tomé un jugo, me comí un paquete de papas y posé mis ojos en el siguiente partido, apreciando lo que hacían mis senseis de este deporte. Una actividad que pasó de ser una pelea en un cuadrilátero a un momento de exigencia física y que, por ende, pude disfrutar a pesar de mis pocas condiciones como deportista.