'Hay muchas más ansias de cambiar las cosas, es lo que resalto de esta generación', Oliverio Mera, ex miembro del M-19

Viernes, 28 Mayo 2021 01:23
Escrito por Hana Sofía Vidal Montaño

Tres décadas después del fin del Movimiento 19 de abril, más conocido como M-19, uno de sus excombatientes; Oliverio Mera relata su historia de vida y la de sus hermanos; Martha y Benito antes, durante y después de su participación dentro del movimiento armado. Ingresaron a sus filas siendo jóvenes a principios de los ochentas con el fin de apoyar la lucha campesina desde la capital del país. Pronto, esta decisión se convirtió en un acontecimiento lo marcó para siempre y que incluso hoy día le cuesta recordar.

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Háblame un poco sobre ti, tu nombre, tu tierra natal, tu familia.  

Mi nombre es Oliverio Mera Ussa, nací en Argelia, municipio del Cauca en 1920, el día si no sabría decirla porque realmente en esos tiempos no acostumbrábamos a celebrar cumpleaños, el que nacía, nacía. Tengo dos hermanos; Martha de noventa y cinco y Benito de ochenta y ocho. Todos tres nos criamos sin papás porque a ambos los mataron a finales de la década de los veintes. La mayor parte de nuestra infancia la vivimos con un profesor de la universidad nacional; Víctor Orozco, que se había retirado hacía tiempo de su labor de docencia y se había mudado a su tierra natal Argelia para terminar su vida.

¿Cómo terminaron viviendo con el profesor Orozco?

Él era amigo de nuestros papás, al parecer se habían conocido en Bogotá a principios del siglo veinte y en el momento en el que ellos murieron, el profe se ofreció a cuidarnos. Fue él quien nos enseñó a leer y escribir, no hizo distinciones ni siquiera con Martha mi hermana, por ser mujer.

¿Él influyo en la formación de sus convicciones políticas y sociales?

Definitivamente sí, él nos enseñó la realidad del país de una forma que ni en las escuelitas de ese momento se aprendía. Nos habló de la política colombiana, los problemas económicos internos y las desigualdades sociales; nos abrió los ojos desde niños.

¿Por qué dejaron Argelia?

En ese entonces, el pueblo no era más que un caserío. Martha siendo mujer quería estudiar en la capital, no quedarse solo como ama de casa, yo y Benito queríamos trabajar fuera de las labores del campo, educarnos también y aportar intelectualmente al país que si era y es algo muy necesario.

¿Siempre has sido muy cercano a tus hermanos?

Sí claro, desde niños éramos como uno solo. Nos criamos juntos, nos fuimos juntos, y espero nos muramos juntos. Ninguno de los tres se casó jamás, tuvimos amantes eso sí, y por montones para que vea usted, especialmente Benito. Pero ninguno dio un paso a formar una familia, creo que no nacimos para eso. Nosotros tres somos la única familia que nos hemos conocido, incluso tomamos las armas juntos cuando entramos al M-19.

¿En qué año entraron a hacer parte de los grupos armados? ¿Por qué?

Entramos a hacer parte en 1981, los tres llegamos a Bogotá cuando éramos jóvenes y Martha fue la primera en integrarse al M-19 aunque no lo crea. Ella era, entre todos nosotros, quién siempre se había interesado más por las luchas del pueblo. Al llegar a la capital, entro a la universidad nacional para estudiar docencia; fue una de las primeras mujeres en hacerlo. Decidimos entrar porque queríamos defender los derechos de nuestra propia gente, es decir; campesinos y gente humilde. Sabíamos que, para eso, como estaba la situación en el país, era necesario que tomáramos las armas.

¿Qué opinaba usted de que su hermana entrara a la universidad?

Creo que nunca me pareció extraño si era ella, la veía como alguien inteligente, independientemente de su género. Sin embargo, creo que si es cierto que con otras mujeres no veía esa capacidad. Era de una forma inconsciente, quizás por la influencia de la educación que recibí.

¿Y qué opinaba de que ella entrara a un grupo armado?

 En ese entones, nos marcaban mucho las diferencias entre hombres y mujeres, aun así, siempre la vimos como un “hombre más”. A ella la admiraban, varios de nuestros colegas respetaban mucho a las pocas mujeres que estaban en la lucha; necesitaban más fuerza que nosotros para estar ahí.

¿Fue ella una inspiración para ustedes al momento de entrar a hacer parte de la lucha?

Yo diría que sí. Ella fue nuestra inspiración principal, tenía…perdón, tiene; porque aún vive, más valentía que nosotros. Nos quejábamos mucho de la situación del país; del abandono estatal a los sectores rurales, de que la violencia bipartidista cobrara vidas inocentes etc. Pero jamás nos decidíamos tomar acción. A mí personalmente me daba terror. Cuando Martha llegó un día a nuestro apartamento en la Candelaria, y nos dijo: me voy a tomar las armas por eso en lo que creemos, yo me llené de verraquera y me fui con ella. Luego se sumó Benito. Éramos unos pelados y no nos importó nada, si nuestra hermana tenía el coraje de unirse, nosotros también.

¿Crees que para generar un cambio se necesita violencia?

Sí. Tomar las armas para defender una causa social es algo necesario. Los derechos y el respeto no se consiguen pidiendo favores; nunca ha sido así en toda la historia de la humanidad.

¿Es decir, el respeto de los derechos y las luchas sociales necesitan demostrar y ejercer fuerza?

Exactamente, puede sonar rudo, pero es lo que opino. Los cambios más grandes de nuestro país y del mundo entero han derramado sangre para que se cumplan sus peticiones. La independencia, por ejemplo, nunca se hubiera dado negociando.

¿Por qué cree usted que esto ocurre?

Porque cuando nos enfrentamos a algo que no quiere ser cambiado nos encontramos con resistencia. Y si esa resistencia implica poder entonces va a intentar defenderse a toda cosa, muchas veces con violencia. Por eso, para tumbar esa violencia se necesita violencia.

¿Piensan sus hermanos igual?

Martha cree en el dialogo, y en parte tiene razón, pero yo soy viejo, en esto cumplo noventa años y mantengo firme mi posición. Benito también se va por el dialogo, pero él la duda más.

¿Cuál fue la peor experiencia que tuviste en el M-19?

La toma del Palacio de Justicia. Ese día fue bastante traumático para mí, todavía me sienta mal hablar del tema…ese día yo tenía que cuidar la zona norte de Candelaria. Me paré tres horas en la esquina de la carrera 7. Cuando el ejército intervino, salí a correr rumbo al capitolio, pero Benito me detuvo, me agarro del brazo y me dijo: 'si te vas para allá no vuelves'.

¿Le hizo caso usted?

Claro que no, yo cogí derecho toda esa séptima y llegué al capitolio. Todo estaba ardiendo, reconocí a varios colegas, pero nadie reaccionaba al reencuentro de un conocido en esos momentos; eso era como una sentencia de muerte.

¿Qué hizo al llegar?

Intente buscar a mi hermana, eso parecía película de gringos. Ella me encontró primero; me agarro de la camisa y me dijo que ayudáramos los que iban saliendo del palacio. De ahí no me gusta recordar nada, un me cuesta siquiera pensar en ese momento.

¿Cree que reprimió el recuerdo por dolor?

Eso es lo que yo creo, en ese momento vi cosas que me impactaron mucho y eso que yo había visto muertos y heridos antes. Creo que fue la mezcla de abuso de poder, la imposibilidad de hacer algo y el hecho de saber que esa era mi realidad y mi país lo que me afectó tanto.

¿Después de la toma del Palacio de Justicia, siguieron en el M-19?

Al principio, lo dudamos mucho. Fue mi hermana nuevamente la que quiso seguir ahí, y yo y Benito la seguimos. La lucha por las zonas rurales del país debía continuar y nosotros queríamos poner la cara por eso. estuvimos ahí hasta su desmovilización; ayudando a conseguir comida para las zonas empobrecidas de la capital, donde también vivíamos nosotros, cuidando las espaldas de los que estaban en la luz pública, y cosas así. Cuando el M-19 se desmovilizo en el Cauca, de donde veníamos nosotros, todos tres dejamos las armas.

¿Creían en el proceso de paz?

No, nadie creía ciegamente en el proceso. Sabíamos de ante mano que apenas dejáramos las armas iba a empezar la matazón. La mayoría de nosotros teníamos un pie en la cárcel y otro en la tumba. Aun así, entregamos las armas porque teníamos fe en que, si nos mataban, nuestras muertes sirvieran de algo, y nuestra lucha también.

¿Después del proceso de paz, qué hicieron ustedes?

Nos cambiamos los nombres y viajamos al norte del Cauca. Durante los primeros dos años íbamos de pueblo en pueblo para que nadie nos conociera demasiado. Finalmente, nos instalamos en Siberia porque aquí no se nos conocía de nada y no había mucho ejército. Para vivir, Benito y yo sembrábamos aguacate y café y lo vendíamos en el mercadito del pueblo y Martha empezó a dar clases en la primara de la escuela. Así estuvimos hasta que terminamos de pagar la finca que compramos recién llegados y cuando el cuerpo por la vejes no nos dio más, pues dejamos de trabajar tanto. Ahora solo vendemos en el mercadito cada quince días y de resto leemos, y vamos a hacerle visita a los vecinos, ya uno de viejo tiene poco por hacer.

¿Disfrutó ese cambio de vida?

Fíjese que, al principio creí que no lo iba a hacer, pero realmente lo disfruto. Di lo que tenía que dar por mi país y estuve el tiempo que era necesario allá. Ahora les toca a ustedes los jóvenes.

¿Cómo ves al país actualmente?

Creo que hay muchas ansias de guerra, incluso más de las que había el siglo pasado, antes se trataba de tener poder, ahora solo se busca sentirse con él. Eso sí también hay muchas más ansías de cambiar las cosas, eso es lo que resalto de esta generación; no se rinde. Aun así, deben cuidarse mucho de buscar poder mediante la guerra, la violencia no es un juego porque yo, por ejemplo, llevo más de tres décadas intentado olvidar las atrocidades de ella y míreme, aún me despierto en las noches asustado por recuerdos.