Un día en 'el cartuchito'

Lunes, 02 Diciembre 2019 17:06

Al lado de la principal plaza de mercado de Bogotá se configura la ‘olla’ más grande en el suroccidente de la capital. Allí conviven en permanente contraste las drogas, la prostitución, el rebusque y los habitantes del sector.

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En Patio Bonito, al igual que en otros puntos específicos de Bogotá como el centro y el sur está colmado de historias de separación de hogares y abandono entre padres e hijos a causa del consumo y la adicción a las drogas que termina condenando a una persona a la indigencia, la mendicidad o la delincuencia a cambio de satisfacer esa necesidad creada.

Una de esas tantas historias tiene como protagonistas a Clara y Catherine, madre e hija, respectivamente. Se desconoce el paradero de ‘Cate’, aunque se presume que puede estar en San Bernardino, El Cartuchito o en cualquier otra calle “maldita” de Bogotá.

‘Cate’ tuvo un primer contacto con las drogas cuando estaba cursando bachillerato en el colegio privado San Bonifacio; fueron sus compañeritos quienes de a poco la fueron metiendo en ese mundo, hasta el punto de abandonar su hogar. Según Clara, muchos niños y jóvenes del barrio están muy expuestos al consumo porque solo los separa una calle de una ‘olla’ en el occidente de Bogotá, la avenida Ciudad de Cali.

La policía es inoperante y el Distrito ausente. En parte tiene razón. Apenas se cruza la avenida sobre la calle 38, el ambiente se transforma. Es una vía en un solo sentido, llena de huecos, con los andenes invadidos de mucha gente, de los jaladores de prostíbulos que siempre están buscando personal: “se buscan chicas. A 15 mil el turno” se lee en las puertas. Huele a marihuana y algunos caminan inhalando pegante.

‘El cartuchito’ es catalogado como una olla madre, es decir uno de los principales puntos en de venta de drogas en Bogotá. Debe su nombre a la relación de las dinámicas que comparte con la desaparecida calle de ‘El Cartucho’, donde ahora está ubicado el parque Tercer Milenio; dichas dinámicas son el microtráfico, el consumo de estupefacientes y la delincuencia.

El barrio María Paz y sus alrededores han sido siempre barrios populares que fueron fundados por migrantes, principalmente de regiones como Boyacá y Cundinamarca, ligados a la economía producto de Corabastos como gran receptor y distribuidor de productos agrícolas.

El espacio alrededor de esta gran plaza fue aprovechado o invadido por recicladores, revendedores, economía del rebusque y se configuró un ‘mercado de pulgas’, propiciando un espacio ideal para la distribución de drogas, así como punto de delincuencia. Estas dinámicas fueron creciendo progresivamente hasta degradar y estigmatizar la zona como uno de los principales focos de ilegalidad en la ciudad.

La zona también es un punto fuerte para comprar y vender celulares, que por la forma en que se da la transacción, se puede inferir que son robados. La imagen que pretenden vender quienes trabajan en estos locales es la de puntos de servicio técnico y de venta de accesorios de celulares, pero afuera de dichos establecimientos hay personas ofreciendo los dispositivos.

– ¿De cuánto lo busca?

– 150, respondo.

– Le tengo el J2 Prime. Se lo dejo en 140.

Una ganga. Ese celular Samsung J2 Prime, que ya tiene sus años pues es un modelo del 2015, en las paginas web como MercadoLibre o Linio (pues actualmente es muy difícil de encontrar en las tiendas físicas oficiales de celulares) ronda los 300 mil pesos y puede llegar a costar hasta 450 mil.

Unas cuadras más adelante, después de pasar la puerta 7 de Corabastos, están los jíbaros camuflados entre rebuscadores. Cartones y costales dispuestos en el piso hacen las veces de vitrina, donde se puede encontrar juguetes, ropa, utensilios de cocina, electrodomésticos, ruedas de coches, prácticamente de todo. “Lo que escoja del montón de ropa a mil, lleve cuatro por dos mil”, promociona un vendedor.

– ¿A cómo el carrito? – le pregunto a un señor mientras le interrumpo una conversación con un compañero y señalo un juguete.

– Lo piensa un momento y dice deme tres mil.

– Gracias. ¿Y por estas botas?

– No. Si no me compró el carrito, qué me va a comprar las botas – responde mientras manotea y voltea la mirada nuevamente hacia su compañero.

Al otro costado de la calle, montones de basura, indigentes escarbándola y carreteros terminando su jornada en plantas de reciclaje.

Entonces, uno debe saber a qué va, qué va a comprar. Mi acompañante le pregunta a otro vendedor: “socio, ¿tiene baretos?

– A 3 lucas, dos en cinco – contesta. Así de sencillo es conseguir drogas en el sector.

Las horas más productivas son en la noche y la madrugada, cuando llegan los camiones cargados para surtir la gran despensa que es Corabastos. A estas horas, quienes se rebuscan el sustento diario, deben estar atentos porque de eso depende el resto del día. Siempre, al lado de los camiones se botan las frutas y verduras que no están en perfecto estado, se debe seleccionar lo mejor de esas sobras y venderlo a lo largo de la mañana hasta a la mitad del precio de los productos en las bodegas. Es tal la cantidad de productos que se desechan que hasta las siete de la mañana hay personas recogiendo para llevar a sus casas o seguir revendiendo.

En contraste, las horas de la noche también son las que presentan mayor nivel de inseguridad. Se hace imposible caminar solo, es casi seguro que será robado. Pasé en un taxi y el panorama es similar al del día, exceptuando la cantidad de gente y los revendedores o rebuscadores. En el trayecto, unos policías discutían con lo que al parecer eran recicladores. “¿Por qué hacen eso? Buscando el desayuno con el pobre, que se vayan al norte donde hay gente con plata”, comenta el taxista.

Existen dos estaciones de policía cercanas, pero su presencia es mínima en el lugar; el CAI Caldas y el de Patio Bonito. Quizás es porque no pueden dedicarse a vigilar exclusivamente esa zona o la problemática en esas calles es incontrolable por un puñado de uniformados. Suele haber un par de patrulleros en esa calle, pero están la mayor parte del tiempo en la entrada, en la esquina de la Avenida Ciudad de Cali con diagonal 38, pidiendo la cédula y tratando de imponer un poco de control.

Sin embargo, los habitantes del barrio se mantienen en que la policía no se nota y no se sienten más seguros con ellos allí; por el contrario, “a veces cargan contra uno”, dice Carlos Sánchez, habitante del barrio y vendedor en Corabastos. Esta declaración se puede confirmar en un ida y vuelta en ‘el cartuchito’, los policías conversan y ‘chancean’ con un jalador más de lo que están atentos a las problemáticas. Reitero, quizás prima la impotencia e incapacidad de autoridad.

La cotidianidad es agitada, no para el movimiento ni de día ni de noche, conviven la necesidad, las ganas de salir adelante, la adicción y la ilegalidad. En el 2017 se intervino la zona en un operativo policial coordinado por el distrito. A Clara le contaron que habían visto a ‘Cate’. Ya no importaba, nada le garantizaba que esta vez sería diferente, volvería a huir. “Si quiere salir de allá, sabe dónde vive su familia y si tiene voluntad, acá estaré esperándola”.